Archivo de la etiqueta: Aventuras de vampiros

Abu Shaitan en Villa Eugenia

Como siempre, ella lo esperaba al anochecer. No se hacía preguntas, no dudaba, sólo empezaba la cena para el esposo y los hijos, las manos temblorosas y la mente ausente, y esperaba. Esperaba todo el tiempo, entre los cuchillos y los cucharones y las ollas tiznadas; entre las cebollas y los puerros, las papas y las calabazas. Esperaba con los ojos teñidos del rojo y el dorado de la última luz del día; esperaba con las cejas formando cirros de angustia sobre la frente; esperaba aunque sabía que era muy temprano; esperaba temiendo que fuera muy tarde. Esperaba aún cuando sabía que, allá afuera en la oscuridad, él también la esperaría siempre.

Ella, entre los olores del pan recién hecho y de la sopa fragante a hogar y a ternura, esperaba con culpa. Él no estaba vivo sin ella; él yacería en un nido de pasto frío y húmedo compartiendo la helada y el cieno con las alimañas del campo. Tendría la frente, siempre brillante y tersa, señalada por un pentagrama de consternación esperando ser llenado por la voz ausente. Los labios, siempre rosados y húmedos para el beso, se verían entre blancos y azules; habrían perdido lozanía; dejarían escapar en vapor las palabras listas para ser dichas y los besos sin darse. Sin cesar, ella imaginaba ambos.

Sin cesar, ella pensaba en lo que él le había dicho de la vida eterna. Sin cesar, ella se preguntaba por qué se había negado. Sin cesar, se imaginaba su mano de vieja sosteniendo aquella otra mano que siempre se vería lisa y firme. Y entonces se preguntaba por qué se había negado. Se preguntaba qué habría que temer de una eternidad en fuga. De un corto tiempo, breve de verdad para los seres que no sueñan; un corto tiempo de espera, hasta que los años como ríos que todo lo arrastran terminaran de apartar del paso de los dos a los seres que mueren.
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Gaspar en Villa Eugenia II

Gaspar, Lucas y Gervasio paseaban por las cunetas a la entrada del pueblo, supuestamente para que Gervasio les enseñara a pescar ranas. Llevaban tres cañas secas y resquebrajadas, hilo grueso, pedacitos de carne grasienta y bastante vino, pero no le dijeron a doña María, y Gervasio prometió que tampoco le diría.

Gaspar y Lucas, además, traían dos cuchillos cebolleros bien afilados, una Glock 9 mm y una .45, pero no le dijeron nada a Gervasio.

Cuando perdían ya las últimas farolas del alumbrado público, una nube de murciélagos comenzó a seguirlos casi hasta rozarles el pelo, sorteando los manotones asqueados y los gritos de Gervasio. Gaspar se sentó en la primera cuneta que vio cerca, también con los ojos fijos en los murciélagos.

-Dejalos, Gervasio. Son murciélagos. Nada más se comen los bichos -le dijo Gaspar, tomándole una caña de las manos.

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Villa Eugenia II

La mente de Lucas era como una ventana, y si no entraba solo Gaspar era invitado con frecuencia. Sentía el llamado como un abrupto chorro de alegría de color naranja, así fuera medianoche, y de inmediato se encontraba contemplando la Vía Láctea, la Luna asomando por el horizonte color rosado o un brillo furioso, rojo nacarado, detrás de una cortina que se movía con la brisa de la tarde, y Gaspar en seguida sabía de quién era y qué quería aquella mente. Si hacía mal tiempo en Rosario, Gaspar aguardaba la lluvia sobre el Monumento a la Bandera, porque Lucas estaba enterado de cómo amaba él la luz. Gaspar no dejaba de agradecer esas muestras de gentileza; sabía qué tan alto podía ser el precio a pagar por Lucas. Como todos los que conocieron a Gaspar, Lucas tenía muchos ojos en la espalda.

Cuando despertó esa tarde para ver el gozo, lo sorprendió un haz de rayos amarillos asomando por sobre una cortina amarronada, mugrienta y vieja, y el sonido de goma gastada sobre el pavimento.

Un micro; el hijo de puta estaba arriba de un micro.

Gaspar clavó los colmillos de su mente en aquella visión y sintió de inmediato el aullido de dolor, pero no aflojó la fuerza de su agarre. Percibió desconcierto, soledad; añoranza, curiosidad, algo de tristeza y miedo, Hambre, pero nada peligroso. Lo normal; acaso aderezado con un poco de resaca. Sí, lo normal.

Pero el micro. Por qué. Helena sí; Lucas no. No podía subirse a ese micro.

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Gaspar en Villa Eugenia

   En el pueblo vivía el séptimo hijo varón de una pobre viuda, y Gaspar había llegado a conocerlo bien. Nadie mejor que él para saber lo poco que Gervasio tenía que ver con la Manada, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la existencia del chico, por mucho que lo deseara. Gervasio le agradaba. Era un poco vago y otro poco lento; tenía facciones de  tonto pero bueno, y algo de la inocencia cruda de Lucas, y alguna otra cosa indeterminada, pero que empujaba al afecto. Por supuesto, no había vieja en el pueblo que no lo detestara y se hiciera la señal de la cruz cuando lo veía pasar; cuanto más vieja, más amplios los ademanes y más fruncidos los labios al besar los dedos arrugados y secos de frustración y de saña.

La madre de Gervasio le llevaba a Gaspar pastelitos de dulce de membrillo por dejarlo barrer el bodegón y vaciar los ceniceros, y cuando venía el repartidor, ayudar a bajar los cajones de cerveza. Para los sábados, Gaspar empezó a encargarle a doña María docenas de empanadas y mondongo con salsa, porque era noche de truco, y Gaspar sabía que todos los viejos le harían ascos primero, y luego limpiarían los platos fingiendo ignorar quién había hecho el guiso. La creciente asistencia fue la primera muestra de simpatía y aceptación mudas que le dio el pueblo, que no era capaz de sonreír abiertamente o de ir a estrechar manos, que para eso era un pueblo viejo y curtido. Pero el día en que se dio cuenta, Gaspar sí sonrió, como si alguien lo estuviera mirando y le correspondiera, o como si recordara cómo se veía una puesta de sol en pleno campo, de las que solía contemplar con Helena, o como si la estuviera viendo de verdad.

Cuando se encontraban en las alas de los murciélagos, Helena le hacía muchas bromas sobre romances con octogenarias que lo visitaban por las noches, cargadas de cazuelas de mondongo.

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Villa Eugenia

El bodegón era como todos los bodegones alrededor del mundo, pero necesitaba mantenimiento porque el cáncer de Don Cosme y las malas cosechas se lo habían llevado mucho antes que a Don Cosme. Gaspar tuvo que regatear para disimular. Le dio vergüenza que le pidieran tan poco dinero.

La barra estaba bien surtida y los clientes quedaban contentos. El pueblo era pequeño y en el bodegón existían el fiado, el domingo, el truco y la hora de la siesta. Era el lugar en donde Gaspar hubiera debido vivir siempre, si hubiera tenido el coraje, más que pensarlo como un último recurso.

Pero además de tener el Hambre, a Gaspar le gustaba la gente.

Las noches se volvían secas y oscuras sobre los caminos pedregosos o la ruta desierta que Gaspar debería transitar para comer. Necesitaba hacer mucha distancia, porque en el pueblo todas las caras tenían nombre e historia, y a medida que los días pasaban también los iban teniendo para Gaspar. Caras con colores, caras como mapas de una vida pasada al sol, con trabajo, con varicela, con alfajorcitos de maicena, con partos, con nietos, y con todas esas cosas que él veía pasar tras una vidriera, cuando deambulaba al atardecer. A Gaspar le tomaba pocos minutos recorrer, visualizar, amar una cara. Rosario había sido muy difícil; Villa Eugenia era mucho peor, aún cuando nadie le hubiera sabido decir por qué se llamaba Villa Eugenia.

A veces Gaspar alzaba la mochila al hombro, y se subía a un camión solamente para conversar. Y otras veces se hacía dejar en la ruta con cualquier pretexto; casi llegaba hasta la entrada a Rosario. Y subía a los murciélagos y conversaba más. Aunque las voces parecían las de la radio fuera de sintonía y sólo captaba fragmentos de noticias cotidianas, oscuras, algún desvaído y sorprendido saludo, pensamientos de amistad, de sangre y a veces de nostalgia. Era como mirar fotos viejas. Aunque como siempre, a Gaspar le costara tanto escuchar en lugar de pensar, aún después de trescientos años. Mucho más ahora, cuando realmente le costaba encontrar la manera de distraer el Hambre.

Ser el único vampiro de un pueblo de ochocientos habitantes tenía su precio.

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