World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo V

En Dead Cowboy City había un polvorín en ciernes. Alrededor del pueblo niños, adolescentes y jubilados deambulaban con el ceño fruncido, portando diademas de salchichas de copetín y blandiendo largos salamitos, y palitos de brochette con shawarma.

En lo de Rose La Juguetona flotaba permanentemente el olor a caldo de pollo, a milanesa napolitana y a locro con patita de chancho, y sobre todo el vaho a insurrección.

Sally y Olive pasaban horas frente a frente, sin quitarse los ojos de encima y vigilándose sin pausa las uñas, a ver qué residuo verdoso o qué pátina de grasa aparecía en una y otra, y aprovechando para criticar.

El nuevo Sheriff Billy mediaba entre una y otra, y conformaba a ambas a medias al declarar altisonantemente que la lasagna de berenjena y la de jamón y queso eran ambas manjares excepcionales, a los que les venía bien por igual una combinación de salsa blanca y choclo. También subió quince quilos.

Los forasteros que habían conseguido llegar al pueblo cambiaron su indumentaria urbana por un conjunto de fajina apto para patrullar los caminos, compuesto por camisa leñadora y jeans al tono con pañuelo rojo saliendo del bolsillo trasero. Evan reemplazó los lentes de contacto por unas bellas lentes montadas al aire, que casaban a la perfección con su expresiva mirada, sobre todo desde que, para evitar que se les pegaran los bichos en el pelo, todos abandonaron el gel fijador al unísono. Aunque iban desarmados, accediaron a portar en mano, al alcance inmediato, unas varitas de salame seco que podrían arrojar a la primera de cambio.

Letty se iniciaba en el uso de zucchinis, rúcula y otros yuyos que la vieja Adelaide solía cultivar para darle a los chivos, después de pasar una tarde con Olive, que le enseñó a mirar recetas por Internet. Y lo que eran los zucchinis, la rúcula y que los brotes de alfalfa se podían comer.

Y todos, absolutamente todos, se despertaban al amanecer para mirar el horizonte con su taza de café en la mano. En el corazón, el temor y el convencimiento de que tal vez ese día el mundo cambiaría para siempre. Había radioaficionados en el pueblo y en Dead Cowboy City siguieron recibiendo  noticias después de que se cortara Internet. Las noticias  no eran buenas.

Cyril el rengo, que siempre había sido alarmista, no cabía en sí de gozo; su cara llena de acné relucía de alegría y de crema desinfectante al propalar sus efusiones agoreras por el pueblo.

– Las afueras de París están convertidas en un desierto; no queda nada de la Selva Negra; ha sido demolida a tarascones. ¡En los Urales no quedan ni arbustos para las cabras!

El Sheriff Billy hacía lo posible para conservar la calma.

– Cállate, Cyril – advertía, con frecuencia dándole al infrascripto un sopapo en la nuca. – No sé cómo puede ayudarnos saber qué está pasando en Europa. Suficiente tenemos con lo que está sucediendo en Dead Cowboy City.

Días atrás, los exploradores de la periferia, que habían estado pescando ranas en las cunetas, dieron aviso de que en lontananza se divisaban humaredas de las que nadie acertaba a dar razón, ni siquiera Cyril. El ominoso olor de los pimientos rojos asados llegaba a veces hasta el pueblo y todos tenían miedo, aunque los forasteros insistían en que los infectados no cocinaban y comían todo de la planta, y después la planta. Estaban con la dieta crudívora que le dicen.

– ¿Y usted cocina, señorita Olive? – preguntaba Billy, todo enternecido, admirando las delicadas falanges de la joven al cortar rodajas de tomate perita para la ensalada.

– Sí; mis padres me enseñaron. Ellos eran vegetarianos. Después se volvieron veganos. No los veo desde que aquel día yo quise darles una sorpresa y les compré… algo nuevo. Me dijeron que era delicioso. Les compré…

La joven Olive comenzó muchas veces esa historia, pero nunca podía terminarla. Sus hermosos ojos, contemplando un único punto frente a ellos, se humedecían y semejaban  lagos de desesperanza. Billy, siempre bajo la mirada avizora de Sally, se contenía para no tomarle la mano y darle consuelo.

Pero la confrontación era cuestión de tiempo, aunque no fue crítica y los resultados no fueron duraderos.

Pues todo sucedió a la vez.

Ese día la soledad se había apoderado de Dead Cowboy City. Letty, buscando vegetales enlatados en el sótano, había descubierto un tonel de ron atrás de los porotos, y pronto el estresado pueblo, incluyendo los forasteros (que descubrieron que podían tomar ron), se dedicaron a eliminar esa fuente potencial de disturbios para que no hubiera problemas a la noche, cuando fuera hora de custodiar las fronteras.

A las tres de la tarde, acunados por el concierto de ronquidos que poblaba las vacías calles, la señorita Olive y Billy el nuevo Sheriff se encontraban en lo de Rose La Juguetona, porque Letty le había dado permiso a Olive para hacer en su cocina ñoquis de acelga. Las manos de Letty parecían racimos de bananas y sus ñoquis quedaban como ensaimadas.

Con su dulce voz, finalmente Olive se atrevía a terminar la historia de sus padres, acaso por sentirse menos acosada, acaso porque realmente nunca le habían salido bien los ñoquis de acelga y estaba contenta porque podía lucirse frente a Billy, acaso porque estaba muy estreñida y por eso quería comer ñoquis de acelga.

– Aquel día mi madre no quería cocinar, lo recuerdo bien. Decía, “Olive, oh, Olive, qué deseos tengo de comer algo sabroso, liviano, que no demande mucho esfuerzo, estoy tan cansada de estar todo el día en el huerto, viendo si crecen los zapallos”. Ella siempre estaba viendo cómo crecían los zapallos – comentó Olive sonriendo, con una lágrima cayendo en la corona de harina para hacer los ñoquis. – ¿Por qué no me haces algo sabroso, Olive?

Otra lágrima cayó sobre el puré de acelga que Olive comenzaba a mezclar con la harina.

– Pero yo estaba cansada también. Todo fue mi culpa. Estaba perezosa. Había lavado la ropa a mano (estamos en contra del despilfarro de energía), tejido el  lienzo para hacer la ropa (estamos en contra de los materiales sintéticos), cortado y cosido dos camisas, tres faldas y diez pañuelos (estamos en contra de la mano de obra esclava en Malasia). Y había cortado uno de los zapallos que finalmente había crecido para hacer puré con arvejas que ya había cultivado, cosechado, lavado y puesto en la olla. ¡Oh, Dios! ¡Qué costaba poner medio zapallo en la olla también!

Olive hizo una pausa para enjugarse las lágrimas con los dedos y sonarse la nariz con uno de sus pañuelos confeccionados a mano, mientras se ponía a amasar el bollo para hacer los ñoquis, de un bello e intrigante color verde pálido.

– Cuando mi padre llegó de mirar si las golondrinas habían por fin llegado a la ciudad (él siempre estaba viendo si las golondrinas llegaban a la ciudad)… – Olive volvió a sonreír a Billy entre sus lágrimas – salí a juntar la ropa que había tendido, antes de cosechar los vegetales que debía llevar al puesto de verduras orgánicas para vender a la vera del camino, y pensé… ¡Oh Dios! Pensé que no tenía nada de malo que por una vez, comprara las milanesas de soja en el almacén natural en lugar de hacerlas yo, como querían mis padres… ¡Oh Dios!

Olive se llevó las manos a los ojos y volvió a sonarse la nariz con el mojado pañuelo, antes de comenzar a hacer los choricitos de los que saldrían los ñoquis, manipulándolos con esmero.

– Lucían apetitosas cuando las puse en la sartén y las rocié con aceite, vinagre, una rodaja de tomate y algo de orégano. Mis padres lucían bien y con agradable color al irme yo a montar el puesto en el camino… Pero al volver… Yo creía que los rumores que oí no tenían nada que ver con nosotros… Al volver el canasto de las frutas estaba vacío. Las alacenas estaban vacías. En el huerto, las plantas de zapallo y de romero estaban despedazadas… Y mis padres… Estaban de rodillas entre los surcos, arrancando los brotes de papas y cebollas y devorándolos, mordiéndolos con furia, apartando el barro de las raíces a manotazos, y a veces a dentelladas. Me miraron con ojos extraviados, como si yo estuviera hecha de zanahorias y coliflor. Tuve miedo… Huí en ese momento de la granja y ya no volví…

Entonces Olive estalló finalmente en lágrimas, que cayeron abundantemente sobre los ñoquis que ella, sin detenerse, comenzaba a formar cortando y marcando los choricitos con un tenedor. Cuando volvió a dejar el pañuelo con el que se había sonado la nariz, Billy se lo tomó delicadamente de las manos y besó uno a uno los suaves nudillos, casi tan blancos como la harina que los cubría.

Y fue en ese momento que Sally entró.

– ¡Vas a pagar por esto, William Patterson Matlin Junior! ¡Rose la Juguetona y yo somos amigas de la infancia! ¡Tú también pagarás, Olive invasora, arrastrada, comedora de… BROCOLI!

Y poseída por la celosa furia demencial, Sally se precipitó sobre Olive para tratar de introducir entre sus nacarados dientes una feta de cheddar de las que aparecía sembrada su falda de tripa gorda. Olive, hecha a los sinsabores de la batalla desde que debiera luchar por una bolsita de verduras para sopa, estaba endurecida por la guerra en los caminos. Tomó de la canasta a su lado el mentado vegetal y desparramó a Sally cuan larga era sobre el suelo, decorándola con una lluvia de pelotitas verdes con las que, de no ser por la tripa gorda y algún kilo más de exceso de tripa por su parte, Sally hubiera podido pasar por la Bella Durmiente.

– ¡Señorita Olive! – exclamó Billy, que nunca hubiera relacionado el dulce talante de la joven con un knock out a base de brócoli. Aunque hubiera sabido lo que era el brócoli.

Olive, con  las facciones desencajadas, miraba a Billy sin reaccionar. Hasta que de pronto él se dio vuelta y advirtió que no era la causa del estupor de Olive.

Detrás de Billy, que había quedado parado frente a la puerta del patio, la humareda de días pasados era mucho más intensa, y se oían gritos. Por sobre el aroma de las achuras, las pechugas de pollo y el matambre a la parrilla flotaba el hedor de las cebollas, los pimientos rojos, las zanahorias y las berenjenas asadas. Como en trance, Olive susurró:

– Es una guerra. No los detendrán. No pueden detenerlos. Estamos perdidos. Son los desquiciados. Los enajenados. LOS ZOMBIES VEGANOS.

Billy se estremeció. El recuerdo de Brenda, o sea Brandon, asaltó sus helados recuerdos.

– Se protegen con el olor de los vegetales al grill. Estarán aquí al amanecer. Y LA BATALLA SERÁ CUERPO A CUERPO.

Los que comenzaban a despertar de la siesta vomitaban en el asco de la humareda.

(Imágenes de Pixabay)

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