La aventura del Gran Rulemán Balde de Vello con su microondas inmortal. Y el Dr. Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Y Leonor La Cebolla.

mountains-1732108__180La noche caía tremebundamente en el planeta del Gran Rulemán Balde de Vello, y como siempre, nadie más disgustado que el ilustre personaje, el microondas inmortal, Mads Mikkelsen, el Dr. Zaïus y Leonor La Cebolla. Todos estaban de lo más indignados. Entre otras cosas, porque quién iba a decir qué era la noche y qué no era, si vivían en la cara oscura del planeta.

– Yo quiero ser como Toribia La Ruda, que está sacando flores- dijo Leonor La Cebolla-. No puedo sacar flores en un planeta sin sol, con una humedad terrible y un sujeto indiferente, que ni siquiera tiene ni idea de que a las plantas hay que regarlas.

– Vea que yo la riego todos los días- dijo Mads Mikkelsen, sujetando contra el pecho una pequeña regadera de juguete de plástico rojo, a la defensiva. El Hombre Caniche estaba filmando una película y hacía un montón que no pisaba el planeta, que no era de lo más indicado para la pelambre de un licántropo toy dedicado al mundo del espectáculo. Mads Mikkelsen miró inquietamente para todos lados sentado en su sillón de terciopelo. El doctor Zaïus le devolvió la mirada impávido. Lucía un traje rayado blanco y negro con pajarita, un bombín con una cinta blanca y zapatos de charol para bailar el tango. Portaba un clavel en el ojal.

planets-1512358__180El Gran Rulemán Balde de Vello avanzó hacia Leonor La Cebolla y la enfrentó, con enloquecidos molinetes de brazos y gran revolear de capa de terciopelo.

– ¡Qué quiere que le diga! ¡”No se puede conformar a todo el mundo”, clama ese nefasto personaje al cual ya no sé cómo llamar! ¡Aludiendo a mi necesidad de paz mental, silencio y un entorno cultivado que me permita desarrollar mis artes esotéricas adecuadamente, me pone de vuelta en este mundo inhóspito del que me llama dueño, en compañía de una planta parlante, un actor nostálgico y un acupunturista psicótico! Suerte que, atendiendo a mis numerosos reclamos, ¡por lo menos esta vez me concedió la deferencia de cederme mi querido e inseparable horno de microondas!

– Le pertenezco, querido amo -dijo el horno de microondas, encendiendo y apagando la luz como un arbolito de Navidad.

– Yo me considero más un practicante de terapias alternativas -dijo el doctor Zaïus.

– No se queje -replicó Leonor La Cebolla- De mí se pueden decir muchas cosas, menos que no soy cultivada, desde que Doña Nadie Carina me rescató de abajo de la Biblioteca y me plantó.

– Yo la ayudé a buscar la tierra en la plaza López -comentó el Doctor Zaïus.

. Muchas gracias, noble doctor.

– Usted se lo merece, Doña Leonor La Cebolla -respondió el doctor Zaïus, levantando su bombín en ademán de saludo.

   El Gran Rulemán Balde de Vello volvió a agitar espasmódicamente sus brazos, con gran tintineo de las runas de su collar de oro.

– ¡Pero quieren dejar de decir incoherencias, todos! ¡Qué me importa a mí a qué cementerio fueron a excavar el Dr. Osito Cariñoso y Doña Como-se-Llame para enterrar la cebolla!

– Usted es un pelandrún grosero- dijo Leonor La Cebolla.

– Ha ofendido mi honor, el de Doña Leonor La Cebolla y el de la ilustre dama, Donna Nadie Carina, para no hablar de la Plaza López -replicó el doctor Zaïus frunciendo los labios y la nariz, mientras enarbolaba su dedo índice derecho.- La expresión que usted ha expectorado infamemente, relativa a Doña Leonor La Cebolla, sugiere una relación inapropiada y del todo falsa aplicada al estrecho vínculo que me une a ambas damas. Y a la Plaza López. Lo reto a un duelo- desafió el doctor Zaïus, y se dirigió en derechura al Gran Rulemán Balde de Vello. Se quitó uno de los guantes amarillo patito y procedió a abofetear a la irrespetuosa persona en ambas mejillas.

El Gran Rulemán retrocedió, horrorizado ante el impío atentado.

– ¡POR LA GRAN HEL! ¡ESTO ES EL FIN! ¡Usted se ha atrevido a mancillar mi hermoso cuerpo con su harapo mugriento y HA DESPEINADO MI INCOMPARABLE CABELLO! ¡Usted no me reta a ningún duelo! ¡YO lo reto a un duelo! ¡NOMBRE A SUS PADRINOS!

   El doctor Zaïus dio un paso atrás con desprecio y midió con la mirada al indignado personaje.

– No tengo dudas de que Doña Leonor La Cebolla y Mads MIkkelsen serán testigos de este atropello del que he sido víctima, así como de mi justificada respuesta.

– Es claro, puesto que también mi honor ha sido ofendido- repuso Leonor La Cebolla, con un minúsculo agitarse de sus largas hojas para demostrar su desdén.

– Nunca quiso al Hombre Caniche -aportó Mads Mikkelsen con resentimiento, todavía sujetando la regadera.

   El Gran Rulemán retrocedió a su vez, no menos ofuscado, y se echó la capa de terciopelo sobre el hombro izquierdo.

– ¡Por favor! ¡Qué manera de insuflar pavadas al aire! Mi padrino será mi noble y fiel microondas inmortal.

– Por supuesto, Gran Amo -dijo el microondas, volviendo a titilar triunfalmente.

– Necesita dos padrinos -observó el doctor Zaïus, revoleando los ojos.

– ¡Hay seis seres en este cuento, uno es una planta, el otro es un microondas y dos de los humanos están chiflados!

– Pregúntele a Nadie Avatar Carina.

– Eso; pídale a Carina Nadie Avatar.

   El Gran Rulemán Balde de Vello volvió a agitar los brazos, haciendo que la capa volviera a oscilar en ondas alrededor de su maravilloso cuerpo.

– ¡Me niego a participar de este despropósito producto de una mente afiebrada y anacrónica! ¡Tengo trabajo que hacer! ¡No puedo perder el tiempo en altercados de poca monta con mequetrefes ridículos que tienen fantasías medievales!

   El doctor Zaïus se encrespó todo.

– Entonces usted es de los que tiran la piedra y esconden la mano.

– O un cagón -opinó Mads Mikkelsen.

   El Gran Rulemán Balde de Vello puso unos ojos como platos.

– ¡¿CÓMO SE ATREVE?!!! ¡¿Entonces hay que descender a las usanzas de los simios salvajes para ser respetado?!!! ¡Pues bien, que así sea! ¡QUE IS, HAEGL Y TORN DESCIENDAN SOBRE USTED Y LO CONDUZCAN ANTE HEL EN EL INFIERNO!!! -maldijo, extendiendo una garra temblorosa de ira en dirección al doctor Zaïus.

– Todavía le falta un testigo -observó Mads MIkkelsen, sentado en su sillón de terciopelo mientras se limaba una uña que se le había enganchado.

   El Gran Rulemán se lo quedó mirando.

– ¡Por Odín! ¿Es que van a insistir hasta el final con esta befa?

– Yo no me opongo. Acá no hay televisión -dijo Mads Mikkelsen.

– Y hay baja tensión -dijo el horno de microondas.

– Y alguien lo tiene que hacer callar -agregó Leonor La Cebolla.

– Nombre su otro testigo – dijo Mads Mikkelsen.

– Nombre su otro testigo -dijo Leonor La Cebolla.

   El Gran Rulemán comenzó a sudar frío. No había salida.

– No puede ser…

– Sí puede ser -dijo el doctor Zaïus, con malévola expresión.

– Esto excede a mis fuerzas… No puedo hacerlo…

– Llame a su otro testigo.

   El Gran Rulemán unió sus manos y las retorció con una mueca de desesperación. No había más remedio.

– Oh, no, no… Oh, no… ¡LIZAAA!!! -exclamó, levantando ambos brazos al cielo, y haciendo que sus distinguidos rizos se alzaran en un horrible jopo.

   Un agitarse de los cercanos ligustros señaló la irrupción que salvaba del escarnio al Gran Rulemán.

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– ¡OH, MY BAOLDERRR!!! ¡Cómo te extrañé todo este time, hasta que Nobody Avatar Karin me llamó pues suplicabas por mi presencia! ¡Oh, my darling, cómo habrás estado in pain sin un entourage que adore apropiadamente tu sin igual persona! ¡Oh, God, love you so much! ¡Sólo dime, tell me now, qué tengo que hacer para agradecer tu almighty calling!

   El Gran Rulemán se puso verde.

– Oh, por el Valhalla, qué bajo he venido a caer… Por las valquirias… Por Hermes Trismegisto…

– ¿What??? ¿Qué decís, my darling? ¿Quién es esa gente? Me suena…

– ¡Silencio! -dijo el Gran Rulemán – ¡Si quiere hacer algo más que contaminar el aire de este planeta con olores industriales, respete la misión para la cual ha sido traída! ¡Sepa que esta recua repugnante de burros piojosos me está intimando a que participe en un duelo! ¡Usted va a ser la segunda testigo!

– Yo no soy un burro. Entérese de que pertenezco a la familia de las liliáceas -dijo Leonor La Cebolla con gran dignidad.

– ¡UN DUELO!!! YESSSS!!! -gritó Liza, saltando y batiendo palmas- ¡Sí, my darling! ¡Demostrales your spirit a todos estos paspados con horribles outfits y permanente de peluquería de ghetto! Yo voy a ser your princess y vos vas a liquidar a todos estos assholes para defender mi honor.

– No su honor, sino el de Leonor La Cebolla – dijo el doctor Zaïus.

– En Argentina no son válidos los títulos de nobleza -terció Mads Mikkelsen.

 – ¡Usted shut up! -ordenó Liza, palmoteando – Vamos, darling, c’mon, ¡VAMOS A ELEGIR LAS ARMAS! Te voy a dar mi pañuelo como love gift, y tú lo llevarás anudado a tu brazo durante toda la contienda, para demostrar quién es tu dama. YESSS!!!

– A ver qué encuentran -dijo Mads Mikkelsen. – Es sabido que Doña Nadie Carina Avatar está en contra de la libre portación de armas.

   Acompañados por los padrinos que podían caminar, los contendientes se dedicaron a revisar el aparador de los cubiertos, los cajones para guardar platos de la mesa y miraron abajo del sofá donde se había sentado Mads Mikkelsen, y entre los ligustros.

– Acá no hay nada -informó el Gran Rulemán revolviendo entre los cubiertos – ¡Yo no me pienso batir en duelo con un cuchillo de serruchito, como un gaucho matrero! -rezongó, levantando en alto el brillante instrumento.

– A mí ver sangre me hace bajar la presión – dijo el doctor Zaïus, palideciendo. – Y Donna Carina Nadie Avatar me espera a cenar. Me voy a ensuciar el traje.

– ¿Entonces esto no va? – preguntó Liza, blandiendo un sacacorchos. – Awww!

   El doctor Zaïus se bamboleó a la vista del brillante acero, yendo a sentarse con Mads Mikkelsen en el sillón.

– ¡No sea cándida, señorita!

– No, claro que no, honey, yo soy Liza, LIZA, yes?

– ¡Cállese todo el mundo! Voy a pensar.

   Todos se quedaron mirando al Gran Rulemán. Mads Mikkelsen se fue a buscar la canasta de crochet para empezar a tejer una capita al Hombre Caniche. El doctor Zaïus se apantallaba con una revista que había quedado abandonada arriba del sillón. Liza abrió su neceser y sacó una larga pashmina de seda natural color rosa bebé con flecos de plata. Finalmente, el Gran Rulemán habló, dirigiéndose altaneramente al doctor Zaïus.

– Retire su desafío.

– No retiro nada.

– Retire su desafío.

– Discúlpese.

– La verdad no ofende. Duele, pero no ofende – retrucó el Gran Rulemán, con un ofensivo puchero.

– Deje de citar a Nadie Avatar Carina sin permiso.

– Deje de defender pobres.

– ¡NO SE ME OCURRE NINGÚN ARMA!

– ¡A MÍ TAMPOCO!

– ¡Oh, God! -dijo Liza- This is so boring! ¡Terminemos con esto, darling Baolderrr! ¡Vamos a contemplar el atardecer junto al río y escuchemos cantar a las calandrias, y después te preparo mi manjar de tofu para nutrir y mantener tu maravilloso cuerpo!

– ¡Lo que tengo que hacer es poner a este individuo en su lugar! ¡ME CACHETEÓ CON SU ZAPARRASTROSO GUANTE Y DESPEINÓ MI FANTÁSTICO CABELLO!

– ¿Él hizo WHATTT??? – exclamó Liza, escandalizada. Luego de lo cual, se dirigió en línea recta al doctor Zaïus y le quitó su bombín. El doctor Zaïus, espantado, gritó y se llevó las manos a las orejas, poniéndose de pie abruptamente y pareciéndose, entonces, al Grito de Edvard Munch, en Jamaica. Lucía unas rastas cortitas de muchos colores, que parecían bizarros boñigos psicodélicos. truck-1309529__180

– ¡OHHH!!! – gritaron el Gran Rulemán, Leonor La Cebolla, el horno de microondas inmortal y Mads Mikkelsen, que volvía de buscar su canasta de crochet desconsolado, pues se le había terminado la lana de color celeste. Liza sonreía balanceando el bombín en la mano con satisfecha expresión. El doctor Zaïus se perdía a la distancia a toda velocidad, dando alaridos y dejando a su paso una pequeña nube de tierra.

– This guy nunca me ha engañado, my Baolderrr. ¡I’m so happy de que mis habilidades vengan en tu auxilio! Yo puedo oler el pelo teñido e identificar la marca de la tintura, el tono, el número de partida de la caja, quién fue la peluquera y a qué hora le aplicaron la tintura. ¡Soy como Gil Grissom, my Baolderrr! ¡Soy tu LIZA C.S.I!

– Yo soy rubio natural -dijo Mads Mikkelsen, mirando para todos lados.

– Yo no tengo pelo -dijo Leonor La Cebolla.

– Yo tampoco -añadió el microondas inmortal.

– ¡Ahora ese sujeto no te acosará nuevamente! Jamás se atreverá, never, never!

– Son las consecuencias de meterse con Balder Runemal, el Grande y Bello -dijo el Gran Rulemán levantando el mentón y echándose la capa de terciopelo por sobre un hombro.

– No; son las consecuencias de que el doctor Zaïus haya visto Juego de Tronos con Doña Nadie Carina Avatar, y ella haya soñado con Jason Momoa -explicó Leonor La Cebolla, testigo de los hechos.

– Jason Momoa no tenía rastas en Juego de Tronos; tenía una trenza larga -acotó Mads Mikkelsen.

– Y era de color negro -aportó el microondas inmortal.

– Dije que ella estaba soñando – aclaró Leonor La Cebolla.

– Haga silencio, hortaliza entrometida -le ordenó el Gran Rulemán. – Su desquiciado campeón huyó como alma que lleva el diablo ante mi magnificencia. Ahora, sin más distracciones molestas, puedo dedicarme en paz a la práctica de las artes esotéricas, como es mi obligación y destino.

   Todos se callaron.

– Le dije que yo quiero flores – dijo entonces Leonor La Cebolla.

– Y yo quiero ir a ver la nueva película del Hombre Caniche – dijo Mads Mikkelsen. – Creo que le hicieron rastas.

– Tráigame a Leonor La Cebolla y yo me encargo de ella, Amo – dijo el microondas inmortal.

– No se atreva, enchufado de porquería – retrucó Leonor La Cebolla.

– ¡Ay, Baolderrr! ¡Yo seré tu asistente! ¡Vestiré mi traje de patín artístico con lentejuelas doradas, y te alcanzaré el bunny para que lo puedas sacar del sombrero del tipo ese del pelo raro!

– ¡Es un BOMBÍN! ¡Y YO NO SOY MAGO! -gritó el Gran Rulemán, alzando los brazos al cielo oscuro y tormentoso. Un rayo azotó la eléctrica atmósfera y paralizó la escena durante un microsegundo.

   Antes de que los comentarios, subiendo de tono cada vez ante la cercanía de la tormenta, aumentaran y aumentaran.

– Yo merezco tener flores tanto como Toribia La Ruda…

– Usted venga para acá y le voy a enseñar; meterse así con mi amo…

– No se preocupe, doña Leonor, que yo la cuido, como cuidaba al Hombre Caniche…

– Entonces, darling, lo que podemos hacer es conseguir un gabinete como de dos metros, todo de madera dorada, y yo me meto adentro, y vos agitás la varita, y como el gabinete va a tener una puerta falsa atrás, hacemos como que…

   Las palabras se arrastraban como las hojas secas del otoño sobre el pavimento. La lluvia que comenzaba a caer las llenaba de barro y hacía que se apelotonaran y se pegaran a los oídos del Gran Rulemán como la caca de perro a los zapatos. Entonces, alzó las manos y las pegó a sus oídos.

– ¡NOOOOO!!!!!!!!

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(Imágenes de Pixabay. Sí, ese es un caniche negro con rastas.)

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10 pensamientos en “La aventura del Gran Rulemán Balde de Vello con su microondas inmortal. Y el Dr. Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Y Leonor La Cebolla.

  1. Dr. Zaius

    ¡Muy bueno, donna Nadie! Aunque tiene algunas inexactitudes, como: “A mí ver sangre me hace bajar la presión – dijo el doctor Zaïus, palideciendo”. Al mentado doctor no le impresiona la sangre, sino las escenas de tortura que se extienden en el tiempo (fíjese que ese filme titulado “Maniac” le pareció inofensivo). Lo de las rastas arco iris lo voy a pensar…

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Yo creo que le daría un aire muy mundano; además vengo viendo que todos concordamos así que lo va a tener que hacer. Gracias por la aclaración acerca de sus debilidades. ¡No puedo creer que haya tolerado “Maniac”!

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Todas mis risas son sardónicas y de mala peli. En Internet es imposible otra cosa. Pero en particular, ahora con ella me refería a que no espero que este cuento se entienda en general; lo podemos llegar a entender los dos o tres amigos que sabemos cuándo y por qué fue creado. Aunque algunos otros por ahí los han visitado y se han reído, lo cual me gusta mucho porque me encanta que le puedan encontrar algo gracioso, sin pretender descifrarlo como si fuera la piedra de Rosetta. A veces en la vida en general pasa así. Quizás te divirtió o quizás te pareció un delirio; yo pretendía exactamente (y nada más) que esas dos cosas.

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