Archivo de la categoría: No te lo van a contar

Una vez, Poroto Gómez salvó por sí solo a la raza humana

   Hoy no me podía concentrar para escribir en el blog, así que pongo este cuento dedicado a las aventuras de Poroto Gómez, porque el Gran Rulemán dijo que le gustaban. A mí no me miren; es todo culpa de él. Por supuesto que va al e-book.

images   Sucedió que, una noche, a Poroto Gómez se lo llevó un OVNI. Fue el ejemplo perfecto de un terrible error, como la tripulación no tardó en descubrir al tratar de probarle al Comandante que sí, que habían encontrado vida inteligente. Los oficiales fueron degradados inmediatamente y deportados a algún lugar como la Nube de Carbón, me parece, adonde cargarían combustible a mano por toda la eternidad, o alguna cosa por el estilo. El Comandante de la expedición se sentó a pensar. A los Comandantes que tiraban a la basura el poco presupuesto que podía confeccionar el planeta, los mandaban a una lejana luna de un planeta de Procyon, adonde había una fauna local obsesionada con la reproducción y que tenía una tasa de nacimientos de hembras absurdamente baja.

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Cuentos verdes en sistema métrico hexadecimal

He visto que en The Martian a la gente le ha dado por comunicarse usando el sistema métrico hexadecimal, así que yo no voy a ser menos, para demostrar que cualquier hijo de vecino puede hacer eso. A ver qué se han creído.

I

– 1+1= 2
– 2 = ACBB
– 1+1= BB

– 1+1= 3
– 1+1= ∞

 

II

– ACBB
– 0 ACBB
– ACBB
– 0 ACBB

 – 1+1= 2
– 2 ≠ ACBB
– 1+1≠ BB
– ABC1+1 = 2D2

        – 1+1 ≡ ACBB

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La increíble tiendita del horror (o “Ese asunto del Golem”)

   Esto que escribí hace muchos años me recuerda a una disparatada noticia que acabo de leer, y que han puesto en Twitter como si nadie se la viera venir. Mirá que este cuento es viejo… ¿Por qué no lo leés y me decís qué tan descaminada estoy?

   Ésta es la noticia… 

Ahora…

images   En esta fábrica que te voy a contar, hacían diversos tipos de juguete para cuando la gente se sentía sola. Bueno, sí había muchísimas muñecas pero no todos los juguetes eran sexuales. Por ejemplo, tenían enormes osos mecánicos sin dientes que corrían a viejos cazadores a campo traviesa, y maniquíes a los que se les pegó una extraña clase de pelo sintético que crecía sin parar, los cuales resultaban muy demandados por peluqueros y depiladores. También se armaban unos aparatos con un sistema de sonido ultrasofisticado que les permitía hacer como que dialogaban, para políticos y profesores, y unos que sólo servían para meterse en los dormitorios a cualquier hora y preguntar “¿qué estás haciendo?”. Otros nunca dormían y se pasaban la vida en batón y ruleros, especializándose en irrumpir en la cocina a las tres de la mañana cuando oían ruidos, con un palo de amasar. Habitualmente, a esos artilugios los encargaba gente retirada o gente a la que no le dejaban hacer horas extra, y a la que no le importaba pagarlos a precio de oro. Los fabricantes hacían muchísima guita.

Comenzaron su negocio en una instalación abandonada que hicieron funcionar otra vez, luego de ser despedidos de una fábrica de autos; eran expertos en cibernética y adaptaron a sus propias necesidades un equipo que les dieron como indemnización. El grueso del negocio había salido por accidente. En un principio, ellos nada más querían vender unos robots de limpieza y, bueno sí, algunos que hicieran otra cosita porque los iban a desalojar y necesitaban el dinero. Cuando la noticia cundió entre la selecta clientela fue que empezaron a caer los pedidos de enormes osos sin dientes que corrieran a los cazadores a campo traviesa. Sigue leyendo

Este asunto de las relaciones humanas… Lisura en sade

   A la luz de las últimas películas vistas que te conté antes, acá recordé este relato que próximamente incluiré en el famoso e-book que ya te dije un montón de veces. Este asunto entre los hombres y las mujeres, tan complicado… El cuento está inspirado en un poema de Néstor Perlongher, Lisura en jade. Por lo menos el título.

LISURA EN SADE

   Eyaculó al amanecer. Le hundió a ella la cara en el hombro y eyaculó, lleno de vergüenza, lleno de disculpas, a tal punto que ni supo cómo lo consiguió. Sintió que había caído en una bañera llena de agua congelada, con hielo (abajo podía verse apresada una mujer desnuda, con las piernas abiertas) y entonces eyaculó, con astillas blancas que se le clavaban en la cintura. Era el amanecer.
Después se retiró, pero no podía entibiarse. Se deslizó al lado de ella en la cama (se dejó caer) y trató de abrazarla, pero necesitaba calor. Él la miraba a ella con un rictus de dolor y ella lo miraba a él con preocupación, y él se abochornó porque pensó que había arruinado su primera noche: “Ricardo, Ricardo, llamemos a un médico, tenés los labios azules”. Qué anticlímax. Cuál anticlímax. Ella trató de abrazarse a él con otro rictus: “la próxima voy a estar más tranquila”, y sus piernas se cruzaron. Pero los pies de ambos estaban horriblemente fríos y no se cruzaron (menos mal; hubieran empezado a tener calambres) y él tuvo una serie de reflexiones malsanas sobre verse al espejo y no querer verse al espejo, y extraños espejos de circo que se enroscaban frente a frente (como los que están sobre las escaleras de caracol de los boliches, pero un día de semana), y espejos que se cruzaban en la noche, y la galería de los espejos, y el espejo del botiquín del baño y el de una estación de servicio, y el de la cartera de ella y los espejos rotos, desmenuzados sobre el suelo, del negocio de la esquina después del choque. Sigue leyendo

El arte de la calabaza

   Después de tanto zapallo brasilero, me ha venido a la mente esto que tiene ya algunos años, pero que me cae muy oportuno. Es de cuando se me había puesto que tenía que escribir un cuento por cada entrada del diccionario de mitos y de símbolos de Chevalier-Gheerbrant (versión original francesa). Obvio, me cansé pronto.

   Pero llegué a escribir éste.

“La gourde” *                                                                                                               (* “calabaza”)

    Sin hablar para nada de la Cenicienta, te cuento que la calabaza mágica realmente existía. La cultivaban los Bambara, una tribu bien metida en el medio de África (más o menos), y la usaban no para hacer dulce sino que la comían bien a la criolla, es decir acompañando un puchero. Un puchero de Bambara, en algunos casos; esta gente que cultivaba la calabaza era una rama de la tribu originaria estudiada por los antropólogos, y era antropófaga de una manera entusiasta. Pero la culpa era toda de la calabaza.

   Aquella gente vivía para coger. Se pasaban el tiempo inventando nuevas formas y nuevas posiciones, y tenían un lenguaje específico tan vasto que hacían que el arameo pareciera la lengua chimpancé. Carecían de vocablo para designar algo como el matrimonio y si alguien les hubiera explicado la idea se hubieran cagado de la risa (bueno, a lo mejor esto no es tan novedoso). Cuando ya no podían fifar más, que era alrededor de los ciento seis años por los efectos de la calabaza, se alejaban de la tribu avergonzados, con una cacerolita, un poco de agua y una pequeña medida de grano, y se quedaban por ahí pernoctando hasta que venía una hiena o una leona y se los comía. Era ésta la única tribu del mundo en la que las jóvenes se peleaban verdaderamente hasta sacarse los ojos por los viejos más viejos, y sobre todo más pobres: que el hombre fuera muy viejo garantizaba un doctorado en el Arte de la Calabaza, y que fuera muy pobre indicaba que, además, tenía una voluntariosa predisposición. Sigue leyendo