La ciertamente muy fina torta de moras

blackberries-1715772__180 Antes de contarle al simpático lector acerca de los sorprendentes eventos sucedidos el domingo pasado, tenés que decirle sobre esta torta de moras de inusitada aparición. Pasó el martes anterior, cuando llegaste a la casa de Rodrigo y te encontraste con que habían estado en Santa Lucía, un pueblo de por aquí, y volvieron con una buena provisión de moras, solicitando tu sobrino el mayor la confección de una torta que incluyera la colorida presencia de las mismas.

   Sin saber qué hacer ante el insólito desafío, y considerando el suave sabor de la roja y sencilla fruta (no pretenciosa, como la fresa), no supiste qué hacer para evitar que la identidad de tal sabor se perdiera, y entonces decidiste hacer una pequeña porción de mermelada para mezclar con crema chantilly, y rellenar la torta. Consideraste que si mezclabas las pequeñas y delicadas bayas con la masa de la torta, ésta parecería una redonda porción de carne humana que alguien hubiera baleado, lo cual te causó mucha mala impresión. Además, seguramente las moras quedarían insípidas, habiendo perdido ya casi todo su sabor por el tiempo transcurrido desde la recolección, y el remojo al que fueron sometidas (el cual indicaste a tu sobrino el mayor que evitara la próxima vez que recogiera moras).

elderberry-marmalade-1244293__180   Sin idea de cómo hacer mermelada (ésa es especialidad de tu mamá), agarraste el jarro grande de acero inoxidable, pusiste dentro la mitad de las moras (para no arruinar toda la muestra en el primer experimento), y le agregaste media taza de azúcar y el jugo de medio limón. Como nunca hiciste esto y no pesaste las moras, no podés indicarle al amable lector qué cantidad de azúcar, pero para que tenga en cuenta, indicale que considere el muy delicado sabor de las moras, y que si les agrega mucha azúcar no se va a saber si es mermelada de moras, de durazno, de manzana o de qué (el jugo de limón proviene del intento de evitar eso). Luego, pusiste todo a fuego suave y revolviste con una cuchara de madera, pero de vez en cuando y sólo para saber si la mermelada se estaba pegando, pues creíste que sería agradable que al mezclar la mermelada con la crema chantilly, se notaran algunos granitos enteros de la ahora dulce y sabrosa fruta. El lector queda a cargo de vigilar su propia cocina y revisar por su cuenta de vez en cuando, no sea que tenga que tirar todo a la basura en medio de un humo negro y espeso. Es importante vigilar que el dulce no quede muy líquido pero que tampoco se seque demasiado, porque se corre el riesgo de terminar con un caramelo con un gusto muy especial, pero que se parece más al higo que a las moras: es lo que sucedió en tu caso particular, así que avisale al atento lector que tiene que ir probando para no pasarse.

strawberry-dessert-946561__180   Cuando el dulce estuvo listo, te dispusiste a hacer la crema chantilly por primera vez aquí, en la Cocina Experimental de Nadie Avatar. Sabiendo que puede perfectamente tomar el punto a mano, ni te molestaste en ir a la casa de tu mamá a pedirle la batidora prestada y te sentaste en el sillón, con la ensaladera verde con un cuarto de crema dentro, media taza de azúcar y un tenedor. Mientras veías un programa de ficción de medicina forense especialmente sanguinario y apropiado por el rojo color, adecuado al momento, batiste concienzudamente con el tenedor hasta que la crema espesó y adquirió una textura sedosa e irresistible. Mucho más, cuando fuiste, buscaste la mermelada de moras y la volcaste dentro del jarro, mezclando el conjunto con la cuchara de madera y haciendo que la crema se fuera matizando de rayas purpúreas, que invitaban al delirio. Una vez que tu sobrino el menor hubo chupado la cuchara de madera, y habiendo colocado el jarro de acera en la pileta lleno de agua para poder limpiar luego el sobrante, te quedó por hacer la torta, de la variedad genoîse que le dicen los franceses, o sea un bizcochuelo (sin manteca).

   Para esto, lo ideal hubiera sido tener la batidora, pero puesto que tu hermano había llegado ya de trabajar y se puso con tu mamá a tomar mate, decidiste no molestar y arreglártelas a mano, si después de todo estaban de entrecasa. Agarraste dos huevos, los partiste y los pusiste en la ensaladera verde con una taza de azúcar, un chorro de aceite y uno de agua y un chorrito de esencia de vainilla, y batiste (nuevamente) con un tenedor. Eso hasta que te cansaste y comenzaste a mezclar, de a poco, con dos tazas de harina leudante. Cuando la torta estuvo lista y tibia, la partiste al medio y la rellenaste, entre manotazos para que nadie se comiera la crema, y casi del todo exitosamente.

chocolate-1567570__180   El resultado es algo muy sabroso y completamente delicado, y es una torta que, por lo inusual del relleno, a tu entender, viene a ser bastante refinada. Rociada con azúcar impalpable y con algunas moras enteras por encima, con la crema de color purpúreo asomando por los bordes, queda ciertamente intrigante y tentadora. A tal punto, que a la mañana siguiente sólo quedaba en el platón donde serviste la torta una pequeña porción, minúscula, lastimera y solitaria.

   Y eso es todo. Indicaste a tu hermano que la próxima vez que fuera a Santa Lucía se trajera más moras, pues tenés la idea de hacer un crocante la próxima vez, y te fuiste para la casa de tu mamá, porque había que sacar a Lara al patio para que hiciera pichí y caca, ya que ahora está viejita y no aguanta.

   Tempus fugit.

(Imágenes de Pixabay)

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