Archivo de la categoría: Lugares comunes y atajos extraños

Hay un tigre en el patio

Sí, es un tigre, qué le voy a hacer. Al principio pensé que no, que la yerba del mate me vino con algo de coca, que estoy sugestionada porque anoche vi “África salvaje”… Pero ese bicho es muy grande para ser el Morrongo.

– Che, Juanita, ¿ése no es un tigre?

-A ver… sí, mamá.

-¿Qué hace acá?

-Y qué se yo. Cuidado, que no me cague el perejil que lo planté recién. Y cuidame al Alfonsito mientras voy a la farmacia.

-Pero Juanita…

Se llevó el bolso floreado. Yo pensaba llevar ese bolso cuando tuviera que juntar la ropa, para hacer un solo viaje al patio… ¿Ahora qué hago? Si dejo la puerta abierta para ir y volver de la soga… ¿no se me meterá el tigre adentro?

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Erupción volcánica

Escribir es como respirar. Se hace y si no se hace, una se muere. Se hace y una no se da ni cuenta. Pero a veces una está triste y sí se da cuenta, porque cuesta, pero lo hace igual, porque no puede evitarlo. Una quiere vivir. El Universo puso esa cosa del sistema nervioso autónomo porque ya lo sabe. Es como resignarse y fluir.

Hoy tengo uno de esos días, así que…

   Oh. Es que la chica no estuvo en ninguna, pero sabe cómo son y también cómo se sienten. Ah sí. Vivir toda la vida como si fuera de noche y las nubes de negra ceniza y los fantásticos amaneceres psicodélicos siempre virtuales, siempre nacarados, y no saber nunca si una aurora boreal.  Las entrañas de la tierra siempre calientes y revueltas y el cielo. El temor. El suelo oscilante y la fijeza de las nubes. La chica está cansada, y en el aire flota el olor del azufre. Está cansada, y no ve el sol desde hace tanto tiempo. En la tierra de la luna de mediodía; el sol tiene un color gris plateado con un fondo azul cobalto y está al lado de la luna y son los dos del mismo tamaño. Sobre ellos hay un tejido metálico que no llega al suelo pero se refleja sobre la superficie del río. Las canoas. Los peces que se florean en el agua tibia y asoman los hociquitos y se mueren uno a uno, las rayas rojas del fondo del río, calientes, lastimadas, el agua se acidula el ácido se aguachenta, los peces no entienden. Claro que la chica sabe cómo es una erupción volcánica. Demasiado tibia, el agua. Sigue leyendo

Bucólica Prometheus

-Hacé algo, por favor.

-¿Qué?

-No sé, pero movete. No aguanto más.

-¿Y qué querés que haga? Para vos todo es fácil. ¿Qué tal si es peligroso?

-No parece peligroso.

-Hablá bajo.

-Te digo que no parece peligroso, nada más nos mira.

-Sí, para ver qué hacemos. La puta que te parió, con todos los lugares que había para pasar la luna de miel.

-Bajá el tono. Es muy grande… Si ataca… ¿Qué animal será éste? Yo no lo vi en la guía de la agencia.

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Gaspar en Villa Eugenia

   En el pueblo vivía el séptimo hijo varón de una pobre viuda, y Gaspar había llegado a conocerlo bien. Nadie mejor que él para saber lo poco que Gervasio tenía que ver con la Manada, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la existencia del chico, por mucho que lo deseara. Gervasio le agradaba. Era un poco vago y otro poco lento; tenía facciones de  tonto pero bueno, y algo de la inocencia cruda de Lucas, y alguna otra cosa indeterminada, pero que empujaba al afecto. Por supuesto, no había vieja en el pueblo que no lo detestara y se hiciera la señal de la cruz cuando lo veía pasar; cuanto más vieja, más amplios los ademanes y más fruncidos los labios al besar los dedos arrugados y secos de frustración y de saña.

La madre de Gervasio le llevaba a Gaspar pastelitos de dulce de membrillo por dejarlo barrer el bodegón y vaciar los ceniceros, y cuando venía el repartidor, ayudar a bajar los cajones de cerveza. Para los sábados, Gaspar empezó a encargarle a doña María docenas de empanadas y mondongo con salsa, porque era noche de truco, y Gaspar sabía que todos los viejos le harían ascos primero, y luego limpiarían los platos fingiendo ignorar quién había hecho el guiso. La creciente asistencia fue la primera muestra de simpatía y aceptación mudas que le dio el pueblo, que no era capaz de sonreír abiertamente o de ir a estrechar manos, que para eso era un pueblo viejo y curtido. Pero el día en que se dio cuenta, Gaspar sí sonrió, como si alguien lo estuviera mirando y le correspondiera, o como si recordara cómo se veía una puesta de sol en pleno campo, de las que solía contemplar con Helena, o como si la estuviera viendo de verdad.

Cuando se encontraban en las alas de los murciélagos, Helena le hacía muchas bromas sobre romances con octogenarias que lo visitaban por las noches, cargadas de cazuelas de mondongo.

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El Castillo I

Hace un tiempo ofrecí al ocioso lector un cuento en donde había una rana heredera de un castillo, pero me faltaba contar de dónde venía tal castillo, y cómo fue a parar a la rana. Se lo cuento ahora porque en aquellas lejanas épocas yo no tenía un instrumento escriturario de lo más tecnológico, así como ahora, no había Internet y no existían los blogs. O sea, traten de encontrar algo entre dos resmas completas de papel…

Pero si estos días estuvieron sin dormir porque no podían dejar de pensar qué pasó con el castillo, acá está. Por lo menos la primera parte, que es largo.

 

El castillo

Una vez alguien levantó un castillo y después se mandó a mudar. No hizo nada con el castillo; sencillamente se pasó quince años construyéndolo y luego una mañana, con los sirvientes en la cocina y los croissants arriba de la mesa del comedor (entibiándose absurdamente dado que nadie los olía), sacó las valijas por un tonto pasadizo secreto hecho para cuando necesitara lllamar al ama de llaves a medianoche, y se fugó. Lo hizo de una manera un tanto extraña, en ese coche negro avanzando por la calzada de piedra como un escarabajo que rehúye la primera luz del amanecer (sólo que no había cerca ningún árbol de corteza amablemente cuarteada; sólo que no había en las inmediaciones una piedra más grande que el cúmulo que terminaba de dejar atrás). Más allá de la calzada de piedra gris, al final del sinuoso camino que separaba a la alta reja de la ruta, el Señor alcanzó una ambulancia con dos señores forzudos que esperaban, ataviados de blanco.

Deudas, por supuesto.

Los herederos vieron en seguida el jugo potencial de todo aquello, y después de hipotecar el castillo diecinueve veces más o menos, decidieron instalar el lupanar más grande del mundo (en sentido literal esta vez). En cuanto a las mazmorras del castillo (supuestamente diseñadas para proporcionar un toque pintoresco), pensaron en darles un aprovechamiento usándolas como Departamento de Ajustes Financieros: cuando alguien descubriera que se había pasado con las golosinas y nada le quedaba en los bolsillos más que una pelusa vieja y vagamente húmeda, lo llevarían allá abajo y las dominatrices se tomarían un coffee break, mientras los sádicos enfurecidos liberaban una pasión reprimida durante años (en el futuro hubo que tener cuidado: a veces se tuvo que suspender aquello; mucha gente aficionada a cosas como la piscicultura y el tejido al crochet, en plena opulencia de repente dejaba de pagar y así se quedaba durante semanas).

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