Ahora tienen ese asunto de la partícula del ángel que le dicen

Cuando yo iba a la primaria, teníamos el neutrón, el protón y el electrón. Cuando yo iba a la secundaria, el neutrino era algo sensacional. Plutón era una mancha amarronada y pixelada en el medio de un negro profundo, y nadie sabía muy bien de qué iba la cosa. Todavía se hipotetizaba acerca del origen de la Luna, y ni hablar de comparar la composición del agua en la Tierra con la del cinturón de asteroides y los cometas, y si alguien hubiera hablado sobre océanos en cualquier otro lugar del sistema solar, y más subterráneos, como los de Europa (o sea la luna de Júpiter), todo el mundo se hubiera cagado de la risa. Poe nos hubiera podido comentar muy bien sobre lo que se siente al respecto. Dr. Zaïus, no he leído todavía Eureka, pero ahí voy, se lo prometo. Para vivir completamente el clima sobre la situación que acabo de comentar, sobre todo. Además, es Poe. ¿Quién se equivoca leyendo a Poe?

En el 2006 más o menos, todo se disparó en física y astronomía. Y cuando digo todo, es todo.

Ahora tenemos unas doscientas, sí, doscientas partículas elementales. Y contando. La antimateria, que nos parecía una cosa fantasmagórica y amenazante, no es nada al lado de la nueva materia oscura, que es una cosa tan rara que los científicos se agarran de los pelos a diario discutiendo acerca de qué es, principalmente porque como descubren o confirman cosas nuevas todos los días, con frecuencia las suelen tirar ahí, como si la materia oscura fuera un cajón de sastre… Ni hablar de la energía oscura. Pero confeccionaron muchísimos mapas, eso sí. Haciendo cuentas, en total vivimos en un universo perfectamente cartografiado, del cual nos consta positivamente de qué está compuesto… en un 4 %. 5 %, con toda la furia.

Pero considerando lo que es el universo, es un porcentaje grande; un porcentaje suficiente como para que estemos absolutamente seguros… de nada. Yo todavía estoy aliviada de que no hayamos perdido Suiza cuando decidieron poner en marcha el Gran Colisionador de Hadrones. Es sabido que los científicos son, ante todo, seres humanos. Se pueden dejar llevar por el entusiasmo, y… por ejemplo, cuando hicieron el primer experimento para la bomba atómica, en el desierto de Estados Unidos, todos estaban muy seguros de que la reacción en cadena se iniciaría. De lo que no estaban tan seguros, era de si se iba a detener. Y…

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Gaspar en Villa Eugenia

   En el pueblo vivía el séptimo hijo varón de una pobre viuda, y Gaspar había llegado a conocerlo bien. Nadie mejor que él para saber lo poco que Gervasio tenía que ver con la Manada, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la existencia del chico, por mucho que lo deseara. Gervasio le agradaba. Era un poco vago y otro poco lento; tenía facciones de  tonto pero bueno, y algo de la inocencia cruda de Lucas, y alguna otra cosa indeterminada, pero que empujaba al afecto. Por supuesto, no había vieja en el pueblo que no lo detestara y se hiciera la señal de la cruz cuando lo veía pasar; cuanto más vieja, más amplios los ademanes y más fruncidos los labios al besar los dedos arrugados y secos de frustración y de saña.

La madre de Gervasio le llevaba a Gaspar pastelitos de dulce de membrillo por dejarlo barrer el bodegón y vaciar los ceniceros, y cuando venía el repartidor, ayudar a bajar los cajones de cerveza. Para los sábados, Gaspar empezó a encargarle a doña María docenas de empanadas y mondongo con salsa, porque era noche de truco, y Gaspar sabía que todos los viejos le harían ascos primero, y luego limpiarían los platos fingiendo ignorar quién había hecho el guiso. La creciente asistencia fue la primera muestra de simpatía y aceptación mudas que le dio el pueblo, que no era capaz de sonreír abiertamente o de ir a estrechar manos, que para eso era un pueblo viejo y curtido. Pero el día en que se dio cuenta, Gaspar sí sonrió, como si alguien lo estuviera mirando y le correspondiera, o como si recordara cómo se veía una puesta de sol en pleno campo, de las que solía contemplar con Helena, o como si la estuviera viendo de verdad.

Cuando se encontraban en las alas de los murciélagos, Helena le hacía muchas bromas sobre romances con octogenarias que lo visitaban por las noches, cargadas de cazuelas de mondongo.

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El Castillo I

Hace un tiempo ofrecí al ocioso lector un cuento en donde había una rana heredera de un castillo, pero me faltaba contar de dónde venía tal castillo, y cómo fue a parar a la rana. Se lo cuento ahora porque en aquellas lejanas épocas yo no tenía un instrumento escriturario de lo más tecnológico, así como ahora, no había Internet y no existían los blogs. O sea, traten de encontrar algo entre dos resmas completas de papel…

Pero si estos días estuvieron sin dormir porque no podían dejar de pensar qué pasó con el castillo, acá está. Por lo menos la primera parte, que es largo.

 

El castillo

Una vez alguien levantó un castillo y después se mandó a mudar. No hizo nada con el castillo; sencillamente se pasó quince años construyéndolo y luego una mañana, con los sirvientes en la cocina y los croissants arriba de la mesa del comedor (entibiándose absurdamente dado que nadie los olía), sacó las valijas por un tonto pasadizo secreto hecho para cuando necesitara lllamar al ama de llaves a medianoche, y se fugó. Lo hizo de una manera un tanto extraña, en ese coche negro avanzando por la calzada de piedra como un escarabajo que rehúye la primera luz del amanecer (sólo que no había cerca ningún árbol de corteza amablemente cuarteada; sólo que no había en las inmediaciones una piedra más grande que el cúmulo que terminaba de dejar atrás). Más allá de la calzada de piedra gris, al final del sinuoso camino que separaba a la alta reja de la ruta, el Señor alcanzó una ambulancia con dos señores forzudos que esperaban, ataviados de blanco.

Deudas, por supuesto.

Los herederos vieron en seguida el jugo potencial de todo aquello, y después de hipotecar el castillo diecinueve veces más o menos, decidieron instalar el lupanar más grande del mundo (en sentido literal esta vez). En cuanto a las mazmorras del castillo (supuestamente diseñadas para proporcionar un toque pintoresco), pensaron en darles un aprovechamiento usándolas como Departamento de Ajustes Financieros: cuando alguien descubriera que se había pasado con las golosinas y nada le quedaba en los bolsillos más que una pelusa vieja y vagamente húmeda, lo llevarían allá abajo y las dominatrices se tomarían un coffee break, mientras los sádicos enfurecidos liberaban una pasión reprimida durante años (en el futuro hubo que tener cuidado: a veces se tuvo que suspender aquello; mucha gente aficionada a cosas como la piscicultura y el tejido al crochet, en plena opulencia de repente dejaba de pagar y así se quedaba durante semanas).

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La Gran Aventura en el Planeta del Dr. Zaïus. Con el Gran Rulemán Balde de Vello y los Ángeles. Y el Gran Lama del Universo Labaranda del Cantimpalo. Y el Hombre Caniche. Y Mads Mikkelsen.

Aquel día no era de los mejores en el planeta del Dr. Zaïus. Como tal obligación le había sido impuesta a Nadie de mala manera, aquella se hallaba no poco disgustada al respecto y, al momento de diseñar el planeta, incurrió en una serie de disposiciones encaminadas a expresar su patente malhumor, desquitándose haciendo de la vida de todos un lento y doloroso proceso.

El planeta del Dr. Zaïus se hallaba dotado de siete lunas, y formaba parte de un sistema en donde había tres soles, alrededor de los cuales el planeta orbitaba describiendo la forma de un ocho. Siempre era de día, por las buenas o por las malas. Incluso a veces había eclipses de luna dobles o triples, o tres o cuatro lunas llenas a la vez, y ya se sabe lo que esto produce en la astrología, o la psicología de las personas o quién sabe qué. Bueno, los eclipses también.

Suerte que con semejante confusión ni las Nornas sabían cuándo sí y cuándo no, por lo cual era prácticamente imposible hacer magia o ningún tipo de ritual en aquel planeta.

Particularmente indignado se encontraba el Gran Rulemán Balde de Vello.

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The atoning (la expiación)

   Buenas y santas, queridos amantes del cine. Aquí estoy, como siempre, esforzándome y sacrificándome rudamente para poner a vuestro alcance toda esa filmografía que, por no contar con un abultado presupuesto o figuras glamourosas en su reparto, pasan desapercibidas a pesar de no carecer de lo que se dice calidad. Bueno, desconocidas pero que a mí me gustan, como se dice en lunfardo. El cine independiente o de bajo presupuesto puede conmigo, eso es bien sabido. Lo semejante atrae a lo semejante (borren eso último de bajo presupuesto; me gustaría ganar la Quiniela alguna vez).

En esta ocasión es una película que acabo de ver y que se llama La expiación. Aparentemente es muy sencilla, es lenta, la música incidental es discreta; es más, apenas hay. Tiene como nueve o diez personajes pero no aparecen todos juntos; es más, como la música, apenas aparecen.

Tres personas, una familia, viven juntas en una gran casa. Pasan algunas cosas raras. Te podés dar cuenta por el cartel de la película, por lo menos. Excepto que, a diferencia de otros casos, esta vez se guardaron de hacer spoiler desde el mismo cartel. Sí, esas manos negras aferradas a la cara de la mujer… Algo muy extraño pasa allí.

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