Helena

hacienda-285342__340   El calor era fuerte, pero ella estaba, como cada atardecer que Gaspar había pasado en esa estancia, sentada al pie de los tilos con su bastidor en la mano. No bordaba. Gaspar nunca la había visto bordar. Había visto en la casa los almohadones primorosamente adornados con rosas y lilas, y las cortinas llenas de moños y mariposas, pero hasta donde él podía recordar Helena nunca había bordado allí, bajo los tilos. El dulce perfume de las flores amarillas y los aguaciles transparentes surcando el aire. Todo lo que ella parecía hacer era pensar. Gaspar veía sus ojos transparentes, con tanta belleza como el fondo del océano en el Golfo de México, y le costaba adivinar la existencia del pensamiento. Sólo veía paz.

   Sin embargo, como todos los de su clase, Helena pasaría gran parte de su tiempo mirando a su alrededor con los ojos de su mente, negros e incisivos, profundos, secretos, clavados en el barro de su pasado.

   Se preguntó qué horrores le traería ella. La virtud de Helena era la clemencia. Gaspar le temía más que a Astryd.

– Te busqué en el cementerio. Te busqué por todas partes. ¿Por qué te viniste de vuelta para acá, después de tantos años? Está lleno de gente. ¿Qué tal si preguntan?

   Ella sonrió, con sus ojos del color de las mañanas de primavera y su sonrisa blanca y luminosa, toda nubes y algodón de azúcar, y soledad centenaria.

alley-1582733__340– Soy una pariente lejana que viene de Córdoba. Quise visitar la estancia “por todo lo que me contó la abuelita” y me invitaron a quedarme. Son muy amables. Hace tanto que no vengo, y hoy es el aniversario de la muerte de mi madre…

   Gaspar abrió los ojos muy grandes y le sonrió, a medias triste, a medias nostálgico del pasado que él nunca tendría para recordar.

– ¡Así que hoy es tu cumpleaños!

   Ella le devolvió la mirada, sin nada de tristeza, sin nada de nostalgia, con todo el peso de la noche que nunca termina en los ojos.

– El número ciento sesenta y tres.

– Estás hecha una piba.

– Gracias. Tu buen gusto sólo es superado por tu apostura.

   Helena clavó su aguja en la tela blanca del bastidor y lo dejó descansar sobre su falda, haciéndole espacio a Gaspar en el banco de mármol. Miró a la distancia, recorriendo el campo con los ojos, como tantas veces él le había visto hacerlo hacía años, cuando se traía el té de la cocina para invitarlo. No por primera vez, Gaspar se preguntó qué estaría recordando.

– Vos no conociste a tu mamá.

– La Tomasa decía que éramos como dos gotas de agua. Todavía está la pintura colgada en el estudio que usaban mi señor padre y mis hermanos.

   Sin mirarla, también oteando a su alrededor, Gaspar estiró una mano y acarició los dedos de Helena. Sintió cómo los ojos se le humedecían cuando la palma de ella se unió a la suya, después de años de su ausencia y de extrañar su contacto, aún cuando la piel fuera igualmente fría. Porque seguía siendo suave; porque él aún podía oler el agua de azahar en las yemas; sentir la harina blanca del pan con el que ella lo invitaba por las tardes, cuando los peones se reunían alrededor del fogón. Porque podía sentir los recuerdos. Y los recuerdos que él conservaba de Helena eran amables.

– ¿Para qué viniste, Gaspar?

– Tienen algunas hectáreas en venta y vine a ver. Tal vez ofertar.

– Sabés lo que quiero decir.

– ¿Te gustaría eso? ¿Que seamos vecinos?

– Yo vivo en Rosario, Gaspar. Hace muchos años que la estancia ya no es mía; estoy de visita. Esta gente no me conoce. Cuando estuve por acá por última vez, la mitad de la familia no existía y el resto no me recuerda.

– Estás igual; tenés hasta el mismo peinado. Nada más la ropa es distinta.

– La gente ve lo que quiere ver. No me relacionan con “la tía que se cayó del caballo” y les dejó la estancia a los abuelos. Ni se les ocurrió mirar nunca el retrato, creo yo.

– ¿Querrías que comprara de vuelta toda la estancia, Helena? ¿Que sea tuya otra vez? ¿Vivir acá para siempre, los dos?

   Ella lo miró a la cara, nuevamente con su dulce sonrisa.

– ¿Sabés lo que quisiera, Gaspar? Hacer como cuando era chica. Mirar las estrellas toda la noche desde la ventana de mi cuarto. O acostarme entre el pasto, entre las luciérnagas, con los grillos cantando. Y dormir, dormir, dormir… Y despertar, y que sea otro día.

   No era el primer vampiro en tener esos sentimientos, pero Gaspar miró a Helena y pensó en lo joven que era. Se sintió culpable por venir a buscarla, porque era ella quien en el futuro necesitaría consuelo y clemencia. Tenía la mitad de los años de Gaspar, pero nunca había cerrado los ojos.

   De repente, él sintió el suelo helado bajo los pies. Miró para abajo, como si temiera que el hielo ascendiera hacia el tronco de los tilos. Los tilos que de un golpe se le aparecieron negros y marchitos, mientras otros recuerdos le subían a la mente como una savia enfermiza. Rojos. Sintió cómo se le erizaba el pelo, a medida que el pasado le iba llenando las venas. Eso que él veía, y que no podía ser la mujer sentada a su lado.

– Se está haciendo tarde, Helena.

– No te vayas. Seguro ellos te invitan a comer; parece que son así. Les gusta la gente.

   Gaspar sintió en su mente el campo empapado de sangre; las pezuñas de las vacas sobre los ojos de los muertos. Quiso levantarse, pero Helena no soltó su mano. Si no hubiera sido ella, si no hubiera visto el cansancio, el dolor, la culpa, la conciencia, la necesidad en el fondo de los ojos del color del agua, Gaspar habría gritado. Habría huído de esa mujer. Pero era el turno de ella de pedir piedad.

   Con horror, Gaspar vio el cinturón de Venus sobre el horizonte y el resplandor rosado de los últimos rayos del sol no le recordó, como otras veces, el del vestido con el que vio a Helena por primera vez. Le hizo pensar en una inundación de sangre que acababa sumergiendo todo; los animales a la distancia, los peones que gritaban, los niños que suplicaban que los dejaran bañarse en el tanque australiano.

– Viniste a que te contara cómo nos conocimos.

– De repente ya no tengo ganas.

   Pero de nuevo ella sonreía, y su sonrisa era dulce otra vez.

– Fue durante mi última noche en Rosario. En Avenida Pellegrini. Había mucha gente; todos con sombreritos y serpentinas, muchos chicos… Mucha música. Era el Carnaval. Yo tenía miedo y me sentía un poco perdida, pero quería salir a ver la ciudad. Rosario era la primera ciudad grande que yo visitaba. Unos muchachos me acorralaron y me llenaron de espuma, y yo me asusté y me puse a llorar. Te metiste en el medio y me sacaste de un brazo, y me obligaste a entrar en un bar para poder limpiarme y lavarme la cara… Y me invitaste a tomar cerveza. También pediste una pizza grande. Con anchoas.

   Gaspar la miró a los ojos, y esos ojos eran tan transparentes como siempre. Y tenían alegría.

– Usabas una camisa verde con rayitas amarillas muy finitas y un jean que te quedaba un poco grande, y yo pensé que el color te resaltaba los ojos, y que eras lindo, aunque algo flaco. Con el pelo demasiado largo. Y pensé que eras bueno. Un muchacho muy bueno. Un caballero.

   Gaspar volvió a tomar las manos de Helena.

– Conversamos hasta que el bar cerró, y después insististe en acompañarme a casa para asegurarte de que llegaba bien. Y a la noche siguiente, cuando me volvía para acá, apareciste en la estación con un ramo de rosas y me pediste permiso para venir conmigo, porque dijiste que extrañabas la vida al aire libre.

– ¿Todo eso es verdad?

– Hasta la última palabra.

– Todo este tiempo pensé que yo… ¿Por qué no me acuerdo de nada de esto que contás?

– Porque ahora solamente te podés acordar de Samira. Del frío en los pies, de mi familia, y del miedo que te dan los tilos. Y esta estancia.

   Ella tenía los labios adorables, pero resecos, y Gaspar recordó que Helena nunca había sido de hablar demasiado. Tal vez se había cansado, y por eso ya no sonreía. O tal vez porque ella siempre había tenido los pies fríos.

   Helena apoyó la cabeza en el hombro de Gaspar y miraron jugar a los chicos que habían salido de la casa con manteles y servilletas, a lo lejos, detrás de los hombres que montaban los tablones para poner la mesa.

   Una chiquita salió de la casa y corrió hacia ellos a toda velocidad, durante un largo rato, atravesando los jardines para poder llegar hasta los tilos. Después de varias pausas para recuperar el aliento pudo entregar el mensaje.

– Dice mi mamá… que por qué el señor no se queda… a la noche… Mañana se van todos al pueblo… Lo llevan, si quiere.

   Y sin esperar respuesta, la niña corrió de vuelta para la casa, pues la misión pedida ansiosamente a la madre había sido cumplida.

   Gaspar no podía sonreír.

– Hubieras podido ser vos con cinco años.

– A lo mejor. No queda nadie para que me diga.

   Helena se levantó del banco. Le tendió la mano a Gaspar, como si pudiera otra vez cargar con el peso de los dos. Abrigarlo con su fuerza y su paciencia, y sus ojos que brillaban de día y de noche, vigilando. Él pensó que, a pesar de su temor, no podría levantarse de ese banco, pero no le costó tomar la mano y seguir a Helena hacia la casa.

– Mañana me voy con vos, Gaspar. Extraño la vida de ciudad.

   Y Gaspar casi sonrió, a pesar del campo frío, frío bajo sus pies, y del perfume de los tilos a su espalda.

   Esa noche no recordó nada más, y la pasó entera con la sensación del primer beso que Helena le dio en la vida de los dos, esa misma noche, cuando se despidieron en la puerta de su habitación para que la familia no viera.

   Ella nunca sería capaz de nada más, pero esa noche era suficiente.

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(Imágenes de Pixabay)

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