Archivo de la categoría: Los troyanos

Gaspar en Villa Eugenia

   En el pueblo vivía el séptimo hijo varón de una pobre viuda, y Gaspar había llegado a conocerlo bien. Nadie mejor que él para saber lo poco que Gervasio tenía que ver con la Manada, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la existencia del chico, por mucho que lo deseara. Gervasio le agradaba. Era un poco vago y otro poco lento; tenía facciones de  tonto pero bueno, y algo de la inocencia cruda de Lucas, y alguna otra cosa indeterminada, pero que empujaba al afecto. Por supuesto, no había vieja en el pueblo que no lo detestara y se hiciera la señal de la cruz cuando lo veía pasar; cuanto más vieja, más amplios los ademanes y más fruncidos los labios al besar los dedos arrugados y secos de frustración y de saña.

La madre de Gervasio le llevaba a Gaspar pastelitos de dulce de membrillo por dejarlo barrer el bodegón y vaciar los ceniceros, y cuando venía el repartidor, ayudar a bajar los cajones de cerveza. Para los sábados, Gaspar empezó a encargarle a doña María docenas de empanadas y mondongo con salsa, porque era noche de truco, y Gaspar sabía que todos los viejos le harían ascos primero, y luego limpiarían los platos fingiendo ignorar quién había hecho el guiso. La creciente asistencia fue la primera muestra de simpatía y aceptación mudas que le dio el pueblo, que no era capaz de sonreír abiertamente o de ir a estrechar manos, que para eso era un pueblo viejo y curtido. Pero el día en que se dio cuenta, Gaspar sí sonrió, como si alguien lo estuviera mirando y le correspondiera, o como si recordara cómo se veía una puesta de sol en pleno campo, de las que solía contemplar con Helena, o como si la estuviera viendo de verdad.

Cuando se encontraban en las alas de los murciélagos, Helena le hacía muchas bromas sobre romances con octogenarias que lo visitaban por las noches, cargadas de cazuelas de mondongo.

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El Castillo I

Hace un tiempo ofrecí al ocioso lector un cuento en donde había una rana heredera de un castillo, pero me faltaba contar de dónde venía tal castillo, y cómo fue a parar a la rana. Se lo cuento ahora porque en aquellas lejanas épocas yo no tenía un instrumento escriturario de lo más tecnológico, así como ahora, no había Internet y no existían los blogs. O sea, traten de encontrar algo entre dos resmas completas de papel…

Pero si estos días estuvieron sin dormir porque no podían dejar de pensar qué pasó con el castillo, acá está. Por lo menos la primera parte, que es largo.

 

El castillo

Una vez alguien levantó un castillo y después se mandó a mudar. No hizo nada con el castillo; sencillamente se pasó quince años construyéndolo y luego una mañana, con los sirvientes en la cocina y los croissants arriba de la mesa del comedor (entibiándose absurdamente dado que nadie los olía), sacó las valijas por un tonto pasadizo secreto hecho para cuando necesitara lllamar al ama de llaves a medianoche, y se fugó. Lo hizo de una manera un tanto extraña, en ese coche negro avanzando por la calzada de piedra como un escarabajo que rehúye la primera luz del amanecer (sólo que no había cerca ningún árbol de corteza amablemente cuarteada; sólo que no había en las inmediaciones una piedra más grande que el cúmulo que terminaba de dejar atrás). Más allá de la calzada de piedra gris, al final del sinuoso camino que separaba a la alta reja de la ruta, el Señor alcanzó una ambulancia con dos señores forzudos que esperaban, ataviados de blanco.

Deudas, por supuesto.

Los herederos vieron en seguida el jugo potencial de todo aquello, y después de hipotecar el castillo diecinueve veces más o menos, decidieron instalar el lupanar más grande del mundo (en sentido literal esta vez). En cuanto a las mazmorras del castillo (supuestamente diseñadas para proporcionar un toque pintoresco), pensaron en darles un aprovechamiento usándolas como Departamento de Ajustes Financieros: cuando alguien descubriera que se había pasado con las golosinas y nada le quedaba en los bolsillos más que una pelusa vieja y vagamente húmeda, lo llevarían allá abajo y las dominatrices se tomarían un coffee break, mientras los sádicos enfurecidos liberaban una pasión reprimida durante años (en el futuro hubo que tener cuidado: a veces se tuvo que suspender aquello; mucha gente aficionada a cosas como la piscicultura y el tejido al crochet, en plena opulencia de repente dejaba de pagar y así se quedaba durante semanas).

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Día en que el Detective Gómez se cruzó con éxito a un universo paralelo, resultando que siendo quién es el Detective, le importó una mierda, naturalmente

El día presente, por pedido de nuestro común amigo don Rulemán Balde de Vello, me dirijo a ustedes para ofrecerles una nueva (o muy, muy vieja) aventura del intrépido Detective Poroto Gómez. Como estoy estudiando para una nueva entrega dedicada a mi serie Lo que es la sensia, y el asunto es tan complicado que no acabo de leer artículos, me sugestioné y el cuento que decido presentar es éste… Ojalá que les guste el Surrealismo, y si no le echan la culpa al Gran Rulemán; no se puede quedar bien con todo el mundo.

♣♥♦

Pasó que el vino tinto esa mañana estaba como medio fermentado, pero la libación actual, por estar muy cercanamente emparentada con la anterior, tendió a perder cualquier conexión con ella en los registros del Detective, de manera que tanto hubiera dado que tuviera sabor a vino, a naftalina, a jugo de naranja, a cloro, a detergente o a pies. Así que el catador no dio en notar nada extraño. Pero inmediatamente, el Detective se paró de hocico contra el suelo y pasó a alucinar a una velocidad que ni siquiera en aquellas condiciones era propia del mezquino cableado subyacente, o subsecuente, o vaya uno a saber qué.

El Detective Gómez entró a poseer, al menos en el amanecer a tungsteno que caracterizaba su idiosincracia, cuatro pares de brazos cada uno dotado de una caja de tinto que, bebiera uno lo que bebiera, jamás se vaciaba. Además, el Detective incrementó su dimensión por dos veces y ahora se parecía a un enorme barril, por lo cual también él resultó dotado de una misteriosa facultad análoga, que hacía que bebiera él lo que bebiera, jamás se llenara. No sé por qué razón, asimismo aparecieron en la espalda del susodicho beodo reincidente consuetudinariamente doce alas como las que tienen los aguaciles, aunque para levantar la masa del Detective más bien se hubiera necesitado un helicóptero de los que tiene el Ejército. Ahora  él se hallaba preparado para comenzar su largo viaje.

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Villa Eugenia

El bodegón era como todos los bodegones alrededor del mundo, pero necesitaba mantenimiento porque el cáncer de Don Cosme y las malas cosechas se lo habían llevado mucho antes que a Don Cosme. Gaspar tuvo que regatear para disimular. Le dio vergüenza que le pidieran tan poco dinero.

La barra estaba bien surtida y los clientes quedaban contentos. El pueblo era pequeño y en el bodegón existían el fiado, el domingo, el truco y la hora de la siesta. Era el lugar en donde Gaspar hubiera debido vivir siempre, si hubiera tenido el coraje, más que pensarlo como un último recurso.

Pero además de tener el Hambre, a Gaspar le gustaba la gente.

Las noches se volvían secas y oscuras sobre los caminos pedregosos o la ruta desierta que Gaspar debería transitar para comer. Necesitaba hacer mucha distancia, porque en el pueblo todas las caras tenían nombre e historia, y a medida que los días pasaban también los iban teniendo para Gaspar. Caras con colores, caras como mapas de una vida pasada al sol, con trabajo, con varicela, con alfajorcitos de maicena, con partos, con nietos, y con todas esas cosas que él veía pasar tras una vidriera, cuando deambulaba al atardecer. A Gaspar le tomaba pocos minutos recorrer, visualizar, amar una cara. Rosario había sido muy difícil; Villa Eugenia era mucho peor, aún cuando nadie le hubiera sabido decir por qué se llamaba Villa Eugenia.

A veces Gaspar alzaba la mochila al hombro, y se subía a un camión solamente para conversar. Y otras veces se hacía dejar en la ruta con cualquier pretexto; casi llegaba hasta la entrada a Rosario. Y subía a los murciélagos y conversaba más. Aunque las voces parecían las de la radio fuera de sintonía y sólo captaba fragmentos de noticias cotidianas, oscuras, algún desvaído y sorprendido saludo, pensamientos de amistad, de sangre y a veces de nostalgia. Era como mirar fotos viejas. Aunque como siempre, a Gaspar le costara tanto escuchar en lugar de pensar, aún después de trescientos años. Mucho más ahora, cuando realmente le costaba encontrar la manera de distraer el Hambre.

Ser el único vampiro de un pueblo de ochocientos habitantes tenía su precio.

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La chica está a caballo de la ventana

   Y duda, la chica. Una patita al sol, una patita a la sombra, cuelgan y oscilan, las patitas de la chica. Dos medialunas de tierra emergen en la pared, una al sol, la otra a la sombra, como las patitas de la chica. Sisean, las medialunas y las patitas de la chica, las que están al sol y las que están a la sombra, como al contacto de un hierro al rojo. Salvo que la chica no es dueña de la pared, y la pared no se va a ir a ninguna parte, ni nadie se la va a robar. Menos con la chica arriba.

Medio cuerpo de la chica está al sol, y medio está a la sombra. Una mano de la chica está caliente, y la otra fría. Media cara de la chica se está poniendo rosada, y media no. La chica debe bajar ya mismo de esa ventana. Si se baja para el lado de adentro va a extrañar el sol. Si se baja para el lado de afuera va a extrañar la sombra. Si se baja para el lado de adentro no tendrá ningún lugar adonde ir. Si se baja para el lado de afuera los tendrá todos. La chica debe bajar ya mismo de esa ventana.

La chica debería saber que afuera está todo lleno de paraísos sombrilla, y en invierno hay pinos.

 

 

 

 

 

 

(Imágenes de Pixabay)