Archivo de la categoría: No sólo de pan vive el hombre

Los delicados escalopes de merluza

   En atención al amable lector que pudiera gustar de paladear, cada tanto, los frutos de la vida marina, aquí en la cocina experimental de Nadie Avatar hoy le ofrecemos estos exquisitos escalopes de merluza, por si se diera el caso de que no estuviera tan a dieta que se vea obligado a consumir los filets a la plancha, y estuviera aburrido de las también deliciosas pero convencionales milanesas. En consecuencia, he aquí el plato y su confección.

Primero te vas a esa pescadería chiquita y linda en la esquina de la calle Ituzaingo, que siempre te parece que tiene todo tan fresco que te dan ganas de comerte un filetito ahí nomás, como si fuera una sobredosis de sushi. Después le pedís al distinguido y desabrigado pescadero que se sirva traerte un kilo de filets de merluza, o medio si son muy grandes. Esto último sería raro: lamentablemente, en fechas recientes has venido notando que los filets de merluza que venden son pequeños, y, como te dijeron en la escuela de cocina, esto se debe a que se capturan peces cada vez más jóvenes. Eso es muy lamentable porque quiere decir que la depredación podría conducir con el tiempo a la desaparición de la especie, como ha estado sucediendo con otros seres desde hace tiempo, pero qué se le va a hacer.

Si tus afanes ecologistas te impiden comerte la merluza, podés optar por el pollo de mar, que además es más barato y sabroso, o comer otro pez menos problemático. O ser vegetariano, si se puede que no es siempre el caso. En tu situación particular el asunto no representa una cuestión de conciencia, porque los escalopes son para tu papá.

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Las nada picantes e inocentes napolitanas de ternera

El día de la fecha, dado que no hay ningún propósito de más valor en el horizonte, podrías decidirte a hacer, por pedido de un individuo que, por alguna loca razón, es enemigo acérrimo de la cebolla, unas deliciosas milanesas a la napolitana de ternera, que incitan a la locura por lo insolente de su sabor, pero con una salsa tan suave y amable, que no constituyen un peligro para el estómago de nadie.

Sólo unas pocas aclaraciones que hacer, más allá de los pedidos a uno u otro científico para que se dediquen a estudiar a la gente que no aprecia a la noble liliácea.

Contrariamente a la opinión del vulgo, es perfectamente posible hacer una salsa de tomate sin usar ajo ni cebolla. A vos tener esos apetitos te dará vergüenza ajena, pero es posible. De hecho, en casa de tu hermano, por no salir a comprar la cebolla, que se te había terminado, más de una vez hiciste ahí mismo una salsa deliciosa, que nunca vio ni siquiera en foto a esta insigne hortaliza.

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Los huevos de Pascua del infierno

Estos dos últimos días, tal como has decidido contarle al amable lector, los has dedicado a desentrañar el singular proceso que conduce a la conformación de esas agradables golosinas, de tan apetitoso sabor y tan ignoto origen, la verdad. Siendo la nuestra una religión notablemente displicente, es de suponerse que finalmente por aquí termina pasando todo el asunto: ¡VED, ES LA FESTIVIDAD EN DONDE SE COMEN ROSCAS Y CHOCOLATE EN DIVERSAS FORMAS! Con el debido respeto a Nuestro Señor Jesucristo, quien al momento de su martirio sin ningún género de dudas tenía otras expectativas al respecto.

Pero bueno; tus sobrinos aún son pequeños, tus mayores son tan angurrientos que serían capaces de comerse una anguila viva untada de chocolate, y tuviste la idea de que, si te salían buenos, tal vez los pudieras vender…. Pues, como si la situación económica del país ayudara, este año esos huevos han venido con un precio que nos hacen pensar en aquella proverbial gallina, que soltaba tales productos y a lo mejor nada más necesitaba un poquitito de alpiste o maíz, en lugar de quinientos pesos… En fin.

Entonces. Vos vas a hacer como si el resultado fuera el esperado, porque el simpático lector ninguna necesidad tiene de desagradables visualizaciones tuyas chupándote los dedos bañados en chocolate tibio, o el Jackson Pollock que has realizado sobre la puerta de la heladera de tu hermano. Así que limitate a decirle que, si tiene planes similares, lo primero que tiene que hacer es dirigirse a algún mayorista de productos de repostería que tenga cerca, y, si tiene pensado hacer más de cuatro huevos de tamaño grande (los tuyos eran muy grandes), compre mas o menos un kilo de chocolate blanco y otro de negro. Sí, hay trastornados a los que les gustan los huevos de Pascua de chocolate blanco. También conviene que no falte chocolate, porque si la capa queda muy finita, le tenés que dar dos manos como se hace con la pintura de las paredes, y no está bueno quedarse inopinadamente sin chocolate.

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Los arrabaleros bifes a la atorranta

En abierto desafío al Gran Rulemán Balde de Vello, quien osó contradecir tu denominación de este singular plato, es de tu opinión que corresponde ventilarla ante el mundo entero para demostrar tanto su deliciosidad, como la ignominia que debería cubrir al susodicho Rulemán. Porque si tu mamá dice que se llaman Bifes a la atorranta, entonces son a la atorranta. Por cierto, ulteriores investigaciones en Internet no arrojan nada más revelador que unos tales Bifes a la criolla, que tienen ingredientes que tu mamá no usa, ni los hace de la misma manera, ni nada que ver. O sea, que acá están los muy arrabaleros bifes a la atorranta. Como si ser atorrante fuera un pecado, encima.

Primero agarrás para la calle con ropa bien de fajina, como que vas a la carnicería que queda cerca del Hospital (propiciando malsanas fantasías al estilo Sweeney Todd). Ya llegando, y como en esa carnicería siempre hay una cantidad de gente verdaderamente molesta, sacás el número para la cola, vigilando bien que ninguna vieja se cuele (hasta ese entonces todas parecen tortugas paralíticas, así que hay que prestar atención).

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Los adorables menuditos con arroz amarillo

El sábado por la noche, habida cuenta de que POR FIN el horrible verano parecía estar reculando exhibiendo una adorable y muy fresquita temperatura, te decidiste a degustar este platillo singularmente apetitoso, para nada delicado, campechano, humilde y el mejor, en tu modesta opinión, para curar tanto los primeros fríos como una decepción amorosa grave, o los resultados de la Champion League, por ejemplo. Sobre todo si uno no está para nada al tanto de lo que es la Champion League.

Ahora, sobre este plato tenés entendido que se suscitan encendidas polémicas. Quizás el simpático lector, si es de otro país, se avendrá a comentar para iluminar la cuestión.

En Europa se horrorizan porque aquí en Argentina nos comemos la tripita de las vacas. Pues bien, es un asunto cultural que le dicen, porque a pesar de tu apertura mental, de ninguna manera estás dispuesta a concederle un voto de confianza a ningún, NINGÚN individuo que no se haya chupado los dedos después de comerse un buen plato de chinchulines, de mondongo o de tripa gorda rellena, o unas mollejitas a la sartén, o unos riñoncitos al vino tinto, o unos incomparables chorizos.

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