Como la rosa de los vientos, la chica

   De tal manera, que parece que los caracoles no han amanecido y todavía están allí, reposándose, cubriendo el suelo del Hades a la luz anaranjada que viene de arriba, y ellos como si oyeran llover. Qué cosas, los caracoles, y el cielo violeta y denso y las nubes que sólo se ven por lo violeta del cielo, y el cielo era espeso y opaco y existía. Los caracoles miran hacia el cielo desde las puntas de sus antenitas, y según la chica es por eso que son babosos y tienen los ojos así; la gravedad los tira hacia el cielo y los ojos son lo más débil. Los caracoles luchan por permanecer en la tierra y tienen un pie largo y ovalado que secreta pegamento, y la casita de cuerno es para que no les llegue la luz violeta de arriba. O la anaranjada.

Entre caracol y caracol (permeando silenciosamente) hay un hilo de agua que los mantiene a cada uno en su lugar, aunque cede paso gentilmente cuando los caracoles deciden ponerse a deambular bajo la mezquina luz. El hilo de agua es celeste, y desde arriba parece como una cota de malla plateada con un montón de celdillas como las de los panales de las abejas, y en cada celdilla hay un bonito caracolito. La cota se mueve, se mueve, y entonces es como si tuvieran una marea. Así son los caracoles. Qué animales más raros los caracoles.

   No parece haber otra cosa, fuera de la arena mojada sobre la que se arrastran. La arena es negra y la baba es blanca y el agua es celeste y el cielo violeta y la luz anaranjada, y la chica opina que así debe haber sido el mundo antes de que los océanos se separaran, o Marte antes de que los océanos desaparecieran, o Saturno si hubiera podido estar un poquito más cerca del sol (los saturninos son menos estoicos). Sopa de caracoles, pero los caracoles parecen estar en perfecto estado de salud y sólo miran hacia arriba, hacia arriba, y eso que no hay nada; han de ser ciegos o poco curiosos o demasiado curiosos, o deben ver cosas que los humanos no pueden percibir que la chica no puede entender y a lo mejor lo están pasando bomba.

Los caracoles son de agua y de tierra; la chica no sabe qué hacen los de tierra pero los de agua viven en el río en el mar y a veces son tan grandes que se pueden hacer milanesas con ese enorme pie con el que se esfuerzan por no salir volando, y cuando los caracoles no están en casa se puede agarrar su cuerno y oír el sonido del océano, justo cuando el caracol termina de jurar que nunca verá el mar otra vez. Los caracoles de las cunetas no pero es que son tan chiquitos. Babosean los yuyos para arriba y para abajo, y cuando se sienten preparados para ello van y dejan en algún yuyo cerca del agua un racimo de huevos rosados y opacos, grandes, muy lindos, y se supone que de ahí salen luego un montón de caracolitos si es que las ranas no se los comen o los chicos no los sacan para aplastarlos contra el cemento, y ver cómo sale el lejano caracolito todavía en estado no caracólico, pegajoso, denso, sin ojos, y oliendo vagamente a violeta y a anaranjado.

Deben sentirse desalentados, los chicos, como si intuyeran la interminable planicie adonde han volado de un golpe todos los caracolitos, escapándoles, sin que nadie alcanzara a verlos ni una sola vez, aunque mirara hacia arriba, hacia arriba, y oteara permanentemente el interminable silencio, porque los caracoles no hablan, los caracoles no cantan, los caracoles no gritan no lloran no peroran no eructan inconveniencias y fracasos y excusas y más y más aire vacío y de ninguna manera puro una y otra y otra vez; los caracoles sólo miran hacia arriba, hacia arriba, en.

Los caracoles hacen el amor de frente march y la chica no sabe si les hace en realidad alguna falta, o más bien es que no comprende. Los caracoles son bisexuales y cuando les ha llegado el momento van y buscan otro caracol y entonces uno le clava al otro una larga pica y lo fecunda, y es después que vienen los grandes huevos lindos y rosaditos, pero cómo deciden quién fecunda a quién si son bisexuales, y cómo saben si serán hembras o machos la próxima vez, y qué hormonas producen; ese asunto no es tan sencillo. Los caracoles se ponen frente a frente y alzan las cabezas y los ojitos y pegan pie contra pie, y después bueno, lo hacen, y después cada uno se va por el rumbo que venía siguiendo hasta sentir otra vez que les ha llegado el momento. Pero bueno, a los caracoles la sal les hace terriblemente mal y si le echás sal a uno se transforma en un terrón duro duro, y en el fondo queda un cadáver como un palito que ha pasado cien años al sol del desierto del Sahara.

Está anocheciendo y podés seguir a los caracoles; uno para un lado y uno para el otro. Nada más tenés que apreciar el brillo de la baba entre violeta y anaranjado, pero parece que alguien ha de haber estado pisándoles las huellas antes porque en todo el mundo no podés encontrar un rastro de caracol que supere el par de metros (apenas es más que el recorrido completo de la chica).

(Imágenes de Pixabay)

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4 pensamientos en “Como la rosa de los vientos, la chica

  1. El Gran Rulemàn

    La chica sigue fumando espirales violeta….El otro día no me di cuenta y pisé un caracol…pobre, quedó como un caniche aplastado por un Scania…

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