Tántalo

Los mitos tienen muchas versiones, tantas como caras tiene la verdad. Por eso me gustan.

Tántalo

Era éste un personaje fabulosamente rico, pero muy tacaño. Fijate que amarreteaba en el momento de ofrecer a los dioses sus chivos de negra pelambre y hasta un chorrito del mejor vino antes de la comida, y era tan pero tan avaro que cuando llegaba el momento del homenaje a las divinidades él siempre encontraba la manera de hacer que cualquiera de los invitados que tenía en el palacio saliera al cruce, con cualquier cosa. Por eso siempre tenía muchos invitados. Y amistades nuevas, porque cada vez que invitaba a alguien a su palacio lo mataba de hambre y le daba sólo agua (y no demasiada agua, tampoco), y lo hacía lavar su propia ropa si acaso no le usaba la suya, y los perfumes, y los jabones, y la esposa. Los dioses estaban enojados. “A éste”, dijo Zeus un día, “lo vamos a hacer bailar la refalosa”. Dicho y hecho. Una noche el rico personaje recibió una invitación a cenar inusual, directamente del Olimpo. Y allá se fue, a probar el sabor de la ambrosía con un nutrido séquito de sirvientes (porque además de tacaño era perezoso), calculando cuánta plata podía ahorrarse con una sola comida.

Llegó y lo que encontró era demasiado hasta para los mismos dioses. El techo estaba formado por un negro entretejido de vides gruesas como el muslo de un hombre, con racimos tan grandes que prácticamente llegaban hasta la boca de los inmortales bajo ellos; el suelo no existía, pues los comensales estaban sumergidos hasta el cuello en un lago de vino oscuro y dulce que exhalaba un olor como Tántalo (así se llamaba el hombre) no había conocido jamás. Sobre el lago flotaban unas largas y delicadas hojas verde pálido que transportaban pequeñas candelas; hojas mayores traían fuentes en donde había literalmente de todo, desde patitas de codorniz asadas y bañadas en miel hasta higos frescos y queso, dorados entretejidos de hilos de huevo con almíbar y sutiles puñaditos de arroz. Tántalo no podía creer lo que veía y no atinaba ni a agarrar a alguien para preguntarle en qué había quedado el apetito sublime y superior que diferenciaba a los dioses de las bestias; se estaba quieto en la orilla, tan apurado por lanzarse sobre todo aquello para exterminarlo hasta el punto en que le fuera posible, que no entraba al lago del vino. Finalmente alguien (creo que pudo haber sido Hades) lo tomó con delicadeza de un brazo, y Tántalo se sumergió en aquel estanque dispuesto a comportarse  como si fuera el Leteo.

Entonces notó algo extraño. Mientras la conversación fluía encantadamente a su alrededor (y no es que él estuviera muy pendiente), Tántalo se moría de hambre. Las barquitas pasaban lejos de él; hasta las que llevaban las luces. Levantaba la cabeza para alcanzar un grano de uva y el racimo nunca estaba tan cerca como pensaba; bajaba la cabeza para aplacar siquiera la sed, y un extraño oleaje sólo le dejaba una serie de burbujas para humedecerle la nariz. Tántalo estaba a punto de quejarse. Y entonces notó que todos los dioses estaban observándolo y se cagaban de la risa. Pero hasta que Zeus en persona le explicó cuál era la situación, Tántalo no entendió nada. Y así y todo. Entonces lo dejaron un par de meses ahí, pero como Tántalo seguía sin entender, lo soltaron y lo devolvieron a la Tierra. Y sus campos permanecían estériles y sus vacas no daban leche y ni sus perros tenían pulgas y así. Tántalo seguía con sus viejas costumbres, acaso exacerbadas, y no daba pie con bola.

Un día empezaba a comerse las posesiones de los sirvientes y al otro día a los propios sirvientes; los invitados escaseaban y hasta desaparecieron los ladrones que solían acechar a los viajeros en los caminos. Tántalo se comió a los mendigos y a los recaudadores de impuestos y a las alimañas que encontraba en las grietas de las paredes y las arañas en sus telas de los jardines, ahora secos, y le llegó el día en que tenía tanta hambre, tanta hambre, y no había entre sus posesiones más que la madera de sus opulentos muebles y las telas importadas de Persia, y las jaulas de oro vacías de los periquitos y de los tigres y de los pavos reales, y sus hijos, así que siguió con sus hijos, uno por uno, y entonces se quedó solo, pero la gula era todavía tan grande que por fin a Tántalo no le quedó más remedio que ir a la cocina a cortar, y posteriormente aderezar, su propio pie. Entonces Zeus volvió a llevarlo al Olimpo a charlar con los dioses, para sumergirlo un rato en el lago de vino y ver si de una vez entendía el mensaje, pero fue como si oyera llover. Entonces Zeus lo mandó de vuelta a la Tierra. Y los campos de Tántalo reventaban del trigo que tenían y las vacas se secaban una tras otra de tanto dar cría, y también las ovejas y las cabras, y un día Tántalo se levantó de la mesa asustadísimo porque un líquido rojo empezó a brotar del suelo para mojarle los zapatos, y resultó ser vino que comenzaba a desbordar por sí solo de las barricas.

Pero los invitados de Tántalo, que afluían sobre el palacio como una nube de langostas, seguían pasando hambre y bebiendo nada más que agua (aunque también el agua empezaba a ser tan rica en ese palacio que no daban ganas de parar), y se morían de frío porque Tántalo no quería gastar la lana de sus ovejas en frazadas, debiendo trabajar como locos porque tampoco accedía a comprar más sirvientes, y tenían que llevar sus propios jabones, sus toallas y sus peines. Entonces Zeus visitó el palacio de Tántalo por tercera vez. Como si estuviera harto de él y quisiera escarmentarlo de una vez por todas, o resignarse y dejarlo que hiciera la suya. En fin; lo que le dijo fue lo siguiente:

– Mirá Tántalo que ésta es la última advertencia. Tu mezquino proceder asquea por igual a hombres e inmortales. Sos una de las razones por las que no ha valido la pena que yo le cortara las bolas a mi padre, así que más vale que recapacites y ofrezcas los dones de la hospitalidad como corresponde, junto con el tributo que se nos debe a los dioses. O voy a tener que tomar cartas en el asunto. En serio.

Pero aquello era tan ajeno a la naturaleza de Tántalo como tener rabo y ladrar, así que Zeus comenzó por impedirle mover las manos para alimentarse, luego volvió al castillo hediondo de manera que nadie se acercara a traer pan o vino, y posteriormente hizo a Tántalo mudo e invisible para que no pudiera pedir comida ni a los sirvientes ni los invitados, haciéndolo presenciar, por el contrario, cómo todos se cebaban en sus arcas mientras se encarnizaban verbalmente con su indetectable persona. Entonces Tántalo se iba hasta la tumba de los antepasados, a robar la leche y la miel que llevaban los deudos para honrar sus memorias. Contando todos los viajes que le hicieron hacer como penitencia, creo que en total acabó pasando unos veinticinco años sumergido en el lago de vino, apreciando cómo las velas errantes dejaban rojos resplandores sobre la líquida y silenciosa superficie, y después se extinguían y se extinguían. Al final, Zeus se presentó una noche en el palacio, se puso de pie frente a él y alzó los brazos, gritando:

– ¡Pero no podrás dejar una galletita de agua al alcance de alguien!!!

Y Tántalo se lo quedó mirando, con los ojos muy abiertos.

 

Zeus no volvió a llamar a Tántalo al lago de vino, porque no tenía ningún sentido llevar a ese horrendo lugar de castigo a una persona que más bien parecía que lo disfrutaba. En lugar de eso secó el lago y se mandó a mudar enojadísimo; pasaron días en que ni a los dioses les hablaba y otros en que reflexionaba planeando dejar que Tántalo terminara de comerse a sí mismo. Pero entonces pensaba que ni así quedaría ese hombre satisfecho, y perdía el interés.

(Imágenes de Pixabay)

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