Día en que el Detective Gómez se cruzó con éxito a un universo paralelo, resultando que siendo quién es el Detective, le importó una mierda, naturalmente

El día presente, por pedido de nuestro común amigo don Rulemán Balde de Vello, me dirijo a ustedes para ofrecerles una nueva (o muy, muy vieja) aventura del intrépido Detective Poroto Gómez. Como estoy estudiando para una nueva entrega dedicada a mi serie Lo que es la sensia, y el asunto es tan complicado que no acabo de leer artículos, me sugestioné y el cuento que decido presentar es éste… Ojalá que les guste el Surrealismo, y si no le echan la culpa al Gran Rulemán; no se puede quedar bien con todo el mundo.

♣♥♦

Pasó que el vino tinto esa mañana estaba como medio fermentado, pero la libación actual, por estar muy cercanamente emparentada con la anterior, tendió a perder cualquier conexión con ella en los registros del Detective, de manera que tanto hubiera dado que tuviera sabor a vino, a naftalina, a jugo de naranja, a cloro, a detergente o a pies. Así que el catador no dio en notar nada extraño. Pero inmediatamente, el Detective se paró de hocico contra el suelo y pasó a alucinar a una velocidad que ni siquiera en aquellas condiciones era propia del mezquino cableado subyacente, o subsecuente, o vaya uno a saber qué.

El Detective Gómez entró a poseer, al menos en el amanecer a tungsteno que caracterizaba su idiosincracia, cuatro pares de brazos cada uno dotado de una caja de tinto que, bebiera uno lo que bebiera, jamás se vaciaba. Además, el Detective incrementó su dimensión por dos veces y ahora se parecía a un enorme barril, por lo cual también él resultó dotado de una misteriosa facultad análoga, que hacía que bebiera él lo que bebiera, jamás se llenara. No sé por qué razón, asimismo aparecieron en la espalda del susodicho beodo reincidente consuetudinariamente doce alas como las que tienen los aguaciles, aunque para levantar la masa del Detective más bien se hubiera necesitado un helicóptero de los que tiene el Ejército. Ahora  él se hallaba preparado para comenzar su largo viaje.

Se encontraba en una hermosa pradera llena de dientes de león, todos los cuales estaban enojados y lo puteaban muchísimo, pues aparentemente se había retrasado en el cumplimiento de una importante misión. La misión consistía en componer el Sol, que se había puesto azul y tenía la forma de un cubo, y había adquirido una repugnante erupción que lo cubrió por completo de asquerosos granitos rojos; ni hablar de emitir esos lindos rayos amarillos que servían para hacer la fotosíntesis y otras cosas igual de exóticas, por lo cual los dientes de león estaban literalmente muriendo de inanición. El Detective Gómez, que no sabía lo que era la fotosíntesis ni la inanición (aunque estaba perfectamente al tanto de lo que era la sed) se preguntó qué sería lo que podía hacer él al respecto, y como parecía lo adecuado, sin largar ni una sola de las cajas de tinto aleteó débilmente, pero claro, como ya dije no había forma humana (ni en pleno delirio) de levantar la osamenta de Poroto Gómez, así que durante sus frágiles intentos la única consecuencia que se produjo fue el lento y angustioso deceso de todos los dientes de león situados en diez kilómetros a la redonda, y proveniente del resto un caudal de puteadas tal que hasta al Detective Gómez (quien no solía estar muy consciente de nada) le llamó la atención.

Entonces, los dientes de león supieron que tendrían que hacerlo todo ellos solos y tomaron cartas en el asunto, haciendo unas cuantas sugerencias a la desgraciada caricatura de héroe que en ese momento orinaba interminablemente sobre sus abochornadas cabezas, o estambres y pistilos, o vaya uno a saber qué. O sea, que lo mandaron al carajo, pero es que el Detective quería ayudar, entonces hizo un desesperado esfuerzo, no tomó nada por diez minutos, inundó con los productos de desecho el cálido valle en donde vivían los dientes de león y a continuación levantó vuelo hacia el Sol, aunque se había olvidado de qué era lo que iba a hacer para allá, y además todos los dientes de león se habían ahogado, lo cual debió haber supuesto por el silencio, notable en todo momento dado que el Detective no volaba a más de diez centímetros del suelo (delirios, no milagros). Igual, el Sol se había ido y ya no estaba, y entonces el Detective Gómez parecía un abejorro mutante superdesarrollado recorriendo los campos, al tiempo que iba perdiendo sobre ellos algo que perfectamente pudo haber servido para fumigarlos, de no ser porque no había dejado nada vivo allá abajo.

Al pedo, y porque la inercia era pariente cercana del coma profundo que enseñoreaba las noches y los días del Detective Gómez, él continuó volando y como el gasto de energía vendría siendo mayor a las dos calorías que le insumía continuar azotando la superficie de la Tierra, se ve que perdió algo de peso y consiguió a alzarse a mayor altura, llegando hasta las nubes (que por alguna estrambótica razón habían adquirido un tinte amarillo). Lástima que se cruzó de jeta con una nube de langostas que venía volando de Egipto y como ellas tenían hambre y una cantidad de grasa corporal notablemente inferior a la que sustentaba la perniciosa humanidad del Detective volador, le comieron casi del todo las alas de aguacil de la espalda, y se las hubieran comido por completo de no ser porque el Detective tenía doce y además empezó a perder altura concluyendo por estrellarse en el ala de un avión comercial cargado de pasajeros, los cuales procedieron a cagarse encima prácticamente de inmediato.

Como todavía estaba boca abajo, el Detective se dio de trompa contra el avión por lo que fue una suerte que él no se cagara, aunque quedó inconsciente por un buen rato, durante el cual todas las langostas fueron succionadas por las turbinas del avión, los comisarios de a bordo sufrieron sendos ataques cardíacos y la totalidad de los pasajeros se vio afectada por un extraño brote de esquizofrenia paranoide que dio en convencerlos de que el Detective era un ángel que venía a dotarlos de similares habilidades, por lo cual se molestaron en abrir las puertas para lanzarse a través de ellas cantando cada cual una canción que consideró especialmente pía, aguardando, sin duda alguna, que a su debido tiempo el Detective despertaría de la siesta y se acordaría de ir a dotarles con el equipo necesario para acompañarlo.

A todo esto, el Sol debía ser bastante rápido porque todavía no había aparecido, aunque cuando despertó el Detective Gómez cruzó dos Lunas, un pedazo de la Estación Espacial Internacional y un maní. Tampoco es que lo estuviera buscando. Digo, al Sol, no al maní. Después, el avión se cayó pero ya las alas del Detective, a lo mejor por el suministro constante de combustible, habían crecido, así que él continuó volando sin notar que alguna vez tendría que detenerse pero no habría dónde, puesto que el mundo entero se hallaba cubierto de un dorado oleaje de engañosa vitalidad y no menos mentirosa acogedora apariencia, lo cual descubriría el Detective con rapidez si ponía los pies ahí porque aquello estaba tibio, pero bastante ácido, y tampoco olía demasiado bien (aunque el Detective tampoco, así que no sé).

Desde el Espacio Exterior, la Tierra parecía Júpiter y los satélites eran la consecuencia de que el Detective Gómez no aterrizara nunca pero hubiera comido precedentemente muchísimas ciruelas, y la Tormenta Roja era una úlcera que le había salido. A la Tierra, no al Detective Gómez, cuya anatomía era como un catálogo de estropicios y calamidades, y encima una úlcera, ah, una úlcera.

En la Iglesia no lo esperaban, pero el Detective tuvo un éxito sobrecogedor aunque hacía como diez años que no olía una mujer, desde que la verdulera feneció lamentablemente bajo su cama después de perseguir a la ignota cucaracha, a la ignota cucaracha aunque es sabido que no podía caminar, la verdulera también hacía diez años que no olía un hombre pero eso fue por una vez que quiso tentar al Detective Gómez en sus plenas mocedades aunque eso porque estaba cachonda, así que no sé, errar es humano después de todo. Pero si perdonar es divino, bueno, en la Iglesia, que tenía un McDonald’s y se sostenía con el Club Chippendale de la esquina, al Detective Gómez lo confundieron con un ángel porque no se acordaban muy bien y de ahí que si el Detective fuera otro su vida habría sido un infierno, porque no hubo vieja rulerona que no probara de todo para bajarlo de un hondazo aunque sea por ver si le arrancaban una pluma de souvenir, y eso que los viejos se cansaban de decirles que las alas eran de plástico, si ellos lo sabían porque habían hecho sus propios intentos, y a todo esto caían cosas del cielo por obra y gracia del Detective, y no era maná, como bien pudieron haber explicado los dientes de león si alguien hubiera tenido la decencia de preguntarles, o si quedara algún diente de león, pero no quedaba, y nadie les preguntó, pero no por eso.

O sea, y el Detective que volaba y volaba, y pronto dejó los sagrados terrenos y ni ahí que prometió que volvería pero es que quedaban muchísimas viejas. A todo esto, el Sol sí había aparecido y ahora era ovalado y de un color amarillo bastante decente pero le había salido una cara y se reía muchísimo así que el Detective no lo reconoció, igual quién se lo hubiera esperado si el cielo se había puesto rosado rosado como un pomelo.

Siempre boca abajo y habiendo dejado ya lejos a las viejas flotadoras y a todo cuanto pretendían hacer flotar, el Detective proseguía intrépidamente aunque no se acordaba lo más mínimo de cuál había sido la originaria finalidad de su periploso deambular; igual estaba en el aire, y cuál no sería su sorpresa al ver (ahí sí) que todo bajo él era un lago amarillo y tibio. Como había sido propio del destino que cosas más extrañas halagaran el horizonte visible del Detective en oportunidades mucho más bizarras que aquella que le ocupaba y además seguido, él nada más dijo “¡eh!” esperando sin duda el eco, pero nada claro, a no ser una nube de pulgas de gato que ya se sabe lo que son las pulgas; a los gatos los había sumergido el Detective Gómez y estaban enojadísimas aunque más bien no sé porque tenían alas y hablaban, ¿no? se quejaban, eso hacían, y le decían al Detective que de qué iban a vivir, que los aviones se caían y los gatos se ahogaban y él era tóxico, y en todo se parecían a las mariposas o a los aguaciles o a cualquiera de esos bichitos que vuelan, pero el Detective ya dijimos que venía de vuelta de la raza humana en general y no daba ni cinco de bola más desde que las pulgas quisieron picarlo y cayeron como moscas, y él tampoco de eso se dio cuenta.

Se hundía. Llegó un momento en que tanto vino había fluido del multípodo Detective, y tanto continuado su decurso hacia la otra Tierra luego de una corta estancia en parajes ya dijimos que menos agradables, que el Detective (siempre boca abajo) tuvo necesariamente que notar que algo no olía bien en el Reino de Dinamarca, dado que lo que en un principio le acariciaba el morro se le estaba metiendo por las orejas. Ahí, él tuvo que cuestionarse su punto de vista o su postura o algo, porque no era decente morirse así, con el culo al aire, por más que no fuera de las cosas que más apestaran aunque hubiera costado realmente encontrar otra. Entonces reaccionó.

El final de su viaje no se lo contó a nadie porque no le preguntaron. Nadie le preguntaba al Detective demasiadas cosas, ni siquiera la vez que lo robó el dueño de un zoológico escandinavo que nunca había tenido la oportunidad de presenciar exquisiteces como el Detective Gómez. Igual ya vendría alguien más, pasaría otra cosa y a nadie le extrañaría nada.

Como estaba hecha a todo aquello, la Pepita limpió el delirio remansado remanente y al Detective ni le mencionó el asunto. Él no recordaba ni sabía ni se enojó con la Pepita por tirar los restos del vino, pues en sus lares no echaría a faltar nada ni tendría que esperarlo por mucho tiempo.

Además, aquella mañana el Sol era cuadrado y azul, y tenía unos lunares rojos que alumbraban de manera encantadora.

(Imágenes de Pixabay)

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4 pensamientos en “Día en que el Detective Gómez se cruzó con éxito a un universo paralelo, resultando que siendo quién es el Detective, le importó una mierda, naturalmente

    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      En realidad Gaspar tiene el Hambre. Pero como es un vampiro… por más que uno tome el recurso “haga su vampiro por sí mismo”, el género impone algunas limitaciones. Sin embargo, acuerdo en que a los dos les gusta un líquido rojo de curiosas propiedades.

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