Meditación intrascendental

landscape-1619283__180Ésto viene en honor del ilustre Dr. Zaïus, a quie se la ha ocurrido reprocharme mi notable alejamiento de las cuestiones cotidianas en mis cuentos, cayendo en la cuenta de que mis últimas composiciones de ese estilo en este blog, son muy antiguas. Y bueno. La gente cambia. Concretamente, se hincha las pelotas. Pero ya que a él le gusta ocasionalmente empantanarse en el barro humano, acá va algo que yo no recordaba haber escrito. Quienes me conocen se sorprenderán hondamente del tema primero, y se extrañarán de que haya reflexionado sobre él, después. Luego podrían incurrir en comentarios de cierta procacidad.  A todos, váyanse a la mierda.

***

   En esa somnolencia difícil, pesada, drogada, ella no podía distinguirse a sí misma lo suficienemente bien. Con un grado más de lucidez al menos hubiera podido saber dónde se encontraba; pero al presente sólo podía asegurar dónde tenía las manos, enormes, entumecidas, picadas por diez mil hormigas, allí, aplastadas debajo de su estómago.

   Giró la cabeza con lentitud, con pesar, como un caracol ciego; sólo pudo distinguir sombras y brillos difusos hiriendo sus retinas. Menos confundida, hubiera podido fantasear como suele hacerse con la forma de las nubes. En su estado actual no se atrevía a fantasear, sólo podía temer, sacar las manos de abajo de su panza hinchada y tenderlas hacia adelante temerariamente, hacia el peligro.

   Oyó la voz pero no distinguió lo que decía. Su cerebro había perdido algún engranaje vital, el que la hacía parte del mundo. Todo estaba codificado para ella. Se había convertido repentinamente en una extranjera llegada, directamente, de otro planeta. Ni siquiera podía reconocer la temperatura con las yemas de los dedos.

   Entonces sintió las pequeñas uñas sobre el rostro y las extrrañas vibraciones junto a sus oídos, y aterrada pensó en cuánto tiempo habría estado vagando entre la leve hediondez que se percibía, creciendo como un miasma. Casi podía verla como una niebla amarilla.

cosmic-1609477__180Sacudió los brazos, ahora como una araña ciega, y golpeó la carne tibia. La vibración junto a sus oídos creció y después le traspasó los tímpanos. Su mirada encontró la forma de salir hacia afuera, de escapar hacia la realidad. Todavía con ojos neblinosos, diferenció las formas. Consiguió al fin extraer la voz, de algún rincón profundo y desconocido, en donde habría ido a enterrarse durante su larga caída.

– Diego… – suplicó. Y reconoció la carcajada. “Ayudame, Diego”. Creyó que no había hablado, que seguía atrapada en la jaula somnífera. Pero él volvió a reír junto a su cara – Diego…

   Esta vez, un beso sobre la frente. Una oleada nueva de ese olor extraño, enfermizo, aplastante. Su mano vagabunda encontró la humedad cálida.

– Ay, Diego.

   Arrastrándose, encontró la fuente del hedor. Cuando esos dedos sin dirección la rechazaron sobresaltados y volvieron a tratar de encontrar el contacto con el mundo, hallaron la cajita salvadora. No la apresaron, y desalentados no la siguieron en su raudo descenso al suelo. Retornaron entonces al absurdo, absurdo consuelo del pañal mojado de Diego.

   A despecho de los 10 mg. de Valium, ella pudo erguirse sobre su vacilante cintura y oteó el horizonte. Divisó el reloj parado sobre la cómoda, cual un extraño pájaro, y jadeó todavía medio aturdida, medio ciega, como si los malditos numeritos negros del reloj estuvieran en árabe.

– Ay, Diego… -salmodió, como en un rezo, con una mano en la sien hundida en un nido de cabello enmarañado.

  Pero él la había dejado ya. Se oía un cantito gozoso en alguna parte y ella confió en que el sentido se le revelaría en algún momento. El sentido de eso y de todo. Porque en ese preciso instante ella, estaba abandonada como una recién nacida en un universo obvio para todos los demás. En medio de una bruma incognoscible formada por su propia vida, y rezándole a un dios que ella misma había creado.

   Se preguntó si no sería esa la verdadera consciencia.

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(Imágenes de Pixabay. A las personas para nada interesadas en esta temática en particular, incluyéndome a mí misma, naturalmente, las invito a ver mi categoría Solteros sin Hijos, en este mismo blog, y sin pires esotéricos de ningún tipo)

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6 pensamientos en “Meditación intrascendental

  1. Balder Runemal

    Por favor!!!! Qué horror!!! En primer lugar, lo noto muy agresivo con sus seguidores Don Nadie, y en segundo, demasiado escatológico el cuento!!!! Bueno, si buscaba descolocar al lector y provocar una reacción , lo consiguió…Por otra parte, está muy bien escrito jajaja

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      ¿Agresiva? Pero si yo me rompo la cabeza tratando de ponerles cosas que les gusten… Se los dedico especialmente; no sé qué quiere. Y no pienso de ninguna manera hacerme cargo de sus problemas con la caca, que es tan útil y una de las necesidades fisiológicas del ser humano.

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  2. Dr. Zaius

    Le agradezco la dedicatoria, donna Nadie, pero no entendí un carajo. Este párrafo sobre todo: “Arrastrándose, encontró la fuente del hedor. Cuando esos dedos sin dirección la rechazaron (?) sobresaltados y volvieron a tratar de encontrar el contacto con el mundo, hallaron la cajita salvadora (?). No la apresaron, y desalentados no la siguieron en su raudo descenso al suelo. Retornaron entonces al absurdo, absurdo consuelo del pañal mojado (?) de Diego”. Aunque concuerdo con Rulemán en que está muy bien escrito.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Léase: la fuente del hedor era el pañal cagado del crío; ella estaba tan dopada que se despertó y no sabía ni dónde estaba. La cajita salvadora era la del sedante que se tenía que tomar para soportar su vida, sin duda a causa del pendejo en cuestión; es sólo un cuento, habría que averiguar más. La cajita se le cayó, y volviendo a tantear, se encontró de nuevo con el pañal cagado del crío, a falta de cosas mejores que hacer en la vida. Pero usted es más raro que yo, ¡primero me dice que no entiende y después que está muy bien escrito! Me voy a buscar otros lectores; ya va a ver.

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