Y estaba ese otro asunto del Rey Midas

business-18107__340   En el pueblo ese que te dije antes, también vivía un hombre que regenteaba un prostíbulo y se tenía por un monarca. Nadie lo enfrentaba, ni lo desobedecía, ni objetaba en lo más mínimo cuando él se refería a sí mismo en tercera persona y decía “el Rey” en broma, porque aunque nada más se llamaba Reinaldo, lo de “Rey” se lo tomaba muy en serio y todos lo sabían.

   Reinaldo Midas era su nombre completo y eso resultaba bastante profético, aunque en los círculos que frecuentaba, decir “Midas” con tono ominoso era lo mismo que darle al interlocutor una buena patada en el upite. “El Rey” vino a merecer su nombre, según el que sabía y según el que ignoraba el mito, cuando una tarde fue a atenderse un esguince en un lejano dispensario atendido por quien sabe qué curandera, le dieron una pomada, y después empezó a convertir en oro todo lo que tocaba. Por supuesto nadie se dio cuenta hasta el amanecer, que fue cuando no quedó nada en su estado natural para comer o beber, y sólo perduraba, en la enorme casa que habitaba Reinaldo, una prostituta sobria que reaccionó a tiempo y se escondió bajo la mesada, atrás de una hetaira brillante cuya nariz debía valer millones, y un gordo con el que se hubiera podido pagar la deuda externa de toda Latinoamérica. Después de ese incidente los rumores apple-1815973__340comenzaron a extenderse.

coins-1637722__340   Por supuesto el Rey quedó encantado. Si no hizo correr la bola de inmediato era por temor de su seguridad personal, aunque tenía muchísimos aliados (bueno, a lo mejor era justo por eso). Aprovechando su recién venida prosperidad, olvidó a los humildes rotiseros y proveedores a los que les cobraba por protección, y comenzó a hacerse traer de todas partes los manjares y bebidas que se le antojaban según cada minuto del día, y cuando el mozo de turno llegaba se los hacía depositar, bocado a bocado, en el centro exacto de su lengua, en la cual, a cambio de cuatro peruanas adolescentes y un chino, se había hecho insertar un diamante amarillo de diez quilates. Recompensaba los mandados tocando cualquier objeto que el oficioso portara, y como todos sabían esto, era frecuente ver una procesión de gente que entraba a la casa vestida con atuendos cada vez más extravagantes, hasta que Reinaldo tuvo que comprar un carrito de golf para trasladarlos porque mucha de esa gente, luego de efectuar la entrega, no podía caminar para salir. El Rey estaba encantado también por esto y se mataba de la risa, mientras engordaba minuto a minuto.

   Llegó a engordar tanto que ya no podía moverse y sólo se enteraba de sus negocios por informes de su personal de confianza, y pronto este personal estaba cubierto de tanto oro que merecía su confianza más que nunca, porque no dejaba que se le acercara nadie, ni amigo ni enemigo, ni la señora mamá que le había dado el ser, al punto de que en esa casa no había un solo mosquito de oro. En el centro de un almohadón duro y enceguecedor, el Rey disfrutaba de su ridícula buena ventura y se hacía traer mujeres de insólita perfección para que convivieran en la gran casa, y cuando se cansaba de ellas les daba una caricia y las cambiaba por una mansión en la Costa Azul a la que ya le era imposible viajar, o un Picasso del mercado negro, o un harén de las más refinadas doncellas de Tailandia. Por supuesto que Reinaldo tenía una corona, que hiciera él mismo quien sabe con qué. Probablemente una de esas cositas de cartón de los cumpleaños.gold-2024083__340

   Claro, puede ser que cuando se aburría tuviera algunos problemas, porque aún a cambio de cincuenta o sesenta kilos de oro hay un número limitado de cosas que un hombre puede desear y comprar. Todo el tiempo, además. Pero el mundo de hoy en día es un mundo caro, y el Rey disponía de imaginaciones auxiliares por si la suya, que era mucha, se agotaba, y seguía encantado con su nueva vida y cada día estaba más encantado. No sabía de dónde le habían venido esas loables cualidades y no le preocupaba; pensar en si le estaban robando o no la verdad no tenía mucho sentido, temer un atentado de sus enemigos era absurdo y un secuestro de Reinaldo hubiera sido imposible, a menos que se pudieran robar también la casa. Además, el Rey ya estaba virtualmente secuestrado y ni mierda que le importaba tampoco: el cambio más notorio en cuanto a su situación anterior, fue que los comentarios que se hacían sobre él pasaron de tratar las jugosas comisiones que solía recibir por todo en absoluto, a lo que costaba la última mandarina que había tocado, o cuánto habían ofrecido por la Leticia, a quien el Rey había tenido a su lado hasta que fue dos veces más gorda que él sólo para apostar por lo que podría cobrar. A Reinaldo le divertía demostrar que tenía todo el dinero del mundo y podía obtener más si quería; no le importaba en qué lo gastaba o no lo gastaba. Cayó de cabeza en el despilfarro más extraño.

   Como no tenía que invertir para lucir las joyas más deslumbrantes, ordenó que demolieran su vivienda y la hizo reproducir y reproducir a su alrededor con piezas de cristal de roca; para que los demás le pudieran ver las joyas de generación espontánea, por supuesto. Mobiliario, accesorios y utensilios de cocina debían ser también de cristal de roca o un material por el estilo: el Rey no quería nada que no fuera transparente y obligaba a todas las personas que pasaban la puerta a vestir amplios y costosísimos atuendos de seda natural blanca confeccionados a mano en la India, los cuales regalaba a los visitantes aunque sólo se tratara del cartero. Midas hizo tantas cosas parecidas que me da fiaca nada más pensarlo. Baste decir que su palacio de cristal de roca era el canto de un dios delirando, y que cuando había tormenta nada  se comparaba a la visión de los rayos a través de esas paredes. El Redragon-238931__340y no podía ser más feliz aplaudiendo emocionado en medio de las centellas tornasoladas de color violeta y azul y púrpura y verde y rosado, y pareciendo, más que ninguna otra cosa, una verruga grotesca bamboleándose en las entrañas de un ángel.

   Su fama se extendía, como era inevitable. Pagaba muchísimo en impuestos que no se molestaba en evadir, sobornaba a políticos quién sabe a propósito de qué (ni ellos lo sabían; inventaban sobre la marcha) y desembolsaba millones en los aeropuertos para solventar el transporte de los distinguidos peticionantes que habían vendido todo lo que poseían, hasta sus ropas, para esperar días y días lo más cerca que podían de la puerta del castillo, a fin de hacer que la mano del Rey se extendiera hacia una horma de queso, un par de zapatos o aunque fuera una pequeña cigarrera, o un esclavo. De hecho, la economía de pequeños países empezaba a moverse a su alrededor en espirales concéntricas, con una baja malhumorada en la presión como si el Rey fuera alguna clase de tranquilo tornado que no se detuviera, o acaso un remanso profundo y caliente hacia el que podían fluir hechizadas el agua clara y la oscura, aunque no supieran adónde iban a parar. No es que le importara a nadie, por supuesto, sobre todo desde que los países más influyentes obtuvieron también acceso a Reinaldo. Y ahí se fue todo a la mierda. Por lo menos para el Rey.

   Un día, uno que se volvió muy rico quiso eliminar a otro que se hizo muy rico, o quiso impedir que alguien a quien hubiera deseado eliminar se volviera muy rico, o quiso impedir que alguien tuviera una cigarrera de oro, o no pudo hacer que alguien tuviera un pito de oro. El Rey mordió una uva fresca traída para él esa misma mañana desde Turquía y menos de un minuto después estaba muerto.

   O casi.

   La policía encontró pedazos de su cuerpo prácticamente en cada rincón del castillo. Fue la escena de crimen más extensa que se hubiera descubierto jamás a propósito de un solo tipo. Digo “escena de crimen” porque nunca existió ninguna duda. Desde el principio se sospechó que los acólitos del Rey habían enloquecido de codicia y se les ocurrió, bueno, no sé, emigrar por ejemplo. De todas maneras, aunque pasó bastante tiempo hasta que pudieron juntar todo para efectuar la autopsia, la policía insistió en organizar el desparramo y hacer una investigación, como se hace siempre. Para empezar, tuvieron que buscar obreros que usaran de esas máquinas para romper el pavimento, porque había que desentrañar el enredo de los valiosos ayudantes que estaban todos en un montón, arracimados sobre lo que dado el espectáculo se suponía eran los restos del otrora Rey. Varios artistas, que se enteraron a tiempo y fueron a ver qué pasaba, lloraron al desmembrarse las bellas estatuas.

   Eso fue antes de que se dieran cuenta de que el Rey no los había matado a todos. Al quedar duros algunos tenían saltada una vena de la frente, los ojos en blanco y la lengua afuera, por ejemplo. Otros tenían las uñas clavadas en lo que parecía ser una pantorrilla ajena, mientras se contorsionaban tanto procurando alcanzar una garganta u otra parte del cuerpo menos ilustre, que aparentaban tener tres piernas. Unos parecían estar pariendo un humano perfectamente adulto que extendía la mano hacia afuera, para que lo ayudara el médico.

 castle-1696014__340  Las producidas por estos despojos fueron las últimas fortunas que el Rey catalizó. Los patólogos que esperaban amortizar su estadía en el mundo con algún macabro hallazgo encontraron, asqueados, que sus pinzas y bandejas continuaban siendo de acero inoxidable después de tocar alguna pequeña porción de Rey, como si hubiera sido verdadero aquel otro antiguo mito de la gallina que ponía los huevos de oro. Esto, sobre todo, hizo que el entierro fuera mucho menos solemne de lo que se esperaba. El velatorio fue suspendido hasta que se reuniera en la morgue la totalidad del occiso (y se completara el pillaje del castillo, y se contrataran a los hackers para vaciar los Bancos), así que, naturalmente, de momento no se alojaría a Reinaldo en el fantástico mausoleo que había ordenado construir (alguien lo hizo desarmar para vender el costoso mármol).

   Igual, parecía que el Rey sólo había pesado cuarenta kilos y era pura grasa. Los tipos ésos de la gallina se lo hubieran podido decir a los patólogos.

   Incluso antes de que juntaran esos cuarenta kilos.

(Imágenes de Pixabay)

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8 pensamientos en “Y estaba ese otro asunto del Rey Midas

    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Usted subestima el poder de la avaricia humana. O tal vez el mero capricho. Es cierto lo que dice, la verdad no lo había pensado, considerando que los cuentos en donde hay que pensar conclusiones lógicas no son mi fuerte, pero piense usted si la inercia ante el poderío del vil metal no hará que, por tener lo que otro tiene y nada más que por eso, la gente se afane tanto por conseguirlo. Piense en las modas: mañana al color verde nadie le da pelota, pero hoy la gente se saca los ojos por esa polera que ve. Yo creo que en el fondo el cuento venía por ese lado; la verdad no me acuerdo. Sobre todo, tendía a relativizar el valor del oro a la final.
      Y el Rey estaba despedazado porque le habrá pasado lo mismo que a aquella pobre gallinita del cuento para niños. Otra cosa que no es mi especialidad.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Ay, por favor, si el cuento de la gallina es más viejo que el hipo. Dice que una gente tenía una gallina que ponía huevos de oro. Estaban muy contentos con su gallina, hasta que se les ocurrió matarla para ver si tenía más oro adentro, pero nada. Sólo era una gallina. Entonces, se quedaron sin el pan y sin la torta, que le dicen.

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