Archivo de la categoría: Los troyanos

Melisa

– Decime qué sabés.

– Yo nada. Son los del grupo, que les gusta boludear por Pichincha y andan comentando.

– ¿Qué escuchaste, Lucas?

– Estás obsesionado con esa pibita. Ya volvió. Está segura. No sé qué querés, espiando por todos lados. Estás paranoico.

Con los días, la nena se había vuelto más callada. Era como si los ojos le hubieran cambiado del alegre ocre avellana al oscuro verde musgo, verde cieno, el verde baboso de las cunetas y del fondo de los baldes olvidados en el rincón más lejano del patio. Hablaba con la misma vida en la voz y el pelito rubio seguía flotando en el viento con la misma gracia curiosa de las arañitas viajeras, pero ahora, cerca de ella, el aire era frío. Sí, porque era Junio. Tal vez porque las noches de Gaspar eran más largas. Tal vez porque subirse a los murciélagos duraba más horas.

Tal vez porque la ventana siempre estaba iluminada entre la helada y a veces la lluvia, cuando los bichos rabiosos se revolvían inquietos, porque no querían salir. Y entre las cortinas, la pequeña sombra inmóvil. Toda la noche.

¿Qué tenés Melisa? ¿Qué tenés Melisa?

Pese al invierno, la plantita de melón que ella había plantado seguía creciendo en un rosario largo y cándido de florcitas amarillas.

– Hay muchos rumores de gente nueva, que no habla español o no quiere hablar. Nadie sabe. Pero no sé por qué tendrían que ver con tu nenita.

– Primeros Señores.

– Obvio.

– ¿Quién puede decir?

– Estás preguntando pelotudeces. Si no sabés vos… o la chacarera del cementerio…

Sigue leyendo

Rana fractal II

   Como hace mucho tiempo que no sabés nada de mis ranitas, te recuerdo un cuento que te conté antes de mostrarte éste que es el último de la serie. Va de nuevo.

   Había una vez un castillo, que más adelante te podría contar, y había una vez una curiosa princesa. La princesa era una rana (pero no como la de otros cuentos), y la rana, quiero decir la princesa, tenía un enamorado plebeyo que era pintor. Esto dio lugar a una obra de arte dedicada a este amor imposible, y el cuadro, quiero decir la obra de arte, dio lugar a la serie de cuentos que ya te dije. Tené paciencia.

   Leé con mucha pero mucha atención, si tuviste fiaca para leer los otros (Rana barroca y rana fractal), porque éste es medio surrealista (aunque no de la manera que estás pensando). De todas formas, aguantá porque, lamentablemente, se entiende lo fundamental.

   Aunque los hechos narrados son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Ahora, el que pensara que con el robo de La Infanta se había terminado todo el lío del cuadro y del castillo, estaba miserablemente equivocado, con todo el perjuicio que eso implica para el ya vapuleado mundo.

Había un tipo tan fanatizado con ese cuadro y con cualquier cosa relacionada, que, aprovechando que tenía un montón de plata, volvió a comprar el castillo que había heredado la rana modelo, lo refaccionó y le devolvió su antiguo esplendor, para usar un lugar común de los más asquerosos. Después convirtió al propio castillo en un lugar extraño y por demás asqueroso, colgando en la pared más destacada del Salón de Baile a La Infanta, versión original según se encargó de declamar a quien tuviera por lo menos un oído, sano o artificial, y un cerebro capaz de conectar como para procesar la información.

Este tipo no era el primero que había comprado ese cuadro, por supuesto, sino el último en robarlo, lo cual le había costado no sólo mucha plata sino mucha bilis. La mayor parte de la plata fue por el análisis de ADN que necesitó para determinar que el cuadro era auténtico, en cada posible aspecto. Además, este rico y obsesionado personaje ordenó que se cotejara una muestra de la pintura con su propia sangre, porque según él descendía, en línea recta, de un hijo ilegítimo del pintor autor del cuadro, y la rana Infanta que lo había inspirado; escándalo que en su momento se tuvo buen cuidado en ocultar. Sí; esa pareja.

Ahora, este tipo venía y salía en las tapas de todas las revistas y encima ni preso iba, porque se había ocupado de asesinar a todos los que habían poseído y traficado el cuadro antes que él, legítima e ilegítimamente, y tenía los títulos y certificaciones necesarios para demostrar sus derechos. La Corona de la que dependía el Principado de la rana estaba escandalizada.

Sigue leyendo

Plutón reloaded

Obligada por las circunstancias presentadas por la intrépida y magnífica New Horizons, y dada la importancia que Plutón tiene para mí y para este blog, he creído necesario reescribir mi único cuento al respecto. No puedo prometer que será el último, según todos los secretos que el pequeño planeta nos ha entregado. Así de mucho cambiamos, Plutón y yo. Jamás en la vida pensé que tendría que reescribir el cuento, que podría ilustrarlo, y con semejantes fotos. Nunca perdonaré al Marrón de Miguel su osadía.

 Dedicado a mi blog. Nunca dejo de pensar en su día del mes, porque para mí ya es como un latido permanente en el fondo de mi cabeza, y siento que el tiempo ha desaparecido.

Plutón II

   Oh, Plutón es un territorio desolado, el más desolado, de una belleza amenazante y aterradora, y silenciosa, y llena de leyendas. Como todos los mundos exteriores es una bola de gases congelados cubierta de hielo, con una atmósfera de hidrógeno y mucho metano y un frío terrible, pero terrible de verdad; Plutón demora como doscientos años en dar una sola vuelta alrededor del Sol. Pero encima, Plutón es chiquito; tiene más o menos el tamaño de Mercurio. Decí que los plutonianos son también pequeños; muy pequeños.

Son seres terrestres, que, una pena, no pueden aprovechar la hermosura, subirse a ninguna de las montañas o volcanes, lo cual les vendría muy bien, porque no se pueden mover demasiado y se aburren mucho. Afortunadamente, obligados por las circunstancias, los plutonianos son muy optimistas y se ríen de cualquier cosa. De hecho, todo lo que hacen es contar cuentos y no dicen casi nunca la verdad, como si usaran disfraces y se pintaran de los colores que no conocen y para los que no tienen nombre, y sólo fueran los papeles que representan para pasar el tiempo de sus larguísimas vidas.

El Sol por ejemplo, se ve desde Plutón como una luna del tamaño de una moneda y no como lo conocemos aquí en la Tierra, y les da tan poca radiación que aunque se les ocurriera algo que hacer con ella seguro no les alcanzaría. Bien, esto es para los plutonianos un gran motivo de risa. Buenos conocedores de las leyes de la astrofísica que los han dejado en una posición tan inconveniente, los plutonianos insisten en que el Sol no es el Sol sino una luna, una luna de Plutón, y que Plutón y no otra cosa es el centro del Universo, y se ufanan y se ufanan de ello. Con chistes así acostumbran molestar mucho a otras especies, que en los albores de su civilización creían lo mismo. Más airadamente les contestan ellos, más se ríen los plutonianos, y sacan un encendedor y les queman la cola de paja, y juegan con ellos un día sí, y un día no.

Sigue leyendo

Andante con moto o La ciencia y la chica

   Desde la brasa roja de un cigarrillo, sí, la chica se retracta en el quemante resplandor, Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel se quema y arde, a menudo con menos provecho, no hay en el fondo de un quasar más verdades de la física de las que esconde la brasa de un cigarrillo, a falta de un beso, a falta de un cáncer, a falta de la cola del escorpión aleteando, roja, en la noche, cruzada de nubes.

La chica vio una vez un cielo así; parecía una bandera. La mitad era densa y era gris plateada; la otra mitad era de un negro difuso, con fondo, a lo mejor plateado, a lo mejor blanco, pero estaba llena de vientos, eso sí. La luna era una piedra en la mitad negra, como un arroyo. El aire con hojas de árboles, húmedas, y con palomas. El río estaba cerca. La tierra de las islas era como un monte de Venus, pero no el monte de Venus de la chica; el Monumento a la Bandera brillaba debajo de la luz de la luna henchido con una insoportable soledad. Los faros de los autos, los faros de los autos eran como los murciélagos; ningún murciélago, no había cavernas cerca y los murciélagos se habían ido, ¿por qué no son albinos los murciélagos?

Sigue leyendo

Como la rosa de los vientos, la chica

   De tal manera, que parece que los caracoles no han amanecido y todavía están allí, reposándose, cubriendo el suelo del Hades a la luz anaranjada que viene de arriba, y ellos como si oyeran llover. Qué cosas, los caracoles, y el cielo violeta y denso y las nubes que sólo se ven por lo violeta del cielo, y el cielo era espeso y opaco y existía. Los caracoles miran hacia el cielo desde las puntas de sus antenitas, y según la chica es por eso que son babosos y tienen los ojos así; la gravedad los tira hacia el cielo y los ojos son lo más débil. Los caracoles luchan por permanecer en la tierra y tienen un pie largo y ovalado que secreta pegamento, y la casita de cuerno es para que no les llegue la luz violeta de arriba. O la anaranjada.

Entre caracol y caracol (permeando silenciosamente) hay un hilo de agua que los mantiene a cada uno en su lugar, aunque cede paso gentilmente cuando los caracoles deciden ponerse a deambular bajo la mezquina luz. El hilo de agua es celeste, y desde arriba parece como una cota de malla plateada con un montón de celdillas como las de los panales de las abejas, y en cada celdilla hay un bonito caracolito. La cota se mueve, se mueve, y entonces es como si tuvieran una marea. Así son los caracoles. Qué animales más raros los caracoles.

Sigue leyendo