Archivo de la categoría: World Wide V: el reinado del brócoli

World Wide Z: el reinado del brócoli – Capítulo VIII

Olive tenía los ojos rojos y la tez aceitunada, bajo los rastros de grasa de chorizo con ají molido que se había pintado cual cebra, para camuflaje. Acaso sus ataduras estuvieran muy ceñidas. La tripa para chorizo se enterraba profundamente en sus muñecas y tobillos, bajo la mugre que el sudor pegaba a sus delicados miembros, y no parecía que su delgada cintura fuera a poder separarse del respaldo de la vieja y astillada silla que Letty había acercado, pero nadie quería correr el riesgo. Evan y el resto de sus guardias caminaban en lentos y ofuscados círculos a su alrededor y se guardaban muy bien de acercársele, y tampoco alejaban a los niños que se le arrimaban desde atrás, para meter adentro de su cofia de matambre briznas de pasto y ramitas de paraíso. Tampoco le permitían a las almas más compasivas que la ayudaran a rascarse: la silla había sido utilizada con frecuencia por el Ciego Joe para acomodarse durante sus cantos, y en el asiento se acumulaban abundantes ladillas.

Brenda, o sea Brandon, la miró durante mucho tiempo antes de decidirse a hablarle. Cuando lo hizo, su voz era un nudo de venenoso dolor.

-No sé cómo has podido hacerlo. ¡No sé cómo lo hiciste! ¿Qué parte de tu historia es verdad, Olive? ¿Que eres vegana? ¿Que te criaste en una granja junto con tus padres, muertos cuando enloquecieron en la vorágine zombi de la soja? ¿Que huiste porque temiste por tu vida? ¿Que amas este pueblo? ¿QUE ME AMAS?

Un gemido horrorizado brotó de todas las gargantas y Billy se llevó las puntas de los dedos a la boca, para comenzar de inmediato a mordisquearse las uñas. Mientras tanto, Sally y Rose La Juguetona se miraban y codeaban, y emitían risitas con una expresión socarrona.

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World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo VII

-¡Despierta, Billy!

El recio bofetón sacudió cual ondeante bandera los cada vez más adiposos carrillos de Billy, pero no fue suficiente.

-¡Billy, quédate con nosotros!

Tampoco el segundo bofetón consiguió nada, y las trémulas y aterradas almas que rodeaban al yacente Billy sintieron un estremecimiento  de autocompasión. Sin Billy, todos estaban en muchos…

– ¡Problemas! – gritó Billy, reaccionando de pronto.

El tercer bofetón fue detenido en seco por ese alarido, pero no así los dientes postizos de Billy, que salieron despedidos para un costado y rebotaron contra la frente del Ciego Joe, quien, como tenía una placa de acero en el cráneo de la vez que Rose La Juguetona le revoleó con una maceta, hizo que las prótesis tintinearan como si fueran alegres campanas de domingo.

Casi ocultaron por un momento las garras metálicas de los gritos y sollozos que se oían a lo lejos.

-¡Problemas! – tornó a gritar Billy. Y justo cuando el tercer bofetón retornaba a su camino después de un breve diagnóstico del estado de conciencia del paciente, Billy lo recordó todo.

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World Wide V: el reinado del brócoli – capítulo VI

  Dead Cowboy City yacía bajo un pesado manto de miedo y cenizas volanderas de cáscaras de pimiento rojo y verde. Adecuadamente desmelenados, peinados con la raya al costado, con un ligerísimo toque de spray, los guerreros veganos más antiguos recorrían la periferia del pueblo instruyendo a los nuevos y educados amigos de  los animales sobre el uso de las diademas de rodajas de salamito, los cinturones de salchicha de metro y los brazaletes de jamón crudo para aterrar a los zombies veganos.

Conseguían el éxito luego de las dos o tres primeras tímidas quejas. Los ojos fríos e inyectados en sangre de Evan, unidos a los propios amargos recuerdos de cada uno, redujeron a los nóveles reclutas al silencio. No era necesario más. Todos habían visto suficiente. Demasiado, en realidad. Las quejas ante el aroma de la bondiola con manzanas acarameladas y el salchichón primavera se desvanecían como tristes atavismos de una vida pasada, cuando todos eran mejores y la grasa se evitaba para salvar la vida propia y ajena.

No había entre los pocos recién llegados, a salvo porque nunca les habían gustado las milanesas de soja, ni uno que no recordara la última vez en atisbar a un padre, un hermano o un hijo engullendo a dos manos papines andinos sin pelar, o maníes aún con su cáscara, para luego proseguir con las ramas más bajas de los pinos junto a las puertas. Tal vez una madre con los ojos fuera de las órbitas, desgarrando con los dientes el posafuentes que fuera confeccionado en su honor la semana previa en el Jardín de Infantes, con arroz y porotos bolita pintados a mano con témpera.

De vez en cuando, aún los gemidos del Sheriff Billy que soñaba con su hermano Brandon, o sea Brenda, recorrían el pueblo como los alaridos de La Llorona.

Con mirada ausente y las manos frías, la joven Olive untaba sus finos y pálidos brazos con una gruesa capa de grasa de cerdo, dispuesta a todo. “No lo harán”, repetía. “No los dejaré comerse un solo rabanito de este pueblo. Son para la gente que recicla, vuelve a plantar y reforesta. ¡Salvajes! ¡Salvajes!”

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World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo V

En Dead Cowboy City había un polvorín en ciernes. Alrededor del pueblo niños, adolescentes y jubilados deambulaban con el ceño fruncido, portando diademas de salchichas de copetín y blandiendo largos salamitos, y palitos de brochette con shawarma.

En lo de Rose La Juguetona flotaba permanentemente el olor a caldo de pollo, a milanesa napolitana y a locro con patita de chancho, y sobre todo el vaho a insurrección.

Sally y Olive pasaban horas frente a frente, sin quitarse los ojos de encima y vigilándose sin pausa las uñas, a ver qué residuo verdoso o qué pátina de grasa aparecía en una y otra, y aprovechando para criticar.

El nuevo Sheriff Billy mediaba entre una y otra, y conformaba a ambas a medias al declarar altisonantemente que la lasagna de berenjena y la de jamón y queso eran ambas manjares excepcionales, a los que les venía bien por igual una combinación de salsa blanca y choclo. También subió quince quilos.

Los forasteros que habían conseguido llegar al pueblo cambiaron su indumentaria urbana por un conjunto de fajina apto para patrullar los caminos, compuesto por camisa leñadora y jeans al tono con pañuelo rojo saliendo del bolsillo trasero. Evan reemplazó los lentes de contacto por unas bellas lentes montadas al aire, que casaban a la perfección con su expresiva mirada, sobre todo desde que, para evitar que se les pegaran los bichos en el pelo, todos abandonaron el gel fijador al unísono. Aunque iban desarmados, accediaron a portar en mano, al alcance inmediato, unas varitas de salame seco que podrían arrojar a la primera de cambio.

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Worlwide V: el reinado del brócoli – Capítulo V

Olive tenía las pestañas largas y arqueadas, y el color de sus ojos entre ellas era como el amanecer. Es decir, una vez que Billy se despojó de su cinturón de chorizos colorados. Bebía el agua que le tendía Mike, uno de los tres forasteros, con una piel tan sedosa como podría serlo el pétalo de una rosa, y casi con el mismo color. O sea una rosa rosada, no amarilla o blanca; qué ordinariez.

– Liv, dime que están vivos. Dime que están atrasados, pero que ya vienen. ¿Liv?

– Dilo, Liv. Dilo – susurró Evan.

La joven Olive cerró sus hermosos ojos de amanecer y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

– Alan se cayó buscando la única palta que quedaba en el árbol. Kevin peleó con un jabalí en una zanja, por una batata. Terry se cayó al río tratando de alcanzar un camalote…

– ¡NOOOOO!!!!!!!!!!!!

Mike se arrojó al suelo para llorar su desconsuelo, arrancando en su desesperación matojos de trébol y de Dichondra (ese yuyito que tiene hojas redonditas). En su frenesí, comenzó a devorarlos a puñados.

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