Pequeña chica con retablo

   Sabés que la chica tiene pequeñas manos de nena de doce años, morenas, fibrosas, de uñas cortas. Las manos de la chica tienen pequeños callitos en lugares inesperados y son duros y amarillos; las palmas de la chica no son suaves, las palmas de la chica deben de parecerle a las bacterias como llenas de profundas colinas y cañadones, sus líneas les resultarán hondas y marcadas y la gruesa piel es del color de la arena y a veces más oscura, como si el sol estuviera atardeciendo también, entre los aceitados envejecimientos de la chica. Un desierto de la chica, con una Tikdabra en alguna parte y camellos que cruzan las vacías y calientes inmensidades sin nubes, entre los senderos ondulantes que dejan las serpientes que acechan a los gerbos.

Los camellos pueden atravesar muchos kilómetros sin comida ni agua; las jorobas se les van desinflando mientras gastan toda la grasa que tienen adentro y ellos siguen y siguen hasta que encuentran un oasis o se mueren. La chica carece totalmente de esas habilidades.

Todo lo que puede hacer es extender las palmas hacia arriba y dejar que los camellos se las arreglen como puedan; sigue y sigue, eso sí.

Feliz equinoccio, feliz “día del blog no sé cuántos” para mí. Hay mucha belleza y mucha vida en el desierto. Cada día un granito de arena.

(Imágenes de Pixabay)

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