El jarrito de la leche

Porque se lo prometí al Gran Rulemán al mencionarme él La casa de azúcar de Silvina Ocampo. No; más allá de los asuntos de menaje no se parecen en nada.

food-1170262__180   Durante todas las noches del año que precedió a la muerte de su esposo, Sara tomó su leche tibia cada vez que se fue a dormir en una taza para sopa descascarada, de la que ni sabía de dónde había salido. Sara tenía problemas para quedarse dormida; hasta para cerrar los ojos: Manuel tenía un ronquido tipo jabalí. Lo peor era que él sí podía dormir.

   Por supuesto, lo del “año” es muy taxativo, ¿verdad? A primera vista sí. Sara había tomado su taza de leche todas las noches que podía recordar. Hasta en su noche de bodas. Claro que ahí se había justificado, porque bueno, ella había tenido que llamar al servicio de habitaciones para… Bueno, no viene al caso. Entonces, ¿qué hacía que ese año previo a la muerte del Benito sea tan especial? Ah, era el año en que Sara descubrió que su esposo se meaba en su jarrito de la leche, cada noche.

 milk-1223800__180  Sara venía al dormitorio con su leche tibia y una “Selecciones”, se tomaba la leche, dejaba la taza en la mesita de luz, leía dos páginas de la revista y apagaba el velador. Después no se acordaba más de nada. En algún momento de la noche, el Benito se despertaba, agarraba la taza, se echaba una buena meada, y con el objeto de seguir ahorrando viajes, seguramente, abría la ventana, sacaba el jarrito, y lo volcaba sobre los rosales de abajo. A continuación, después de sacudir bien la taza, la dejaba sobre la mesita de luz precisamente sobre la huella que el vapor había ido marcando en el barniz. Sara empezó a sospechar que algo pasaba cuando los rosales empezaron a quemarse, y lo confirmó una noche en que se tomó un té en lugar de la leche, y se quedó acechando al Benito, justo hasta después de que la taza completara todo el circuito de su doble vida. Eso todas las noches. No había dudas: esa ventana estaba demasiado alta para los alcances del Benito sin medios mecánicos.

   No es que esa taza tuviera algo excesivamente especial: era de las que se compran en el supermercado por unos pesos y traen recetas de sopa. La de Sara tenía una receta de sopa de cebolla, pero como estaba cachada le faltaban las cantidades y un pedacito de dibujo de cebolla, y tenía algo así como una grieta marrón que cruzaba el plato terminado. Sara no la había comprado; sería algún ignoto regalo del Día del Amigo, o algo que una vecina había estado a punto de tirar antes de su oportuna aunque olvidada intervención. Pero estaba el gesto del Benito, ¿no? Era el gesto.

   El Benito, como si viera llover. Capaz que ni sabía de qué era la receta del jarrito. Sara lo miraba y lo miraba, y el Benito seguía dando vuelta las páginas del diario o se limitaba a pedorrear. Sara lavaba y lavaba la taza, y le ponía cloro, y el Benito, con sus ojos de vaca mansa, la secaba junto con el resto de los platos que ella le tendía con una mirada críptica que, contra el muro de la incomunicación, no pasaba ni por misteriosa. Y de la bronca, Sara ya no podía tomarse su leche todas las noches porque le daba acidez. Llenaba entonces el jarrito de agua helada y se lo llevaba a la cama con ella, y miraba la Reader’s Digest con la mente ida. Y se quedaba despierta toda la noche, incluso hasta después de que el Benito le sacudiera la taza por la ventana abierta. Todo esto pasó durante un año. Un año exacto.

   El año, como ya dijimos al principio, terminó la noche que murió el esposo de Sara.

   Ella le dio la taza por el lomo apenas él se dio vuelta para volver a acostarse. Le dijo:

– Mirá lo que hiciste con mi taza.

– Vos la rompiste.

– Vos me la measte.

– Qué, ¿no la lavás igual todos los días?

– Es mi taza.

– Es mía.

– ¿Qué?

– La junté de la basura para poner los tornillos. Vos te la agarraste.

   El móvil se aclaró en seguida: “Tenía sueño”, decía Sara. Y lo decía, y lo decía y lo decía. Sin parar. Era lo único que podía hacer; ella tampoco sabía la receta de la sopa de cebolla. Le faltaban las cantidades.

   Ni se veía bien la cebolla.

 

(Imágenes de Pixabay)

 

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