La velocidad de la luz

sun-465936__340   La primera vez que la mujer percibió la luz estaba en la cama y tenía los ojos apretados, pegados, pesados. La ventana no cerraba del todo bien, y si uno no estaba a la mañana profundamente dormido era muy probable que despertara por la claridad blanca y molesta del sol, apenas se asomaba un poquito nada más. Así que la mujer no se inquietó cuando se vio obligaba a cubrirse la cabeza con la sábana, aún sin haber separado las pestañas. Se olvidó de la luz cuando el despertador la arrancó por fin de su duermevela. Se levantó de un salto, levantó la persiana, corrió las cortinas y puteó un rato. Después se vistió y salió corriendo.

   A mediodía se puso los lentes de sol porque el resplandor de la pizarra en la Facultad le estaba secando el cerebro. Con una mano haciendo pantalla sobre la frente, pensó que el fluorescente nuevo era el que producía esa mancha desgraciada, más plateada, más brillante que lo usual, justo en el centro de la extensión blanca y tiznada de tinta negra, como una estrella o un faro. Pensó que quizás se trataba de la falta de sueño, el stress, la bronca que le generaba esa gangosa de mierda. Algunos la miraban con la sonrisita reservada a los especímenes de laboratorio. A lo mejor estaba demasiado susceptible, hipersensible, con síndrome premenstrual, aunque le faltaban dos semanas.

sun-11582__340   Se volvió a olvidar de la luz más tarde, cuando el Migral le desató los nudos de la materia gris, que suponía se decoloraba rápidamente. Conservando los lentes de sol saltó tras el volante y trató de recuperar los tres minutos que en su agenda ya aparecían ocupados. Cuando bajó del auto y la acogieron las artificiales brisas frescas del depósito, notó que seguía viendo el Sol. Su cerebro volvió a manifestar señales de indigestión, y al aparecer las planillas bajo los lentes de sol la luz siguió de largo y atravesó su cráneo. La mujer se desmayó.

   Cuando recuperó la consciencia demoró exactamente dos minutos veintitrés segundos en volver a ver la luz. Pero ahora era una supernova apuntando a sus retinas desde una distancia de dos metros. Le gritó al médico que quitara esa cosa horrible de sus ojos, que sí, que veía, que sus reflejos estaban bien, que no hacía falta aquello. El médico se guardó la linternita de bolsillo y le dijo que sí, que ya la había quitado. Lo dijo varias veces hasta que entre sus gritos ella pudo escuchar. Entonces bajó la voz y le dijo al médico que por favor apagara la luz, que la lastimaba. Cuando él le dijo que ya lo había hecho, ella simplemente cerró los ojos y pidió que cerraran la ventana. El médico respondió que eran las siete y media de la tarde. Entonces ella pidió un Lexotanil. Se lo dieron después de obtener las muestras para los exámenes.

   Esa noche, mientras su sangre saltaba y revoloteaba en lugares extraños, la mujer de la cama anónima en la habitación privada soñó con la luz. Sólo que eran dos luces. Dos luces paralelas que avanzaban hacia ella en medio de la oscuridad; débiles al principio, insoportables después, hasta que se hacían una sola y la oscuridad volvía, y ella veía otra vez las dos luces paralelas. Cuando despertó entre alaridos, conoció al Doctor Chávez. El Doctor Chávez era psiquiatra y le hizo una entrevista. Ella se avergonzó y después se rió. Total, por un mal día. Habían sido como dieciséis horas de sueño; la luz se iría sola. Una pesadilla la tiene cualquiera.

   Eran las cinco de la tarde, una hora después de la firma de su alta. En la sala de espera del Doctor Chávez además de ella había sólo una mujer de mirada perdida y el edificio era de oficinas, pero ella no podía creer que no estuvieran friendo algo en alguna parte. Era eso o algo muy parecido. Oía el sonido cada vez más fuerte, a tal punto que el golpeteo nervioso de sus uñas sobre el apoyabrazo de madera se le estaba borrando. Y sabía que era real, porque, a través de una nube de luciérnagas, vio que la secretaria levantaba la vista inquieta. Después vio que observaba sus dedos, así que quitó la mano del apoyabrazo y se clavó las uñas en el muslo mientras el ruido adquiría un tono más agudo. Pronto descubrió que eran dos sonidos distintos: el ruido a frito y un silbato extraño, agudo, eterno.

   El Doctor Chávez hizo que comentara sobre sus vericuetos personales hasta que ella ya no pudo escuchar sus propios gritos sobre el ruido de fondo. Después, el Doctor la guió en medio de su mundo hasta algo suave y mullido que le abrazó todo el cuerpo. Y luego, ella sintió el pinchazo y dijo que no, no, no, por favor, o por lo menos lo intentó. Ya no podía saberlo.

   Navegó en mesun-581377__340dio de los fuegos fatuos que chirriaban durante horas; en cámara lenta, en cámara rápida, bajando o subiendo el tono del ruido según la velocidad a la que se acercaba la luz. Supo que estaba despierta cuando sintió dedos sobre su muñeca. Entonces se incorporó. Sus manos se aferraron a una cara gesticulante y sus piernas barrieron con la resistencia de dos muslos huesudos. Pataleó sobre su miedo y después corrió. En la periferia de su sol personal apenas distinguía las paredes, así que ya no se esforzó en ubicar rostros que impedirían la huida. Sólo rezó y corrió, con las manos extendidas, adivinando los escalones, golpeando puertas, golpeándose, aporreando el suelo con su cuerpo, resistiendo, chillando con las manos en los oídos.

   Afuera llovía. Sintió el agua como una bendición sobre su cabeza, resbalando sobre sus hombros, pegándole el camisón a la piel, mojándole la espalda. Algo nuevo en la reedición de su pesadilla. Eso y el pavimento arenoso y húmedo bajo sus pies. Extendió las manos y sintió las benditas gotas frías en las palmas. Sonrió. Aquel alivio dentro de la pesadilla también era algo nuevo.

   No eran nuevas las dos luces; en plena consciencia, ella descubría que su luz sí eran en verdad dos. Y la supuesta enfermedad se estaría agravando, porque se veían cada vez más grandes y más fuertes. Como en el sueño. Tampoco eran nuevos los ruidos. Que también crecían. En su universo personal la mujer, verdaderamente aislada, analizaba en una especie de fascinación.

   Entonces sí apareció otro elemento nuevo en aquel retorcido mundo. Cuando las luces llenaron toda la perspectiva de la mujer, el volumen del ruido a frito subió hasta herir sus tímpanos, y entonces ella pudo advertir que el otro sonido era como el de una larga frenada.

   Luego hubo una oscuridad repentina, antes de la humedad ripiosa en su mejilla sanguinolenta.

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(Imágenes de Pixabay)

 

 

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6 pensamientos en “La velocidad de la luz

  1. Dr. Zaius (el Mago Blanco, como Gandalf)

    Es algo llamado Kin Maya. Uno pone la fecha de nacimiento y le tira mucha información. El Rulemán lo conoce, según me dijo en su blog. Usted es Noche Galáctica Azul, y su animal es el alacrán.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Ustedes ya me están esgunfiando con toda esa sabiduría trascendental; me vivo quedando a pie. Y mejor no se exprese con tanta ligereza acerca del Kin Maya, o al Gran Rulemán le va a dar un soponcio.

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