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World Wide V: el reinado del brócoli – capítulo 6, me parece

  Dead Cowboy City yacía bajo un pesado manto de miedo y cenizas volanderas de cáscaras de pimiento rojo y verde. Adecuadamente desmelenados, peinados con la raya al costado, con un ligerísimo toque de spray, los guerreros veganos más antiguos recorrían la periferia del pueblo instruyendo a los nuevos y educados amigos de  los animales sobre el uso de las diademas de rodajas de salamito, los cinturones de salchicha de metro y los brazaletes de jamón crudo para aterrar a los zombies veganos.

Conseguían el éxito luego de las dos o tres primeras tímidas quejas. Los ojos fríos e inyectados en sangre de Evan, unidos a los propios amargos recuerdos de cada uno, redujeron a los nóveles reclutas al silencio. No era necesario más. Todos habían visto suficiente. Demasiado, en realidad. Las quejas ante el aroma de la bondiola con manzanas acarameladas y el salchichón primavera se desvanecían como tristes atavismos de una vida pasada, cuando todos eran mejores y la grasa se evitaba para salvar la vida propia y ajena.

No había entre los pocos recién llegados, a salvo porque nunca les habían gustado las milanesas de soja, ni uno que no recordara la última vez en atisbar a un padre, un hermano o un hijo engullendo a dos manos papines andinos sin pelar, o maníes aún con su cáscara, para luego proseguir con las ramas más bajas de los pinos junto a las puertas. Tal vez una madre con los ojos fuera de las órbitas, desgarrando con los dientes el posafuentes que fuera confeccionado en su honor la semana previa en el Jardín de Infantes, con arroz y porotos bolita pintados a mano con témpera.

De vez en cuando, aún los gemidos del Sheriff Billy que soñaba con su hermano Brandon, o sea Brenda, recorrían el pueblo como los alaridos de La Llorona.

Con mirada ausente y las manos frías, la joven Olive untaba sus finos y pálidos brazos con una gruesa capa de grasa de cerdo, dispuesta a todo. “No lo harán”, repetía. “No los dejaré comerse un solo rabanito de este pueblo. Son para la gente que recicla, vuelve a plantar y reforesta. ¡Salvajes! ¡Salvajes!”

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World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo V

En Dead Cowboy City había un polvorín en ciernes. Alrededor del pueblo niños, adolescentes y jubilados deambulaban con el ceño fruncido, portando diademas de salchichas de copetín y blandiendo largos salamitos, y palitos de brochette con shawarma.

En lo de Rose La Juguetona flotaba permanentemente el olor a caldo de pollo, a milanesa napolitana y a locro con patita de chancho, y sobre todo el vaho a insurrección.

Sally y Olive pasaban horas frente a frente, sin quitarse los ojos de encima y vigilándose sin pausa las uñas, a ver qué residuo verdoso o qué pátina de grasa aparecía en una y otra, y aprovechando para criticar.

El nuevo Sheriff Billy mediaba entre una y otra, y conformaba a ambas a medias al declarar altisonantemente que la lasagna de berenjena y la de jamón y queso eran ambas manjares excepcionales, a los que les venía bien por igual una combinación de salsa blanca y choclo. También subió quince quilos.

Los forasteros que habían conseguido llegar al pueblo cambiaron su indumentaria urbana por un conjunto de fajina apto para patrullar los caminos, compuesto por camisa leñadora y jeans al tono con pañuelo rojo saliendo del bolsillo trasero. Evan reemplazó los lentes de contacto por unas bellas lentes montadas al aire, que casaban a la perfección con su expresiva mirada, sobre todo desde que, para evitar que se les pegaran los bichos en el pelo, todos abandonaron el gel fijador al unísono. Aunque iban desarmados, accediaron a portar en mano, al alcance inmediato, unas varitas de salame seco que podrían arrojar a la primera de cambio.

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Worldwide V: el reinado del brócoli – Capítulo IV

Desde la medianoche, hora en la que no quedó más vodka en lo de Rose La Juguetona, las fronteras de Dead Cowboy City se cerraron para el resto del país. La ley no se comunicó con ninguna autoridad superior; no hubo largos conciliábulos a la luz de las velas, ni peleas de perros ni apuestas a las tabas. Pero vaciado el último chupito, acaso en unidad de intereses, acaso en unidad de decepciones, acaso porque nadie quería ir a casa con la patrona, todos los parroquianos de Rose se miraron a la cara, y sin decir una palabra tomaron algunas decisiones definitivas e impostergables. No sabían qué hacer con aquella amenaza que se cernía sobre su pueblo, pero se conformaron con observar el oscuro talante de Billy y luego se limitaron a seguir sus pasos. Ningún vaquero se convertiría en vegano aunque a Billy le fuera la vida en ello, y entonces, el pueblo tampoco.

A las cuatro de la mañana, Billy, Sally, Rose La Juguetona y el Ciego Joe ocupaban el puesto de mayor peligro, justo a la entrada del pueblo. Según Billy, los vientos no los favorecían esa noche, y la entrada misma del pueblo resplandecía de fragante alfalfa y trigo, a punto para la cosecha. Si las cosas en el resto del país marchaban como los forasteros habían anticipado, Dead Cowboy City tenía sólo dos opciones: disuadir a las hordas hambrientas con métodos poco ortodoxos o aplicar la política de la tierra calcinada. Sabían que ninguno de los extraños seres se avendría a andar por ahi masticando brotes quemados u oliendo reciamente a ceniza embadurnada en sus camisas de seda. Tampoco en el pueblo nadie quería hacer eso, pero allí estaban los más valientes, dispuestos a cualquier cosa. Junto con el Ciego Joe, al que no le habían dicho dónde estaba porque molestaba en el bodegón cantando todo el tiempo.

Sin embargo, aún quedaban como primera opción los métodos poco ortodoxos.

Sally estaba particularmente fastidiada con ese orden de cosas.

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Worldwide V: el reinado del brócoli – Capítulo III

cowboys-1192743__340   Billy no tenía más deseos de entrar en lo de Rose La Juguetona que de enfrentarse a una estampida de búfalos, pero sabía bien cuál era su deber, desde que el Sheriff Mac Neill se precipitó balcón abajo por confundirlo con un escalón, luego de probar el néctar del alambique de Rose.

   Y estaba Damien. O sea, Brenda.

   Billy era el mayor de los hermanos, desde que el viejo Pa se fugó con Rose La Juguetona, y se sentía en deuda. Aquella gente que había entrado en el bodegón había arruinado a su hermana. Hermano.

   Pero los pies se arrastraban por el polvo como si fuera melaza, y el corazón era de plomo.

– Un jugo de apio y zanahoria, por favor – oyó Billy, desde fuera, y una astilla de hielo le atravesó el corazón. Había sido la bebida preferida de Damien, es decir Brenda, y la bebía todo el tiempo allá en Nueva York. Billy notaba cada día el raro olor en el baño y el peculiar matiz en la piel de Damien, bueno, Brenda. Era prácticamente anaranjado.

– ¿Lo qué, don? – preguntó Letty, que sólo conocía el gin, el whisky, la cerveza, la vodka, el tequila, el ron, y a veces acertaba a encontrar la soda para los que debían beber menos whisky, por consejo del doctor.

– Un jugo. Cualquier jugo. Venimos de lejos. Tenemos sed y estamos agotados – y aunque el extraño estaba de espaldas a él, Billy pudo notar el cansancio en los hombros; el temblor en la fina seda rosada de la camisa. Gruesos puntos de fatiga líquida perlaban la delicada tela.

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World Wide V: el reinado del brócoli – Capítulo II

fashion-1844888__340   Los extraños eran altos, delgados, e iban bien vestidos y afeitados. Cuando llegaron, Billy estaba sentado en su mecedora, bien enfrente del lupanar de Rose La Juguetona, y nada más verlos experimentó un estremecimiento de miedo y cólera. Recordaba bien a su hermano Brenda, es decir, Damien. Damien había sido alto, delgado, y estaba bien vestido y afeitado cuando Billy llegó a Nueva York a buscarlo, respondiendo al telegrama anunciando su enfermedad mortal.

– No estoy enfermo, Billy. Nunca lo estuve. No me pasa nada – había respondido Brenda, es decir Damien, al reprocharle Billy su egoísta y mentirosa despreocupación. – Estás aquí por ti, no por mí. Te hice venir para salvarte.

– Pero tú no estás bien, Brenda, digo Damien – repuso Billy, ofuscado. Brenda, o sea Damien, estaba usando traje y corbata. Era corredor de Bolsa en Wall Street. Nada de vestidos campesinos llenos de melaza y ketchup. Nada de vagabundear por los campos de noche tumbando vacas. Y Billy también echó a faltar por lo menos sesenta kilos.

– Estoy mejor que nunca, Billy. Ya no tengo colesterol, ni ácido úrico, ni glucemia alta, ni granos purulentos, ni hemorroides, ni flatulencia, ni halitosis, ni eccemas, ni constipación, ni hongos fétidos entre los muslos.

– Eso puede ser normal en Nueva York, Brenda, digo Damien. ¡Pero tú no eres de Nueva York! ¡Debes reaccionar! ¡Debes recapacitar! ¡Despierta, Brenda, digo Damien! – y Billy había ido hacia ella, bueno, él, y lo había sacudido por los hombros, buscando su comprensión.

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