Esta otra señora se llamaba Leopolda (una historia casi real)

tea-1739595__180   Por una cierta familiaridad que me despierta su temática, este cuento está dedicado al Gran Rulemán Balde de Vello, quien en un chat de Twitter (no sé si se dice así) tuvo la osadía de decirme que yo estaba muy al pedo, porque se me ocurrió comentarle sobre unas semillas que planté y que habían brotado muy rápidamente.

   Sepa, Don Rulemán Balde de Vello, que yo ni conocía la expresión “mano verde” hasta que usted me lo dijo. Se ve que hay mucha “gente al pedo” en el mundo como para ir inventando o transmitiendo tales cosas. Usted, por ejemplo.

   Sepa también, Don Rulemán Balde de Vello, que vuesa merced no tiene realmente idea de lo que está hablando. Mandar un inocente mensaje sobre unas plantitas, o dejar caer unas semillas sobre la fértil Madre Tierra, no es estar al pedo.

   ÉSTO ES ESTAR AL PEDO. HAGA SILENCIO Y DEJE TRABAJAR A LOS ESPECIALISTAS.

***

nature-1740251__180  La Leopolda era una señora dedicada a asolar un pueblo de por acá nomás, y que estaba tan dotada como Reinaldo Midas o el doctor Esculapio para las actividades mágicas. Mejor; la Leopolda les puso la tapa a todos en ese pueblo. Sobre Reinaldo Midas y el doctor Esculapio y la doctora Circe te cuento otro día, que si no te va a explotar la cabeza de tanta sapiencia.

   La Leopolda era famosa porque tenía un talento muy particular heredado de su abuela bruja, una griega preocupada por la sucesión de sus peligrosos atributos.

   Mezquina, desconfiada y consumida por la angustia de tener que partir de este mundo y no poder llevarse aquello puesto, cuando la vieja sintió que su muerte se acercaba, se dirigió a su nieta, a la que conocía como bien bicha y propensa al macaneo y al fraude. Una tarde, la agarró y tuvieron una buena conversación.

   Luego de eso, y con sólo cinco años, la Leopolda, nieta de Zeus, se encontró en posesión de tales dotes para la brujería y la magia negra que fue una suerte que resultara tan pero tan bruta, que no aprendió a leer hasta los diecisiete años. Y para cuando llegó a los diecisiete, sólo podía revelar como producto de su divina ascendencia el tipo de cualidades que, en ocasiones, hizo que Zeus se interesara pronunciadamente en cosas como el ganado y la volatería. Para decir toda la verdad, la abuela de la Leopolda se murió un día que su nieta practicaba un hechizo para darle el humano ser a cierto mamífero del cual quería conservar determinadas capacidades, y se confundió, traspasando la identidad de la abuela a aquel animal. Aquella misma noche, un hacendado de la región perdió una millonada en las carreras, por una inexplicable osteoporosis fulminante.

parrot-1246688__180 Cerca de la Leopolda, las cosas crecían y crecían de manera incontrolable y sin que se pudiera registrar el más mínimo indicio de explicación. Ella pasaba, y viejos limoneros que esperaban a que la pereza los sacara del patio reverdecían; los bulbos yacentes en la heladera florecían pasada la estación; las gallinas entraban en una especie de trance y empezaban a perseguir a los gallos, y morían porque se sentaban en el nido y ponían huevos hasta el final. Las cebollas y los ajos se brotaban apenas recogidos; los curas revoleaban los hábitos adentro del pozo, docenas de adolescentes decidían repentinamente visitar a parientes lejanos y otros tantos viejos compraban peluquines y pantalones cortos, y comenzaban a frecuentar el bar del pueblo, mientras se aseguraban de que todo el mundo viera abandonada en la basura, casi completa, la caja de viagra. Y a nadie se le escapaba que la Leopolda era bruja, porque con esa cara tales virtudes no podían ser bendiciones de la naturaleza. La parte buena era que no podía engañar a nadie con sus prendas físicas, aunque supiera cómo.

   Pero ni que le interesara; la Leopolda se había especializado en cosas como transformar a la gente en cerdos a cara descubierta y lo hacía con frecuencia, sin mediar rebuscamientos que procuraran siquiera justicia poética. A la Leopolda nada más le gustaban los chanchos, y la gente solía olvidar tal complacencia porque su selección apuntaba a individuos que no perdían nada en el cambio, si es que no ganaban. La doctora Circe le había elogiado la puntería un par de veces y se había quitado el sombrero, al reconocer a algunos de sus pacientes después de que la Leopolda los agarrara.

   Pero había quejas. De chica a la Leopolda no la habían invitado a demasiadas fiestitas de cumpleaños, principalmente porque cuando le ganaban en algún juego tendía a transformar a los otros en enormes babosas, o hacía que les crecieran las orejas hasta que no podían mover la cabeza, o no le gustaba una comida y entonces se dedicaba a darle la vida para que, por ejemplo, las salchichas huyeran por sí solas.

   A pesar de lo burra y haragana que era no reprobó nunca un examen, porque apenas gata-1743429__180sacaba una mala nota cosas terribles empezaban a pasarles a sus profesores. O no podían salir de su casa una mañana porque todos los gatos callejeros del pueblo se habían puesto rabiosos y estaban peleando y orinando en su patio, o tenían que hacerse estudios para investigar por qué les estaba saliendo lo que parecía ser una cola de caballo, o una densa nube de piojos ferozmente hambrientos los perseguía a cada lugar al que fueran. Después de un tiempo, ellos y todos los que el desgraciado azar de la vida había puesto en el camino de la Leopolda entendieron, y el rumor se esparció porque hay eventos que inclinan a la solidaridad el más acérrimo de los egoísmos.

   La adolescencia pareció aplacarla. La Leopolda perdió el interés por la totalidad del cuerpo docente del pueblo para ir a ocuparse de lo más desalmado de su rebaño, y al convertirse dicha fauna en la verdadera buena escuela para ella y toda su divina creatividad, sólo se dedicó a causar una epidemia de venéreas como nadie recordara jamás; algo que poca relación tenía con el ámbito de lo sobrenatural, como la Doctora Circe había explicado una y otra vez. Entonces se empezó a hablar de echarla del pueblo.

***

aphrodite-438579__180    Eso fue antes de que Afrodita y Dioniso se le fueran encima. Cuando la Leopolda llegó al máximo desarrollo de sus capacidades, ciertos informes nada confidenciales llegaron al Olimpo y Afrodita y Dioniso montaron en cólera, ya que hasta entonces, salvo por lo que respecta a Zeus, nadie les había matado el punto en lo suyo.

   Dioniso especialmente, bramaba contra la Leopolda; el Divino Padre se encogía de hombros y decía que nunca le había rajado con un rayo a ninguno de sus descendientes y tampoco al propio Dioniso, cuando la verdad razones no hubieran faltado. Además vamos, que el libre de pecado era quien debía tirar la primera piedra, dijo Zeus, y le recordó a Afrodita las peloteras que había armado ella en el Olimpo, entre los mismos dioses y todo.

   Y por si esto fuera poco, ¿no tenían los dos un territorio lo suficientemente amplio como para recrear sus dones? ¿Quién había estado otorgando favores en Villa Amelia? ¿Quién sabía para dónde quedaba Villa Amelia? Y como Afrodita y Dioniso insistieran, Zeus les dijo que si no se dejaban de joder, pensaría algún atributo especial que darle a la diosa Leopolda. Y ahí los dos se callaron, pero bajaron a la Tierra y se fueron derechito al pueblo. Tomaron la forma de un matrimonio rosarino que quería una casita en un lugar tranquilo para recuperarse de una crisis familiar, y se dedicaron a socavar el poder de la Leopolda en todas las formas que se les pudo ocurrir. Y hay que recordar que llevaban siendo dioses muchísimo tiempo.

   Entre los huéspedes que invitaban, el volumen de vino que se consumía en aquella casa y los ardores que Afrodita despertaba ya sin aquel vino, y que después sólo podían empeorar, los que declaraban esperar con gusto el día que algún macho enojado le diera un palazo a la Leopolda se callaron para siempre, y torvas expresiones congelaban sus semblantes cada vez que alguien mencionaba la casita de “los de Rosario”. A todas horas hombres y mujeres desaparecían sin dejar rastros, para comparecer en sus respectivos domicilios días y aún semanas después, en los huesos, abúlicos, medio deshidratados e irremediablemente perdidos para cualquier ocupación útil que estuvieran desempeñando hasta entonces.

   Los vecinos de Afrodita y Dioniso no entendían cómo se podía meter tanta gente en esa casa, que grande no era, y cómo alguien podía estar tanto tiempo sin comer ni dormir. No sabían de Dioniso ni de las parras y otras viandas que fructificaban interminablemente en el patio, ni de Afrodita y el poder que tenía de detener el tiempo con aquellas sus dulces artes, ni del poco espacio que se necesitaba, la verdad, si a eso vamos. De los ruidos no decían nada, que bastante mortificados estaban ya con no poder ni siquiera arriesgar una suposición. Además, y hablando de la posibilidad de suponer algo, la única vez que a los vecinos se les ocurrió tomar el jaleo como excusa para ir a detener la felicidad excesiva en aquella casita, volvieron a su hogar víctimas de una diarrea tan violenta que les duró como cuatro días, y que les hizo sacar de sus personas hasta lo que sus gallinas habían estado comiendo. Resultó bastante perturbador.

sculpture-837799__180   La Leopolda estaba desconcertada. La entrada a la casita le había sido negada sistemáticamente y sus relaciones habituales parecían haberse esfumado del pueblo. Por las noches las calles permanecían desiertas, y cualquier intento de hacer volar la mágica morada o provocar una plaga que la desaloje concluyó en fracaso. Aburrida, la Leopolda conjuraba ríos de inmundos ratones para que se colaran por debajo de la puerta, nubes negrísimas de las que caía una lluvia cerrada, y, lo que era más gracioso para Dioniso, resbaladizos sapos grandes como fuentes para que bloquearan las aberturas y de ser posible rebalsaran el patio; así de poderoso era el hastío. Dioniso respondió convocando todavía más sapos y abriendo todas las puertas y ventanas para que la sorprendida Leopolda fuera la que tuviera que retroceder ante tanto ojo saltón y tanta verruga de color verde. Después de eso, pasó muchísimo tiempo antes de que volvieran a encontrarse insectos en ese pueblo.

   Y la verdad, de haberse concentrado más en su educación formal, la Leopolda pudo intuir a qué venía todo aquello. Pero realmente no tenía ni idea.

   Afrodita y Dioniso tampoco tenían idea. Desconocían por completo el hecho de que la Leopolda no entendía las verdaderas implicancias de su curiosa naturaleza. No sabían que ella ignoraba sus identidades y que se encontraba totalmente perdida al respecto. No estaban al tanto de que ella no se sentía desafiada, ni de que con sus acciones no estaba tomando medidas para defender sus divinos atributos, sino que únicamente trataba de seguir teniendo algo que hacer durante las frías noches, por decir algo. La Leopolda sólo era vista como una amenaza, y los dioses querían neutralizarla porque, para ser honestos, les estaba gustando mucho vivir en la casita, que, sin tantos despelotes de los demás infelices con los que habían tenido que convivir durante milenios, aquello venía a ser como su propio Olimpo. Después de cientos de años, era agradable que te rezaran y te trajeran ofrendas y te adoraran como era tu derecho; no era la Leopolda la única que disfrutaba eso. Y la Leopolda era una sola; Afrodita y Dioniso confiaban en que podrían proteger su Fuerte hasta encontrar la manera de desaparecerla, que para ellos no sería ni la primera ni la última vez. Que se fuera al Olimpo si quería.

   Pero aunque la Leopolda supiera lo que era el Olimpo y decidiera que bueno, que era mucho mejor que el pueblo y no le venía el olor de la curtiembre o algo así, en el Olimpo no querían a la Leopolda.

***

   Una noche llegó al pueblo un viejo en un auto deportivo carísimo y agarró para la casita sin vacilar. Muy sonriente y creyendo que su reputación estaba ya excediendo el perímetro de la indetectable zona urbana, Afrodita se apresuró a salirle al encuentro para invitarlo a tomar un trago. Por supuesto que ese viejo era Zeus, y desde luego que, en pedo y cebados como estaban Afrodita y Dioniso, no notaron nada extraño. Tuvieron un presentimiento cuando en un segundo la casa quedó totalmente vacía de huéspedes, y el piso se volvió transparente dejando ver, a pesar de la reducida superficie, toda la extensión del Hades. Ahí Afrodita y Dioniso se dieron cuenta de que la habían cagado, y se quedaron mirando a Zeus sin una sola palabra a ver qué horrible castigo les depararía, ya que recordaban lo caprichoso que era y lo mucho que le disgustaba que le pisaran el poncho. Los Infiernos eran algo mucho peor que el Olimpo, pero no lo peor.

   Según la sentencia de Zeus, Dioniso ocuparía allí el lugar de Caronte durante los próximos dos mil años, y si no le gustaba podía ir a ayudar a Sísifo; Caronte ocuparía el lugar de Dioniso, que buena falta le hacía, pobre.

   En cuanto a Afrodita, si no quería hacer las cosas de la casa con Hestia y pasar más tiempo con Hefaistos, tendría que sacar a pasear, alimentar y limpiar la caca del Can Cerbero durante el mismo lapso del tiempo, y su lugar en el Panteón sería ocupado por la Leopolda, que podía seguir residiendo en donde siempre, aunque en lo sucesivo tal vez notaría las visitas excepcionales de muchos personajes extraños, y a lo mejor unas facultades que antes no tenía y que sin duda no iba a perder por no aprovechar. Como su vida naturalmente no cubriría los dos mil años del castigo de los otros dioses, Zeus le otorgó la gracia de vivir dos mil años, o lo que un cuerpo muy bien cuidado pudiera seguir aguantando; algo que no sería percibido hasta mucho tiempo después de que todo el escándalo que se armó en el pueblo se hubiera calmado.

***

   Tal vez nunca. Porque pasó que en ese pueblo sucedieron algunas cosas raras más, y con algunas, la Leopolda nada que ver.

   Es decir, claro que los días de humedad las arañas hablaban y cosas así, y súbitamente cuando la Leopolda pasaba todo el mundo, aunque ella no estuviera concentrada en ese momento, quería darle regalos y componerle poemas. Y aún cuando sus noches y también sus tardes volvieron a ser alegres y concurridas, ahora su patio delantero solía estar siempre densamente poblado de caballeros que trataban de ver a la Leopolda, aunque fuera sólo una vez, saludándola con la roja luz de mil cigarrillos encendidos a la manera de retorcidas luciérnagas.

   Pero nadie creía que sus poderes dieran como para explicar la panza de la Elba, menopáusica desde hacía veinte años, a menos que uno los combinara con la aparición de ese viejo que no hizo más que venir al pueblo y desaparecer al día siguiente, como postulaban algunas vecinas con ventanas estratégicamente ubicadas. Los rumores cambiaron definitivamente de rumbo y se acentuaron cuando empezaron a caer rayos de la nada, cada vez que la Elba se enojaba por algo.

   En lo sucesivo, la doctora Circe se dedicó a prescribir muchos antiácidos. Ella misma toma bastantes, desde que ninguno de sus ungüentos parece funcionar para nada y según lo que come ni siquiera trabaja, porque empieza a vagar de aquí para allá, a veces como una lechuza, a veces como una urraca. Es algo muy triste, pero con todo lo que pasó desde Reinaldo Midas ya nadie se asusta por nada en ese pueblo.

   Sólo falta decir que, para guardar las apariencias, después de lo acontecido la Elba corrió a casarse con el primero que se le puso a tiro. Lástima que, por desgracia, cuando nació su hijo el idiota útil en cuestión no tuvo más remedio que percibir algunos fatales hechos, inevitablemente relacionados con ese asunto de su paternidad. Entonces, la Elba decidió abandonar tal heredero, como se hace siempre con todos los que auguran desastres, o dan tema para la cola de la verdulería. Resuelto lo cual, fue y lo dejó en un chiquero.

   Así que ya sabés.

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(Imágenes de Pixabay. No puedo hacer que la computadora reconozca el celular para subir las fotos. Ya vas a ver cómo me voy a desquitar apenas aprenda.)

   Y si alguien va para Villa Amelia, ojo que ese pueblo existe. Y existe una señora que se llama Elba y otra que se llama Leopolda. Con esto no quiero decir nada en especial.

   Pero quedan todos advertidos.

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5 pensamientos en “Esta otra señora se llamaba Leopolda (una historia casi real)

  1. Dr. Zaius

    ¡Ja jo ju! Genial. Y esto es poesía pura: “saludándola con la roja luz de mil cigarrillos encendidos a la manera de retorcidas luciérnagas”. ¿Usted no será una diosa de la fertilidad amnésica, donna Nadie? Por lo de la mano verde y otros poderes creativos, digo.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Sí, la verdad es que yo soy demasiado genial. Me acabo de encontrar con lo que yo supuse que era un puerro bien verde asomando por debajo de la biblioteca, y me encontré con que era una cebolla que rodó ahí abajo por accidente, y se brotó toda con abundancia. Ahora la voy a tener que plantar. Esto señala mi mano verde. También señala que soy una desbolada y no limpio con frecuencia debajo de la biblioteca.

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