Archivo de la categoría: Los troyanos

Abu Shaitan en Villa Eugenia

Como siempre, ella lo esperaba al anochecer. No se hacía preguntas, no dudaba, sólo empezaba la cena para el esposo y los hijos, las manos temblorosas y la mente ausente, y esperaba. Esperaba todo el tiempo, entre los cuchillos y los cucharones y las ollas tiznadas; entre las cebollas y los puerros, las papas y las calabazas. Esperaba con los ojos teñidos del rojo y el dorado de la última luz del día; esperaba con las cejas formando cirros de angustia sobre la frente; esperaba aunque sabía que era muy temprano; esperaba temiendo que fuera muy tarde. Esperaba aún cuando sabía que, allá afuera en la oscuridad, él también la esperaría siempre.

Ella, entre los olores del pan recién hecho y de la sopa fragante a hogar y a ternura, esperaba con culpa. Él no estaba vivo sin ella; él yacería en un nido de pasto frío y húmedo compartiendo la helada y el cieno con las alimañas del campo. Tendría la frente, siempre brillante y tersa, señalada por un pentagrama de consternación esperando ser llenado por la voz ausente. Los labios, siempre rosados y húmedos para el beso, se verían entre blancos y azules; habrían perdido lozanía; dejarían escapar en vapor las palabras listas para ser dichas y los besos sin darse. Sin cesar, ella imaginaba ambos.

Sin cesar, ella pensaba en lo que él le había dicho de la vida eterna. Sin cesar, ella se preguntaba por qué se había negado. Sin cesar, se imaginaba su mano de vieja sosteniendo aquella otra mano que siempre se vería lisa y firme. Y entonces se preguntaba por qué se había negado. Se preguntaba qué habría que temer de una eternidad en fuga. De un corto tiempo, breve de verdad para los seres que no sueñan; un corto tiempo de espera, hasta que los años como ríos que todo lo arrastran terminaran de apartar del paso de los dos a los seres que mueren.
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No sólo de pan vive el hombre III

   Va un tipo y siembra trigo. Viene un ratón y se come el trigo. Viene una lechuza y se come al ratón. Viene un cazador y le dispara a la lechuza. Viene el estanciero con una escopeta.

-¿A quién le decís intruso, la puta que te parió?

Viene un periodista y entrevista al estanciero. Viene un abogado y demanda al invasor. Viene otro abogado y demanda al estanciero. Vienen más periodistas. Viene un juez y falla a favor del estanciero. Viene un matón a sueldo y amenaza al juez. Vienen muchos más periodistas. Viene otro matón a sueldo y amenaza al abogado del invasor. Vienen todavía más periodistas. Viene el matón #1 y asesina al juez, atrayendo muchísimos periodistas. Con la guita que cobra se muda campo adentro.

Va y siembra trigo.

(Imagen de Pixabay)

No sólo de pan vive el hombre II

   El carnicero agarra el trozo de chingolito, le quita la grasa someramente y lo mete en la picadora de carne. Enciende la máquina. En ese momento se da cuenta de que hay ruidos en el frigorífico. Se da vuelta y ve que la puerta está abierta y que adentro están su mujer y el cadete jugando con la salchicha parrillera, mezcla especial de cerdo y ternera, receta propia.

– ¿Sabe don Benito? Deme un kilo más de la picada especial que me llevé esta mañana, que estaba buenísima.

-¿Sí? La hice con un corte secreto que no había usado nunca…

(Imagen de Pixabay)

No sólo de pan vive el hombre I

Agárrese un felipe, de preferencia fresco. Pártaselo al medio. Si se prefiere o está medio seco, colóqueselo sobre la plancha de hacer los bifes a temperatura mínima unos minutos para que se ablande, y si se apetece, para que se tueste. Apártese y dispóngase sobre un plato, para que se enfríe bastante pero no del todo. Cuando la temperatura sea la adecuada, tómense ambas mitades del felipe y únteselas con manteca o mayonesa, de la rica. A continuación, dispónganse sobre una de las mitades dos o tres fetas de salamito en la forma que se prefiera, ya sea dobladas al medio o desplegadas, con un trozo sobresaliendo del pan. Por supuesto, se debe de agregar queso de la clase que sea, en la cantidad que sea, arriba o abajo del salamito, o todo junto, el queso es queso. Cualquier queso. Colóquese encima la otra mitad del felipe y apriétese, tanto para que la preparación resulte bien unida, como para que sea cómoda de abarcar entre los maxilares.

A continuación prepárese la bebida que más gratificante resulte. Ignórese el teléfono. Ignórese el Jardín de Infantes que está pasando por la puerta. Apáguese el noticioso. Hágase caso omiso del timbre que suena. Evítese dirigir siquiera una mirada hacia el perro que ladra sentado al lado de la heladera. O hacia el hormiguero desbordado abajo de la mesada. Permítase que el gato cague arriba de la pila de ropa para planchar y que la tortuga practique natación en la rejilla del baño. Ignórese asimismo el repasador… No, mejor concúrrase a apagar el repasador que se prendió fuego con la hornalla puesta para el mate.

Una vez hecho esto, reprímanse los deseos de abofetear al perro. De cualquier manera ni un medallista olímpico podría alcanzarlo.

Retórnese a la mesa del comedor. Agárrese un felipe…

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(Imágenes de Pixabay)

Gaspar en Villa Eugenia II

Gaspar, Lucas y Gervasio paseaban por las cunetas a la entrada del pueblo, supuestamente para que Gervasio les enseñara a pescar ranas. Llevaban tres cañas secas y resquebrajadas, hilo grueso, pedacitos de carne grasienta y bastante vino, pero no le dijeron a doña María, y Gervasio prometió que tampoco le diría.

Gaspar y Lucas, además, traían dos cuchillos cebolleros bien afilados, una Glock 9 mm y una .45, pero no le dijeron nada a Gervasio.

Cuando perdían ya las últimas farolas del alumbrado público, una nube de murciélagos comenzó a seguirlos casi hasta rozarles el pelo, sorteando los manotones asqueados y los gritos de Gervasio. Gaspar se sentó en la primera cuneta que vio cerca, también con los ojos fijos en los murciélagos.

-Dejalos, Gervasio. Son murciélagos. Nada más se comen los bichos -le dijo Gaspar, tomándole una caña de las manos.

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