Worldwide V: el reinado del brócoli – Capítulo IV

Desde la medianoche, hora en la que no quedó más vodka en lo de Rose La Juguetona, las fronteras de Dead Cowboy City se cerraron para el resto del país. La ley no se comunicó con ninguna autoridad superior; no hubo largos conciliábulos a la luz de las velas, ni peleas de perros ni apuestas a las tabas. Pero vaciado el último chupito, acaso en unidad de intereses, acaso en unidad de decepciones, acaso porque nadie quería ir a casa con la patrona, todos los parroquianos de Rose se miraron a la cara, y sin decir una palabra tomaron algunas decisiones definitivas e impostergables. No sabían qué hacer con aquella amenaza que se cernía sobre su pueblo, pero se conformaron con observar el oscuro talante de Billy y luego se limitaron a seguir sus pasos. Ningún vaquero se convertiría en vegano aunque a Billy le fuera la vida en ello, y entonces, el pueblo tampoco.

A las cuatro de la mañana, Billy, Sally, Rose La Juguetona y el Ciego Joe ocupaban el puesto de mayor peligro, justo a la entrada del pueblo. Según Billy, los vientos no los favorecían esa noche, y la entrada misma del pueblo resplandecía de fragante alfalfa y trigo, a punto para la cosecha. Si las cosas en el resto del país marchaban como los forasteros habían anticipado, Dead Cowboy City tenía sólo dos opciones: disuadir a las hordas hambrientas con métodos poco ortodoxos o aplicar la política de la tierra calcinada. Sabían que ninguno de los extraños seres se avendría a andar por ahi masticando brotes quemados u oliendo reciamente a ceniza embadurnada en sus camisas de seda. Tampoco en el pueblo nadie quería hacer eso, pero allí estaban los más valientes, dispuestos a cualquier cosa. Junto con el Ciego Joe, al que no le habían dicho dónde estaba porque molestaba en el bodegón cantando todo el tiempo.

Sin embargo, aún quedaban como primera opción los métodos poco ortodoxos.

Sally estaba particularmente fastidiada con ese orden de cosas.

– Cielos, Billy, no sé para qué estamos a estas horas parados en el medio del camino lleno de hormigueros y coyotes hambrientos, esperando gente que se va a mandar a mudar apenas Letty les muestre lo que parece una de sus enchiladas – refunfuñó, y se ajustó mejor sobre la frente la tiara de dos vueltas que se había fabricado con una salchicha de metro, y había adornado con tres chorizos baby. Había hecho eso porque Billy había mencionado que le parecía sexy.

Billy la miró torvamente.

– Parece que no has escuchado nada, Sally. Si esa gente llega hasta aquí, hasta el florero en la tumba de Pa se va a quedar vacío. Todo lo que podemos hacer es estar en guardia, y repelerlos para que nuestro pueblo les resulte tan repugnante, que se alejen para irse a buscar el musgo en las piedras del río. Y recemos porque dejen algo de pasto. La Margarita, con todo este recorte de los brotes de alfalfa, nos da cada vez menos leche – explicó Billy, y se ajustó el cinturón de salamines que sujetaba sus gastados jeans, para asegurarse luego de que sus dos collares de salchichas de copetín seguían luciéndose a través de la abertura del chaleco.

– ¿Pero cuántos pueden ser? – despotricó Sally, con una mirada de cierto orgullo a la cartera de matambre que se había fabricado, para guardar las albóndigas de cerdo que usaría como municiones.

Los ojos de Billy, tan claros, tan duros, recordaron Nueva York y las palabras de los desconocidos. Palabras que hablaban de dolor y desazón, de caos, de cajones de verdulerías masticados y reducidos a astillas, de floristas derribados al suelo con ojos negros y labios partidos. De jardines de infantes con macizos de hortensias completamente pelados. Nueva York tenía ocho millones de personas. Y nadie sabía cuántos de esos millones estarían ahora peinando cada fracción de territorio para aniquilar las especies más deliciosas, como antaño lo hicieran con los búfalos.

Billy no respondió a Sally. Si llegaban al extremo de tener que emplear las albóndigas dentro de aquellas faltriqueras, muy probablemente ya sería tarde. Pero luego de que los desconocidos habían hablado, todos en el pueblo tenían que ponerse a hacer algo para no enloquecer con la espera. Y Billy entendía eso.

Los más viejos habían carneado seis vacas y diez pollos y los asaban a la parrilla y a la estaca en el medio del pueblo. Habían elegido los animales más gordos y que soltaban más grasa y usaron todos los condimentos que pudieron conseguir, hasta la canela para las tortas, ocasionando una pestilencia tal que seguramente el pueblo ya estaría inmunizado contra cualquier cosa.

No fue considerado suficiente. A cada momento, los niños eran enviados con platos llenos a cada persona aposentada en las calles, lo más cerca posible de la periferia, con el objeto de expandir los efluvios más frescos. Los adolescentes que ya estaban entrenándose en la cacería de animales salvajes o el adiestramiento de perros pastores, los pusieron a reconocer y atacar enfurecidamente cosas como papas, rabanitos o bananas, y era tal su celo que tuvieron que atar a los perros para que no despojaran el pueblo de malvones todavía más rápido que los invasores. Todos los ciudadanos fueron advertidos de no portar estos artículos en la calle bajo ninguna circunstancia.

Los desconocidos llegados de la devastada ciudad, observaban todos los preparativos con lúgubre expresión y una coloración verdosa en su perfecta tez. Se habían ubicado, provistos de largavistas, en la torre de agua del pueblo, adonde no llegaba tanto el olor del asado, y donde además confiaban en que podrían ver a tiempo las tropas de los admiradores de la clorofila que se acercarían subrepticiamente, hambrientos, con sus cuchillos entre los dientes y las ensaladeras prontas. Pero habían visto demasiado en su tierra natal, por lo cual la moral  de las tropas era baja, y de vez en cuando alguno de los niños era enviado a arrojarles  alguna morcilla con pasas de uva para que mantuvieran la atención.

Billy recordaba a Brenda, bueno, Damien, y de vez en cuando no podía resistir colgar alguna nueva hilera de chinchulines alrededor de su cuello.

– Basta, Billy; si sigues así te salvarás de los forasteros sólo para dejar contentos a los coyotes – observó Sally, orgullosa de su sentido de la moda. Lucía una falda de macramé de tripa gorda hasta la rodilla, y la había adornado, aquí y allá, con vistosas y brillantes rodajas del mejor cantimpalo, y alguna rosita de cheddar. Había dedicado tres días a su atuendo y se consideraba la mujer mejor vestida del pueblo, aprovechando para contonearse frente a Billy de la manera más provocadora.

Billy la miró, sin decir nada, y volvió a contemplar al horizonte. La luna se alzaba blanca y hermosa en el cielo, y bañaba con un mar de plata las maravillosas espigas de trigo que se mecían en el viento. Si se daba la situación, si llegaba ese terrible momento, Billy sería el primero en correr entre las espigas de trigo, para flagelar con saña a cada invasor que pudiera alcanzar con el salamín ahumado del que no se separaba desde el principio de la semana. No tenía nada que perder.

Y mujer al fin, Sally se había dado cuenta. Muy despacio, en la oscuridad de la tibia noche, se fue acercando a Billy y se colocó junto a él sin que apenas lo notara. Y cuando sus alientos a choripán se mezclaron, susurró quedamente:

– Si vienen y atacan al pueblo, Billy, yo estaré a tu lado. Si vienen, levantaré mi honda y clavaré mis albóndigas de cerdo en su pecho para que no te toquen. Dead Cowboy City es nuestro, Billy. Nuestro. Yo estaré a tu lado… siempre.

Y Sally tomó la mano de Billy.

Pero Billy tenía una mirada de hielo y fuego clavada en el horizonte, pues parecía que por fin, la temida irrupción se anunciaba en el desordenado movimiento de las plateadas espigas.

Sally demoró un momento en saberlo, pero para cuando notó que él soltaba su mano, Billy ya blandía su gigantesco salamín ahumado, con los ojos echando llamas. Sin embargo, era tanta la furia que no podía correr.

– ¡Corre, Billy, corre! – gritó Sally enfurecida, ya que estaba. Pero Billy no podía decidirse a hacerlo.

Fue una suerte. Para cuando pudo moverse, lo que había llegado hasta él para derrumbarse a sus pies no fue un robusto y bien formado admirador del tofu, las milanesas de mijo y las cintas corredoras, sino una pálida criatura de rubios cabellos y ojos del color de las espigas de maíz, con una raída túnica blanca y pies sangrantes.

– ¿Pero esto qué es? – exclamó Sally, que ya había tenido suficiente disgusto esa noche, sobre todo después de pasarse tres días con su máquina de coser atascándose continuamente con cartílagos e hilitos de grasa.

– Es una dama. Una dama en graves dificultades -susurró Billy, conmovido por el desamparo y la belleza de la joven. Se inclinó sobre ella para socorrerla, pero se alejó en seguida ante la clara evidencia de las fuertes arcadas de la joven, que demostraba la eficacia de los métodos adoptados en Dead Cowboy City,

Era una de ellos.

A la distancia, se oía la marcha de tres hombres corriendo. Los forasteros de la torre de agua habían divisado a la nueva desconocida y, temerosos por su integridad, corrían en su ayuda.

– ¡Olive! ¡Olive! ¡Lo has conseguido! ¡Pensamos que jamás volveríamos a verte! – gritaron, mientras la alzaban del suelo con sus más amables efluvios de patchouli y esencia de bergamota.

Entonces, pensó Sally, ¿qué tal si ahora Dead Cowboy City tenía un problema más?

Infiltrados.

Infiltrados sin olor a tripa gorda, y que Billy, quien debía ser el más prevenido, no dejaba de mirar. ¡Infiltrados!

Sally revoleó entre unos matorrales su tiara de salchicha de metro y se fue a lo de Rose La Juguetona, a tomarse una pinta de cerveza y a pensar en la nueva forastera.

Sabía lo que significaba la nueva desconocida.

Problemas.

(Imágenes de Pixabay)

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