La pérgola

gazebo-195524__180   Silvia volvió loco a Ernesto hasta que lo convenció. ¿Por qué no? Si todos tenían una pérgola y un aljibe. Pero la suya… Silvia se preparó para las invasiones. ¿Cuántos adornaban su pérgola con una auténtica parra de oro? Una parra bien real, ¿eh?, no una simple escultura pintada, una obra de orfebrería chambona. Una parra de oro de verdad, conseguida de un tipo que contrabandeaba cosas allá en el Impenetrable chaqueño.

   Al principio ni ella ni Ernesto se dieron cuenta de lo que pasaba. Pero después de una semana notaron que la parra… bueno, se veía muy cargada, y Ernesto recordaba haber pedido algo un poco más modesto. Y aquello estaba echando brotes. Hasta parecía que empezaba a tirar uno de esos hilos como rulitos resbalando por el pie del aljibe, hacia la casa. Silvia y Ernesto saltaron de alegría alrededor de la pérgola, arrancando racimos, haciéndose collares con las hojas desprendidas, descalzándose y resbalando sobre los pequeños granitos duros, que reventaban y se partían como las castañas puestas al fuego.

– ¿Qué hacemos? – dijo Ernesto – la fiesta es el domingo.

chestnut-leaves-228072__180   Y podaron la parra y escondieron todo el oro, y rezaron para que lloviera. Pero el Domingo fue un día esplendoroso con una brisa tibia, húmeda y encantadora. Silvia sonreía a los invitados, desesperada. Había puesto muchos globos y cintas de colores enredadas en la pérgola, sujetando la parra.

–  Pero es muy frágil, nena. Mirá: se mueve con el viento. ¿Qué vas a hacer cuando venga tormenta? – se rió Marisa, satisfecha.

–  Qué realismo, ¿no? – susurró Betiana, tironeando- ¡Ay, qué bruta que soy! Perdoname, se me salió una hojita, pero mirá, es chiquitita.

–  ¿Y cuánto te costó, che? Seguro que más que el auto. Vení a pedirme el mío otra vez, ¿sabés?

–  ¿Los ratones también son de oro?

   Todos reían y se divertían muchísimo. Pero cuando se acercaba la medianoche, Silvia y Ernesto ya hacía rato que estaban solos en el jardín, bailando una samba descalzos. No se coronaron con hojas de parra otra vez para no castigar más a la planta, que había quedado hecha una pena. Sin embargo, declararon que la fiesta había sido un éxito, se desnudaron e hicieron el amor en el jardín hasta que pasó un patrullero y los agentes les recomendaron más recato. Le regalaron una botella de Dom Perignon a cada policía. Y demoraron casi cuatro meses en descubrir que habían sufrido verdadero daño.autumn-leaf-1679159_960_720

   Fue cuando entraron a la recepción en la nueva casa de los vecinos y vieron en su patio un aljibe con una pérgola gigantesca, que tenía enroscada la parra de oro más grande que se hubiera visto, moviéndose bellamente y lanzando reflejos para todos lados bajo los reflectores.

   La fiesta duró quince minutos, y Silvia entró en su casa buscando el hacha, y Ernesto que no, que no podía ser que les hubieran robado un gajo, pero que ni se habían dado cuenta de que era una parra de verdad, que bueno, a lo mejor sí la uva chinche prende rápido, el que se la vendió a él juraba que sólo tenía esa parra que le habían traído bajo cuerda de Brasil. Qué boludos que habían sido, qué descuidados, qué mala fe tenía la gente. Y Silvia seguía buscando el hacha. No la encontró, aunque quizás debió haberlo hecho.

   A fin de año, las parras de oro se habían puesto de moda. Estaban en todas partes. Adornaban pérgolas de hierro, de madera, caños doblados sobre aljibes ya secos, patios con mosaicos, sin mosaicos, de tierra, de mármol, se trepaban a las paredes, se subían por los alambrados, indigestaban a los animales que insistían en comérselas y hacían caer a los chicos que usaban los granos para jugar a la bolita. Las raíces acabaron por extenderse y se cruzaron con las de otras plantas y empezaron a aparecer Hortensias nacaradas, pensamientos que parecían de lamé y calas con duras varitas doradas en el centro, y sus pétalos como lágrimas tenían un color almizclado, medio sepia. Era algo realmente hermoso, y ya no se hacía ninguna fiesta en el pueblo.

   Y un día, buscando el destapacañerías,  Silvia encontró el hacha. Llamó a Ernesto a los gritos, hasta que se quedó afónica, y después se abrazaron y bailaron descalzos en el centro del jardín, y no se coronaron con racimos de uva aunque la parra había crecido tanto que cubría toda la casa.

tug-hill-vineyards-1676623__180   La fiesta fue un mes después, y cuando todos los invitados entraron al jardín se quedaron duros: en su pérgola, Ernesto y Silvia tenían la parra de moscatel más bella que se hubiera cultivado nunca, color verde oscuro, y los canteros estaban llenos de lirios anaranjados y de lilas muy azules, y de esas enredaderas con flores blancas que se abren de noche y tienen un perfume riquísimo. Y cuando todos se fueron, Silvia y Ernesto volvieron a bailar solos en el jardín y declararon que la fiesta había sido un éxito: para cuando llegaron los policías, el champagne ya  estaba helado y a punto.

   Y por eso es que ya no se ven más los aljibes con pérgolas y parras de oro.

   Y no es oro todo lo que reluce.

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(Imágenes de Pixabay, menos la genial última foto, de un lugar que se llama marcianosmx.com)

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