Helena II

barn-1364280__340   Esa tarde, Gaspar no tenía ganas de hacer nada. El cielo estaba pesado de nubes y el aire era denso, y los secretos le hacían el pecho pequeño. Tenía resaca. Y tenía, más fuerte que nunca desde que llegara a la estancia, el tipo de hambre que no se podía saciar.

   Al atardecer salió de la tapera en la que pasaba las horas de luz, cuando le decía a Helena que se alejaba para pintar, y miró a su alrededor. Sentía que también le pesaban los ojos, a pesar de que el aire era dulce y dorado, lleno de aguaciles y plumerillos, y las mariposas y las incipientes luciérnagas le alborotaban las piernas de colores.

   Había soportado tres meses. Tres meses rondando los corrales y las tranqueras, y las putas borrachas del bodegón del pueblo. Y tenía hambre; tanta hambre. Esa noche cenaría a la mesa de Helena. Y no podía soportar más. Cuando la viera, lo sabía, no vería a la asustada señorita que había rescatado la noche de Carnaval. Se preguntó qué haría, cómo resistiría, y la duda hizo que a pesar de que no había yuyos alrededor de la tapera, caminara arrastrando los pies, casi a punto de caerse. A Helena le gustaba el cordero bien, bien jugoso. Sanguinolento. Se imaginó a sí mismo abalanzándose sobre la mesa, agarrando la carne  con las manos, devorando como un lobo, mientras Helena, desconcertada, se levantaba y retrocedía hacia la puerta con una mano sobre la boca abierta, sin saber que lo que le convenía era correr, correr y alcanzar el rifle de caza de su señor padre colgado junto a la puerta de entrada.

 dove-183267__340  Agudos como nunca, los ojos buscaban las entradas de las vizcacheras, pero todas estaban vacías en un radio de doscientos metros a la redonda. Lo sabía bien. Aunque se bañaba todos los días sacando agua del pozo al lado del abrevadero, por no molestar a la señora de la casa, Gaspar sentía el cuerpo pegajoso y el pelo lleno de grasa. Se pasó los dedos entre los mechones enredados, imaginando que no podría retirarlos. Apretó la mano sobre la ingle, y percibió la otra oscura y permanente verdad. No debería haberse dejado seducir por la paz y la tibieza en los ojos de Helena, por la promesa de sosiego en el campo. Los lugares cambian; la gente, los monstruos, el ansia, eran cosas diferentes. Había sido una ensoñación imperdonable. Él no tendría que estar en esa estancia. Debería volver a Rosario. No aceptaría la invitación de Helena. Ni siquiera la rechazaría. Desaparecería.

   Sabía que sobraba tiempo para retirarse. Era temprano y Helena tal vez estaba, como siempre, en una de sus frecuentes visitas al colegio del pueblo, adonde solía llevar ropa, juguetes y golosinas para los huérfanos. A veces se quedaba a tejer con las Hermanitas; a veces les contaba cuentos a los niños o enseñaba a los mayores a cocinar o a tejer sillas, y volvía ya tarde. Era muy poco corriente que una mujer anduviera sola por el pueblo y más aún que se le concediera tanta libertad a la hora de entrar y salir de cualquier parte, sobre todo de la Iglesia. El padre Luro sostenía que, por el bien de la sociedad y la familia, lo propio era que las mujeres estuvieran en casa con una docena de hijos y atendiendo al marido desde los quince años. Sin embargo, hasta el padre Luro tenía que darse cuenta de que doña Helena Laguna, con sus ojos dulces y su fragilidad, y sus manos blancas y suaves, no era una mujer como cualquiera. Antes que el padre Luro y las cartas de la arquidiócesis, ya lo había descubierto más de un peón borracho, que se había confundido de sulky cuando Helena regresaba sola a la estancia, a altas horas de la noche. “¿Por qué no te has casado?”, le había preguntado Gaspar, en el viaje en tren hasta la estancia. Y ella le había sonreído con aquellos ojos dulces, y había apartado la mirada para contemplar la Luna llena.

   La casa era un mausoleo sombrío, seco y amenazador; el nido apropiado para una mujer solitaria, dueña de media provincia, que gobernaba con sus guantes de terciopelo y sus chocolates con pastelitos a treinta o cuarenta puesteros, y Dios sabía cuántos parientes resentidos desde Córdoba a Buenos Aires. La hora del día en la que Gaspar subía las escaleras no ayudaba a mitigar los sombríos matices de las alfombras inmaculadamente limpias, pero viejas, y las pinturas familiares en las paredes empapeladas de rojo borgoña con flores de lis. La de la mujer sobre la chimenea, sobre todo. “¿Es un retrato tuyo?” “Ésa es mi señora madre” “¿Por qué no hay un retrato tuyo?”. Aquella mujer tenía la misma sonrisa de Helena; una que no se parecía en nada a la de la madonna tan famosa. Era una sonrisa que viene del corazón y sale por los ojos, pero con un fondo que siempre le hacía a él preguntarse por el corazón.

stairs-1209439__340   Como otras veces que había caminado por la casa en soledad, esta vez Gaspar no encendió la luz, un poco porque se sentía un intruso, un poco por miedo. Todos los muebles, todos los adornos, todas las telas, las pinturas, todo tenía más de cien años. Las muchachas limpiaban de arriba abajo toda aquella gran casa incesantemente, pero no podían quitarle la gruesa y pegajosa pátina de pasado que la recubría como una baba, imperceptible y ominosa. Las jovencitas se esforzaban por ir a los jardines todo el tiempo y llenar de flores los grandes jarrones de cristal que disponían en cada espacio accesible, pues amaban mucho a la señora, pero no podían hacer que la casa luciera como un hogar, ni impedir que, apenas introducidas en los salones, las flores comenzaran inmediatamente a oler como en un cementerio. Si Gaspar encendiera la luz ahora, que los últimos rayos del crepúsculo habían abandonado el campo, tal vez las sombras que él solía percibir en los rincones perdieran la inhibición; tal vez se rebelarían, tal vez lo cercarían como un ejército de fantasmas. Y le contarían demasiadas cosas.

   Resbalando sobre la encerada baranda de la escalera, las yemas de Gaspar iban tamborileando un temeroso stacatto y perfumándose de cera, mientras los pies hollaban con más seguridad la alfombra que las muchachas habían limpiado y sacudido esa misma mañana. Era el día de la limpieza general, y Helena procuraba dejarlas solas todo el tiempo posible para no molestarlas. No volvería pronto esa noche, y Gaspar sabía que tendría tiempo de armar su exigua valija.

   Abrió la puerta del cuarto que ella le había destinado y se preguntó si tenía que dejarlo de verdad. Si no podría explicarse. Si ella lo perdonaría. Si sería capaz de ayudarlo. Por favor. Helena ayudaba a tantas personas. Helena era ayudar, y un techo para el necesitado, y dos manos para el niño que había sido abandonado en el Hospital, y una pensión para la viuda del jornalero que se había muerto en plena miseria. Ayudame, Helena. Me siento frío y me siento solo, y me quiero morir pero no puedo. Ayudame, Helena. Ayudame con tu carne y con tu sangre, y con tu alma… Gaspar se mordió la mano con fuerza hasta que se llenó la boca con el líquido negro y amargo, sin detenerse al notar que caía al piso, pues no sentía ningún dolor. Poco a poco, el impulso murió. Gaspar escupió el líquido negro y maloliente sobre la alfombra con asco y con pena; aún estaba ligeramente húmeda por el agua de rosas que a las muchachas les gustaba rociar en los cuartos cuando hacían la limpieza. Se preguntó cuántos recuerdos estarían en ese momento flotando en el cuarto, en dimensiones transparentes. “¿A quién perteneció este cuarto, Helena?” “Era el cuarto de mi hermano Andrés.” “¿Hace mucho? ¿Qué le pasó a Andrés?” “Ya no está. No están. Los perdí a todos. Hace mucho tiempo.” Y era tanto el dolor en la voz, que lo único que Gaspar hizo al respecto fue acompañar a Helena a la misa de las siete todo lo que pudo, y quedarse a escuchar los chismes de las viejas en los bancos cuando ella iba a confesarse.

   Sobre el mejor edredón de seda, que Helena había sacado de un arcón para él, Gaspar acomodó su ropa, los pinceles y las pinturas que se había traído de Rosario, sus instrumentos de aseo y un par de zapatos finos, que había guardado por las dudas, y abrió a su lado la valija. Del fondo sacó un retrato envuelto en papel de arroz, fue hasta la cabecera de la cama, descolgó una imagen de la virgen María que presidía la cama desde la adolescencia del joven Andrés y ubicó, en su lugar, una pintura de Helena que él mismo había hecho durante las tardes en las que, oculto por las sombras de los árboles, la había visto sentada bajo los tilos, con su bastidor en la mano, pensando. Dejó la pintura de la virgen sobre la cama, arrugó el papel de arroz y lo tiró a la papelera. Luego ordenó sus cosas dentro de la valija y la cerró.

   Se sentó en el sillón que daba al amplio ventanal para ver caer la noche por última vez, sabiendo que no debía demorarse. Comenzaba a oler la madera que se quemaba para poner el costillar, y los peones ya estaban empinando el tinto para endulzar el fin de toda la larga jornada de yerra. Oía a las muchachas ajetrearse juntando la poca ropa que la señora no había guardado por sí misma, y gritarse unas a otras para darle los últimos toques a la casa antes de preparar la comida de la patrona e irse a dormir. Sabía que las muchachas lo estarían buscando por insistencia de Helena, que no quería que durmiera al raso como él insistía en hacer, para ofrecerle una bañera tibia y un trago antes de cenar. Con la señora, o sin la señora… Como fuera, ellas se eclipsarían obedientemente, tan seguras de la virtud de Helena como de que la Luna estaba de noche en el cielo, pero igual de seguras de que su propia virtud quedaría en franco entredicho cuando los peones estuvieran contentos, si ellas seguían andando por ahí. Entonces, Gaspar se marcharía.

   Pero no todavía. No todavía. La música era vigorosa como un trago de caña, y daba ganas de bailar, y le recordaba los tugurios llenos de alborozo allá en Turquía, cuando él y el primer Gaspar, o Ema, tenían ganas de noches estrelladas y bajaban a llenarse de metaxá y de ouzo amontonándose sobre diminutas mesas con olor a alcohol y tabaco, para escuchar las guitarras y las cítaras y ver danzar a las muchachas.

***

amazing-736877__340   Despertó sobresaltado al oír un gemido, y por un momento no recordó dónde estaba. Una luna gigantesca, amarilla como los ojos de un leopardo, iluminaba como un faro tóxico toda la habitación, y Gaspar miró a su alrededor con un miedo enfermizo. Por supuesto estaba solo, y la Luna le indicaba que no habría pasado mucho tiempo desde que lo venciera el cansancio, pero sentía tal terror en los huesos que le hizo preguntarse sobre lo que podría hacer estremecerse de esa forma a uno de los Malditos. Espantado, decidió que si Helena no había llegado a casa, saldría de inmediato a buscarla por los caminos. Él la encontraría más rápido que los peones y sería más discreto. Y más feroz.

   Todavía mareado abrió la puerta y oteó hacia ambos lados fuera de la habitación, y para desconsuelo suyo oyó otro gemido, y vio luz bajo la puerta del extremo derecho del pasillo. La puerta que estaba siempre cerrada con llave; la que las muchachas jamás tocaban porque según la señora nada más eran cosas viejas, inservibles y polvorientas. El gemido se repitió. Un gemido de dolor, de sufrimiento. Un gemido de debilidad, de pérdida. Gaspar se estremeció. No quería golpear la puerta de la habitación. No quería ver que no quedaba ningún enemigo por atacar. No quería ver a Helena limpiándose como podía en un cuartito trastero. Si salía ahora mismo, encontraría al culpable por su cuenta, sin dudarlo. Se filtraría como el agua entre los borrachos alrededor del fogón.  Lo encontraría, tan seguro como que el hambre de los Malditos sólo se apaga con sangre. Lo encontraría.

   Pero ella estaba herida allá adentro. Y Gaspar tal vez tuviera que detener una mano antes que la de cualquiera.

   Caminó hacia el cuarto con los pies de plomo y se resolvió a golpear la puerta, por única vez.

– Helena, abrime. No sé qué pasó, pero te voy a ayudar. Quedate tranquila. Decime si preferís que le pegue el grito a alguna de las muchachas. Pero de acá no me voy; no te pienso dejar sola. No hagas una estupidez, Helena. Abrime.

   El gemido creció de volumen y se repitió, ahogado, sofocado y desesperado. Entonces Gaspar se echó para atrás y pateó la puerta, tres veces, hasta que la cerradura saltó y la pesada puerta de madera fue a fijarse contra la pared al clavarse el pomo contra el yeso.

   Helena montaba a horcajadas sobre un hombre sucio de sangre de la cabeza a los pies, atado por las muñecas y los tobillos a una gran cama de bronce. Cuando ella dio la vuelta para mirarlo, Gaspar sintió que era como mirarse a un espejo, a pesar de la cabellera rubia y la piel suave, y los labios como de piel de durazno. La mirada de Helena seguía siendo profunda y serena, pero los ojos eran mucho más fríos de lo que jamás lo habían sido los de Gaspar, y no había sonrisa en ella. Y tenía los dientes rojos.

– Quedate si querés, Gaspar. Pero éste es mío. Mío.

   Era un hombre muy viejo y tenía llagas de tanto estar echado, en los brazos, desnudos hasta el codo, y en las piernas, con pantalones mugrientos y deshilachados. El olor inmundo de la suciedad de años llegaba hasta Gaspar como un miasma. Lo que ese hombre hubiera sido alguna vez, ella terminaría de quitárselo en poco tiempo más. Quizás incluso el hombre ya no lo recordara. Quizás era lo único que recordaba. Todo lo que le quedaba tal vez, era rezar porque Helena olvidara. En los ojos del hombre no había nada y no estaba amordazado. Sencillamente no gritaba.

***

   Bajo la luz ahora blanca de la luna se lucían millones de luciérnagas, convirtiendo el pasto que oscilaba en el viento en una de esas exóticas telas orientales que a Ema le gustaba usar cuando iba a la cama con Gaspar. Los ojos de Ema eran mucho más verdes que ese pasto; ella era mucho más bella que las luciérnagas, y mucho más fiera. Gaspar descubrió la verdad sobre Ema una noche en un callejón, cuando le sacó de encima un ladrón borracho que resultó no estar encima de ella, ni ser un ladrón, ni estar borracho. Terminaron con el hombre al amanecer, los dos juntos, en una orgía de sangre ebria y horrorizada, en un funeral del amor, la pasión, y la inocencia, en una ceguera de locura. Y Gaspar jamás perdonó a Ema, aunque él también le había mentido.

***

   Gaspar abandonó la estancia donde Helena vivía sin mirar atrás, sin retroceder los veinte metros que necesitaba para recoger su valija, y sin recordar el retrato que había pintado de ella. Recordó cuando él venía a tomar el té a la estancia, a la tarde; la expresión de Helena triste y dulce, con miedo y frío a pesar de las flores doradas que caían sobre ella en el aire tibio entre los tilos. Ellos tomados de las manos, y Helena pensando en su madre, y en la Tomasa que le enseñaba a hacer pastelitos de dulce de membrillo. Helena con un velo negro alrededor del corazón que iba bajando y le llenaba de hielo la planta de los pies, siempre, guardando silencio cada vez que Gaspar le preguntaba algo sobre los retratos de la sala de estar. Y pensando cosas que no le dejaba saber. Cosas que tenían coronas de flores de tilo.

   Gaspar recordó al hombre atado a la cama al volver de la estancia en tren, el día del cumpleaños número ciento sesenta y tres de Helena.

   Para el resto de los recuerdos, si Dios todavía guardaba para los Malditos un poco de piedad, faltaba más tiempo. Y de todas formas eran cosa de Helena. Era asunto suyo; él no tenía por qué meterse con eso.

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(Imágenes de Pixabay)

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