Archivo de la categoría: Los troyanos

Uno de una noche de luna. Pero termina bien.

Hoy te pongo un cuento viejo, muy viejo, a lo mejor porque me levanté nostalgiosa, como ansiando volver a tiempos más inocentes.

¿Quién se acuerda, acá por Argentina, de cuando el colectivo costaba un peso con setenta y cinco centavos y se pagaba con monedas?

A ver quién me detecta las otras antiguallas… Levanten la mano, que extraño el diálogo bloguero.

Eran las cuatro de la mañana y Ramón tenía en la billetera exactamente un peso con setenta y cinco centavos, la foto de los chicos y un recorte de la Conmebol. Era invierno, hacía frío, no había nadie en la calle y no era buena zona para dar una caminata a la luz de la luna, con alguna canción de los Plateros como música de fondo.

– Manos arriba, flaco, y no te movás.

Y una mierda que se iba a mover. El asunto estaba bien claro. Cuando el golpeteo de las zapatillas se convirtió en un zapateo americano muy remoto, Ramón volvió la cabeza. Qué chorro de mierda…

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Hay un tigre en el patio

Sí, es un tigre, qué le voy a hacer. Al principio pensé que no, que la yerba del mate me vino con algo de coca, que estoy sugestionada porque anoche vi “África salvaje”… Pero ese bicho es muy grande para ser el Morrongo.

– Che, Juanita, ¿ése no es un tigre?

-A ver… sí, mamá.

-¿Qué hace acá?

-Y qué se yo. Cuidado, que no me cague el perejil que lo planté recién. Y cuidame al Alfonsito mientras voy a la farmacia.

-Pero Juanita…

Se llevó el bolso floreado. Yo pensaba llevar ese bolso cuando tuviera que juntar la ropa, para hacer un solo viaje al patio… ¿Ahora qué hago? Si dejo la puerta abierta para ir y volver de la soga… ¿no se me meterá el tigre adentro?

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Erupción volcánica

Escribir es como respirar. Se hace y si no se hace, una se muere. Se hace y una no se da ni cuenta. Pero a veces una está triste y sí se da cuenta, porque cuesta, pero lo hace igual, porque no puede evitarlo. Una quiere vivir. El Universo puso esa cosa del sistema nervioso autónomo porque ya lo sabe. Es como resignarse y fluir.

Hoy tengo uno de esos días, así que…

   Oh. Es que la chica no estuvo en ninguna, pero sabe cómo son y también cómo se sienten. Ah sí. Vivir toda la vida como si fuera de noche y las nubes de negra ceniza y los fantásticos amaneceres psicodélicos siempre virtuales, siempre nacarados, y no saber nunca si una aurora boreal.  Las entrañas de la tierra siempre calientes y revueltas y el cielo. El temor. El suelo oscilante y la fijeza de las nubes. La chica está cansada, y en el aire flota el olor del azufre. Está cansada, y no ve el sol desde hace tanto tiempo. En la tierra de la luna de mediodía; el sol tiene un color gris plateado con un fondo azul cobalto y está al lado de la luna y son los dos del mismo tamaño. Sobre ellos hay un tejido metálico que no llega al suelo pero se refleja sobre la superficie del río. Las canoas. Los peces que se florean en el agua tibia y asoman los hociquitos y se mueren uno a uno, las rayas rojas del fondo del río, calientes, lastimadas, el agua se acidula el ácido se aguachenta, los peces no entienden. Claro que la chica sabe cómo es una erupción volcánica. Demasiado tibia, el agua. Sigue leyendo

Bucólica Prometheus

-Hacé algo, por favor.

-¿Qué?

-No sé, pero movete. No aguanto más.

-¿Y qué querés que haga? Para vos todo es fácil. ¿Qué tal si es peligroso?

-No parece peligroso.

-Hablá bajo.

-Te digo que no parece peligroso, nada más nos mira.

-Sí, para ver qué hacemos. La puta que te parió, con todos los lugares que había para pasar la luna de miel.

-Bajá el tono. Es muy grande… Si ataca… ¿Qué animal será éste? Yo no lo vi en la guía de la agencia.

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Gaspar en Villa Eugenia

   En el pueblo vivía el séptimo hijo varón de una pobre viuda, y Gaspar había llegado a conocerlo bien. Nadie mejor que él para saber lo poco que Gervasio tenía que ver con la Manada, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la existencia del chico, por mucho que lo deseara. Gervasio le agradaba. Era un poco vago y otro poco lento; tenía facciones de  tonto pero bueno, y algo de la inocencia cruda de Lucas, y alguna otra cosa indeterminada, pero que empujaba al afecto. Por supuesto, no había vieja en el pueblo que no lo detestara y se hiciera la señal de la cruz cuando lo veía pasar; cuanto más vieja, más amplios los ademanes y más fruncidos los labios al besar los dedos arrugados y secos de frustración y de saña.

La madre de Gervasio le llevaba a Gaspar pastelitos de dulce de membrillo por dejarlo barrer el bodegón y vaciar los ceniceros, y cuando venía el repartidor, ayudar a bajar los cajones de cerveza. Para los sábados, Gaspar empezó a encargarle a doña María docenas de empanadas y mondongo con salsa, porque era noche de truco, y Gaspar sabía que todos los viejos le harían ascos primero, y luego limpiarían los platos fingiendo ignorar quién había hecho el guiso. La creciente asistencia fue la primera muestra de simpatía y aceptación mudas que le dio el pueblo, que no era capaz de sonreír abiertamente o de ir a estrechar manos, que para eso era un pueblo viejo y curtido. Pero el día en que se dio cuenta, Gaspar sí sonrió, como si alguien lo estuviera mirando y le correspondiera, o como si recordara cómo se veía una puesta de sol en pleno campo, de las que solía contemplar con Helena, o como si la estuviera viendo de verdad.

Cuando se encontraban en las alas de los murciélagos, Helena le hacía muchas bromas sobre romances con octogenarias que lo visitaban por las noches, cargadas de cazuelas de mondongo.

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