Otro oriental, de un sultán que se perdió adentro de una caverna

   Este sultán gustaba mucho de viajar, y como era un sultán y podía ir adonde mejor le pareciera, era frecuente que acabara en lugares que nadie más había visto nunca.

hut-2017964__340   Le gustaba especialmente la espeleología y se sabía todo acerca de los sitios ocultos del mundo y los monstruos que los habitaban, y había confeccionado muchos mapas que guardaba en una gran sala de su palacio. Estos mapas nadie los conocía; orgulloso como todos los soberanos, al sultán le gustaba alardear ante sus amigos y conocidos y los diplomáticos extranjeros y mostrar souvenires, como el colmillo tallado de un unicornio, una estalactita de cristal, la cabellera de una ondina o de un elfo y cosas así, pero no decía de dónde los sacaba. Le agradaba regalar a sus invitados una pequeña roca negra que si la lustraban mostraba el futuro, ramas de avellano a los que vivían en el desierto para que hicieran llover cuando quisieran, o si no obsequiaba como mascotas ratoncitos que podían hablar porque vivieron cerca de la choza de una bruja. Y más que nada, al sultán le gustaba que cada persona desconocida que llegaba a una de sus fiestas abriera tamaños ojos y le confesara que hacía mucho tiempo que esperaba conocerlo, por lo extendido de su fama y su conocimiento único de la magia, jamás visto entre otros reyes. Le encantaba eso.

   Nada complacía más al sultán que emprender de nuevo el camino para llegar a otra caverna, si era posible munida de algún novedoso prodigio, el cual tanto podía ser un pequeño dragón al que tenía que apagar como si fuera un fósforo (domesticándolo en el acto) como una nube de hombrecitos voladores dotados con alas de aguacil, los cuales producían un sedante zumbido, o quizás una fuente que brotaba del centro de un enorme diamante en bruto y cuyas aguas producían enamoramiento o ansias guerreras o algo así, o aún un eremita que sabía cómo transformar el oro de su corona en zanahorias y bellotas. Cuando el sultán se enteraba de la existencia de alguna de estas cavernas, agarraba pronto sus mejores camellos, obreros y cortesanos de campaña para ponerse en marcha de inmediato, y dejaba formada la comisión que organizaría la próxima fiesta de bienvenida. La ciudad entera acudía a verlo partir cada vez que se iba; la gente sembraba su camino de pétalos de flores y de sus propias ropas si en algún sitio se veían las piedras del suelo, y los magos invocaban lluvias de diminutas perlas y nubes de mariposas que llegaban a obstruir la visión. Todos sabían que los viajes del sultán venían a fortalecer una especie de escudo alrededor de la ciudad, ya que, conocedores de las mañas del soberano, no había enemigo que se le atreviera. Aquel reino no había sido atacado jamás; una vez el sultán se había enojado, agarrado una de sus varitas de avellano, y transformado a todo un ejército agresor en ladillas, las cuales fueron arrastradas por un viento huracanado hacia su lugar de procedencia ocasionando una terrible plaga, que duró hasta reducir la tasa de natalidad y hacer que el país entero se compusiera exclusivamente de ancianos rascantes.

magic-1961927__340   Claro que el sultán era consciente de que tarde o temprano alguien podía querer vengarse o podarle sus envidiadas facultades. Solo en sus inexpugnables habitaciones meditaba y meditaba; se untaba con un ungüento que proporcionaba la invisibilidad y bebía de un botellón de agua mágica que neutralizaba los venenos y encantamientos, mientras miraba una piedra lunar nacarada que le regaló una gitana y que hacía ver todos los peligros. Esperaba estar lo suficientemente al margen de cualquier malintencionado hechicero; vivía contratando gente que le leyera el futuro en las humeantes entrañas de pavos reales sacrificados, o haciéndose traer de lejos adivinos cuyos idiomas ni hablaba. Además, todas las odaliscas de su harén conocían trucos para prevenir la magia, los cuales practicaban alrededor del sultán cada vez que lo veían, siendo ejecutada sumariamente la que los ignoraba, porque quizás era una asesina del tipo convencional o peor una hechicera de magia negra, que como se sabe no pueden practicar rituales purificadores.

   Pero lo que más preocupaba al sultán era que siempre podía contar con una maldición inesperada, y en efecto algo terrible sucedió durante uno de sus viajes, a los que ningún temor pudo hacerle renunciar. En este viaje, el sultán pretendía explorar una encantadora caverna en la que vivía un poderoso hechicero que odiaba a los sultanes por sobre cualquier otra cosa, todo porque una vez le había hecho a uno un vaticinio que no le gustó, y éste lo había obligado a transformarse a sí mismo en escupidera. El hechicero se había trasladado a la caverna porque no podía seguir viviendo con la vergüenza, y se entretenía decorándola con el mayor número de sultanes que podía conseguir. A uno lo transformó en un larguísimo collar de diamantes grandes como garbanzos, y a estos diamantes los colgó sobre el dosel de su cama proporcionándole un bello adorno; a otro sultán el hechicero lo transformó en una complicada fuente de cristal de roca que manaba continuamente un vino dorado y dulcísimo ideal para encantar sultanes. Este vino hizo que otro sultán se transformara en una brillante arena plateada que cubría enteramente el suelo de la caverna, y también hizo que un sultán más se convirtiera en una suave niebla iridiscente que humedecía las paredes con el color y el aroma de las violetas. Otro sultán que bebió del vino del hechicero acabó a la entrada de la caverna, convertido en una hermosa mata de hojas verde oscuro y grandes flores de color amarillo, las cuales murmuraban todo el tiempo encantadoras melodías capaces de acunar las manías del hechicero y de cualquiera; entre otras cosas, atraían muchísimos sultanes. En fin, resultaba que los soberanos adquirían nuevas funciones a medida que llegaban y estaban sujetos a los antojos, siempre cambiantes, del hechicero, los cuales jamás pero jamás implicaban algo agradable para otro que no fuera él.

 merchant-pull-1398066__340  Y este fue el panorama que recibió al sultán que gustaba de las cuevas y de la magia, cuando finalmente consiguió llegar a esos territorios. Al cortar el primer ramo de flores que cantaban para regalárselas a la sultana, oyó un relato pormenorizado de cuanto sucedía en aquella caverna. Después dudó porque la tentación era fuerte, ya que como siempre quería desesperadamente ver la cueva, aunque era obvio que necesitaría por lo menos calcular qué tan poderoso sería el mago. Qué tan capaz de convertirlo a él mismo en un conjunto de líquenes nacarados y esponjosos al pie de la fuente, aptos para recostarse e inducir sueños felices, o, Alá no lo permitiera, en un conjunto de pequeñas maripositas destinadas a libar esas flores amarillas de mierda para siempre. El sultán también pensaba si no sería de buena gente obligar al hechicero a liberar a los otros. Finalmente el orgullo inclinó la balanza; nadie iba a llegar a su Palacio a decir que había triunfado sobre el hechicero conspirador y además sobre el sultán, regalándole a la sultana un precioso ramo de esas podridas flores, acaso atado con un collar de diamantes grandes como garbanzos. Así que el sultán entró a la caverna, pero como no era estúpido, antes se fue atrás de un árbol y cambió su atuendo por el del Gran Visir, que nunca en la vida había tenido menos ganas de ser sultán.

   Todo resultó como se esperaba. Apenas la comitiva entró a la caverna y antes incluso de que pudieran saber adónde estaba el poderoso brujo, el Gran Visir empezó a emitir extraños hipos y a estremecerse con violencia, y poco después se había transformado en un enorme tigre blanco que fue a beber enseguida el vino de la fuente, dando lugar a grotescos incidentes que es mejor no relatar. La comitiva estaba muda de espanto; el sultán dentro de los ropajes del otrora Gran Visir ni siquiera recordaba su lengua materna. Y entretanto, el hechicero anfitrión caminaba hacia ellos, enfundado en una túnica entretejida de hilos de oro y plata y forrada de un tejido cien por ciento telas de araña; algo gris perla, delicadísimo. El sultán no podía quitar los ojos del ruedo de la túnica, en donde cristalinos rubíes producían contra el suelo un argentino clamor, aún en los dedos del sultán que los había poseído cuando todavía no era túnica; parecía que las preferencias de ese hechicero en cuanto a indumentaria eran un poco bizarras. Pensar que aún tenía que cortarle el gaznate, retirar los diamantes del palisandro dorado del lecho, cargar la fuente de cristal a lomos de su camello, transplantar las flores, encerrar en un frasco la niebla y recoger la arena del piso de la cueva, era algo que por el momento escapaba a las posibilidades de concentración del encubierto sultán. Afortunadamente, las hostilidades del hechicero sólo se dirigían a las personas reales; a los lacayos nada más se los comía.

   Como era una persona de lo más escasa y esmirriada, un verdadero alfeñique, el sultán tuvo mucho tiempo para elucubrar algo que rescatara su desagradable pellejo, aunque se encontrara despojado de todos sus instrumentos mágicos y aún sus magos de campaña. Trató de sorprender al mago de varias maneras pero nada funcionó y éste lo castigó severamente, aunque igual pasaron meses antes de que el hechicero se comiera al último integrante de la comitiva (un gordo eunuco encargado de quitarle la pelusa a las zapatillas del sultán).

   Cuando por fin le llegó el turno al sultán, él ya tenía una idea de qué hacer. Sin aguardar a que el hechicero terminara de pelar una vértebra lumbar que tenía entre dientes, el sultán juntó coraje, saltó de la mesa en donde el hechicero aún pretendía engordarlo y le dijo sus verdades a la cara. Es decir, algunas sobre la persona del hechicero, la de su señora madre y la del sultán mismo, y antes de que el mago pudiera reaccionar, con el estómago pesado por la digestión y totalmente desconcertado, el soberano lo tumbó de un sopapo y usó algunos de los implementos mágicos del propio hechicero para inmovilizarlo en los anillos de una enorme pitón, y ponerlo luego a hacer unas cosas que no vienen al caso, mientras dudaba sobre si hacer o no que la serpiente se lo comiera. Llevar todo esto a cabo y aún pensar otras cosas no fue difícil, ya que después de digerir cincuenta y seis cortesanos, el hechicero estaba tan pero tan gordo que no le había explotado el cuero sólo porque era mago. Entonces, cuando el sultán consideró que más o menos había terminado, le dijo al hechicero que podía olvidar lo de la pitón si el mago volvía a la normalidad a todos los otros sultanes de la cueva, en el acto.

   Y ahí sí que pareció que el sultán nunca volvería a su Palacio a tiempo para la fiesta, porque todos los sultanes tenían unas cuantas cosas para decirle al hechicero.

treasure-chest-619858__340   Los Señores que eludieron su macabro sino fueron invitados al agasajo del sultán explorador, y muy contentos todos aceptaron y se pusieron inmediatamente en camino, no sin antes tomar cada uno un don de la cueva del mago para obsequiarlo al sultán, como muestra de agradecimiento. Estos dones iban desde una esmeralda grande como un puño hasta un cofre de joyas que nunca se vaciaba aunque uno se lo pasara intentándolo, y desde luego incluían a la gigantesca pitón que el sultán había conjurado y que se proponía tomar como mascota. El hechicero fue obligado a convertirse en lombriz y lo tiraron al campo, para que se lo comiera algún pajarito y no hiciera más daño; ninguno de los sultanes se sentía tranquilo con ese hechicero suelto. Y ah, sí, la fiesta fue la más grande de la vida del sultán y él se volvió tan famoso que en todo el mundo sabían quién era y le mandaban regalos, y le ofrecieron tantas distinguidas princesas para su harén que los reinos vecinos se pasaron años sin poder hacer una alianza matrimonial como la gente.

   Lástima que uno de los sultanes había quedado tan agradecido, que no sabía ya qué ofrecerle a ese soberano que lo había devuelto a su reino. Luego de ofrendarle sus cuatro hijas más hermosas, dieciséis de sus camellos cargados con todas las riquezas que pudieran transportar, y un genio que le habían regalado a él dentro de una botella y que estaba en la familia desde hacía ocho generaciones, no se le ocurría qué más podía darle y se sentía decepcionado. Así que volvió a la cueva del hechicero y buscó y buscó a ver qué no se habían llevado, pero no encontró nada, y justo cuando ya se iba vio que, cuando todos los sultanes huyeron, se olvidaron del enorme tigre blanco que también vivía en la cueva. Su alegría fue tal que se lo llevó a su Palacio, lo metió en una enorme jaula de oro, le puso un collar de diamantes de todos los colores y se lo mandó a su salvador.

   El Gran Visir, después de todo lo experimentado con el sultán y las vacaciones en la cueva del mago, también se había aprendido unos cuantos trucos mágicos, pero como tenía por su parte unas cuantas cosas para decir y no se podía aguantar, cuando el sultán le abrió la jaula para jugar prefirió saltarle encima y comérselo de dos tarascones. Después sí tomó su forma humana para volver a sus antiguas funciones. Se dedicó a auxiliar al nuevo sultán de manera muy eficiente y nunca lo acompañaba a ningún viaje.

   Y sí, el desaparecido sultán se convirtió en una figura de lo más legendaria y las tradiciones que había inaugurado se mantuvieron por muchos años, haciendo de su reino el más rico y poderoso. Pero como el joven sultán era bastante más tranquilo, el viejo tipo de leyendas no se reprodujo. Y las antiguas siempre brillaron; cada vez más, claro.

   Me parece.

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(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “Otro oriental, de un sultán que se perdió adentro de una caverna

  1. Dr. Zaius (soltero y sin apuro)

    ¡Muy bueno y ocurrente! “… transformado a todo un ejército agresor en ladillas, las cuales fueron arrastradas por un viento huracanado hacia su lugar de procedencia ocasionando una terrible plaga, que duró hasta reducir la tasa de natalidad y hacer que el país entero se compusiera exclusivamente de ancianos rascantes”. Ja ja ja!
    ¡FELIZ DÍA DEL SOLTERO donna Nadie!

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      ¡Feliz día del soltero! Aunque no estará feliz de saber que mucha gente malintencionada transforma este día en excusas para vender diversos eventos, encaminados todos al vil propósito de hacer que uno ya no sea soltero. Así anda el mundo…

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