Worlwide V: el reinado del brócoli – Capítulo V

Olive tenía las pestañas largas y arqueadas, y el color de sus ojos entre ellas era como el amanecer. Es decir, una vez que Billy se despojó de su cinturón de chorizos colorados. Bebía el agua que le tendía Mike, uno de los tres forasteros, con una piel tan sedosa como podría serlo el pétalo de una rosa, y casi con el mismo color. O sea una rosa rosada, no amarilla o blanca; qué ordinariez.

– Liv, dime que están vivos. Dime que están atrasados, pero que ya vienen. ¿Liv?

– Dilo, Liv. Dilo – susurró Evan.

La joven Olive cerró sus hermosos ojos de amanecer y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

– Alan se cayó buscando la única palta que quedaba en el árbol. Kevin peleó con un jabalí en una zanja, por una batata. Terry se cayó al río tratando de alcanzar un camalote…

– ¡NOOOOO!!!!!!!!!!!!

Mike se arrojó al suelo para llorar su desconsuelo, arrancando en su desesperación matojos de trébol y de lichondra (ese yuyito que tiene hojas redonditas). En su frenesí, comenzó a devorarlos a puñados.

– ¡No, Mike, no! Si no racionamos y vienen más, ¿qué haremos? Debes dominarte. ¡Mike! ¡Mike!

Y como Mike siguiera dándole a los tréboles con alma y vida, Evan lo sujetó por los hombros, lo obligó a erguirse y le propinó sendas bofetadas, haciéndole escupir algunos tréboles. En eso apareció Sally, que rehusaba absolutamente despojarse de su falda de tripa gorda con cheddar. Los forasteros hincharon las mejillas cubriéndose la boca con un dedo. Billy la miró reprobadoramente.

– Sally, tenemos invitados.

Ella se acercó aún más, con ojos soñadores.

– ¿Es que me preferirías sin nada?

– Por favor, Sally…

Sally miró a la joven Olive con desprecio. Sus cabellos como barbas de choclo, las venas azules de su piel translúcida, las uñas cortas de tanto rascarse el eccema de la nuca.

– Supongo que a la señorita no le gustará el asado a la estaca que hemos preparado para su protección…

– ¡Sally!

Los cuatro forasteros se dieron vuelta para disimular las arcadas.

– Entonces supongo que tendrán que quedarse a la entrada del pueblo, a proteger nuestro trigo y cebada. Por lo menos mientras no les de hambre -dijo Sally socarronamente.

– ¡Señora! Sepa que todos nosotros respetamos a nuestros protectores. Aunque les guste comer… esas cosas marrones y redonditas adentro del pan- acotó Evan.

– Nosotros comemos cositas marrones y redonditas adentro del pan… hecho sin manteca – aclaró Mike, ofendido.

– Son milanesas de lentejas, Mikey – intervino la joven Olive, con una sonrisa hacia Billy que le dio vértigo.

– ¿Y esas lentejas qué son? – respondió él, deseando prolongar la apasionante conversación.

– Son unas cosas marrones y redonditas – respondió Sally, fastidiada. – Las has comido mil veces con el guiso de chorizo de Letty, y siempre decías que parecían vómito de perro.

– ¡Sally! A mí siempre me han gustado los guisos de Letty.

Sally se acercó lentamente a Billy.

– Sabes, Billy, yo hago un guiso de lentejas muy rico… con chorizo colorado.

Ante la transparencia que adquirió la faz de la joven Olive, Billy dio un paso atrás.

– Pero qué dices, Sally, el chorizo colorado con todo ese colesterol…

– Las vacas son nobles animales de Dios y nuestros hermanos del alma… -dijo Evan, todo sentencioso. – Pero yo probaría con gusto el guiso de lentejas del señor. Sin el chor… Sin carne, claro.

– Je, je – refunfuñó Sally.

– Cállate, Sally – respondió Billy, y se fue corriendo hacia lo de Rose La Juguetona a ver si Letty ya se había ido.

Pero la joven Olive no había perdido nada de su palidez.

– ¿Fue… feo, Liv?

– Todos se arrojaban contra las vidrieras de las dietéticas. Abrían los paquetes con los dientes; tragaban sin masticar, hasta las milanesas que tenían zanahoria. Nos golpeaban, nos empujaban; nos salvamos porque descubrimos a tiempo que esas milanesas… un mal experimento. Herman analizó una apenas surgieron los primeros casos. Era transgénica. Tenía ADN de soja y de… candidatos a presidente. Nos golpearon, nos encarcelaron, nos azotaron… para cuando pudimos filtrar la verdad, no había ni un tallo de apio en ninguna verdulería, la mitad de los parques de Estados Unidos estaban resecos y amarillos, y todos querían ir a votar. Todavía quieren, pero se comen las urnas porque son de celulosa.

Sally la miraba con el entrecejo fruncido.

– El Sheriff MacNeill murió con las botas puestas. No se comió ningún posavasos que votara.

La joven Olive la miró con suspicacia.

– Su Sheriff MacNeill parecía ser un hombre muy sabio. ¿Es igual el Sheriff Billy?

Sally no le contestó, pero su mirada estaba llena de soja transgénica. Sabía que en el futuro tendría que enfrentarse a muchas cosas. Infiltrados. Lo sabía.

Esa mujer era… problemas.

(Imágenes de Pixabay)

 

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