Archivos Mensuales: julio 2017

Ese asunto de la sincronicidad que le dicen

 Viene así. Los filósofos desde el siglo XVII más o menos conocen la cuarta dimensión. Últimamente, ya ni saben cuántas son las dimensiones. Dicen que nomás en el núcleo del átomo podría haber once, y ejemplifican con una hormiga dando la vuelta a un caño, para demostrar los grados de libertad que pueden tener las partículas. Dicen que nunca podrán hacer experimentos para demostrar la existencia de estas dimensiones. Que son dimensiones encriptadas.

Eso de la sincronicidad es un nombre fino para varias cosas. Tomate por caso eso de las coincidencias que te salen por todas partes. Te ponés a dieta y apenas salís a la calle te encontrás con que frente a tu casa abrieron un restaurante vegano. Estás buscando casa y en el colectivo vienen dos señoras que comentan sobre una inmobiliaria que les solucionó un problema gravísimo de alojamiento a última hora. La sincronicidad es un concepto apegado a la física moderna, que dice que todos estamos conectados y todo tiene que ver con todo. Si aprendés a leer la sincronicidad, vas a ver que el universo tiene cosas que decirte, si sos muy abombado. O que te acompaña, si es que estás muy al tanto de la mecánica cuántica, o muy alerta, o muy en paz con el universo. O te va a quedar bien en claro ese tema de las coincidencias.

O simplemente concluirás que el universo tiene sentido del humor.

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La ingeniosa mayonesa de zanahoria

El día de la fecha, aquí en la cocina experimental de Nadie Avatar, nos dedicamos a emprender la tarea de confeccionar, habida cuenta de los hallazgos de la cocina vegana, esta novedosa mayonesa sin ingredientes de origen animal, la cual la gente con simpatías hacia ese tipo de organismos emplea para aderezar sus sandwiches y ese tipo de cosas. Aunque es de tu opinión que la gente a la que también le simpatiza ese tipo de organismos, sobre todo al horno y a la parrilla, puede emplearla asimismo para acompañar un buen par de rodajas frías sobrantes, o aún calientes directo de la cocina.

Para comenzar, lo que tenés que hacer es tomar un kilo de esas zanahorias que compraste en el Super y que te habías olvidado en la heladera, y lavarlas muy bien. No les sacás la piel porque tiene muchas vitaminas, y además qué le va a hacer si de todas formas las vas a cocinar al vapor para después procesarlas, con lo que la piel se va a perder en el horizonte y además le puede dar consistencia a la mayonesa. Lo que sí vas a hacer después de lavar las zanahorias, es cortarlas en cuartos a todo lo largo, principalmente para que se cocinen rápido. Para cocer al vapor, vas a sacar de abajo de la mesada de tu mamá, ya que estás de visita en su casa, la olla de acero inoxidable gigante que ella tiene, y adonde va a caber perfectamente la canastita de acero para cocinar al vapor. Usá la que vos le regalaste para el cumpleaños, aunque te parece que tiene las patas muy cortitas y le vas a poder poner poquita agua cuando lleves la olla al fuego. Si el amable lector no tiene uno de esos pirinchilos adecuados para cocer al vapor, puede usar un colador para los fideos de aluminio, como hacían las viejas.

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La salvación de Christian Bale (o “diez razones por las que Terminator Salvation me rompe las pelotas”)

Buenas noches, amantes del cine. Para esta anormalmente cálida noche de sábado argentino, y dada la poca pelota que le estuve dando al blog debido a barullos personales y franca pereza, he decidido pasar unos minutos a criticar una filmación vetusta y admirada por mis amigos más cercanos. Para que vean que yo no me caso con nadie. Y que cuando me pongo cabrona no miro pelo ni marca. Ni siquiera si se trata de la gente que luce bien sin remera.

Paso a relatar.

Acaso mi disgusto con la película sea el canal de cable. Como yo no tenía Internet en la época del estreno mentado, y no me acuerdo de por qué no vi la película en el cine, se me pasó por alto verla porque al tener Internet experimenté tal avalancha que bueno… a pesar de lo que me gusta Terminator. Para hacerla corta, este viernes me vi sometida al cable, la película empezó atrasada, y me perdí el principio. Cosa que detesto casi más que al reggaeton.

Ahora vamos con las razones, aunque no necesariamente en orden de importancia.

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El vientre

 Buenas y santas, amantes del cine que a veces aciertan a pasar por este blog. O gente al pedo buscando película para ver, que también suele acertar a pasar por este blog… Es sabido que yo he tenido mi buena porción de ocio creador, buenamente desperdiciado disfrutando producciones artísticas de otra gente que ha transpirado sangre para hacer emerger… Y también es sabido que me gusta compartir, inficionando a otros con la publicidad de tales obras, que no hay que ser egoístas ni con el público, ni con los creadores.

Como prefiero más bien comentar películas que no tienen tanta difusión, por no ser redundante, y a la vez acercar obras que se lo merecen y no se publicitan tanto por no ser comerciales, en esta ocasión voy a hablar de El vientre, que es una película peruana que encontré excelente y que está dirigida por don Daniel Rodríguez Risco. La estrenaron en el 2014.

Tiene que ver con esa preocupación extenuante que aún en nuestros días, entre gente culta y con múltiples intereses en la vida, no ha perdido ni un poquitito de vigencia. También tiene que ver con otra categoría en este blog, que visito con frecuencia cuando ya me desbordan las ganas de despotricar, precisamente por causa de ésto.

La frustración culpable y abrumadora por no poder procrear.

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Despedida

Ella lo esperaba sentadita en la terraza mientras caía el último rayo de sol. Igual que siempre. La plantita de melón estaba junto a Melisa en la escalera. Se veía un poco mustia, marchita.

Gaspar la espiaba por la mirilla del costado de la puerta, pero no se atrevía a salir para saludarla. Era la primera vez, pero es que podía sentir la tristeza.

Sin embargo, Melisa no se veía triste; le brillaban los ojos con destellos de mica, brillaba su pelo dorado con la humedad de las barbas del maíz en el campo, brillaban las delicadas yemas de los dedos con su calor, cuando acariciaba las florcitas amarillas.

Pero Gaspar no quería salir hasta verla sonreír. Sonreír de verdad. Sonreír de cara a él esperando sus chistes, con gran despliegue de hoyuelos.

Salió a la terraza ya con la luna en el cielo, redonda, redonda como un pomelo, cuando oyó a Melisa cantarle a la plantita de melón. Hacía mucho tiempo que su corazón no se sentía así de rojo y de dorado, y tibio, pero ella hizo silencio en seguida y entonces fue como el atardecer en el trópico. Era negro, era repentino, y estaba lleno de estrellas frías que titilaban sin decir nada. Sin que las cosas tuvieran tiempo de hacer sombra.

Ella, finalmente, miró a Gaspar con su sonrisa dulce, pero le recordaba a Lucas.

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