Despedida

Ella lo esperaba sentadita en la terraza mientras caía el último rayo de sol. Igual que siempre. La plantita de melón estaba junto a Melisa en la escalera. Se veía un poco mustia, marchita.

Gaspar la espiaba por la mirilla del costado de la puerta, pero no se atrevía a salir para saludarla. Era la primera vez, pero es que podía sentir la tristeza.

Sin embargo, Melisa no se veía triste; le brillaban los ojos con destellos de mica, brillaba su pelo dorado con la humedad de las barbas del maíz en el campo, brillaban las delicadas yemas de los dedos con su calor, cuando acariciaba las florcitas amarillas.

Pero Gaspar no quería salir hasta verla sonreír. Sonreír de verdad. Sonreír de cara a él esperando sus chistes, con gran despliegue de hoyuelos.

Salió a la terraza ya con la luna en el cielo, redonda, redonda como un pomelo, cuando oyó a Melisa cantarle a la plantita de melón. Hacía mucho tiempo que su corazón no se sentía así de rojo y de dorado, y tibio, pero ella hizo silencio en seguida y entonces fue como el atardecer en el trópico. Era negro, era repentino, y estaba lleno de estrellas frías que titilaban sin decir nada. Sin que las cosas tuvieran tiempo de hacer sombra.

Ella, finalmente, miró a Gaspar con su sonrisa dulce, pero le recordaba a Lucas.

– ¿Qué pasó? ¿Te olvidaste de regar la plantita?

– Es el otoño. La abuela dice que a veces las plantas se van a dormir en el otoño, como las tortugas.

– ¿Las tortugas duermen todo el otoño?

– Empiezan en el otoño y duermen todo el invierno, bobo.

Ella se entretenía arrancando las hojas secas de los cabos cortitos.

– Y a veces se mueren. Las plantas tiernitas, las que tienen hojas finitas, a veces se mueren. Pero al final todas se mueren. Todos se mueren.

Ella lo miraba directamente a los ojos, y parecía que había fantasmas de palabras en sus labios.

– ¿Todos se mueren? ¿Cómo, Melisa? ¿Qué idea es esa?

– Es cuando uno se duerme y no se despierta más. Y como no se despierta, se seca. Y tiene olor. La abuela tenía un lorito. Se le escapó y lo agarró el gato del vecino. El Pedro también. El novio de mamá. El Pedro se fue y no volvió más.

Los ojos de ella se volvían más y más profundos, y más claros, como si se fuera abriendo una puerta al centro de la galaxia. Gaspar pensó, no por primera vez, en cuánto se parecía la mirada de Melisa a la de Helena.

-¿Qué le pasó al Pedro?

– ¿Qué no sabés? Lo asaltaron, al Pedro. Para sacarle la plata.

– ¿Y qué pasó? ¿Se quedó seco? ¿Se quedó dormido y no se despertó más?

Ella no bajó los ojos, pero empezó a arrancar las florcitas secas de la planta. Perdió la sonrisa y su piel se volvió casi transparente, y el brillo de los ojos era casi azulado, como el de las enanas blancas.

Aunque viviera setecientos años, nunca más se parecería tanto a Lucas. Gaspar se estremeció.

– ¿Tu papá también se murió?

– No, se fue a vivir a Bahía Blanca con la señora nueva y el nene de ella.

– ¿Entonces tenés un hermanito?

– No sé.

El verde desfalleciente de la planta aún era bello, pero su momento estaba pasando. Melisa pasaría el duelo de los días, y un día debería arrancar demasiadas hojas de una vez, y ya no habría ninguna flor, aunque en el mundo continuara el tránsito de los días y las noches. Gaspar se imaginó a Melisa en el atardecer, con un año más. Con cinco. Con diez. Con veinte.

Volvió a estremecerse.

– ¿Y vos tenés hermanos?

– No me acuerdo – respondió Gaspar.

Lo dijo sin pensar, pero lo dijo así, simplemente, como si ya Melisa y él lo supieran todo uno del otro y ella no necesitara más aclaraciones. Espantado, pensó que lo que acababa de decir era verdad. También se dio cuenta de que ella no le decía bobo, cómo no te vas a acordar si tenés hermanos, sos más chico que mi mamá. Mi mamá tiene dos hermanas y un varón mucho más grande que no lo conoce y vive en Serodino.

En Gualeguaychú.

En Coronda.

Gaspar se preguntó qué le parecerían sus ojos a Melisa en ese momento. Quiso tomarla de las manos e interrogarla con desesperación, pero se esforzó en recordar, o acaso pretender, que Melisa solamente se parecía a Helena. No podía preguntarle cómo era el color de sus ojos. No podía quejarse de que nunca llegaba a afeitarse bien; no podía reírse con ella de las viejas que se paraban detrás de él de noche, cuando salía a mirar vidrieras y ellas se retocaban el peinado a la luz del reflejo de los vidrios. No podía dolerse de no ver su rostro en trescientos años, ni siquiera desde la pantalla de un celular.

No podía confesarle que ese era el único mito de mierda sobre los vampiros que le impedía comenzar a levantarse a las seis de la mañana. El que le daba miedo entre los pocos verdaderos.

– ¿Y tu papá?

– Era un viejo turco. Turquía queda en Europa. Yo soy turco de nacimiento.

– Ya sé.

– ¿Y quién te lo dijo?

Ella acariciaba el tallito macilento de la planta y lo acomodaba en una guirnalda a todo lo largo del borde de la maceta.

– Me dijeron en la escuela.

– No. Contame cómo sabés que yo soy turco de nacimiento.

– Lo escuché en el Chino.

– ¿Cuál? ¿El Brillante?

– No. Otro.

– El Brillante es el único que hay por acá.

– Uno que fui con la abuela.

Lucas apretó una contra otra las palmas resecas y se preguntó cómo era posible que sintiera las manos todavía más frías. Cómo las mentiras de los niños podían llegar a ser las más grandes, y las más crueles.

– En el Brillante trabaja una amiga mía. María. Es la que te encontró en la calle.

– Ya sé.

– ¿No te dijo?

– Me dijo que me iba a traer de vuelta.

– ¿Tu mamá no te avisó que no tenías que hablar con desconocidos?

– Yo no hablé con nadie.

Manolo la había traído con su madre, hecha, desde que notó la ausencia, un manojo de miedo y llanto, a las dos de la madrugada. Le dijo que la empleada de un supermercado chino la había encontrado dando vueltas y le recomendó que la cuidara mejor. La madre respondió con más miedo y más llanto, dio las gracias, y ni siquiera mencionó las horas en la calle con los vecinos, a los gritos, con linternas y viajes desesperados entre los baldíos y los volquetes para la basura.

La niña no dijo nada de nada, como no lo hizo María. Igual que Manolo, las dos escrutaron la cara de Gaspar, de pie con un grupo de vecinos a espaldas de la madre, y como todos, aparentemente esperaban la restitución.

– ¿Dónde estuviste, Melisa?

– Caminé.

– ¿A las dos de la mañana?

– No tenía sueño.

– ¿Te escapaste sola? ¿Dónde estuviste?

Ella había terminado de acomodar la plantita dentro de la maceta, y ahora se hacía una trenza sobre un hombro, con los ojos bajos bajo la luz de la luna llena, como hubiera podido hacerlo una sacerdotisa de Stonehenge. O una de Turquía. Gaspar recordó la luna llena de Turquía, bañando con su luz un cabello ceniciento casi como aquel, casi igual de fino y de suave.

Pero Melisa era nueva. Estaba seguro de eso. Respiró hondo, aguardando que terminara su trenza.

– ¿Dónde estuviste, Melisa? Contame. No le digo nada a tu mamá. Palabra.

Ella abrió la boca, esbozó una o, la cerró. Volvió a abrir la boca.

Y entonces Gaspar tembló.

– Dijeron que eran amigos tuyos.

Las palmas de las manos se volvían más frías a cada minuto, a pesar del deshielo.

– Querían pasear. Querían amigarse con vos, porque estás enojado con ellos.

-¿Qué te contaron?

– Es una cosa especial.

Aunque no tenía experiencia con niños, Gaspar sabía sobre la fragilidad de los colibríes y las mariposas, y el delicado derivar de los aguaciles sobre los cursos de agua. Se apretó las manos tan fuerte como pudo; mantuvo la voz tan dulce como pudo.

– ¿Cómo te van a contar un secreto a vos? Si son amigos míos.

– Dicen que si ellos te cuentan te vas a enojar. Por eso querían que yo te dijera una cosa.

– Pero no podés. ¡Si es un secreto! Qué bobos.

– No, eso no. Dicen que ellos son amigos tuyos, aunque vos no quieras.

– No hay Primeros Señores entre las mierdas de la Manada.

La absurda e imposible oración, fruto del miedo y la cólera, salió de su boca antes de que pudiera pensar en qué decir para manipular a Melisa, o pensara en la posibilidad de estar perdiendo la batalla de cientos de años por el control. Espantado, quiso retirar la barbaridad que había proferido, sin que se le ocurriese que Melisa podía simplemente no entender. Pero no había de qué preocuparse.

– Dijeron que vos pensabas eso.

– ¿Qué más te dijeron, Melisa?

Ella aspiró hondo y Gaspar imaginó su horror, pero esta vez le ganó la realidad. Melisa no estaba horrorizada. No estaba conmocionada. No se hacía preguntas filosóficas. Melisa tenía siete años.

– Me dijeron que ellos son vampiros, y vos sos un príncipe de los vampiros. Que no querés estar con ellos. Que va a haber una guerra de vampiros, pero ellos son mejores porque son más. Y que vos podés ser el Rey de los Vampiros, si querés. Que ellos te van a ayudar.

En medio de la descabellada avalancha de palabras de Melisa, Gaspar por fin se atrevió a mirar dentro de su mente y se llevó las manos a los ojos para que no viera las lágrimas de terror y alivio. Ya no necesitaba esperar que terminara su trenza para espiarle el cuello. Estaba sana. No la habían tocado. Más tarde se ocuparía de las advertencias de la Manada.

Ahora era el momento de planificar la vida con Melisa.

Gaspar se pasó las manos por el pelo, llevándolo hacia atrás, y cerró los ojos con un suspiro profundo, pero silencioso.

– ¿Es verdad que los vampiros se convierten en murciélagos? ¿Y vuelan?

– Por supuesto.

– ¿Y si salen de día se queman como un papel?

– ¡Claro!

– ¿Por eso trabajás de noche en la cochera?

– ¡No le vayas a decir a nadie!

– ¡NOOO! – respondió ella con grandes ojos. – Ellos ya me avisaron.

A la luz de la luna fría, Gaspar sintió morir el amago de sonrisa que le empezaba a estirar los labios.

– ¿Es verdad que vos le chupaste la sangre al Pedro?

– Eso te lo dijeron para convencerte. Al Pedro lo mataron para robarle, pobre.

– ¿Y a quién le chupaste la sangre?

– A nadie. Los vampiros tenemos supermercados especiales adonde vamos de noche, pero no lo dicen en las películas para que la gente siga yendo al cine.

Ella se carcajeó con una mano sobre la boca, casi tirando la plantita de melón al suelo.

– ¡Qué boludo!

Melisa abrió la boca horrorizada ante lo que acababa de decir y se rió más, y con el agitarse de los hombros la trenza comenzó a desarmarse. Gaspar gritó y se llevó las manos a las orejas, apretando los ojos con fuerza.

Entonces ella paró de reírse y le preguntó.

– ¿Vos estás llorando?

– Sí, de la risa, de la que te va a dar tu mamá si le llego a contar cómo me dijiste.

– ¡NOOO!

– Tengo alergia al cambio de clima – explicó Gaspar para dar cuenta de las lágrimas y los ojos rojos, pétreos, de la piel fría casi congelada en una mueca de pánico y culpa.

– ¿Los vampiros tienen hijos? – dijo ella entonces.

Y si el corazón de Gaspar hubiera estado latiendo, hubiera dado un salto. O se hubiera detenido para siempre.

– No, Melisa, los vampiros no tienen hijos. Eso es otra cosa que nada más dicen las películas. Andá a casa que es casi hora de comer y está haciendo frío.

Y como ella pareciera satisfecha entonces, dado que Gaspar nunca le había mentido, él no insistió en aclarar la procedencia de esa pregunta, o de ninguna idea más. Sólo la abrazó un momento más largo cuando ella se agachó para darle un beso, y fue muy cuidadoso al depositarle la palma en la frente para borrarle los recuerdos. Ella ni siquiera se dio cuenta de que se quedaba dormida en su regazo.

Por esa noche había sido suficiente. Gaspar bajó a Melisa de la terraza y la entregó a su madre antes de que pudiera darse cuenta de que se habían despedido.

Y en los pocos meses que quedaban del año, ella olvidaría todo lo demás.

No sólo a la conversación y a las cosas que le había contado, sino también al Pedro, a Gaspar. Ni siquiera le prestaría atención a los vampiros, y sólo recordaría a los príncipes cuando vinieran montados en caballos blancos. Olvidaría lo que es morir, olvidaría el lorito de la abuela, y sólo recordaría que las tortugas duermen en el invierno si le regalaban una. Cumplía años en Agosto y ya soñaba con una torta de La Sirenita. Gaspar no le regalaría una tortuga, ni esa torta, ni nada que ella pudiera evocar en el futuro. La llamaría por teléfono desde algún lugar perdido.

Si él se alejaba de inmediato y la borraba de su cabeza, ella sería salvada.

Los ojos amarillos que él había visto en la mente de Melisa desde que ella comenzó a contarle la verdad, la perderían, como ya se habían perdido todos los secretos que Melisa le había guardado. Aquellos ojos no serían más que dos faros siniestros resplandeciendo solitarios, en medio de un camino desconocido.

Tan pronto Gaspar dejó de ver la trenza medio deshecha de la niña dormida, bajó a su departamento y empezó a hacer las valijas.

 

(Imágenes de Pixabay)

Por cierto, feliz día del Blog Número 24 para mí. Gracias por compartir, todos. Seguimos remando…

 

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8 pensamientos en “Despedida

    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      Nonono. Ya le dije al Gran Rulemán; Gaspar siempre anda por ahí, molestando. No hay impasses por acá. Igual yo estoy siempre sobrevolando, aunque decida no aterrizar. Por eso tenemos segundo cumpleaños del nene. Y gracias por la felicitación.

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  1. Alfredo Valentino

    Reblogueó esto en Flâneur: Historias que caminan sin rumboy comentado:
    “En medio de la descabellada avalancha de palabras de Melisa, Gaspar por fin se atrevió a mirar dentro de su mente y se llevó las manos a los ojos para que no viera las lágrimas de terror y alivio. Ya no necesitaba esperar que terminara su trenza para espiarle el cuello. Estaba sana. No la habían tocado. Más tarde se ocuparía de las advertencias de la Manada”.

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