El Castillo I

Hace un tiempo ofrecí al ocioso lector un cuento en donde había una rana heredera de un castillo, pero me faltaba contar de dónde venía tal castillo, y cómo fue a parar a la rana. Se lo cuento ahora porque en aquellas lejanas épocas yo no tenía un instrumento escriturario de lo más tecnológico, así como ahora, no había Internet y no existían los blogs. O sea, traten de encontrar algo entre dos resmas completas de papel…

Pero si estos días estuvieron sin dormir porque no podían dejar de pensar qué pasó con el castillo, acá está. Por lo menos la primera parte, que es largo.

 

El castillo

Una vez alguien levantó un castillo y después se mandó a mudar. No hizo nada con el castillo; sencillamente se pasó quince años construyéndolo y luego una mañana, con los sirvientes en la cocina y los croissants arriba de la mesa del comedor (entibiándose absurdamente dado que nadie los olía), sacó las valijas por un tonto pasadizo secreto hecho para cuando necesitara lllamar al ama de llaves a medianoche, y se fugó. Lo hizo de una manera un tanto extraña, en ese coche negro avanzando por la calzada de piedra como un escarabajo que rehúye la primera luz del amanecer (sólo que no había cerca ningún árbol de corteza amablemente cuarteada; sólo que no había en las inmediaciones una piedra más grande que el cúmulo que terminaba de dejar atrás). Más allá de la calzada de piedra gris, al final del sinuoso camino que separaba a la alta reja de la ruta, el Señor alcanzó una ambulancia con dos señores forzudos que esperaban, ataviados de blanco.

Deudas, por supuesto.

Los herederos vieron en seguida el jugo potencial de todo aquello, y después de hipotecar el castillo diecinueve veces más o menos, decidieron instalar el lupanar más grande del mundo (en sentido literal esta vez). En cuanto a las mazmorras del castillo (supuestamente diseñadas para proporcionar un toque pintoresco), pensaron en darles un aprovechamiento usándolas como Departamento de Ajustes Financieros: cuando alguien descubriera que se había pasado con las golosinas y nada le quedaba en los bolsillos más que una pelusa vieja y vagamente húmeda, lo llevarían allá abajo y las dominatrices se tomarían un coffee break, mientras los sádicos enfurecidos liberaban una pasión reprimida durante años (en el futuro hubo que tener cuidado: a veces se tuvo que suspender aquello; mucha gente aficionada a cosas como la piscicultura y el tejido al crochet, en plena opulencia de repente dejaba de pagar y así se quedaba durante semanas).

Los miembros del plantel de esforzados trabajadores eran integrantes de la nobleza más o menos jóvenes y más o menos viejos y más o menos gordos y más o menos flacos, y algunos sinceramente horribles, y casi ninguno venido a menos. Había honestas Duquesas que daban en los estacionamientos propinas que eran más del doble de sus honorarios asignados por una tarde con un viejo verde, un raro artilugio de goma que no sé cómo se escribe y un búfalo rabioso, y también había Condes y Príncipes que, en su tiempo libre, invertían sus ganancias suplicando que los dejaran espiar por la cerradura, y eso que en cada rincón del castillo había espejos de esos que uno no puede ver para el otro lado pero otra persona sí (como los que tiene la policía y las viejas chismosas en las ventanas que dan a la calle, que vos te parás para peinarte y ellas se cagan de la risa). Y eso que en aquel castillo cobraban hasta por el agua de los numerosos inodoros, aún a los empleados. Y eso que todo lo cobraban horriblemente caro, porque habiendo enfrentado situaciones similares en contextos muchísimo menos espectaculares, los herederos del castillo conocían y explotaban el efecto que produce una teta o algo así sobre un billete de cien dólares.

O sea, no es algo que se piense; el dueño del billete agarra lo primero que encuentra para secarse la baba que le escurre por el mentón, lo cual con gran frecuencia suele ser ese billete (dado el sitio recreativo adonde ha ido para que le escurra), y cuando ya se humedeció lo suficiente lo tira a un rincón para buscar otra cosa con qué seguir secándose lo que en una persona adulta no fue diseñado para mantenerse húmedo, y como la mano sigue sin encontrar el pañuelo, los papeles verdes continúan desapareciendo de la vista, y nadie los vuelve a ver. Tetas sí; están en todas partes. Por eso en total el castillo fue hipotecado, entre pitos y flautas, como veinticinco veces.

Apenas había clientes. Eran tantos los nobles que disfrutaban haciendo una changa y los precios eran tan absurdos que no sé quién iba a ir. Los nobles de otros países, creo, a los que el castillo les quedaba muy lejos como para marcar tarjeta todos los días y lustrar su lugar en el almanaque de Gotha con la suficiente frecuencia, y no se decidían a internarse en su propio castillo.

O sea, había que tener tiempo para ser nobles.

Los días libres, del cansancio los empleados del castillo sólo tenían fuerzas para organizar partidos de canasta, de escoba y de tute cabrero, y se asombraban soberanamente de no estar cogiendo, ya que todos se conocían bien (de tanto roce social nadie se acordaba muy exactamente de quién le había cobrado a quién, y cuánto, y por qué). Aquello sí que era vida.

Y todos estaban arruinándose y el castillo se venía abajo, pero nadie se daba cuenta. Quebraron los herederos, quienes dejaron en barbecho las tierras de labor durante tanto tiempo, que cuando por fin quisieron cultivarlas encontraron que era más barato olvidar el asunto. Quebraron también los empleados, que no sólo dejaron en barbecho sus propias tierras de labor sino sus contadores, sus Bancos, sus corredores de Bolsa, sus criadores de pura sangre, sus amantes despechados y llenos de joyas, sus amigos, sus conexiones y cierta clase de provededores de cierta clase de servicios para sus influencias más influyentes, mientras trabajaban duramente para susbistir.

Asimismo colapsaron los criados que mantenían en orden todo aquello y se mantenían lavando centenares y centenares de juegos de sábanas de hermosa seda, mientras robaban otros tantos y tantos kilos de bacalao noruego y caviar Beluga y jamón de ciervo y champagne y ese tipo de cosas, al tiempo que le guiñaban el ojo al dueño de la inmobiliaria más grande de la Capital, que se llevaba a la Gran Duquesa para el fondo y se olvidaba de revisar los libros. Igual que los supermercadistas, a los que se pagaba en especies con escandalosos descuentos que ni tiempo tenían ellos de calcular porque estaban ocupados, como los ministros que otorgaron a los herederos un par de préstamos de más, un par de permisos de más, un par de inspecciones de menos y muchísimos muchísimos regalos para los cuales nunca hubiera alcanzado el dinero de los impuestos.

Los Bancos y los políticos de la Ciudad Capital de la Nación se lo quedaron todo, lo revendieron y lo volvieron a revender y al final el pueblo vecino al castillo (y otros castillos) quedó como antes, con la diferencia de que esta vez nadie sabía qué era de quién, pero no por discreción sino por dispersión. MUCHOS de los personajes involucrados quedaron asimismo en bolas, en rápido trámite, pero a esas alturas ya estaba todo tan enredado que ni yo puedo decir quién era el que daba y quién el que recibía.

Rodaron muchísimas cabezas, eso es todo. Rodaron hacia los confines de la Tierra y nunca más se las volvió a ver, a manos que haya sido sensiblemente modificadas, lo cual no es del todo improbable en esta época. Los plebeyos del cercano pueblo, que sí siguieron viviendo en donde siempre lo habían hecho (al menos cuando los soltaron), guardaron inconexos y psicodélicos recuerdos de otra vida que nunca volvería, así que de ellos también se podía decir que sus cabezas habían rodado inconteniblemente y estaban sensiblemente modificadas. Al Castillo lo demolieron y los herederos vendieron toda la piedra a un negocio de construcción, me parece. Con el terreno demoraron para saber qué hacer porque no servía de mucho; estaba muy campo adentro y era demasiado arcilloso.

En cuanto al antiguo propietario, lo soltaron un día por alguna clase de error administrativo y pudo vivir afuera durante mucho tiempo, hasta que sin levantar la perdiz por lo del antiguo juicio quiso ir a ver su castillo. Pero antes de que pudiera llegar, alguien le contó todo. Y él se volvió muy, muy loco. Entonces lo volvieron a llevar al asilo, y esta vez lo pusieron en un  pabellón para pacientes inofensivos, con un babero grande y un sonajero con piezas gruesas y resistentes, no filosas. Hasta el día de hoy insiste con eso de ser dueño del castillo, pero el fallo fue inapelable y los herederos estaban tranquilos; no le discutieron nada. Tampoco ellos querían levantar la perdiz.

No es que hubieran escarmentado.

 

(Imágenes de Pixabay)

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2 pensamientos en “El Castillo I

  1. Dr. Zaius

    ¡Ju ju ju! Ser degenerado y decadente es disculpable, pero no tener un buen administrador que lleve las cuentas es imperdonable.
    Donna Nadie, le paso estos horrores ortográficos y de los otros: “sásdicos”, “agarra lo prrimero”, “aún los empleados” (sin acento, porque equivale a incluso), “dado el situo”, “( de tanto roce” (hay un espacio donde jamás debió haber), “tanto tiemo” y “muchos de los personaje”. Atte, Dr. Zaius.

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    1. Nadie Avatar Autor de la entrada

      ¡Jajaja! Eso me pasa por confiar excesivamente en mi escritura al tacto. ¡Y eso que revisé! Qué papelón. Arreglo en seguida lo que me hizo notar, menos “aún”, que si no tiene tilde debería. Como usted sabe, yo tengo formación en lingüística, así que lo mío es una decisión informada y además una opinión profesional. Lo mismo hago con “sólo”, que de tanto usar mal la tilde finalmente la Real Academia se dio por vencida y ahora va siempre sin tilde. Pero desde lo de “almóndiga” y “toballa”, yo creo que cualquiera tiene derecho a no prestar más tanta atención a la Real Academia…

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