Parkinson Gómez en Transilvania (un incidente no aislado)

Después de tanto canto y tanta guitarra con los vampiros, ¿y me había olvidado del sórdido pasado de la estirpe del detective Gómez? No sé cómo disculparme; acaso esta modesta reparación sea suficiente.

***

cristian-1622715__340   Una vez, cierto lejanísimo antepasado del Detective Gómez (cuyos propios orígenes genealógicos no estaban menos perdidos en el tiempo) fue llamado a cumplir una extraña misión a algún territorio de mierda como Transilvania, me parece. Ese país era pequeño y tenía poco ganado que criar, una cantidad de grano escandalosamente mísera para cosechar y un clima que hubiera convertido el turismo en una abyecta perversión, algo así como irse de luna de miel a Cañada de Gómez (que no al pedo tiene ese nombre; algún día lo voy a contar).

   El negocio principal de ese territorio de porquería era fundamentalmente la construcción, la venta, la compra, la venta, la compra, la venta, la compra, la venta y el eventual derrumbe de los abundantes castillos que se levantaban pared contra pared, luego de abrir un espacio entre las  piedras que tachonaban cada fracción del suelo. El derrumbe era para tener la excusa de hacer un castillo nuevo más o menos libre de humedad, lo cual nunca sobraba, ya que el agua en la atmósfera era tal que las piedras con frecuencia parecían más que nada esponjas sucias. Además, si no, los nobles que se habían clavado comprando tierras ahí se aburrirían y los campesinos se morirían de hambre. Porque había muchísimos campesinos.

 texas-renfest-1134720__340  El lejanísimo antepasado del Detective Gómez se dedicaba a los negocios inmobiliarios y era la causa principal de que todos aquellos nobles perdieran su dinero de aquella mala manera, por lo que al ser llamado a Transilvania se sentía vagamente inquieto, como si tuviera algo que temer, más allá de la fatuidad de sus promesas de tierras verdes donde despejar vastos campos de golf y otras cosas que no se acordaba. Pasó que alguien le había vendido a él casi toda Transilvania por dos pesos con cincuenta con promesas similares, y al encontrarse con la perspectiva real de su ganancia el Gómez lejanamente primordial no tuvo más alternativa que fundar una agencia inmobiliaria y a continuación adornar, de manera familiar, el negocio. Después se mudó a Panamá, a un pueblo sin nombre desde el que manejaba toda la empresa por Internet, en un locutorio.

   El llamado que ahora lo conducía de manera inexorable a Transilvania era respondido en persona porque de otra manera el propietario de tal fantasmagoría se perdía como diez palos verdes. El dueño de uno de sus castillos lo quería vender, no le interesaba a qué precio porque quería venderlo rápido, y quería tratar el negocio en persona porque tenía el culo muchísimo más sucio que el agente inmobiliario en cuestión, y también más buscado. O eso suponía Sire Gómez. Y a Parkinson Gómez (era un antepasado inglés del Detective) con todo aquello en vista no le hubiera importado viajar y encima ser acompañado en su viaje por su señorita hermana, si no fuera porque dicha señorita tenía ochenta y seis años, siempre se le habían notado, y además padecía de unas hemorroides recurrentes que solían elevar su estatura cuando se encontraba sentada y convertían sus venerables pudencias en un espectáculo surrealista. En realidad, se lo había pedido pero ella no aceptó.

   Era todo una monstruosa trampa pero Parkinson Gómez no lo sabía, lo cual estaba bien porque venía a ser algo así como el karma, aunque es cierto que los nobles a los que él les había vendido las tierras no se sorprendían con nada y no perdieron el tiempo cagándose de la risa del horrible lugar, convirtiéndolo en un sitio de moda nada más que para ver la cara de boludos que iban trayendo los nuevos compradores, y luego dedicarse todos a las perversiones habituales versión corregida y aumentada, puesto que el suelo era tan húmedo que las antenas de alta tensión se caían antes de poder oxidarse y no había electricidad y no tenían televisión ni wi-fi. O sea. Muchas cosas habían pasado luego de que Parkinson Gómez dejara los terrenos que correspondían a su estrambótica inversión, y él no estaba enterado de ninguna.

***

rock-1559588__340   El Conde Drácula era un guarro desgraciado hijo de puta; básicamente se había pasado la vida haciéndole la guerra a la parte más pobre y vulnerable de la frontera de los países vecinos, por puro aburrimiento. Con el tiempo, empezó a salir menos y menos hasta que finalmente se la creyó, y entonces se dedicaba a pasarlo bárbaro con los prisioneros de guerra, haciendo de Don Quijote en los castillos de los nobles que lo invitaban para seguir cagándose de la risa, hasta que dejó de ir porque aquellos porquerías eran menos patriotas que el papel higiénico y no querían financiar sus numerosas campañas. Esto fue hasta que la Condesa Drácula se quedó sin sirvientes, sin plata y se mandó a mudar al carajo, dejándole al Conde una notita que explicaba las razones de su permanencia en el castillo, las de su marcha, y las que desaconsejaban absolutamente la esperanza de su regreso, junto con la eventual búsqueda del sencillo que economizaba de las compras dentro de los frascos para guardar los fideos. Después de esto el Conde se convirtió en una persona sombría.

   Dejó para siempre las expediciones militares, con lo cual los nobles de los alrededores perdieron una poderosa e inagotable fuente de complacencia, pero empezó a aficionarse a cosas como el hígado crudo y las morcillas, y a beber sangre caliente de pollos y terneros y así, con lo cual los nobles ganaron otra poderosa e inagotable fuente de complacencia, y además una en la que podían participar. Dejaban abiertas las puertas de sus corrales, los cuales conservaron profusamente habitados por conejos hidrofóbicos y chivos psicóticos totalmente idos; se las arreglaron para reunir una cantidad ridícula de gallinas que habían perdido su forma original a fuerza de acumular capa tras capa de piojillos enfurecidos, y en los establos colocaron una buena cantidad de sementales de la mejor raza, imprudentemente inyectados con una clase de hormonas que en otras circunstancias podrían haberlos hecho engendrar ciento seis potrillos por yegua, y unos cuantos terneros extra si conseguían alcanzar a las vacas. A las vacas las dejaban sueltas en el terreno para que pastaran libremente, igual que las ovejas, que total estaban llenas de aftosa y dado lo pedregoso del país, no había más que cinco en toda Transilvania. El Conde se sintió lleno de una horrible maldad que desbordaba por todos sus poros y adquirió una mirada sumamente pérfida y ladina, preparándose para devastar el país con el fuego de su terrible venganza, mientras pelaba los postizos.

   Después, se transformó en una persona todavía más sombría: o no se acordaba de lo que se estaba vengando, o los sementales y los pollos habían hecho su trabajo. En cuanto a los nobles de los alrededores, les hubiera encantado encargarse pero sencillamente no podían hacer que el Conde se sintiera lo suficientemente detestable. Los campesinos eran otra cosa, y como lo coceaban con más frecuencia y eficacia que las vacas y los caballos a lo mejor también ellos habían hecho su trabajo.

   Entonces al Conde se le ocurrió algo que podría dar corolario adecuado a su terrible desgracia, fuera cual fuera, y además le conseguiría alguien que le diera bola: el Conde pensó en un discípulo. Y dado el tamaño de Europa, sus andanzas y el brillo internacional que había adquirido su recia reputación, el Conde Drácula coligió luego de un tiempo que tal discípulo debía provenir de un lugar alejado. Y como no conocía a nadie, el Conde rebuscó entre los papeles de su castillo, y descubrió que, después de todo, al castillo no lo había levantado su tatarabuelo desde lo más profundo del necio suelo, sino que alguien se lo había vendido. Entonces, sería el pelotudo que se había metido en semejante trato con el demonio el emisario de su abyecta depravación. Lo mandaría llamar para corromperlo abiertamente presa de la codicia y la impudicia y la inmundicia y esas cosas, y luego le pondría una estampilla en el culo para que se volviera a Inglaterra e infestara de terror el mundo, y también de piojillos, podía suponerse.

   Con esa finalidad en mente, el Conde mandó un e-mail al locutorio en donde no residía Parkinson Gómez, amenazando con retirarle el castillo y su comisión si no iba en persona a cerrar una venta que como residente se le hacía imperativa, puesto que se había hartado de Transilvania y no quería saber más nada. Después se le ocurrió al Conde que tal motivo ficticio empezaba a hacérsele vagamente aceptable, y en verdad podía aprovechar el viaje del tarado aquel para explorar el mundo y tal vez tratar los síntomas de la aftosa en un hospital responsable. Así que una vez armada aquella terrible trampa para osos,ghostbusters-1515155__340 el Conde aguardaba ansiosamente, Parkinson Gómez se acercaba a Transilvania sigilosamente, los nobles vecinos espiaban ociosamente, y la encrucijada grabada a fuego sobre la invisible trama del espacio-tiempo empezaba a humear silenciosamente, encarnando el juego implacable del destino que siempre termina fornicando un hediondo agujero sobre cuanto esperamos de las cosas.

***

   Parkinson Gómez llegó a Transilvania en el tren del mes de Abril, a las cuatro de la mañana. Como no sabía que era usual esa niebla espesa, viscosa, húmeda y pestilente de color marrón verdoso, esas nubes bajas y semisólidas, esa plasta naranja fosforescente inundando las grietas del suelo y esa soledad mortal, entre el aullido de los lobos famélicos, sin siquiera el sonido de los grillos llenando la estación, se asustó a cagarse y le entró una corredera con retorcijones que le duraría un mes. Por suerte, en la estación lo esperaba un lujoso carruaje de ébano recién barnizado y forrado de terciopelo rojo y plumas en las esquinas y cochero y doce caballos negros y toda la bola, que había sido enviado allí para conducir a Parkinson Gómez al castillo: por supuesto, aquello no había sido cosa del Conde sino de sus depravados vecinos, que tenían miedo de que se escapara apenas llegado y además esperaban que el contraste subsiguiente anulara todas sus conexiones nerviosas y le produjera un cortocircuito.

carriage-ride-585056__340 El viaje al castillo del Conde desde la estación duraba tres horas y media, y el habitat provisorio tuvo exactamente el efecto previsto: Parkinson Gómez hundió la cabeza entre dos de los suaves y perfumados almohadones y no la sacó de allí hasta que sintió una mano escamosa y helada en el pescuezo que parecía instarle a abandonar el carruaje. Luego de eso se encontró de golpe con el plomizo cielo diurno de Transilvania, que no había dejado ver el sol desde hacía diecisiete años, y aunque no sabía eso lo sospechó inmediatamente y eso hizo que su corredera aumentara a un grado pernicioso y extremadamente cruel. La vista del Conde incrementó asimismo el horroroso contraste con la agradable atmósfera del carruaje. Todo lo cual hizo que, piadosamente, Parkinson Gómez ascendiera los tresciento cincuenta y cinco empinados escalones hasta la puerta del castillo, en un estado de tal sonambúlica sobreexcitación que estaba completamente aturdido y como muerto.

   El Conde no tenía ni la más puta idea de lo que hacer con un discípulo, ni en qué parte del castillo ponerlo, ni lo que comería, ni cómo hablarle, ni cómo conducirlo a la realización de sus viciosos planes. Se limitó a ponerse una de sus bellas batas de fumar de seda bordada, traídas para él desde China, adoptó un peinado extravagante y unos modales ampulosos e ininterpretables, y luego de que Parkinson Gómez retomara, con cierto esfuerzo, la condición humana, empezó a pavonearse delante de él esperando que adquiriera el inútil convencimiento por sí solo, acaso por telepatía. Esperaba en vano, acaso porque Parkinson Gómez, a esas alturas, carecía de mente. La verdad, no sólo era eso sino que todavía esperaba a los cuatro forzudos criados que lo conducirían a las mazmorras del castillo, adonde le harían pagar las que hizo con Transilvania todas juntas.

   Los nobles de los alrededores sí sabían exactamente qué hacer con un discípulo, y más con un discípulo del Conde Drácula. Esperaron, mandaron a un criado a espiar para que la trama fuera más consistente, y actuaron cuando se enteraron de que por fin el Conde, cediendo a un impulso largamente reprimido, había saltado sobre Parkinson Gómez para morderle un dedo gordo, haciendo que desde entonces éste se encerrara en su habitación y no saliera nunca más.

  traditional-1377002__340 Esa misma noche los nobles hicieron unas cuantas llamadas telefónicas, tomaron una considerable cantidad de ajenjo, y después se encaminaron bastante silenciosamente hacia la oscura morada del Conde, para llegar a la cual algunos se desgarraron varios tendones y otros se resbalaron sobre los numerosos peldaños y se desbarrancaron y terminaron en el fondo mismo del lodoso barranco junto al castillo. En la madrugada, luego de otra considerable cantidad de ajenjo, los nobles tenían todo bien organizado: unos se balanceaban colgados de una soga frente a la ventana de Parkinson Gómez, totalmente vestidos de negro, y a veces vomitando; otros alardeaban de sus habilidades de equilibristas y tropezaban sobre las aristas de las torres, apareciendo ocasionalmente ante Sire Gómez entre la llovizna de churrasco con ensalada y guiso de lentejas. El resto se dividía entre los que se introdujeron en el castillo para completar el daño, y los que eran alérgicos al pelo de rata y de murciélago y tuvieron que quedarse afuera, al pie de los muros, tirándoles bifes de chorizo a los lobos para que nunca estuvieran lejos.

   Los que entraron sentían que se habían muerto y se habían ido al Cielo. Se escondieron entre los cortinajes apolillados y bajo los largos manteles de las enormes mesas; en pocos minutos las habitaciones de húespedes, los corredores secretos y las mazmorras no tenían secretos para ellos, que habían dirigido la construcción de castillos similares o más tortuosos. Fueron desde explorar la despensa hasta oler (brevemente) la ropa que estaba para lavar; se colaron en las habitaciones del Conde y lo acosaron de manera pérfida, productiva y sin que los registraran ni un poquito; se metieron asimismo en las habitaciones de Parkinson Gómez y le dieron qué pensar acerca de la condición humana y las posibilidades de abandonarla, a favor de seres dotados de largas alas de gasa y colas hechas de carísimas plumas de avestruz, y pollitos, y cosas que no sabía qué eran pero que estaban cubiertas de pelo de conejito, y de un cuero negro durísimo y oloroso. Al poco tiempo, Parkinson Gómez también sabía exactamente qué hacer con un discípulo, con dos y con tres también, y para cuando lo supo el Conde Drácula, Parkinson Gómez no tenía ninguna urgencia por abandonar Transilvania. Además estaba demasiado débil.

   Entonces el Conde tiró las batas de fumar a la mierda, agarró a Parkinson Gómez, cuatro morcillas frescas para el viaje y se mandó a mudar de Transilvania, habida cuenta de que si se quedaban pronto serían historia entre medio de todos aquellos zanguangos. O sea, el Conde Drácula tenía perfecta conciencia de estar emprendiendo una Cruzada, por más que aún no pudiera desprenderse de ciertas mañas: por ejemplo, varias veces en el viaje hacia Inglaterra los dos emigrantes estuvieron a punto de que el barco se desviara para buscar aguas repletas de tiburones, ante la denuncia de ciertos viajeros que no se resignaban a determinados propósitos ulteriores de una buena mordida.

vintage-1646083__340   En Inglaterra, y aunque se había negado a emprender el peligroso viaje, Mina Gómez esperaba nerviosamente a su hermano, acompañada por su amiga Lucy que estaba próxima a contraer enlace y se hallaba sumamente aburrida, ya de antes. Lucy había estado, en otra época, muy caliente con Parkinson Gómez, y ni el hecho de su inminente boda ni el otro de sus ochenta y tres años cumplidos disminuían sus ardores. El novio estaba en Suiza practicándose un implante peneano y una terapia basada en inyecciones de adrenalina combinada con Viagra, el viaje venía durando mucho y este tercer hecho ayudaba todavía menos que los otros. Por suerte, Parkinson Gómez venía de Transilvania y eso casi garantizaba la limpieza de la frente del próximo desposado: no que Lucy no trabajara en contra, a pesar de esto mismo y de Mina Gómez, que no obstante desconocer Transilvania, conocía bien a Parkinson Gómez y la clase de vida que había hecho hasta los treinta y cinco años, previniendo a Lucy todos los días acerca de cosas como la sarnilla y las pulgas y extraños picores de procedencia desconocida, y ronchas, y extrañas apetencias desencadenadas por la presencia de heno y alfalfa. Pero al parecer, a ésas y otras cosas las encontró Lucy muy de su gusto, más desde que finalmente Parkinson Gómez vendió el castillo y cobró su comisión, y pudo invertir en cosas que también Lucy fue hallando muy de su gusto a medida que Sire Gómez se las explicaba.

   El Conde Drácula estaba desconsolado. Chupando lastimeramente una morcilla con pasas de uva, contaba sus cuitas a Mina Gómez y al psiquiatra Van Helsing y ninguno de los dos podía ayudarle; día con día se ponía más pálido y ojeroso y no podía dormir, y le costaba digerir cosas tan inocuas como el hígado crudo o siquiera a medio cocer, y perseguir a las pequeñas cucarachitas que anidaban en las alacenas o las diminutas arañas que se refugiaban en las esquinas de las habitaciones junto a los paragüeros. Extrañaba a Parkinson Gómez, y como no podía hacer nada al respecto un buen día decidió que tenía que volver a comprar el castillo para retornar a Transilvania. Esto le dio a Mina Gómez la señal para actuar: tuvo una buena conversación con Lucy, quien tuvo una buena conversación con Parkinson Gómez, y al día siguiente Lucy firmó los pagarés y las escrituras, y luego de que Lucy y Mina se las arreglaran para mantener encerrado al Conde durante dos meses en el castillo de la primera, con asistencia de la segunda, Mina y el Conde se fueron para Transilvania sin que nadie más los volviera a ver. Llegaron en el tren de Octubre, a las cuatro de la mañana, y los nobles de los alrededores no los esperaban.

***

   En el castillo del Conde los pollitos anidaban con los perros en un olvidado rincón de la enorme chimenea, apagada.

   Las sábanas de seda negra en las habitaciones del Conde configuraban un alfombrado barroco, sembrado de largas plumas de avestruz y pavo real penosamente deshilachadas y como medio mufadas: sobre ellas se balanceaba un extraño andamio hecho de sogas entretejidas de una manera que parecía muy viciosa, enredándose en las preciosas arañas de cristal de Bohemia y enroscándose en los barrales que sostenían el dosel de brocado de oro de la cama.

   La mesa estilo Imperio del comedor presentaba en su superficie un caprichoso dibujo hecho de algo que parecían uñas extremadamente afiladas; no se sabía si eso configuraba alguna clase de mensaje de socorro pero si así era no sé a qué venía la cosa dado que con el Conde ausente no se conocía el destinatario de tal mensaje, y en tiempos del Conde aquello no figuraba en el inventario de graffitis que los graciosos nobles solían dejar en los altos muros.

   Los numerosos jardines que habían rodeado al castillo hasta el barranco presentaban un aspecto como aplastado, igual que esas fotos de huellas de OVNI que algunos pretenden tomar sobrevolando los trigales; no es que las plantas no florecieran pero las flores presentaban un aspecto descolorido y como desmayado, además algunas habían sido orinadas.

   El barranco había ascendido su fondo en unos dos metros con un detritus de composición por dilucidarse, aunque algunas investigaciones a priori sugerían que aquello tardaría más en biodegradarse que algunas vedettes que suelen verse por ahí, y que casi tienen garantizada la inmortalidad; también sugerían que no obstante la pobreza de la ganadería del país, por allí había existido una fábrica de embutidos.

   Mina y el Conde se hicieron cargo rápidamente, y luego tomaron una generosa dosis de ajenjo, y luego esperaron la noche y los murciélagos y las falenas que volarían hasta las abiertas ventanas del castillo (si los Condes conseguían arrancar las tablas y abrir las hojas). Y después, Mina y el Conde fueron felices y algunas veces comieron perdices, que muchas no había en Transilvania y pronto las extinguieron.

***

   Lucy y Parkinson Gómez se les unieron unos pocos años después, ya que las operaciones del futuro esposo de Lucy no habían dado resultado y nadie pudo sacarles ningún provecho. Entonces, en Transilvania todos fueron mucho más felices, hasta los nobles de los alrededores una vez que consiguieron dominar la impresión y volvieron a acercarse al castillo. Todos vivieron allá para siempre, y Sire Gómez comenzó a manejar su negocio con una Laptop, una sonrisa en la cara extremadamente malsana, dos abogados y cuatro secretarias que no dominaban ninguna lengua en absoluto.

  Transilvania se transformó en un centro turístico de relevancia y el sol salía casi todos los años; al Conde le siguieron gustando las morcillas con pasas de uva pero ya no les dedicaba tanto tiempo.

 

(Imágenes de Pixabay…)

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6 pensamientos en “Parkinson Gómez en Transilvania (un incidente no aislado)

  1. Dr. Zaius

    ¡Ja ja ja! ¡Cañada de Gómez! ¿Y cómo es que el lejanísimo pariente de Gómez tenía internet? Sería una generación atrás. O es parte de su estilo onírico y surrealista que confunde todas las cosas, para su propio deleite, donna Nadie. Y este relato tiene un nivel de ordinarieces que excede su promedio. 😀

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