Las nada picantes e inocentes napolitanas de ternera

El día de la fecha, dado que no hay ningún propósito de más valor en el horizonte, podrías decidirte a hacer, por pedido de un individuo que, por alguna loca razón, es enemigo acérrimo de la cebolla, unas deliciosas milanesas a la napolitana de ternera, que incitan a la locura por lo insolente de su sabor, pero con una salsa tan suave y amable, que no constituyen un peligro para el estómago de nadie.

Sólo unas pocas aclaraciones que hacer, más allá de los pedidos a uno u otro científico para que se dediquen a estudiar a la gente que no aprecia a la noble liliácea.

Contrariamente a la opinión del vulgo, es perfectamente posible hacer una salsa de tomate sin usar ajo ni cebolla. A vos tener esos apetitos te dará vergüenza ajena, pero es posible. De hecho, en casa de tu hermano, por no salir a comprar la cebolla, que se te había terminado, más de una vez hiciste ahí mismo una salsa deliciosa, que nunca vio ni siquiera en foto a esta insigne hortaliza.

El único problema al hacerla, podría ser que la salsa resulte demasiado fuerte. Lo que hay que hacer es ir probando mientras se cocina, y para conjurar esos peligros, se puede darle sin asco al laurel y al tomillo, por ejemplo, que endulzarán la salsa y mitigarán un poco su acidez. También hay que considerar el factor tiempo. No hay que hacer maldades como la del señor padre del doctor Zaïus, que para hacer salsa no cocina el puré de tomate sino que más bien lo entibia, y hay que dejar que la salsa se cocine muy pacíficamente y a fuego muy tranquilo, no menos de media hora. NO MENOS DE MEDIA HORA. Ok?

Y NO HACER COCHINADAS COMO AGREGAR A LA SALSA AZÚCAR O LECHE. No es necesario, si la salsa se cocina bien y se usan especias y un puré de tomate de buena calidad. Si hay temor por ese lado, nada cuesta buscarse un par de tomates medio podridos, como hacen todas las viejas italianas desde hace un sinnúmero de años, y fabricar un puré de tomates natural del que se puede esperar cualquier cosa, menos que resulte excesivamente ácido. Así que bueno.

Ahora, hay que mantener la mente abierta y considerar, por ejemplo, los aportes de diversas fuentes, como el Gran Rulemán Balde de Vello, que cuando no está ocupado haciendo estropicios de diversa índole suele acercar ideas muy interesantes. Tal es el uso de zanahoria o remolacha para hacer la salsa sin cebolla. Sí, Ok, no es que sea una novedad; por tu parte has probado en casa de una colega salsa hecha con zanahorias, y te pareció una auténtica deliciosidad. También es sabido desde hace años que de hecho las zanahorias son usadas con frecuencia para hacer salsa, pero con tu amor por las cebollas más bien has tendido a ser monotemática al respecto. Pero bueno. Con la remolacha por el momento no te vas a animar, pero como consideraste una excelente idea la salsa de zanahoria, hacele caso al Gran Rulemán y andá por ese lado.

Lo primero es agarrar esa multiprocesadora que le regalaste a tu mamá hace diez años y que nunca usó, y adicionarle el accesorio indicado para rallar zanahoria a un tamaño realmente pequeño: algo que ninguna vieja italiana condescendería a hacer, pero tus antepasados llegaron a la Argentina antes de 1900, así que sos una ciudadana americana legítima y estás autorizada a hacer ciertas adaptaciones. La cantidad de zanahorias que vas a usar es de tres o cuatro, según lo gordas que sean, y la piel se la sacás o no a gusto y piacere, porque la zanahoria no es como la cebolla, y aunque le saqués la piel no se va a desarmar con una cocción prolongada. Es más; si querés disimular pero bien bien, vas a rallar la zanahoria lo más chiquitito posible, porque con el puré de tomate y algo de fibra, y muchas especias, es posible que nadie se de cuenta siquiera de que la salsa no tiene cebolla.

A la zanahoria la vas a rehogar dos o tres minutos en la olla de acero inoxidable de triple fondo con una cucharada sopera de aceite y una cucharadita de sal tamaño té, hasta que cambie un poco de color, como pasa con la harina de la salsa blanca. Es posible que este paso no sea necesario en verdad, pero los viejos hábitos tardan en morir, y eso es lo que se hace con la amada cebolla. Y cuando quedés contenta con el estado de la zanahoria, le agregás la cajita o la lata o la taza de puré de tomate, medís otra cajita, u otra lata, u otra taza de agua del mismo tamaño, y se la agregás para que vaya reduciendo y juntando sabor sin quemarse. NO VOLVERÁS A AGREGAR NI SIQUIERA UN GRANITO DE SAL.

Y ahora, como dicen los norteamericanos, el cielo es el límite, porque vas a agregar las especias. Y vas a agregar todas las posibles: ajo y perejil deshidratados si es que a alguien el ajo le cae mal, albahaca, orégano, pimentón dulce y picante, o más o menos picante, nuez moscada, laurel, tomillo, romero, cúrcuma, y cualquier cosa que venga dentro de un sobrecito menos bicarbonato, canela, coco rallado y azúcar impalpable. Mucha gente estará dispuesta a afirmar que esto es una chanchada y que hay que prestar atención a los usos que se le van a dar a la salsa para saber qué especias emplear, pero se los puede apaciguar diciendo que nada hay de malo en darle todo el sabor posible a la salsa, y luego poner de más la especia recomendada. Por ejemplo, más laurel y tomillo si es para fideos, o más romero si es para carnes.  Y eso de la exageración es discutible, porque por tus manos han corrido ríos de salsa, y lo que hace todo el mundo no es pelear sobre la composición química, sino chuparse los dedos en perfecto silencio. Modestia aparte, que la falsa humildad participa del pecado de orgullo.

Y eso es casi todo, que las milanesas napolitanas ya forman parte del patrimonio de la Humanidad. Ya sabés: te vas a la carnicería Sweeney Todd, te comprás un kilo de nalga cortado para milanesa, no muy fino, las pasás por huevo batido con (otra vez) todas las especias que te arriesgues a agregar, y revolcás los bifes embadurnados con huevo en un poco de pan rallado, apretando para que se le pegue bien. Y NO TE HAGAS LA VIVA, NO PASES LOS BIFES POR EL HUEVO DOS VECES.

Una cosa: no vas a profanar la carne más deliciosa que te ha sido dado conseguir para hacer una miserable y reseca napolitana al horno. ¡LAS MILANESAS NAPOLITANAS VAN FRITAS! Al horno van para que se les derrita el quesito que les pongas por encima y esas cosas.

Otra cosa: las napolitanas van con muchas cosas; con jamón y queso, o sólo con queso. Al haber conseguido carne de vaca de tan buena calidad, es tu opinión que la salsa sin cebolla y el queso nada más, junto con una buena fritura, son suficientes y harán que el sabor de la carne se luzca perfectamente. Se puede hacer a la pizza, como dice el Gran Rulemán, y agregarle rueditas de aceitunas y huevito duro picado y esas cosas, pero parece que entonces sería conveniente pedirle con amabilidad al gentil carnicero que corte gruesitos los bifes, no sea cosa que el sabor de la nalga se pierda en el horizonte. Es un parecer, nada más. Esperás que el Gran Rulemán no se ofenda, con esos aires que tiene.

Y una última cosa: sin duda el doctor Zaïus, con sus afanes investigativos usuales, se deleitará con la información sobre el origen de este ARGENTINO (sí, señor) plato.

Sucede que tal acumulación de gentilicios (milanés y napolitano) fue orquestada en los años ’40 en un restaurant de Buenos Aires llamado Nápoli propiedad del señor Jorge La Grotta (dice ahí en Wikipedia), cuando buscaban aportar innovaciones al menú. Hubo encendidas protestas de la familia La Grotta cuando otros restaurantes empezaron a usar ese nombre (después de tanto desgastarse el cacumen), pero sin que al final les dieran mucha bolilla, como podemos constatar actualmente.

Se la llamó en un principio milanesa a la Nápoli, llevando encima solamente salsa de tomate, y después, como el éxito del original plato fue tal, cundió la denominación y el plato se popularizó en todo el ancho mundo con la acumulación por arriba de los más variados ingredientes, así como los conocemos hoy en día.

Y ahí sí que es todo. Después de todo lo anterior, explicado y hecho, quedan por freír las milanesas, les ponés por encima una buena cantidad de tu excelente salsa sin cebolla, y distribuís arriba todo el queso que se te ocurra amontonar. Total si se derrite y queda encima de la asadera se quema, y pocas cosas hay en la vida más ricas que el quesito quemado.

Cinco minutos a horno bien fuerte, acordate, y vigilá que no se te queme.

Saludos respetuosos a toda la comunidad vegana.

(Imágenes de Pixabay. La foto del terminado es de Wikipedia.)

 

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6 pensamientos en “Las nada picantes e inocentes napolitanas de ternera

  1. Dr. Zaius

    Gracias por la info, donna Nadie. Otra gran invención de los argentinos (además de nimiedades como los anticuerpos monoclonales). ¡Y feliz día de la milanesa! (3 de mayo)

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      ¡Heeeey! ¡Viva! Gracias por reconocer lo importante, igualmente. Ahora me pongo a ver ese asunto de los anticuerpos monoclonales. Y no se olvide de los by-pass con vena safena de nuestro héroe, el doctor René Favaloro. Tengo entendido que en su momento, aunque no en nuestro país naturalmente, fue una gran cosa. Mi propio señor padre le debe mucho, como ya sabrá.

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