Éstas eran tres hermanas que todo lo hacían juntas ( o “Ese otro asunto de las Gorgonas”)

door-115093__340   Una hermana gustaba de coleccionar cabezas, así que cuando encontraba una que le agradaba iba y practicaba una pequeña disección a la persona, y después embalsamaba la cabeza y la colocaba en lo alto de un maniquí; de esa forma, ella nunca se sentía sola. Otra hermana era tan cachonda que resultaba irremediablemente necrófila; ella aprovechaba los cuerpos que habían tenido todas esas cabezas tan agraciadas, y se dedicaba a cogérselos cada vez que podía hasta que empezaban a echar olor a podrido y se ponían verdes. La tercera hermana no hacía nada; se estaba todo el día mirándose en un espejo con tal intensidad, odiándose por ser tan fanática, que ni se daba cuenta de que envejecía. Estaba siempre con las otras, a lo mejor porque claro, con semejantes hermanas no sé qué mierda de malo le podía pasar.

   Obraban en equipo, tal vez porque con la segunda hermana aprovechando siempre la bolada, a la mayor no le costaba nada que le echaran una mano cuando estaba en apuros; la tercera hermana abría la puerta. Cada vez que un vecino veía algo sospechoso por la ventana y llamaba a la policía, las hermanas confabuladas la mandaban a ella para que atendiera a los agentes, y zafaban porque para no seguir viendo esa cara blanca y ojerosa y esos ojos extraviados, y no tener que continuar escuchando sus palabras ausentes y experimentar esa canibalística sensación, los policías se iban enseguida dejándola en libertad de volver a su espejo, mientras ellos trataban de recuperar el calor. Principalmente por eso era que los informes de los agentes eran vagos y erráticos y el barrio entero terminó teniendo reputación de paranoico; para que los policías no tuvieran que volver a hablar con esa extraña mujer.

trees-450854__340  Mientras las tres hermanas vivieron en la siniestra casa,  había una extensión de unas treinta cuadras a la redonda, contando los espacios verdes, que se convirtió en el Triángulo de las Bermudas de la gente que iba a pie. Una persona se denunciaba como desaparecida, se la veía por última vez entrando al Parque y ahí la policía le perdía la pista para siempre. Si tenía idea del rumbo que había tomado, la familia abandonaba las esperanzas de recuperar a su ser querido, aún antes de avisarles a los agentes.

   Luego de algunos años, la gente se acostumbró a evitar toda la zona y ésta se convirtió en una región en donde la presión emocional de los humanos normales bajaba. Nunca se deshabitó y las propiedades no perdieron nada de su valor, pero todos los vecinos, intuitivamente, rehusaban salir de su casa de noche o cuando llovía, o solos, y estaban siempre deprimidos, confundidos y de muy mal humor. Si el registro de muertes violentas se debía exclusivamente a las tres hermanas, era porque el resto de las personas no pasaba junta suficiente tiempo.

   Como otros depredadores, las hermanas atacaban a los seres más vulnerables. Una viejita que iba a cobrar la jubilación después del almuerzo, a la hora de más calor. Un adolescente que se escurría de su casa para ir a comprar cigarrillos. Un hombre de mediana edad que asimismo se esfumaba de su casa sin el conocimiento de su señora esposa. Una mujer que no quería que nadie la viera con esos cañoncitos de dulce de leche. La hermana mayor se enternecía, se indignaba, admiraba el suave tallado de las venas azules y de las grietas antiguas y blandas, el brillo a la distancia, las pestañas curiosamente grises, el crepúsculo en la mirada o en la bragueta y cosas románticas así, y entonces actuaba. O no sabía la hora, o era gentil con un pañuelo caído, o no encontraba la dirección de la nueva casa de su abuelita. Era cordial, amable y hasta tenía una dulce y frágil expresión, y su cara acostumbraba ser lo último que se veía en el barrio antes de que lo recorrieran esas nubes bajas y negras que nadie avistaba pero sentía aproximarse, y que llevaban a todo el mundo a meterse en la cama para no salir sino hasta dos o tres días después.

   La segunda hermana era la que atacaba, por la espalda y frecuentemente usando un objeto contundente, mientras el aludido de turno observaba la dulce cara de la hermana mayor. Como tenía mucha fuerza y era muy flexible, la hermana del medio se encargaba de transportar a los más robustos, sobre sus hombros, hasta la puerta trasera de la gran casa. Luego dejaba que la hermana mayor acrecentara su ya considerable colonia con un miembro más, antes de que ella pudiera aprovechar su propio miembro. A la hermana menor se le avisaba cuando era oportuno; también a las dos hermanas mayores les inquietaban su aciaga cabellera y sus abúlicos párpados.

woman-885848__340   La hermana mayor maquillaba las cabezas con gran cuidado, y vestía a los maniquíes donde las adosaba con trajes de diversas épocas que le encantaba coser. Le gustaba también ponerles perfume, hacerles peinados elaborados y pasarles música para que no se aburrieran, y si no fuera porque era imposible evitar los malos olores les hubiera cocinado también. En efecto, por una cuestión de discreción, y también de número, la hermana mayor debió colocar todos los maniquíes en el sótano, que era muy amplio pero no tenía tragaluces ni ningún otro tipo de ventilación. Sin embargo, la hermana mayor instaló allí una cocina; de hecho, había separado todo con tabiques y tenía una cocina, varios baños y dormitorios, y un extenso salón de baile magníficamente decorado, con paredes forradas de brocado de terciopelo blanco, una araña de cristal de roca, y por todas partes sofaes de terciopelo de color plata bordado con canutillos.

   Los maniquíes estaban bien organizados y ubicados con singular tino. Se encontraban sentados en los sillones adoptando relajadas posturas, bailando en la pista, departiendo amistosamente a un costado, y hasta había una pareja joven que se había retirado a la cocina para discutir. La hermana mayor, vestida de gran gala, iba de un extremo al otro del sótano y se aseguraba de que todos los maniquíes conservaran su lugar, vigilando que no hubiera goteras ni lombrices inoportunas colándose por las grietas del parquet que levantaba la humedad, y si se acentuaba el olor a tierra o aparecía musgo en un rincón, encendía unos sahumerios y lo limpiaba todo en seguida. Acostumbraba poner unos valses para animar la velada cuando notaba algún decaimiento, pero en general ella se sentía feliz en ese sótano.

gothic-291512__340   Entretanto la segunda hermana, que mientras se desarrollaban estas actividades veía significativamente recortada su propia agenda, se distraía en el patio trasero, el cual contaba con una saludable provisión de aire fresco. Ella no se especializaba, como la hermana mayor, en las telas finas y en los perfumes orientales, sino que, más pragmática o con otro tipo de inquietudes, cultivaba una gran erudición en cosas como aceites y las propiedades de hierbas y diversas nueces, y entendía muchísimo de feromonas, la glándula pituitaria y partes del cuerpo de las que personas menos avanzadas no tenían ni idea. Como su hermana en el sótano, ella también se sentía muy feliz en el patio, aunque la desilusionaba un poco no poder practicar todas las facetas de su arte debido a lo limitado del material,  y se consolaba llevando a cabo estudios de escultura en donde había mucha gente de pie.

   En medio de una prosperidad que Leonardo Da Vinci le hubiera envidiado sinceramente, desarrollaba una habilidad tal que su hermana la mayor, en ciertas oportunidades, había descabezado por error algunas de las figuras de arcilla que se secaban junto a la tapia. Entonces la hermana escultora, que se había sentido fascinada ante esa eventualidad, no sólo gustaba de cogerse esas estatuas sino que emprendió sobre ellas unas innovaciones que en ocasiones la mantuvieron tan pero tan entretenida, que la hermana mayor tuvo que venir a buscarla para que la ayudara a concretar sus propios rebusques, costándole un esfuerzo considerable sacarla de allí. La segunda hermana también aprendió a trascender los límites del material convencionalmente utilizado para las labores de ese tipo de escultura, comenzando a emplear cosas como el cuero y la goma de diversas texturas, los forros de diversos abrigos y esas esponjitas de aluminio que se usan para rasquetear las ollas y así, y entonces la cosa se puso difícil para la hermana mayor, a la que le resultaba prácticamente imposible sacar a la segunda hermana del patio.

horror-588938__340   En esas ocasiones de emergencia (y sólo entonces) la solía ayudar la hermana menor, que de todas formas pasaba tanto tiempo delante de su espejo que no llegaba a notar ninguna diferencia cuando volvía allí. La hermana mayor iba y la agarraba de un brazo, y cuando la hermana menor pasaba la puerta y se disponía a abrir la boca para hablarle al policía que alguien habría llamado, la hermana mayor le sujetaba la mano alrededor de la muñeca de un hombre o un niño o una joven mujer, y la ayudaba para echárselo a la espalda, y después dirigía a la hermana lejos de la puerta y la cerraba de un golpe, para que se metiera dentro rápido y los vecinos se apiolaran lo menos posible. Y antes de darse cuenta, la hermana menor ya estaba de vuelta frente a su espejo, observando la lenta marcha de maduración de ese último grano o esa venita que se le había reventado a un lado de la nariz, mientras se reprochaba a sí misma por no salir a ver cosas como lo lindo que estaba el día.

   Las hermanas vivieron en el barrio durante años y años, y todo el mundo demoró todavía más en descubrir que habían desaparecido. Porque eso fue lo que sucedió. De alguna manera paradójica y retorcida, se hacía difícil relacionar a las hermanas con la muerte, o acaso la muerte era demasiado poco para ellas.

   Pasó mucho, mucho tiempo antes de que alguien notara algo extraño en los alrededores, y se atreviera a entrar en la casa (tal vez extrañaba las idas y venidas, o sentía que le faltaban dos ojos de escleróticas amarillentas detrás de una ventana). Pasó todavía más tiempo antes de que los visitantes repararan en el olor que venía del sótano y de los cadáveres más nuevos. Uno en su cama, dos sentados a la mesa de la cocina (el olor, el espantoso olor). Ni hablar del color gris topo de las pieles y las correosas, brillantes y secas arrugas. Ah, eso fue lo que llevó más tiempo.

   Como que los vecinos todavía pagan los impuestos y cortan el césped del jardín delantero, y aún hay uno que fue a aprender Bellas Artes para cuidar las estatuas de atrás.

   Amigos y conocidos no dejan de ofrecerle ayuda, que la mayoría de las veces es humildemente aceptada.

(Imágenes de Pixabay)

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6 pensamientos en “Éstas eran tres hermanas que todo lo hacían juntas ( o “Ese otro asunto de las Gorgonas”)

  1. El Gran Rulemàn

    ¡Por favor!!!! ¡Qué morboso! Además de lo descabellado del argumento, me choca la utilización de algunas palabras un tanto, por no decir demasiado, soeces….

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Usted me perturba con sus comentarios acerca de mis esforzadas peregrinaciones por la mitología griega… Ellos empezaron. Además no sé qué tiene con mi vocabulario; yo no soy Alfonsina Storni, vea.

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  2. Dr. Zaius

    “… el crepúsculo en la mirada o en la bragueta”. ¡Una joyita! ¿Pero no era que las cabezas estaban embalsamadas? ¿Por qué tiraban mal olor? Explíquese donna Nadie.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Usted tiene razón, doctor Zaïus. Enfrascada en hilar un relato coherente alrededor de cosas que más metafóricas no podían ser, he escrito una historia algo desprolija. Arreglé una o dos cositas en la redacción para que las manías de las hermanas queden más claras. Pero para que nos entendamos: no, ilustre doctor, las cabezas no estaban embalsamadas. Pero además, aunque así fuera, en un ambiente húmedo como un sótano a mí me parece que algo de mufa deben sacar. A la larga la carne que queda se tiene que pudrir; imagínese en un sótano, en donde nunca entra aire para eliminar siquiera el olor a encierro. El olor del final sin embargo, es sobre todo por los cadáveres de las hermanas muertas en la casa. No se han embalsamado solas; no es esa clase de cuento… Eso mejor lo dejo para el próximo; no nos pasemos de rosca.

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