Archivo de la etiqueta: Aventuras de la chica

La chica está a caballo de la ventana

   Y duda, la chica. Una patita al sol, una patita a la sombra, cuelgan y oscilan, las patitas de la chica. Dos medialunas de tierra emergen en la pared, una al sol, la otra a la sombra, como las patitas de la chica. Sisean, las medialunas y las patitas de la chica, las que están al sol y las que están a la sombra, como al contacto de un hierro al rojo. Salvo que la chica no es dueña de la pared, y la pared no se va a ir a ninguna parte, ni nadie se la va a robar. Menos con la chica arriba.

Medio cuerpo de la chica está al sol, y medio está a la sombra. Una mano de la chica está caliente, y la otra fría. Media cara de la chica se está poniendo rosada, y media no. La chica debe bajar ya mismo de esa ventana. Si se baja para el lado de adentro va a extrañar el sol. Si se baja para el lado de afuera va a extrañar la sombra. Si se baja para el lado de adentro no tendrá ningún lugar adonde ir. Si se baja para el lado de afuera los tendrá todos. La chica debe bajar ya mismo de esa ventana.

La chica debería saber que afuera está todo lleno de paraísos sombrilla, y en invierno hay pinos.

 

 

 

 

 

 

(Imágenes de Pixabay)

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Andante con moto o La ciencia y la chica

   Desde la brasa roja de un cigarrillo, sí, la chica se retracta en el quemante resplandor, Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel se quema y arde, a menudo con menos provecho, no hay en el fondo de un quasar más verdades de la física de las que esconde la brasa de un cigarrillo, a falta de un beso, a falta de un cáncer, a falta de la cola del escorpión aleteando, roja, en la noche, cruzada de nubes.

La chica vio una vez un cielo así; parecía una bandera. La mitad era densa y era gris plateada; la otra mitad era de un negro difuso, con fondo, a lo mejor plateado, a lo mejor blanco, pero estaba llena de vientos, eso sí. La luna era una piedra en la mitad negra, como un arroyo. El aire con hojas de árboles, húmedas, y con palomas. El río estaba cerca. La tierra de las islas era como un monte de Venus, pero no el monte de Venus de la chica; el Monumento a la Bandera brillaba debajo de la luz de la luna henchido con una insoportable soledad. Los faros de los autos, los faros de los autos eran como los murciélagos; ningún murciélago, no había cavernas cerca y los murciélagos se habían ido, ¿por qué no son albinos los murciélagos?

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Como la rosa de los vientos, la chica

   De tal manera, que parece que los caracoles no han amanecido y todavía están allí, reposándose, cubriendo el suelo del Hades a la luz anaranjada que viene de arriba, y ellos como si oyeran llover. Qué cosas, los caracoles, y el cielo violeta y denso y las nubes que sólo se ven por lo violeta del cielo, y el cielo era espeso y opaco y existía. Los caracoles miran hacia el cielo desde las puntas de sus antenitas, y según la chica es por eso que son babosos y tienen los ojos así; la gravedad los tira hacia el cielo y los ojos son lo más débil. Los caracoles luchan por permanecer en la tierra y tienen un pie largo y ovalado que secreta pegamento, y la casita de cuerno es para que no les llegue la luz violeta de arriba. O la anaranjada.

Entre caracol y caracol (permeando silenciosamente) hay un hilo de agua que los mantiene a cada uno en su lugar, aunque cede paso gentilmente cuando los caracoles deciden ponerse a deambular bajo la mezquina luz. El hilo de agua es celeste, y desde arriba parece como una cota de malla plateada con un montón de celdillas como las de los panales de las abejas, y en cada celdilla hay un bonito caracolito. La cota se mueve, se mueve, y entonces es como si tuvieran una marea. Así son los caracoles. Qué animales más raros los caracoles.

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Pequeña chica con retablo

   Sabés que la chica tiene pequeñas manos de nena de doce años, morenas, fibrosas, de uñas cortas. Las manos de la chica tienen pequeños callitos en lugares inesperados y son duros y amarillos; las palmas de la chica no son suaves, las palmas de la chica deben de parecerle a las bacterias como llenas de profundas colinas y cañadones, sus líneas les resultarán hondas y marcadas y la gruesa piel es del color de la arena y a veces más oscura, como si el sol estuviera atardeciendo también, entre los aceitados envejecimientos de la chica. Un desierto de la chica, con una Tikdabra en alguna parte y camellos que cruzan las vacías y calientes inmensidades sin nubes, entre los senderos ondulantes que dejan las serpientes que acechan a los gerbos.

Los camellos pueden atravesar muchos kilómetros sin comida ni agua; las jorobas se les van desinflando mientras gastan toda la grasa que tienen adentro y ellos siguen y siguen hasta que encuentran un oasis o se mueren. La chica carece totalmente de esas habilidades.

Todo lo que puede hacer es extender las palmas hacia arriba y dejar que los camellos se las arreglen como puedan; sigue y sigue, eso sí.

Feliz equinoccio, feliz “día del blog no sé cuántos” para mí. Hay mucha belleza y mucha vida en el desierto. Cada día un granito de arena.

(Imágenes de Pixabay)

Chica bajo la cúpula ni plana ni redonda, sólo de color gris, tan gris que hace que a la chica le pesen los ojos

dandelion-1622100__340    Hay mucho viento y todo se mueve en torno de la chica a un ritmo que ella, pobrecita lenta, no entiende. Es que la chica está habituada a otra cosa. Oh, dice la chica, y un día es un par de ojos hermosos y marrones resbalando, ya secos y ciegos, cuesta abajo por sus mejillas, y otro día es un vagar lánguido por sobre la aristada cornisa del puente de su nariz, y otro día es la mera Idea de la Chica bajada-caída del cielo a fuerza de hondazos o patadas en el Culo de Chica. Un culito chiquito. Escurriéndose por las grietas del suelo como gotitas plateadas de Mercurio-Chica. Otro día es la chica aferrada con uñas y dientes a los lóbulos de sus orejas como si no hubiera un mañana, esculcando, tratando de encontrar la manera de llegar al cerebro. Cerebro de Chica. Cayendo por la ignota alcantarilla como ignota piedrita. Piedrita. Oh. Dice la Chica. Y está parada en el medio de la fuente de la Bajada Sargento Cabral con un sucio y zaparrastroso pañal de cemento envolviéndole lo no chica. Chica. Un Angelito. Oh. Dice la chica. Oh.

   Hay mucho viento y todo está a la temperatura justa para que la chica se sienta cómoda consigo misma; es tan terrible, hay tanto espacio en torno de ella, pero está feliz porque así no se preocupa por sus límites de Chica. Hay gente así, por todas partes, y ella lo entiende. Hace frío. Los zapatos de la chica son abiertos (estableciendo una relación enteramente disímil con la naturaleza de lo insaidmente incluido con el rótulo de Chica), y el vientito (qué Vientito) se mete por entre las células epiteliales de la Chica como una delicada filigrana de plata o de agua de lluvia congelada. La chica está contenta; está en el medio de un páramo y en la nube de arriba de una montaña y está contenta, a cierta distancia de Sí. Un beso. En cualquier momento todo terminará de congelarse y la chica reventará en mil millones de pedacitos. Brillará, la chica, como una ráfaga de astillas contra el Vientito. Pero en un día de sol. Brillará, la chica, como el bloque de hielo-ventana de un iglú despedazado por el colmillo de una foca, o de un oso polar. Brillará la chica, posteriormente, como el rocío que quedó atrapado en una telaraña.

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