Melisa

– Decime qué sabés.

– Yo nada. Son los del grupo, que les gusta boludear por Pichincha y andan comentando.

– ¿Qué escuchaste, Lucas?

– Estás obsesionado con esa pibita. Ya volvió. Está segura. No sé qué querés, espiando por todos lados. Estás paranoico.

Con los días, la nena se había vuelto más callada. Era como si los ojos le hubieran cambiado del alegre ocre avellana al oscuro verde musgo, verde cieno, el verde baboso de las cunetas y del fondo de los baldes olvidados en el rincón más lejano del patio. Hablaba con la misma vida en la voz y el pelito rubio seguía flotando en el viento con la misma gracia curiosa de las arañitas viajeras, pero ahora, cerca de ella, el aire era frío. Sí, porque era Junio. Tal vez porque las noches de Gaspar eran más largas. Tal vez porque subirse a los murciélagos duraba más horas.

Tal vez porque la ventana siempre estaba iluminada entre la helada y a veces la lluvia, cuando los bichos rabiosos se revolvían inquietos, porque no querían salir. Y entre las cortinas, la pequeña sombra inmóvil. Toda la noche.

¿Qué tenés Melisa? ¿Qué tenés Melisa?

Pese al invierno, la plantita de melón que ella había plantado seguía creciendo en un rosario largo y cándido de florcitas amarillas.

– Hay muchos rumores de gente nueva, que no habla español o no quiere hablar. Nadie sabe. Pero no sé por qué tendrían que ver con tu nenita.

– Primeros Señores.

– Obvio.

– ¿Quién puede decir?

– Estás preguntando pelotudeces. Si no sabés vos… o la chacarera del cementerio…

– Dejala tranquila. Tus drogones y putas tienen el sí flojo y otras cosas más flojas todavía. No puedo creer que no se las hayan ingeniado para enterarse por lo menos de qué está haciendo esa gente acá.

– Los del grupo se dedican a sus cosas y después se van. No les podés echar la culpa. No quieren saber nada; todos le tienen miedo a los Primeros Señores. Especialmente cuando vienen de Europa. ¿No te das cuenta de cómo te miran los de por acá desde que vino a verte esa mina, Adela?

– Astryd.

– La que sea.

Lucas no quería insistir. Pero el aire era denso y pesado detrás de los ojos de Gaspar. Había nubes de tormenta. Lucas tenía miedo.

– ¿Te están doliendo los callos, negro?

Con Lucas era fácil distraerse y bajar la guardia.

– Con esas metáforas no sé cómo no sos poeta.

– No me acuerdo en qué idioma aprendí a escribir, y no me manejo en ninguno de los modernos.

La sonrisa de Lucas era magnífica, como la espuma a la orilla del mar, milenio tras milenio, con su sedante rumor. Era la espuma en la que las sirenas se convertían al morir, para unirse al olvido perpetuo y creador del universo, para hacer maravillas nuevas. Gaspar lo envidió amargamente, de corazón.

– Hay pueblos que cultivan una cultura oral. Acordate del tipo que escribió ese libro, Raíces.

– Una vez yo fui grumete en un barco negrero.

La mirada de Lucas era tan límpida como siempre lo había sido; tan clara, tan despojada de cualquier doble fondo. Como la espuma a la orilla del mar. Era el tiempo en su justo valor.

– Estás tan preocupado por la pibita… ¿Tenés miedo de que la hayan mordido?

Y entonces Gaspar se sobresaltó como si un alacrán lo hubiera picado.

– Estás sugestionado con esa gente nueva, pibe. No hace falta ser un renegado de Europa para hacer marranadas.

– ¿Querés decir que lo de Melisa fue todo asunto de la Manada? No; saben hasta dónde pueden llegar. Son unos cagones. Y ni sé de verdad si alguien la mordió.

– Pero no estás tranquilo.

– No es la Manada. El cachorro más joven tiene catorce.

– Te odian demasiado. ¿No usaste los murciélagos?

– La Manada está haciendo lo de siempre. No vi a nadie nuevo; ni siquiera a esa gente que decís. No sé dónde buscar.

Entonces fue Lucas el que se sobresaltó, como si de repente sobre la espuma del mar hubiera corrido un viento huracanado y frío, que la hiciera saltar para deshacerla en el aire. Se apretó con una mano el cuello de la campera y sonrió. Necesitaba destrabar los músculos de la cara.

– ¿Por qué hablaste de renegados, Lucas? ¿Quiénes son? ¿Qué harían acá, en el culo del mundo?

– No sé, pibe. Vos estás obsesionado porque pensás que tienen algo que ver con la nenita esa. Yo decía, nada más. A lo mejor hay que esperar. No sé si son renegados.  Pasa que los Primeros Señores se visitan y se presentan. La mina esa lo hizo. Adela.

Y por primera vez desde que se conocían, Gaspar sorprendió el ocultamiento en los labios de Lucas. Lucas había perdido la sonrisa y su mirada era vacía, y en su mente había un velo de seda helada que Gaspar no podía descorrer.

– No me jodas, Lucas. Decime la verdad. Decime bien qué fue eso que se te escapó. Hay una criatura inocente en el medio. Tengo que saber qué pasa con ella.

– Sí, Su Excelencia. Escucho y obedezco. Sus deseos son órdenes para mí. Sólo soy uno más entre los Segundos Hijos.

Ahora Lucas tenía el rostro de una gárgola de piedra.

– No me cerrés la mente, hijo de puta. No tenés derecho, basura. Abrí los Ojos. Tengo que saber.

– Algún día se tenía que despertar el patrón de estancia – respondió Lucas, aún con su mueca de estatua. Ahora los dos tenían la mirada opaca, recubiertos por el polvo de siglos.

Gaspar se abalanzó sobre Lucas y lo sujetó por la campera. Clavó la mirada en las pupilas enormes y se adentró en el vacío, ignorando los gritos de dolor. Se sumergió en la mente de Lucas como en un lago de barro.

Vio la Luna de madrugada en un camino polvoriento. Sintió la piel fría en la palma de la mano, y temió no poder seguir el paso de la mujer que corría, envuelta hasta la cabeza en un manto oscuro. Las puntas de una cabellera rojiza escapaban entre los flecos de lana, convertidas en una lluvia de ceniza bajo la luz blanca. A la distancia, una manada de lobos comenzó a aullar. Gaspar quería quejarse, porque las piedras le lastimaban los pies descalzos, pero tenía miedo. Quería sostener fuerte la bolsa con el pan para que la mujer no se enojara; no quería que lo dejara solo en el camino, llorando. Allá detrás había homicidio y terror, y los lobos aullaban interminablemente, como si fueran también a morir de pánico y de dolor. Él era tan pequeño; los lobos podrían alcanzarlo si la mujer lo dejaba atrás.

– Hijo de puta. Hijo de puta. Te voy a sacar las tripas. ¿Quién es esa mujer? ¡Es Helena! ¡Decime qué querés con Helena! ¿Por qué la estás pensando en Turquía? ¡Es Turquía! ¡Decime qué quieren hacer con Helena, vos y tus hijos de puta!

En su furia, Gaspar no había notado que Lucas jadeaba, falto de aire. Por eso no estaba preparado para su quejido, y mucho menos sus palabras, cuando cayó de rodillas al suelo tratando de recuperar el aliento, con ambas manos sobre la coronilla como si tratara de contener la sangre de un golpe mortal.

– No es Helena.

– ¿Qué?

– No es Helena, pelotudo, no puede ser ella; ¿no te das cuenta? No sé quién es; es un recuerdo tuyo, tarado. Mi Señor. Trate de pensar, Vuesa Merced, qué hacía corriendo en el medio del campo de la mano de una mujer, muerto de miedo, cuando apenas sabía mear parado.

Lucas tenía el color de la tiza, y no sólo porque llevaba muerto setecientos años.

– Ay, qué hijo de puta – los ojos de Lucas aparecían rojos, inyectados en sangre, llenos de lágrimas. Seguía agarrándose la cabeza. – Cada vez que te ponés a mariconear yo termino cagado a palos o con resaca. Ya buscate un psiquiatra, hermano.

El cabello de la mujer era como el de Melisa si hubiera tenido esa edad, y los ojos eran del mismo color ambarino, con chispas plateadas de mica cuando les daba el sol. El cabello que escapaba bajo los flecos de lana también era casi como el que bañaba la espalda de Helena, cuando se reunían a cenar bajo los caireles del lujoso y polvoriento salón en la estancia de Santa Fe. La expresión de los ojos tenía la misma dulzura y el mismo sufrimiento, y el mismo susurro de las espigas de trigo en el viento se le deslizaba en la voz. La piel suave de la mujer cuando lo acariciaba al bañarlo en el río; la piel suave de Helena cuando recibía las flores silvestres que él recogía para ella en el campo.

Un psiquiatra no iba a decirle nada y tampoco Lucas.

– Lo que viste es lo único que sé. No sé por qué esa gente está acá, Gaspar; no sé si tienen que ver con la pibita. Pero eso que me sacaste está siempre en tu cabeza. Desde aquel día que casi se la ponemos a todos en la Manada. Todo el tiempo. No sé quién es esa mujer; no sé si todavía está… acá. Pero vos todavía estás escapando. Hay ojos por todas partes; estás lleno de ojos; ojos como de tigre, como de pantera, como de lechuzas o hienas, o víboras, animales… no sé de qué escapás, no sé qué quieren esos Primeros Señores, pero hermano, a veces estoy cagado del susto.

Y porque Dios también amaba a los Malditos entre todas sus criaturas, a veces Lucas podía mentirle a Gaspar. Las palabras no serían como el rumor del mar dentro del nácar de una caracola. Serían como la arena llevada por el viento; rayarían y marcarían el brillo irisado de los oídos, de las olas.

Pero Gaspar aún tenía la notable facultad de sorprender a Lucas.

– La mujer está muerta. La asesinó una hermandad de vampiros hace trescientos años. Cuando nos alcanzaron yo me escapé; le solté la mano y corrí; me escondí. Era mi madre.

Y Lucas vio a Gaspar alejarse lentamente, con las manos en los bolsillos. Con la cara en paz, el paso seguro. Por una vez en la vida. O la no vida.

Lucas trató de ver la cara de la mujer; saber si era parecida a Melisa, si era parecida a Helena. Trató de ver tras la espalda de Gaspar mientras escapaba, trató de ver la vida de la mujer yéndose, pero la cara de la mujer aún era un par de ojos húmedos y bondadosos, y tras Gaspar todo lo que había era un remolino negro; negro y lleno de aullidos de lobos. No pudo ver ningún vampiro, y acaso no se suponía que un Segundo Hijo pudiera verlos.

Sólo había ojos amarillos. Acaso Gaspar soñaría todas las tardes con esos ojos y esos aullidos. Acaso tenía trescientos años esperando que lo hallaran. Tal vez lo habían hecho. Lucas se estremeció.

Era su turno de sentirse frente al océano, viendo cómo la espuma marina se deshacía en el aire. Esa noche no se subió a los murciélagos para seguir a Gaspar.

La pasó toda caminando sin rumbo, contemplando la Luna, como Gaspar solía hacer. Imaginando, con frío, con miedo.

(Imágenes de Pixabay)

 

Anuncios

4 pensamientos en “Melisa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s