Expedición

Hacía rato que Gaspar caminaba, y no podía sacudirse la mala espina clavada en su cabeza. Lucas habría dicho que tenía razón en estar inquieto; que uno como él identificaría de inmediato las amenazas de los Segundos Hijos, y por lo tanto aquello que lo inquietaba solamente podía venir de las almas negras de los Primeros Señores. Siempre incognoscibles, siempre mortíferos. Pero Gaspar no podía desprenderse de su naturaleza humana.

Simplemente, le había venido una mala vibra porque pasaba un mal rato. Con seguridad los vecinos tenían razón. Estaba exagerando la situación desde los fantasmas de su cabeza. Aparentemente podía tenerlos, aunque él mismo fuera como un espectro.

– ¿Qué es eso de ahí? – había preguntado a la niña, dos días atrás, señalando la maceta de su regazo.

– Es una plantita de melón.

– ¿Cómo hiciste para que te brotara una semilla de melón?

– La puse en la macetita del helecho que se le secó a la abuela, y me nació.

Todo el barrio se puso a buscar a la niña desde el momento exacto en el que la madre volvió del trabajo y no la encontró en el departamento. Gaspar fue el primero en responder a los gritos, y en insistir, en llamar a la policía, y en molestar e incordiar hasta que los agentes salieron a la calle, aunque la mayoría de los vecinos decía que la niña vagaba con frecuencia.

– Estará escondida en la casita de madera de la plaza.

– Estará atorranteando con el pibe del almacenero.

La Manada tenía a la niña, y Gaspar lo sabía. Cada día podía sentirlos acechándolo; cada vez más cerca. Habían atrapado un par de veces a Lucas; un par de veces a María. Los del cementerio habían tenido que repelerlos casi hasta la misma entrada. Y ahora se habían llevado a la criatura que sabían protegida por él.

No perder tiempo era esencial, porque acorralarlos en el fondo de sus madrigueras hasta que no se movieran más, era lo primero que había que hacer para detener a esos inmundos. Eso podía hacerlo la policía rápidamente. Después Gaspar se encargaría.

Pero contrariamente a las trifulcas pasadas con Ema y Manou, esta vez Gaspar se sentía nervioso al pensar en esas bestias. No podía leer nada de lo que estaba sucediendo con la niña.

Se concentraba cada vez más, al punto de no ver los autos que se le venían encima en la calle mientras iba hacia el Monumento, junto al río. Y no sentía nada. Si aquello era cosa de la Manada, ¿por qué no podía ver dónde estaba la niña? Y si era asunto de los Primeros Señores, ¿cuál de ellos? El último mensaje de Astryd había sido de paz. El último de Helena, de amor y misericordia.

– Te quieren de rehén, y saben por Ema de lo tuyo con la pibita.

– ¿De qué mierda hablás, Lucas?

Como todos los de su casta, Lucas había aparecido inesperadamente, detrás de un plátano, pero habitualmente más desprevenido o drogado que María, seguía a Gaspar sin esconderse.

– Ya sabés lo que la Manada piensa de vos. Y tenés a esa pibita de mascota. Le conseguiste laburo a la madre y liquidaste al burro del novio. Todo un esposito.

Lucas se rió, resoplando.

– Mirá que sos boludo.

– Eso no es lo que está en discusión.

– Decime quién los dirige, Lucas, quién hizo esto.

– Si no podés saber vos, yo qué voy a saber.

– Vos siempre estás al tanto de todas esas mierdas.

– No tengo idea –insistió Lucas-. Me subí a esas ratas asquerosas, a los gatos y a los perros pulguientos que están siempre con la Manada, y nada más veo a esos hijos de puta deambulando por los túneles y las obras en construcción, apareándose como animales y matando cualquier cosa con sangre. No te gustaría saber. Lo que me preguntás…  no sé; son los mismos de siempre.

– Investigaste.

– Desde que me desperté en el banco de la plaza como si me hubieran metido un dedo en el culo, y lo primero que se me apareció fue esa cara de ojete que ponés vos cuando te parece que se te viene el mundo encima. De verdad, no sé nada. Helena, a lo mejor.

Helena, desde el cementerio, era un viento de tormenta que se levantaba despacito, casi como una caricia, para avisar. Pero nada más.

– La Manada está muy inquieta en toda la ciudad. No puedo saber por qué están tan confundidos, Lucas. No puedo leer nada.

– La última vez se armó abajo del Agudo Ávila. Fue hace una semana. Manolo me contó; quedó como un asunto de narcos, pero cuando llegó la policía había cinco degollados en ese túnel. Conocidos. Recomendados tuyos, Gaspar.

– No pueden haber llegado tan lejos. Ni los de la Manada son tan pelotudos como para ponerse en evidencia así.

– Manou tenía muchos amigos. Y Ema los halagaba; los tenía contentos, les hacía promesas.

– Ninguno de los Primeros Señores puede ser tan imbécil como para sacar la cara por Manou. ¿Y precisamente ahora, después de tantos años?

– Hay gente para todo. Aunque yo creía conocer a todos los Primeros Señores acá, y parecen bastante modositos, mejorando lo presente – dijo Lucas, haciendo una reverencia.

– Andá a cagar, pelotudo.

Caminaron un rato en silencio. Los ojos de ambos, de pupilas completamente dilatadas, con la mirada hacia adentro, recorrían todos los contornos visibles, que comenzaban a difuminarse en la luz que desaparecía. También llegaban hasta los lejanos, que ojos humanos no podrían ver porque estaban a la distancia, por sobre y por debajo de la tierra.

La Manada estaba alborotada aunque incoherente, en un nudo denso cerca del río. Gaspar y Lucas, sin darse cuenta, comenzaron a guiarse con las vibraciones en las plantas de los pies, sensibles y tensas como bigotes de gato, hacia ellos. Poco después, sintieron más vibraciones, mucho más cercanas, pero las ignoraron. No estaban solos y lo sabían, y aquella vez eso era una cosa buena porque esas pisadas les eran familiares. Vagaban dentro de una corriente tibia de siniestra empatía. Y necesitaban ayuda.

– Sabés, hace muchos años, cuando yo viajaba con un grupo de asaltantes de caravanas en la Ruta de la Seda, se contaba sobre un hijo de puta muy malo. Abu Shaitan, le decían. Los caravaneros le tenían pánico. Cargaba en plena noche contra filas y filas de camellos y no quedaba nadie vivo. Perseguía a los que escapaban por el desierto, mientras gritaban y se caían entre las dunas, y se perdían fortunas por los saqueadores que las encontraban. Yo llegué a encontrar un par de esas caravanas. Muchos vientres perforados. Muchas gargantas abiertas. Nunca había visto algo así – comentó Lucas con frialdad, desde aquellos ojos que habían perdido su color, tragados por los años.

– Un vampiro de tu época. Una de tus historias viejas. ¿Qué tiene que ver?

– Hacía cosas como ésta. Se metía en las cofradías de los más desprevenidos, provocaba conspiraciones y hacía que todos se mataran entre ellos. Era un asesino de vampiros y también despreciaba todas las cosas vivas. Un mercenario sin miedo a nada. Se sentaba en las tabernas y compraba niños para tomarse la sangre; mataba prostitutas que terminaban desangradas en el callejón. Asesinaba a los hijos de los visires que mandaban a agarrarlo. Obligaba a los guardias de las prisiones a cortarse las venas con sus propias uñas. Mató a cada vampiro que presumió de ser más grande que él, a cualquiera que lo desafiara, y a todo el que pudiera llamar más la atención. Incluyendo Primeros Señores. Es uno de ellos, pero también es un proscrito entre ellos. Todo vampiro, sea cual sea su casta, tiene una dispensa especial si lo mata.

– ¿Todavía anda dando vueltas? Yo nunca supe de él.

– Vos viviste escondido, siempre metido entre guerras y despelotes. No tenés calle; no te enterás de nada. Abu Shaitan tiene muchos miles de años, según algunos. Ya ni debe parecer humano.

Lucas se estremeció, haciendo que Gaspar girase la cabeza hacia él. No era fácil obtener reacciones de Lucas.

– La noche que yo lo conocí era el último que quedaba en mi grupo. Me dejó con vida para que contara, porque le gustaba entrar en pueblos y en bodegones y ser conocido, y oír sobre él. Yo había fumado mucho opio esa noche y debió haber gritos, pero yo no escuché. Me desperté cuando estaba todo en silencio. Había Luna llena y por todas partes había manchas negras de sangre. Abu Shaitan tenía tanta hambre y tanta furia que mató hasta a los camellos, pero tanto desprecio, que dejó que la sangre la absorbiera la arena. Yo veía las estrellas y la Luna y no había fuego y nadie cantaba, pero todo era tan hermoso, y entonces él se inclinó sobre mí y se bajó la gandurah para que yo le viera la cara, y me sonrió. Sé que él también era hermoso, pero sólo me acuerdo de los ojos. Me dijo su nombre, y pidió que le diera sus saludos a las viudas y a los huérfanos, y les contara que se encontrarían pronto. Y que tal vez un día él y yo nos volveríamos a ver, porque le había caído bien. No me acuerdo de cómo se fue; no sé si lo vi. Pero quedé solo en el medio del desierto, cocinándome o tiritando en silencio hasta que me encontró una caravana la tarde siguiente. También había matado a los perros.

Y Lucas volvió a estremecerse. Gaspar no se volvió a observarlo otra vez, porque Lucas lo había sumergido en su historia. Y porque alrededor, por encima y por debajo de ellos, el ejército de pies silentes había crecido. Casi estaban en el Monumento y la vibración llegaba a quedar opacada por el rumor del viento que venía del río. Por delante, La Manada se había inmovilizado con un sentimiento extraño. Acaso cólera, acaso miedo. Oían y esperaban.

– Qué historia Lucas. Nunca me habías contado algo así. ¿A qué viene, qué te pasó de golpe?

– No sé. Se me apareció. Como unos ojos – dijo Lucas, con sencillez, haciendo la señal de unos binoculares con las manos, y súbitamente salió del trance. Recuperó la mirada; de verdad hacía frío y se subió el cierre de la campera. Estaba realmente blanco, y perdió aún más color cuando una bandada de murciélagos descendió sobre ellos, chillando y haciendo que todos los transeúntes escaparan corriendo de la calle, gritando con asco, a los manotazos.

– Mucho hijo de puta vino a esconderse a la Argentina – declaró Gaspar.- Pero no creo que estemos tratando con alguien como tu Shaitan. Acá no somos ni tantos, ni tan importantes. Los vampiros tienen seguidores y lugar de sobra en los Cárpatos, y toda Asia. Éste debe ser otro pirado con delirios de grandeza igual que Manou; un pelotudo simpatizante con ganas de romper las pelotas… Lo que no sé es para qué joder con la piba… Como si la Manada necesitara una excusa para buscar camorra.

Sin volverse a verlo, Lucas contempló la estridente nube de murciélagos sobre ellos y se apretó el cuello de la campera contra la piel, con las dos manos. Abrió la boca y un estertor seco, como un alarido con demasiado miedo para salir, se le escapó del pecho.

– Abu Shaitan está celoso – dijo, casi en un susurro, nuevamente perdida la mirada.

– ¿Qué?

– Abu Shaitan está celoso – repitió Lucas. Esta vez Gaspar lo oyó, pero Lucas navegaba muy lejos, arriba de sus cabezas, y hablaba desde el centro del cerebro de un bichito volador, ignorante y liviano, que sólo sabía tantear en la oscuridad. Preguntar más no tendría sentido, porque Lucas no estaba realmente allí, junto a él.

Y había tanto para temer en lo poco que había dicho.

Entonces, la nube negra de murciélagos  se dispersó de pronto y la Luna llena les alumbró los ojos. Lucas sonrió, como un muchachito podría hacerlo bajo el sol un día de picnic. Gaspar se dio cuenta de que había estado conteniendo el aire y lo soltó, en un suspiro de alivio.

Allá adelante, en los túneles que habían usado los contrabandistas en los años cuarenta, la Manada, sin saber qué los había congregado en primer lugar, ignorando por qué llegó a sentir tal  necesidad de la niña cautiva, se disolvió. Las pisadas intangibles que acompañaban a Lucas y a Gaspar se espaciaron, y después comenzaron a ralear.

– La soltaron –dijo Gaspar. – Está por acá cerca, llegando al Monumento. La soltaron.

– ¿Querés que la vayamos a buscar?

– Que la encuentre Manolo. Vos y yo nos vamos a casa. Basta de revolver el avispero.

Y aparentemente en paz, los dos dieron media vuelta y enfilaron otra vez hacia el planetario, para separarse como quien no quiere la cosa. Lucas iba silbando; a veces alabando la perfección anatómica de tal o cual ejemplar femenino y arriesgándose a una buena paliza.

Gaspar iba en silencio, con ojos punzantes, dolorosos, clavados en su figura por todas partes. Los de los transeúntes; los de los perros; los que brillaban entre las hojas de los árboles que el viento movía; entre el pasto que miraba para no pisar la mierda de perro; los que le hacían un guiño en el cemento de las calles que cruzaba. Los que se abrían dentro de su cabeza. Ojos. Ojos.

Pasó el resto de esa noche esperando que los ojos aparecieran detrás de las cortinas de su ventana. Hasta mucho después de que la niña fuera devuelta a casa, llena de voces de patrulleros y ventanas refulgentes hasta el amanecer.

Algo en la mirada de esa niña lo había asustado como nada que recordara jamás. Algo que ya no abandonaría esos ojos, como si se hubieran ganado un doble fondo forrado de terciopelo, aún cuando ella le sonreía apaciblemente al mostrarle su plantita de melón.

A pesar de que sólo hablaban de cuánto crecía, cuando debería transplantarla, y cuánta agua necesitaba la plantita.

 

(Imágenes de Pixabay)

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