Samira

river-1746204__180   Ella se había quitado la gorra bordada en oro y piedras y balanceaba las caderas, mientras bajaba hacia la orilla del arroyo. El calor era fuerte esa tarde, y Gaspar notó el alivio en la tez enrojecida de Samira cuando se internó bajo la sombra de los árboles, para sentarse  sobre las piedras húmedas, más abajo, junto al agua. Samira quería descansar. Retiró de su cabeza el velo de muselina blanca y todo el resplandor azulado de su pelo relumbró sobre la delicada espalda, de la coronilla a la cintura. Suspiró una vez, dos veces.

   Luego, se puso de pie con la ligereza de un ave pese a la larga caminata a través del camino polvoriento y, llevando las manos a la cintura, se quitó la camisa por la cabeza. Se deslizó con la misma facilidad por dentro del camisolín y luego del pantalón y, sin molestarse en doblar la ropa, la dejó yacer sobre el suelo como unos labios yertos, ansiosos por la piel morena, sudorosa y joven. Así la deseaba Gaspar.

   Él apareció a la vera del río, bajo el sol, cuando el agua cubría ya los senos de Samira y su cabello comenzaba a flotar tras ella como la cola de un cometa de perdición, hecha de lágrimas de djinns. Aún antes de que ella se diera vuelta para enfrentarlo, con ojos más negros que su cabello, Gaspar sabía que Samira lo rechazaría de nuevo.

   Ella nadó boca arriba, con los oscuros pezones iluminados por sol, durante largos minutos, contemplando las nubes y sonriendo, y mirándola a Gaspar casi le parecía que el mundo era bueno. Los brazos de ella se movían bajo el agua amarronada del arroyo como alas de ángeles, más blanca la piel morena que las aguas cobrizas, y las piernas se agitaban como los miembros de un ser sobrenatural que hubiera aparecido en el agua de repente para alumbrar la maravilla. Gaspar la hubiera admirado eternamente; hubiera encerrado aquella porción del arroyo en un cuenco de cristal para conservarlo bajo su cama y apartarlo del resto del mundo, sólo para él. Pero ese tesoro no era suyo, y nunca lo sería. Otro lo tenía encerrado en su cuenco de cristal.

– Ayrilmak, Aysel  – dijo ella, el día de la boda.

cappadocia-1773479__180   “Apártate, Aysel”. Esa orden y el viejo nombre; el nombre que él ya no recordaba, que había quedado atrás. Eso era lo que ella tenía para él. Habían jugado de niños a la vera de ese mismo arroyo y en las cercanas cuevas llenas de pasado; lo habían apartado de ella cuando la prometieron en matrimonio a los diez años; se vieron a escondidas para jugar en el cañaveral hasta los trece, cuando la familia del novio vino a establecerse a Urgup con la prepotencia de los mercaderes ricos, que miraban desde arriba a los aldeanos que vivían entre las piedras. Y ella no lo esperó más a la vera del arroyo, y él ya no la encontró.

   Hasta el día de la boda; la pared blanca y caliente de sol de mediodía bajo la espalda de ella y la palma de la mano de él; la boca roja y hermosa, con aliento a menta y duraznos, apartándose; la palma de la mano cubiertas de anillos de frío oro cubriendo los labios cuarteados, resecos, suplicantes.

– Ayrilmak, Aysel.

  Samira se revolvió inquieta, en el agua, como si supiera de él, y observó con el ceño cerrado el borde brillante de las ondas contra las piedras, pero el sol la cegaba y las sombras protegían al observador. Sin embargo, ella perdió la sonrisa y la paz. Comenzó a nadar lentamente hacia la orilla sin dejar de mirar; había olvidado el cielo y la marcha rápida de las nubes. El suave disgregarse del agua sobre y debajo su cabeza. Sólo dejaba errar sus ojos, muy abiertos, muy brillantes, muy expectantes, entre las ramas más bajas de los árboles.

   Vio al intruso cuando ya hacía pie en el agua, pero no se detuvo. Emergió con toda su magnífica desnudez y caminó directamente hacia su montón de ropa, delante del observador que la acechaba, sin desviar la mirada de sus ojos. Y así se mantuvo mientras volvía a vestirse, sin que él se atreviera a mover un músculo. Solamente cuando ella volvió a cubrirse la cara con el velo él le tomó la mano con fuerza. Que no se fuera, que no se marchara. Cualquier cosa menos dejarlo así, solo, enfurecido, a la vera del arroyito.

– Ayrilmak, Aysel.

   Otra vez las duras palabras; el nombre que él había llegado a odiar. Los años habían cambiado el rostro de Samira, pero no a Samira. La frialdad y la pureza de los ojos eran idénticas; idéntico el brillo de la mirada y el tacto tibio de la piel suave bajo la palma áspera de él. Y no habían cambiado las palabras, ni el tono de la voz. Gaspar no podía moverse. Y una vez más, aunque no la última, ella se fue y lo dejó por su cuenta.

***

   El viejo lo esperaba sentado a la puerta de la cabaña, fumando su pipa, y no le hizo ninguna pregunta. Nunca las hacía y apenas hablaban, y así fue desde que el viejo encontró a Gaspar solo en el camino con un pan en la mano, a los cinco años.

   No le dijo nada cuando lo vio tomar una de las piedras negras del lugar maldito de Hierápolis, y tampoco cuando buscó una de las muñecas y una cinta negra. Tampoco le habló cuando lo vio sentarse a escribir, porque todo aquello quedaba entre Gaspar y los djinns. No era su asunto, y si lo era Gaspar se lo diría cuando fuera el momento.

highland-1601365__180   En la hoja de papel, Gaspar escribió los 41 puntos del hechizo.

  1. Porque no estuviste conmigo en el arroyito ninguna de las veces que llovió.
  2. Porque no me miraste cuando fuiste a la plaza aquel día que había fiesta.
  3. Porque no me hablaste cuando nos encontramos a la puerta de la mezquita.
  4. Porque no me contestaste cuando te saludé esa mañana que te vi en el camino yendo hacia el pueblo.
  5. Porque tiraste a un costado el pañuelo que te devolví cuando ibas con tu madre.
  6. Porque cuando me miras tengo frío.
  7. Porque no bebimos té de menta en tu último cumpleaños.
  8. Porque nunca compartimos la mesa.
  9. Porque se me murió el cordero que estaba criando para regalarle a tu padre.
  10. Porque soy pobre.
  11. Porque no sé quién es mi padre.
  12. Porque no sé si tu nariz es como la de mi madre.
  13. Porque soy el huérfano criado por el hechicero.
  14. Porque dijiste que querías tener muchos niños.
  15. Porque los ojos de tus hijos no tienen mis pestañas.
  16. Porque me miras desde los ojos de todas las mujeres.
  17. Porque no sé cómo huele tu pelo.
  18. Porque no sé cómo sabe tu comida.
  19. Porque te vi bailando frente a la casa más grande de Urgup para tu boda.
  20. Porque nunca he bailado.
  21. Porque no me diste a beber de tu café frente a tus padres.
  22. Porque imaginé tu cara durante siete años.
  23. Porque mi casa no huele a almíbar y arroz pilaf.
  24. Porque mi cama no huele a nada.
  25. Porque te sueño por las noches.
  26. Porque recuerdo cuando cantabas.
  27. Porque vivo en silencio.
  28. Porque cuando visito el pueblo siempre alguien te nombra cerca de mí.
  29. Porque tú no me nombras.
  30. Porque te gusta el azafrán.
  31. Porque yo sólo siento la sal en mi lengua.
  32. Porque me ibas a explicar para qué sirve cada especia.
  33. Porque todo lo que sale de mi caldero es para que lo coma el perro.
  34. Porque las personas bendicen lo que tocas.
  35. Porque nunca me tocaste.
  36. Porque tu jardín está lleno de tulipanes.
  37. Porque no hay flores en mi casa.
  38. Porque la luna llena te trae el gozo de tu sangre.
  39. Porque la luna llena se lleva mi sangre.
  40. Porque cicatrizo todos los meses.
  41. Porque tu nombre me quema el vientre.

   Gaspar se detuvo sin aliento, aunque la pluma lo llamaba; quería seguir escribiendo. Pero el hechizo sólo requería de 41 puntos. Era suficiente. Con esfuerzo, Gaspar dejó la pluma a un lado, cerró los ojos y sopló el papel hasta que se secó, y sintió que el corazón dejaba de golpetear dentro del pecho. Tomó la piedra del lugar maldito y la colocó en el centro de la hoja de papel, y fue a buscar una cajita oculta debajo de su cama. Sacó de ella un mechón de pelo que Samira le había regalado hacía diez años y lo puso junto a la piedra. Despacio, dobló en cuatro el papel, lo ató con un trozo de la cinta negra y lo puso a un lado.

   Abrió la muñeca al medio con una tijera y horadó el trapo con un dedo, para poder esconder dentro el paquetito amarillento. Después, enhebró una aguja con hilo negro y cerró la abertura con 41 puntadas. Tomó el resto de la cinta y envolvió la muñeca. En un papel escribió el nombre completo de Samira, el lugar donde vivía y la fecha de su nacimiento, y después salió de la cabaña de nuevo.

   El viejo vio a Gaspar alejarse con la muñeca y un cuchillo, sin una palabra, y una vez más no preguntó nada. Tomó el papel que el joven le tendía; sabía lo que debía hacer. Luego de romperlo en pequeños trozos, lo iría poniendo en la comida del perro durante cinco días. Se limitó a aspirar el humo con deleite y disfrutó de la noche que caía; el aire era perfumado y agradable. Observó la luna llena alzándose. Si se alejaba demasiado, tal vez el muchacho encontrara lobos.

***

mountains-665199__180   Después de una larga caminata, el joven hechicero se sentó en una piedra con la muñeca en el regazo y soltó de golpe una bocanada de aire. Tenía la boca reseca y se le caían las lágrimas y tal vez las rodillas no lo sostuvieran para seguir caminando, pero de todas formas aquel lugar era bueno para enterrar la muñeca. Después de unos minutos, se dejó caer sobre el suelo con la muñeca en una mano; con el cuchillo, de hoja larga y ancha, comenzó a excavar. Depositó en el fondo del agujero la muñeca, escupió sobre ella y se abrió la palma de la mano con el cuchillo. Dejó que la sangre goteara sobre la muñeca, hasta que dejó de manar por sí sola. Tapó el agujero y se fue a casa.

***

   Los comentarios corrieron por el pueblo durante muchos días, y después todos pudieron ver por sí mismos a la mujer desmelenada que vagaba con su camisolín blanco luego de la medianoche, hasta el amanecer, o hasta que los hombres pudieran alcanzarla y llevarla de vuelta a casa. No pasó mucho tiempo antes de que quedara sola, atada a la cama con cintas, en la casa del padre lleno de vergüenza.

   Pero la siguiente vez que llovió, Samira estaba con Gaspar en el arroyito.

river-1715498__180   Él la encontró de pie frente al agua que corría alborotada, punteada por las gotas de agua, y la llamó, pero ella no giró para ver quién era. El agua le pegaba la ropa al cuerpo y lucía como una estatua sucia bajo el velo de muselina blanca. Tenía las muñecas amoratadas, mordidas y despellejadas. Recién cuando sintió la mano de Gaspar en el hombro, Samira dio la vuelta para mirarlo. Sus ojos negros de fantasma, sin brillo, sin vida, no tenían alma ni fondo. Sus labios blancos y arrugados murmuraban palabras vacías, incognoscibles, seguramente incongruentes. Como su corazón, su inteligencia había sido ofrendada a los djinns. Ella no podía ver, porque estaba con ellos flotando en la oscura furia del infierno.

   Gaspar se inclinó sobre Samira, pero no llegó a tocar los labios fríos con los suyos.

– Aylmarik, Aysel.

   El aliento de ella aún olía a menta y a duraznos.

   Gaspar la vio alejarse hacia el centro del arroyito y guardó silencio mientras la veía internarse en la corriente. No trató de detenerla.

   Le era imposible recordar en dónde había enterrado la muñeca. Le dolían las manos; tenía todas las uñas rotas y sangrantes y la piel de todo el cuerpo llena de arañazos. No había dormido ni comido en cuatro días con sus noches, vagando entre las rocas y los matorrales. Tenía fuerzas apenas para sostenerse en pie.

   Samira se dejó caer en el agua cuando el agua le llegaba a la cintura. Nunca salió del arroyito.

***

   El sonido de la lluvia sobre el techo de chapas despertó a Gaspar e interrumpió el grito. Pero no las lágrimas. Sólo consiguió detenerse cuando oyó que Don Vicente abría el portón de la cochera, a la hora de relevarlo. Hasta ver la cara del viejo, Gaspar todavía fue Aysel, junto al arroyito de Capadocia, y no recordó dónde estaba hasta que Don Vicente lo saludó.

   Gaspar tembló durante todo el largo y vacilante regreso a casa.

   Los djinns le habían guardado a Samira, aunque habían pasado trescientos años.

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(El hechizo de los cuarenta y un puntos aparentemente es real pero fue modificado por mí en su totalidad, excepto por el hecho de que son cuarenta y un puntos. Tomé el hechizo y las ideas para alterarlo y adaptarlo al cuento, de las tres películas de terror turcas que menciono en este mismo blog, dado que no encontré ningún hechizo que me sirviera en su totalidad. Miralas si podés; son películas muy buenas. Tengo suerte de que mi vampiro haya resultado ser turco de nacimiento; qué tierra más maravillosa.)

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7 pensamientos en “Samira

  1. Dr. Zaius

    Excelentemente bueno, donna Nadie. Tal vez el cuento que más me ha gustado. Esta frase me pareció simple y poderosa: “… estaba con ellos flotando en la oscura furia del infierno”. Wow!

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