Worldwide V: el reinado del brócoli – Capítulo III

cowboys-1192743__340   Billy no tenía más deseos de entrar en lo de Rose La Juguetona que de enfrentarse a una estampida de búfalos, pero sabía bien cuál era su deber, desde que el Sheriff Mac Neill se precipitó balcón abajo por confundirlo con un escalón, luego de probar el néctar del alambique de Rose.

   Y estaba Damien. O sea, Brenda.

   Billy era el mayor de los hermanos, desde que el viejo Pa se fugó con Rose La Juguetona, y se sentía en deuda. Aquella gente que había entrado en el bodegón había arruinado a su hermana. Hermano.

   Pero los pies se arrastraban por el polvo como si fuera melaza, y el corazón era de plomo.

– Un jugo de apio y zanahoria, por favor – oyó Billy, desde fuera, y una astilla de hielo le atravesó el corazón. Había sido la bebida preferida de Damien, es decir Brenda, y la bebía todo el tiempo allá en Nueva York. Billy notaba cada día el raro olor en el baño y el peculiar matiz en la piel de Damien, bueno, Brenda. Era prácticamente anaranjado.

– ¿Lo qué, don? – preguntó Letty, que sólo conocía el gin, el whisky, la cerveza, la vodka, el tequila, el ron, y a veces acertaba a encontrar la soda para los que debían beber menos whisky, por consejo del doctor.

– Un jugo. Cualquier jugo. Venimos de lejos. Tenemos sed y estamos agotados – y aunque el extraño estaba de espaldas a él, Billy pudo notar el cansancio en los hombros; el temblor en la fina seda rosada de la camisa. Gruesos puntos de fatiga líquida perlaban la delicada tela.

 siphon-1891927__340  Pese a sí mismo, Billy sintió piedad. Descarriados y confundidos, y tal vez sería necesario proteger al pueblo de ellos, pero aquellos eran seres humanos.

– Por favor – dijo el segundo desconocido. Era más bajo y delgado que el que había hablado primero, y tal vez mayor, pero el patetismo de su voz era también más acentuado en sus escasas palabras. Tal vez sí estaba derrotado. Tal vez ésas eran todas las palabras que era capaz de decir. Tal vez ya no le quedaba nada de la fortaleza de su juventud.

   Billy se retrepó en el taburete junto al tercero y escrutó sus ojos azules y fríos, su afeitado al ras, sus dientes blancos y perfectos, y con un estremecimiento recordó el malvón que había llevado de regalo a Damien. Brenda. Pero los labios estaban secos y cuarteados, y el mismo resuello de aire desfalleciente precedió a su pedido.

– ¿Nos puede dar agua, si no tiene aunque sea jugo de arándanos? Hemos marchado sin parar por dos días. No había combustible en ninguna estación; ni siquiera pudimos detenernos en la última… Estaba… Todos estaban…

   El extraño hizo silencio y todos los parroquianos, que hasta ese momento habían estado demasiado ocupados con su whisky, su gin, su cerveza, su ron, su vodka, su tequila, sus cartas, sus dados y Rose La Juguetona, se dieron vuelta al quedar inconclusa la oración. Hacía una semana que los Carnavales habían terminado; no había causa para aquella angustia en la voz del visitante. También notaron que había visitantes.

   Billy nunca hubiera esperado ese miedo en las palabras del extraño. Con una escarcha fina extendiéndose bajo las plantas de sus pies, bajó del taburete y pasó detrás del mostrador. Letty era corta de vista; nunca encontraría la soda.

   Billy levantó en alto la botella opaca, con cuatro moscas secas dentro, y fue hacia la cocina, de donde volvió con una jarra de agua de la que Letty había sacado del pozo, para los fideos. Aún estaba fría.

 – ¡Oh, gracias, buen señor!

– ¡Qué amable es usted!

– ¡Cuánto le agradecemos!

   Y viendo a Billy que venía con su jarra, Letty se agachó bajo el mostrador y colocó frente a los desconocidos tres objetos  redondos y pálidos, de color gris.

   Antes de darse cuenta de que había dejado caer la jarra al suelo, Billy tuvo tiempo de ver a uno de los desconocidos caer del taburete y a otro cubriéndose los ojos como si quisiera arrancárselos. El tercero emitió un alarido gutural, como el de un animal estrangulado en una trampa.

   Eran tres posavasos.

   Sin una palabra, pues Letty sólo era una mujer ignorante que había pasado toda su vida en Dead Cowboy City, Billy se precipitó sobre el mostrador y de un manotazo arrojó los posavasos al suelo. Se rompieron con un sonido húmedo, como de vidrio pesado, y quedaron como pequeños pedazos de vidas arruinadas yacentes sobre el suelo, un poco contra la pared.

– ¡Billy, vas a pagarme esos posavasos! – gritó Rose La Juguetona. – ¡Madeline, Mickey, Sandy, Jim, y Rose La Juguetona II y III los hicieron en el jardín de infantes, el Día de la Madre, especialmente para el establecimiento! ¡Y ahora los has roto!

– Cállate, Rose -dijo Billy, y ella se quedó de una pieza, preguntándose por la insólita razón de semejante respuesta, sobre todo desde que Billy tenía cinco dientes menos precisamente por su causa.

– ¿Qué has dicho, William Patterson Matlin Junior?

– He dicho que te calles, Rose. Voy a servirles un trago a estos caballeros y todos vamos a oír lo que tienen que decirnos. Tenemos problemas más grandes que tres posavasos rotos.

 shot-1487332__340  Entonces, ya sea por miedo a Billy, ya sea por miedo a Rose La Juguetona, ya sea porque se habían quedado pensando en que por fin habían encontrado la botella de soda, todos se dispusieron a prestar atención.

– Nosotros no podemos beber vino ni cerv…

– Pueden beber la mayoría de los aguardientes, que se obtienen por destilación y no tienen clarificantes de origen animal – especificó Billy, escanciando tragos de la mejor vodka frente a los desconocidos. Dejó la botella en el mostrador. – Yo invitaré los tragos hasta que terminen de decir lo que tienen que decir. Empiecen, que la mayor parte de lo que he visto hasta ahora de ustedes, no me gusta nada. Y eso significa…

– Problemas – dijeron todos los parroquianos.

   Los ojerosos extraños, todos a una, levantaron los chupitos en el aire y los vaciaron instantáneamente, como si en efecto aquel líquido hubiera sido agua. O como si no esperaran encontrar en un lugar como Dead Cowboy City a alguien como Billy. Tal vez aquel hombre era lo que necesitaban. O tal vez necesitaban los chupitos.

– ¡Usted sabe!

– Usted nos conoce.

– ¿Es que sigue nuestro estilo de vida?

   Billy hizo una dolorosa pausa.

– Mi hermana Brenda…

gangster-1876017__340 – ¿Damien??? – gritó uno de los tres desconocidos. – ¡Oh, no, no, no!

– ¿Qué quiere decir? ¿Qué sabe de ella… él? ¡Dígamelo! – Billy se arrojó sobre el mostrador y estrujó las solapas de lino verde del desconocido, que sollozaba.

   El compañero que había hablado primero levantó la botella en el aire y bebió directamente del pico. Luego apoyó la botella con un sonido hueco, y sin intentar separar a Billy de su amigo, lo miró fríamente.

– No pudimos hacer nada por él. Fuimos a buscarlo apenas los primeros… enloquecidos fueron sorprendidos arrancando el pasto en la primera plaza, entre los toboganes. Sabíamos que el gobierno estaba ocultando los peores casos desde hacía semanas. Cuando nos enteramos de los vagabundos que empezaban a merodear por Central Park, vaciando los canteros de petunias, llenamos el baúl del coche, cargamos el tanque y fuimos a buscar a Damien, quiero decir Brenda, antes de que declararan el estado de sitio.

– ¿Estado de sitio? – exclamó el Ciego Joe desde el fondo, en donde había confundido a Rose La Juguetona con la estatua del indio de madera. – ¿Pero de qué demonios está hablando?

   Como había vuelto a tomar la botella, el desconocido lo ignoró. Billy, que había soltado al visitante, también ignoró al Ciego Joe, como siempre.

– Pudimos oír la radio hasta hace diez horas, cuando el último locutor terminó el almuerzo y… – la voz del desconocido se quebró.

   El mayor de ellos (la luz que ya se apaga parece que dura más) intervino entonces.

– Creemos que para esta hora el ejército ha cerrado todos los caminos para contener la epidemia.

– ¿Epidemia??? – exclamó el Ciego Joe, soltando al indio de madera.

– Cuando encontramos a Damien… o sea Brenda, ya era tarde. No respondió cuando llamamos a la puerta y no quisimos resignarnos. Pero era tarde. Cuando la puerta cedió, lo encontramos en el medio del comedor. Estaba tirado en el piso. Miraba fijamente al techo, y no… y no… Lo cubrimos con un mantel porque temimos que, de perder más tiempo, no podríamos salir de la ciudad. Todas las macetas del balcón estaban vacías. Creemos que fue el Filodendro. leaves-375611__340

   Billy se acurrucó sobre el mostrador y se cubrió la nuca con las manos.

– Mientras salíamos de la ciudad, vimos muchos balcones así. Muchos jardines delanteros. Muchas amas de casa… enloquecidas, metiéndose margaritas en la boca, a puñados. Se les ve en los ojos… en la cara… las manos agarrotadas…

   Billy continuó cubriéndose la cabeza sobre el mostrador.

   Extensos campos de trigo y alfalfa rodeaban a Dead Cowboy City, famosa por sus cultivos.

   Los tres desconocidos terminaron la botella de vodka.

   A manotazos, Rose La Juguetona evitó que todos sus parroquianos se convirtieran en veganos.

(Imágenes de Pixabay. Investigación sobre el alcohol y el veganismo: en Mente vegana, fijate acá que no me puse a investigar al pedo . Ya esto está pasando de castaño a oscuro; no se suponía que hubiera que trabajar tanto…)

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