Marian, again

mv5botazmdk2ntc0nl5bml5banbnxkftztgwnzi3ntazmte-_v1_uy268_cr40182268_al_Hola, querido visitante. Lamento haberte tenido abandonado tanto tiempo, pero es que esta semana, a pesar de todos mis esfuerzos a tu favor, no me ha sido posible sentarme a contarte todo lo bueno e interesante que me sucedió. Y lo no tan bueno, también, que si no no sería creíble. No hay vida sin dolores ni desatinos, ni la belleza de las nubes sin ocultar un poco el sol.

   Esta semana he pensado mucho. Mañana te muestro de qué manera tan hermosa la empecé, porque necesito de ayuda para bajar las imágenes a la computadora (no se puede contar sin imágenes). Desde luego, me conmovió y casi cambió mi animalito totem, tan temido y tan amado (lo siento, no te lo revelaré). Se trata de algo que, según el país en el que vivís, tal vez no hayas visto nunca. Sin duda, es algo que a mí, a menos que visite otro país, nunca me volverá a pasar. Tal vez sí a mi compañero de aventuras, porque es muy propenso a este tipo de incidentes. Mañana te digo todo; tengo guardado el borrador de la historia. Te gustará.

   Primero deseo hablarte de esta fascinante y aterradora película que vi hace muchos años como miniserie en dos capítulos, en Hallmark.

   Marian, again, no se trata simplemente de, como podrías pensar por el título, una mujer que regresa, o de un viaje ingrato, o a una vida ingrata, o que ha huido de una vida ingrata. No se trata de nada que puedas imaginar, porque se trata de algo espantoso, y lo es sobre todo porque la historia está basada en un caso real.

   La mujer de la película que te nombro fue manipulada y programada. Ella no fue muerta y abandonada, como ha sucedido de forma espantosa estos días en Argentina. Ése es sólo el principio de la película.

   Un día, un hombre de edad mediana va al supermercado y, en la cola de la caja, se encuentra con que, inmediatamente delante de él, está la mujer que iba a ser su esposa diez años antes. Ella no canceló el casamiento; sencillamente desapareció de la vida de todos de repente. En la cola del supermercado, el hombre llama a la mujer por su nombre. Ella lo mira a la cara sin expresión, sin entender, y se marcha rápidamente. Él la sigue por la calle; aún la llama; no comprende qué sucede. Está seguro de que es ella. Lo que no sabe, es por qué no le responde. Por qué nunca supo qué le sucedió tiempo atrás, cuando la buscó por meses, por años. Y ahora ella está libre y viva, delante de él, y huye. Los hechos transcurren en Inglaterra; esta mujer, esta autómata, va caminando libre por la calle. El hombre se obsesiona. La sigue hasta su casa. No es lejos. Y los días pasan.

   No quiero contarte nada más. El regreso de Marian, en el impactante final, es el regreso de una mujer de entre los muertos. Se produce no con la resurrección de su cuerpo, sino a través del reencuentro consigo misma, al final de una alucinación. Por suerte para ella. Muchas mujeres en su situación no terminan vivas.

   Recuerdo entonces que estos días por aquí hemos tenido nuestra propia cuota de sangre inocente; víctimas que sólo han trascendido por la saña con las que las han matado.

   Más allá de ellas, me imagino millones de mujeres, todos los días, que no tienen en su vida el clímax que “justifique” una película o una nota en la radio. Su paulatino convertirse en zombies empieza al nacer, y el proceso es en todo como la gota de agua que termina horadando la piedra, pero de manera tan imperceptible que nadie lo ve. Desde luego, no harías con eso una película.

  La historia de Marian es espectacular porque el cepo mental le fue colocado en una etapa tardía de su vida. La brutalidad y la velocidad del proceso, y sus resultados, son aparatosos e increíbles; la magnitud de la maldad de la que ha sido víctima es inimaginable. Pero son diez años, en una mujer adulta, que hasta entonces era feliz y bien cuidada, y tenía adónde volver. Da para un final con bombos y platillos. ¿Y las otras?

   Marian, again significa mucho para mí, por muchas cosas. Y vuelve a mi recuerdo precisamente cuando decido poner mi nombre verdadero en el blog, aunque por razones para nada dramáticas, gracias a Dios.

   Solamente odio que vuelva en un momento en el que suceden en mi país asesinatos de escandalosa crueldad, en los cuales el espanto no se detiene ni siquiera en la violación o en la muerte de inocentes. De mujeres y niños, por el amor del dios de tu preferencia. O de todos, ya que por ellos se han hecho tantas barbaridades. A mujeres y niños, tratados como objetos.

   Los que languidecen todos los días bajo un yugo hecho de palabras hasta que se mueren, a veces como una planta, a veces de maneras que ni Jesucristo tuvo que sufrir. A veces les hacen una película. O en su defecto, suben fotos o videos de su desgracia a Internet, para su perpetua humillación.

   De manera menos ácida, sólo porque ha pasado el tiempo y es una reconstrucción ficcional, Marian puede contarte para que no te lastime tanto.

   Ojalá consigas ver esta magnífica película; yo la he visto un millón de veces en Hallmark por lo que la recuerdo muy bien, pero en Internet no la he hallado. ¿Dónde está Marian?

   No dejés de avisarme si te enterás. Y tené cuidado en la calle.

(el cartel es de IMDb)

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