Éste es del wendigo

   El wendigo era ese espíritu que conocen los indios norteamericanos, que si te toca te da inmediatamente por el canibalismo, con un hambre terrible que no se sacia nunca, y que te lleva a matar y matar para poder seguir comiendo cristiano. Le pasó a muchos indios y tengo entendido que también a alguna gente de fuertes y expediciones, digo por la película, y le pasó también a otra gente que ahora te voy a contar.

Corría el siglo diecinueve y alguien por la zona que te dije levantó una especie de lujoso castillo, pero uno de madera porque la región era tan húmeda que de construirlo con piedra habrían conseguido echar una escandalosa cantidad de musgo en los nobles calzones (eran unos emigrados de Europa). Además, se trataba de una familia que había puesto un aserradero y les sobraba material para hacer su casa y para llenarla. Así que en lugar de amontonar cascotes, fueron y serrucharon unos cuantos troncos y se levantaron como una mastaba de cuatro pisos, toda blanca, y tuvieron ocho hijos que eran una verdadera peste y se apresuraron a preñar a cuanta criada preñadera pudieron alcanzar, y ocho hijas que se preñaron tan pronto pudieron alcanzar a alguien que las preñara, y en menos que canta un gallo casi habían fundado una pequeña ciudad (eso fue cincuenta años después).

A esta casa llegó una noche un indio desconocido de lo más tranquilo, y no es creo una sorpresa anunciar que este indio era el wendigo en persona. Al principio no hizo más que pedir trabajo en los establos o hachando más leña o con el ganado, pero avanzada la semana a varios de los servidores se los prendió con las manos en el fémur de alguien, y no le costó mucho trabajo al patrón hacer que alguien le contara la leyenda. Naturalmente, el hacendado le puso tres patadas en el culo a quien correspondía y hubo cinco o seis ahorcamientos, y ahí esperaba él que se detuviera todo el asunto, sin que se le ocurriera por un segundo que el wendigo podía no reparar en la extraordinaria inconveniencia social de su insólito comportamiento.

   Al faltar los primeros cinco nietos, este buen hombre no pensó en ningún wendigo sino que más bien se le ocurrió disfrutar por un segundo el escabroso silencio. Luego, los gritos destemplados de su señora esposa consiguieron hacerle reparar en que el pollo que se encontraba saboreando tenía las uñas pintadas y además poseía orejas, con lo cual el hacendado hubo de concentrar por el momento su atención. La vieja cocinera le recordó entonces, con paciencia, el antiguo mito, y ante la muda de color de su patrón ensayó una cansada defensa; qué pasaba con el menú que ella lo había encontrado todo ya preparado y se había limitado a ponerlo en la olla. Además, que sucediera algo así era cuestión de tiempo, si en aquella casa con la densidad demográfica que había un mosquito entraba por la cocina y se moría de viejo antes de conseguir llegar al segundo piso, con más razón iba a venir el wendigo, que por lo que se veía fisonómicamente además ya era pariente. Y ahí el patrón se fue para el pueblo a contratar a alguien que le ayudara a quemar la casa, sacar la plata del Banco y fletar una barcaza para llegar a Canadá, pero por allá ya todo el mundo sabía lo que había estado pasando en ese domicilio. Así que cuando llegó lo reventaron a piedrazos, y le hicieron saber que si no iban a meterlo en la casa y, entonces sí, prenderle fuego, era solamente porque el Señor tenía en aquella pequeña heredad lo que venía a ser un ejército privado. Que además era capaz de ocuparse de limpiar después del baile. Y el hacendado se volvió hacia la gran casa de madera a ver qué podía hacer. Mientras tanto, los nietos nacían y desaparecían, y algún que otro hijo también, que de algo hay que vivir.

La india vieja que ayudaba en la cocina no tenía ni idea de lo que se hace con un wendigo porque ella era mestiza y su madre no le había comunicado ninguna tradición; la verdad ni siquiera llegó a hablar bien su idioma. El viejo que le daba agua a los caballos sí lo hablaba, pero ése era su único idioma, porque su tarea era muy fácil y no necesitaba conversar con nadie y además estaba como medio loco, y no sirvió de nada porque ni tenía ningún problema ni le podían hacer entender. Después estaban los otros sirvientes, todos indios, pero eran demasiado jóvenes y no estaban muy al tanto, más desde que no habían notado nada raro, y después para prevenir no comían carne. Al final ni ellos quedaban, pues ya las miradas ansiosas del patrón se desviaban de la pipa de la paz y los mocasines y las patas de zorro puestas a secar (los niños habían sido menos sutiles). La señora esposa había aguardado el retorno del hacendado en un arcón en donde ubicaba la ropa blanca, y después de que él regresó y se hizo evidente cierto estado de cosas que imperaría en el futuro, volvió al arcón y sólo respondía con monosílabos, y el hacendado no encontró forma humana de hacerla salir de allí. Sobre el anochecer del cuarto día de su vuelta se le ocurrieron varias formas, pero no eran muy humanas y tampoco implicaban una señora entera (los niños fueron menos sutiles).

Entonces, aún con la cantidad de gente que vivía en aquella casa (los que quedaban, al menos), llegó un momento en que el silencio estaba por levantar el techo y el hacendado conseguía ver cada parte de la desgastada alfombra. La mansión entera estaba desierta, y si no hubiera sido por los imperceptibles susurros y los vagos aromas y los roces sobre las cortinas de terciopelo (el hambre y la tensión nerviosa agudizaban todos sus sentidos), el patrón hubiera pensado que la casa estaba completamente vacía. Sabía que los ruidos no se debían a los ratones ya que sus pequeños huesitos pelados adornaban todos los bibelots, y habían sido incrustados en las grietas del parquet y clavados de punta en los almohadones (un niño caníbal de corta edad puede ser algo terrible). Lo que al hacendado no se le alcanzaba a ocurrir era la razón por la que no encontraba otro tipo de huesitos, señal de que los escondidos circunstantes aún no ensayaban alguna clase de mórbida combinación entre ellos, habiendo conseguido acordar de una manera antinatural e insólita manera, inusual en condiciones alejadas de un mágico entorno. Una explicación que al hacendado le vino a la mente es que los aprendices estarían entretenidos cazándolo a él. Sin duda el resto de los adultos vio a tiempo para dónde tiraba el viento y se había mandado a mudar por ahí, a poblar el país entero de pequeños wendigos según parecía ser la costumbre familiar, y los chicos quedaron en la casa abandonados a su suerte, que por el momento parecía ser bastante.

Ahora el hacendado tenía que pensar cómo hacer para salir del ático en donde dormía y llegar hasta el foyer, que era el lugar que consideraba ideal puesto que había cosas como un gabinete de escopetas y la puerta del frente (los perros habían desaparecido hacía tiempo).

Planeó aguardar a que los acosadores se aburrieran y se fueran a cazar a otra parte, pero después de fracasar los asaltos a las tramperas para los ratones concluyó que así no demoraría en morir de hambre y de sed. Suponete que ellos no se cansaran; suponete que encontraran la manera de engañar algunos inocentes para que entraran un ratito a refrescarse en la casa o llamaran a alguien para que encendiera las luces o algo así porque los habían dejado solos. Si se descuidaba, el hacendado terminaría descubriendo que nadie iba a buscarlo sencillamente porque se habían olvidado de él. También había otra posibilidad, que era que los de allá abajo descubrieran las escopetas y pulverizaran la puerta a tiros, y chau hacendado. Una última posibilidad era que aquellos energúmenos le salvaran la vida a alguien con sus malas artes, y terminaran teniendo gente que les hiciera favores y los ayudara también con la espantosa dieta inducida, y, entre otras cosas, colaborara con los minúsculos herederos para sacar al patrón del altillo y hacer de él lo que mejor les pareciera. Milanesas o empanadas, tal vez.

Así, pues, el hacendado resolvió tomar el toro por los cuernos. Salió corriendo del altillo, bajó corriendo las escaleras (percibiendo las tiernas, aterradoras yemas de los dedos en sus botamangas) y agarró el picaporte de la puerta con alma y vida, tirando para adentro como si no hubiera un mañana. Frenó la puerta con el hocico y se desmayó en el acto.

Sí despertó, contra todo lo que hubiera podido imaginar. Se lo puso en conocimiento de algunas condiciones reinantes en la casa que ya se había figurado, y al patrón le asombró que no existieran ramificaciones en desmedro de su temerosa persona. Por lo menos, aún seguía siendo el representante legal de aquella casa, el propietario y albacea de sus propios bienes y los de su señora esposa, y demás; aparentemente, encontrar viajeros perdidos en los caminos no era tan sencillo. Fue depositado sobre su colchón de plumas de ganso, se le devolvió su chequera y se le proporcionó una bolsa de hielo para que pudiera descansar en paz, y cuando despertó (porque volvió a despertar) era tan jefe de familia como cuando había quedado inconsciente.

   Luego de lo cual esperaron que pasara el tiempo. El hacendado recontrató a su personal, volvió a tomar esposa y tuvo más hijos (y nietos) y le agregó dos plantas a su casa. Bueno, dos alas. Del wendigo no se habló más, igual que se hacía con el tío Jacinto que se tomaba hasta la humedad ambiental, o del primo José Mauricio, que pasaba las vacaciones en algún lejano lugar en donde le pagaban por ello, o de las simples maripositas que aparecían con la primavera. Ahí fue que empezaron a sucederse las generaciones, y la casa contigua al aserradero comenzó a echar brotes hasta que creció una floreciente, pequeña y encantadora ciudad.

Todavía está ahí y se mantiene floreciente y encantadora, aunque ya no es pequeña. Lo del wendigo sigue sin ser comentado porque incluso ya pasó de moda, pero yo no sé, la verdad, si conviene arriesgar un viaje para allá, puesto que aunque no se llama Jacinto, la familia fundadora aún tiene un tío del que avergonzarse, y el primo José Mauricio volvió de sus vacaciones pero ahora se llama Paloma, y el cementerio de la ciudad es reducido, sí, notablemente reducido. Y no sé si los bosques son tan intrincados como para perder tanta gente y aún tantas expediciones de búsqueda.

Pero es cierto que la ciudad resulta atractiva, porque es tranquila y los pobladores son todos amorosos y cordiales, a lo mejor debido al desasosiego producido por esa turbadora cercanía.

A lo mejor.

(Imágenes de Pixabay; cartel de Ravenous, de IMDb.)

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