Rana fractal II

   Como hace mucho tiempo que no sabés nada de mis ranitas, te recuerdo un cuento que te conté antes de mostrarte éste que es el último de la serie. Va de nuevo.

   Había una vez un castillo, que más adelante te podría contar, y había una vez una curiosa princesa. La princesa era una rana (pero no como la de otros cuentos), y la rana, quiero decir la princesa, tenía un enamorado plebeyo que era pintor. Esto dio lugar a una obra de arte dedicada a este amor imposible, y el cuadro, quiero decir la obra de arte, dio lugar a la serie de cuentos que ya te dije. Tené paciencia.

   Leé con mucha pero mucha atención, si tuviste fiaca para leer los otros (Rana barroca y rana fractal), porque éste es medio surrealista (aunque no de la manera que estás pensando). De todas formas, aguantá porque, lamentablemente, se entiende lo fundamental.

   Aunque los hechos narrados son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Ahora, el que pensara que con el robo de La Infanta se había terminado todo el lío del cuadro y del castillo, estaba miserablemente equivocado, con todo el perjuicio que eso implica para el ya vapuleado mundo.

Había un tipo tan fanatizado con ese cuadro y con cualquier cosa relacionada, que, aprovechando que tenía un montón de plata, volvió a comprar el castillo que había heredado la rana modelo, lo refaccionó y le devolvió su antiguo esplendor, para usar un lugar común de los más asquerosos. Después convirtió al propio castillo en un lugar extraño y por demás asqueroso, colgando en la pared más destacada del Salón de Baile a La Infanta, versión original según se encargó de declamar a quien tuviera por lo menos un oído, sano o artificial, y un cerebro capaz de conectar como para procesar la información.

Este tipo no era el primero que había comprado ese cuadro, por supuesto, sino el último en robarlo, lo cual le había costado no sólo mucha plata sino mucha bilis. La mayor parte de la plata fue por el análisis de ADN que necesitó para determinar que el cuadro era auténtico, en cada posible aspecto. Además, este rico y obsesionado personaje ordenó que se cotejara una muestra de la pintura con su propia sangre, porque según él descendía, en línea recta, de un hijo ilegítimo del pintor autor del cuadro, y la rana Infanta que lo había inspirado; escándalo que en su momento se tuvo buen cuidado en ocultar. Sí; esa pareja.

Ahora, este tipo venía y salía en las tapas de todas las revistas y encima ni preso iba, porque se había ocupado de asesinar a todos los que habían poseído y traficado el cuadro antes que él, legítima e ilegítimamente, y tenía los títulos y certificaciones necesarios para demostrar sus derechos. La Corona de la que dependía el Principado de la rana estaba escandalizada.

Ni hablar de cuando este infeliz contrató como a quince mil abogados y otros tantos matones por si los abogados no podían solos, diez periodistas de otras tantas revistas de chismes, y reclamó como suyo el Principado de la rana heredera.

Entonces, llevando todo el asunto a otro lugar extraño y todavía más asqueroso que el castillo, sólo se podía recurrir al Vaticano a fin de anular el antiguo matrimonio de la rana y dejar al usurpador del Principado sin nada. Pero como el hermano bastardo preferido del Rey enviudó de la rana noble, no existía nada que anular, ningún vínculo que declarar fuera de orden. De últimas, el príncipe actual no tenía ganas de ponerse a pensar dónde lo dejaba a él una anulación del matrimonio, si la heredera del Principado fue la rana, aunque debió casarse para heredar.

   Entonces, a falta de nada peor que repudiar, volvamos al castillo en donde La Infanta enseñoreaba otra vez los días y las noches desde su clavo en la pared. La verdad, cuando Ella reapareció gloriosamente, también el trono estaba casi vacante y se comenzaban a rastrear cosas como primos terceros en quintas nupcias a ver si lo ocupaban. Para hacerla corta, una madrugada vino al castillo el último Príncipe, ya más cerca del arpa que de la guitarra, arrastrándose acoquinado como una babosa para aceptar un acuerdo monetario del Hombre Rana. Era eso o devolver el Principado a la Corona. Así que después de todo qué suerte. Decime ahora que las Infantas son todas iguales.

Y como no hay ningún lugar más asqueroso al cual acudir, nos quedamos en el castillo del Hombre Rana; no, mejor vamos primero a Palacio, en donde poco después de la visita del Príncipe al susodicho, tuvo lugar una ostentosa ceremonia de Coronación, a la cual, en no sé dónde, le siguió otra ostentosa ceremonia para presentar una moneda con la efigie del nuevo Príncipe, con el cuadro de La Infanta de fondo. O sea, para que se supiera bien a qué venía aquello, que si ponían el cuadro solo nadie iba a entender nada, aunque era lo que hubiera correspondido (si bien en el cuadro, para decir lo menos posible, el parecido familiar no se notaba). La gente se cagaba de la risa igual; incluso después el último Príncipe legítimamente identificable con la loca familia noble se murió del disgusto, y ni quedó nadie como para que le importara un corno a qué feudo de mierda había pertenecido el Principado o lo que carajo fuera, o qué había pasado con él.

En realidad, no puedo afirmar que no hubiera alguien que se hubiera puesto a pensar, y se  preguntara a la vera de qué camino se había muerto su propio antepasado trabajando hasta el agotamiento, sólo porque al Señor le parecía que no quedó lindo; seguro que el Príncipe Rana le gustaba a muchísima gente. Además era dueño de dos equipos de fútbol y administraba mucho mejor que el anterior. Y por si fuera poco, no se podía negar que tenía carisma.

   Había sacado de su noble tatarabuela los ojos dorados y la lengua veloz, y cuando tuvo aquella entrevista con el último ofendido Príncipe le tomó minuto y medio metérselo en el bolsillo, como más de uno había hecho más de una vez con aquella rana (operando lo que se podría llamar un acto de justicia poética). Le contó al Príncipe lo que había averiguado sobre los mitos, los escándalos y los comentarios que adornaban la historia familiar de la rana heredera, y hasta le mostró al viejo los pequeños vestidos que un mercenario suyo había robado del mausoleo. También poseía antiguas cartas de las que nadie había llegado a tener noticias, con la temblorosa caligrafía de resentidos Duques y avaras Marquesas, y que no sólo el criado con el rociador lleno de agua mineral, un plebeyo, un plebeyo, cien azotes y a la calle, y cuántos con la rana aquí y allá, había gritado ese plebeyo.

La codicia del esposo pagando el silencio, erosionado de odio, celos y úlcera roja, palpitante, no como la rana. No como el cuadro. El cuadro. Bueno, el pintor, para decir toda la verdad, en el mausoleo adonde yacían los restos mortuorios, solo, desesperado y enamorado con la rana, así como estaba. Estaba muy fría, salada. Después fue que pintó el cuadro. Como aquí su descendiente podía demostrar, junto con unas cien cartas que también servían para proclamar que él era el verdadero legítimo supremo de entre los amores ilegales de aquella rana, todos los otros muy fuertes políticamente y muy poderosos, pero no, decía el Hombre Rana, porque todos habían renunciado al pleito o se habían caído por un barranco muy profundo. Menos el hijo abandonado del pintor, que se crió en una granjita miserable con la abuela, bien loca, pero que entendía lo que se decía y se explicaba.

La abuela también hizo que el cura del pueblo le escribiera en un papel lo que había pasado la vez que flagelaron a su hijo, confirmando la gallarda bastardía. Aquel papel sobrevivió por generaciones hasta llegar a las manos del Hombre Rana, intacto como un tesoro. Hasta entonces había pasado desapercibido, quién sabe si porque la abuela era loca, o porque en el siglo XIII se solía ahorcar cabras y gallinas por inducir al hombre al pecado carnal, y el miedo el rencor y la cola de paja. Andá a saber.

Y entre una cosa y la otra, los posteriormente antepasados batracios del aquí presente se enriquecieron hasta la insania, sobre todo después de que alguien se ocupara de la abuela. Como había pasado con la otra abuela del antiguo castillo, la que no quería que vendieran el cuadro, pero lo de esta abuela fue algo mucho más burdo, peligroso, solapado e infinitamente menos solemne, porque la abuela tenía un gran corazón. También ese asunto terminó con unos cuantos proctólogos de por medio, pero no por causa de ninguna técnica pictórica; nada que ver. Sin embargo, el Hombre Rana quería terminar de una buena vez con la cuestión. No necesitaba más dinero.

Para cuando el Hombre Rana concluyó de hablar, el viejo Príncipe no sabía si le había contado una historia, si mejor le dejaba el trono antes de ser destazado para ser devorado rojo y palpitante, no como la rana, si lo estaban amenazando con esa cuenta en el extranjero o con los servicios de un proctólogo, o qué.

Así que firmó los documentos que le tendían los abogados y agarró el cheque con la mirada vidriosa, retomó su bichejo acoquinamiento y se fue de nuevo a Palacio, pues como era un hombre anciano necesitaba ver los Reales Aposentos otra vez, a ver si entendía algo de lo que le acababan de contar. Porque era un hombre anciano. Hasta el día en que murió sufrió del más terrible desconcierto. Ahora podemos volver a la inmundicia del castillo original, adonde el Príncipe Rana había preferido trasladarse para gobernar, y adonde La Infanta enseñoreaba, a estas alturas, ni yo sé muy bien qué.

   Ranas, sobre todo. Ranas de todas las especies, todos los colores, todos los tamaños; ranas con curiosas facultades como poseer una piel tan venenosa que ciertos indios amazónicos las usaban para untar sus flechas; ranas que parecían patos y peces, y ranas del tamaño de un plato que ni se podían mover de lo pesadas, junto con ranas que odiaban a otras ranas y se las comían, y otras que no entendían muy bien la diferencia y se las montaban, o eso pretendían. El Hombre Rana, básicamente, gustaba de desnudarse para revolcarse en medio del túmulo de frías y correosas pieles, para importar algunas de las cuales casi había tenido que exportar él su propia piel. Sólo tomó la precaución de encerrar un ejército de dermatólogos en cabinas, alrededor del gigantesco estanque instalado en el Salón de Baile, después de engalanarlo con lucecitas submarinas de color verde y celeste y algas y cuanta cosa les pudiera gustar a las ranas, cualquier cosa, con lo cual al sucederse los días y las largas hileras de huevas transparentes, se armó un despelote considerable. Los dermatólogos pasaban horas contemplando el espectáculo y como el Hombre Rana mismo se ponían cada vez más blancos, y hubieran sido cada vez menos, al revés de las ranas, si no fuera porque el Príncipe acostumbraba desparramar esos grandes billetes verdes todo el tiempo. Verdes, como las ranas.

Los dermatólogos conseguían sacar al Príncipe del estanque en raras ocasiones; él se dedicaba casi permanentemente a la portátil con su cámara ultrasofisticada, la cual gustaba de emplear para recorrerse y recorrer la anatomía de sus ilustres compadres, a tal punto que se olvidaba, se confundía y se pasaba bastante rato, y nada más algunas veces les hacía caso a los dermatólogos, dejando que examinaran esas ronchas tan irritantes. Como la abuela. Solía contar.

Y no era extraño que el Hombre Rana encontrara quien lo besara también, no vayas a creer, junto a algunos de sus compadres; con frecuencia alguno de los dermatólogos más nuevos. Nunca se necesitó un proctólogo y algunos de los dermatólogos nunca salieron tampoco y jamás se los volvió a ver, así que el estanque tenía una población fija y una estacional que no lo podrías creer aunque lo vieras. Suerte que los locos son locos pero no boludos; algunos de esos dermatólogos se convirtieron en eminencias de su especialidad y lo hubieran sido de varias más si hubieran querido; que lástima que nadie se enteró jamás. Ellos llegaron a enterarse de todo perfectamente. Como la abuela, que estaba de ida y de vuelta de todas aquellas ranas, y la indignación. Pero los dermatólogos no tenían indignación; puede ser indigestión pero indignación no. Igual no necesitaron proctólogo, te digo.

Tampoco marchands de ninguna nacionalidad, porque ahora que era Príncipe, el Hombre Rana no sólo era rico de una manera inconcebible sino que además podía ordenar y decretar te corto la cabeza o te mando con el proctólogo. Además, las técnicas artísticas del Hombre Rana, como todo ahora, eran más refinadas que las de su antepasado, aunque la emoción que proporcionaba el arte era la misma.

Las Infantas de aquel castillo no se podían comprar ni vender y guarda con robarlas, lo que no sé cómo alguien haría ya que eran completamente inefables; nadie las había encargado y eran hijas del Amor, conocían de la vida y de la muerte, latían y perduraban o se desvanecían como las nubes, hacia abajo, hacia alrededor, tenían humores y estados de ánimo y un día estaban ahí y otro día no y había días que creíste verlas y días en que no las habías visto de verdad. No había clavos en la pared; eran libres. El Hombre Rana no permitía que nadie accediera a ellas, y sólo las comentaba cuando tenía que salir imperativamente del estanque por asuntos del Principado.

Entonces, todo el mundo lo miraba fascinado y contemplaba los ojos dorados. Escuchaban la lengua rápida.

Y escuchaban, y escuchaban, y escuchaban, y escuchaban.

(Las imágenes son todas de Pixabay)

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