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Despedida

Ella lo esperaba sentadita en la terraza mientras caía el último rayo de sol. Igual que siempre. La plantita de melón estaba junto a Melisa en la escalera. Se veía un poco mustia, marchita.

Gaspar la espiaba por la mirilla del costado de la puerta, pero no se atrevía a salir para saludarla. Era la primera vez, pero es que podía sentir la tristeza.

Sin embargo, Melisa no se veía triste; le brillaban los ojos con destellos de mica, brillaba su pelo dorado con la humedad de las barbas del maíz en el campo, brillaban las delicadas yemas de los dedos con su calor, cuando acariciaba las florcitas amarillas.

Pero Gaspar no quería salir hasta verla sonreír. Sonreír de verdad. Sonreír de cara a él esperando sus chistes, con gran despliegue de hoyuelos.

Salió a la terraza ya con la luna en el cielo, redonda, redonda como un pomelo, cuando oyó a Melisa cantarle a la plantita de melón. Hacía mucho tiempo que su corazón no se sentía así de rojo y de dorado, y tibio, pero ella hizo silencio en seguida y entonces fue como el atardecer en el trópico. Era negro, era repentino, y estaba lleno de estrellas frías que titilaban sin decir nada. Sin que las cosas tuvieran tiempo de hacer sombra.

Ella, finalmente, miró a Gaspar con su sonrisa dulce, pero le recordaba a Lucas.

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Melisa

– Decime qué sabés.

– Yo nada. Son los del grupo, que les gusta boludear por Pichincha y andan comentando.

– ¿Qué escuchaste, Lucas?

– Estás obsesionado con esa pibita. Ya volvió. Está segura. No sé qué querés, espiando por todos lados. Estás paranoico.

Con los días, la nena se había vuelto más callada. Era como si los ojos le hubieran cambiado del alegre ocre avellana al oscuro verde musgo, verde cieno, el verde baboso de las cunetas y del fondo de los baldes olvidados en el rincón más lejano del patio. Hablaba con la misma vida en la voz y el pelito rubio seguía flotando en el viento con la misma gracia curiosa de las arañitas viajeras, pero ahora, cerca de ella, el aire era frío. Sí, porque era Junio. Tal vez porque las noches de Gaspar eran más largas. Tal vez porque subirse a los murciélagos duraba más horas.

Tal vez porque la ventana siempre estaba iluminada entre la helada y a veces la lluvia, cuando los bichos rabiosos se revolvían inquietos, porque no querían salir. Y entre las cortinas, la pequeña sombra inmóvil. Toda la noche.

¿Qué tenés Melisa? ¿Qué tenés Melisa?

Pese al invierno, la plantita de melón que ella había plantado seguía creciendo en un rosario largo y cándido de florcitas amarillas.

– Hay muchos rumores de gente nueva, que no habla español o no quiere hablar. Nadie sabe. Pero no sé por qué tendrían que ver con tu nenita.

– Primeros Señores.

– Obvio.

– ¿Quién puede decir?

– Estás preguntando pelotudeces. Si no sabés vos… o la chacarera del cementerio…

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Expedición

Hacía rato que Gaspar caminaba, y no podía sacudirse la mala espina clavada en su cabeza. Lucas habría dicho que tenía razón en estar inquieto; que uno como él identificaría de inmediato las amenazas de los Segundos Hijos, y por lo tanto aquello que lo inquietaba solamente podía venir de las almas negras de los Primeros Señores. Siempre incognoscibles, siempre mortíferos. Pero Gaspar no podía desprenderse de su naturaleza humana.

Simplemente, le había venido una mala vibra porque pasaba un mal rato. Con seguridad los vecinos tenían razón. Estaba exagerando la situación desde los fantasmas de su cabeza. Aparentemente podía tenerlos, aunque él mismo fuera como un espectro.

– ¿Qué es eso de ahí? – había preguntado a la niña, dos días atrás, señalando la maceta de su regazo.

– Es una plantita de melón.

– ¿Cómo hiciste para que te brotara una semilla de melón?

– La puse en la macetita del helecho que se le secó a la abuela, y me nació.

Todo el barrio se puso a buscar a la niña desde el momento exacto en el que la madre volvió del trabajo y no la encontró en el departamento. Gaspar fue el primero en responder a los gritos, y en insistir, en llamar a la policía, y en molestar e incordiar hasta que los agentes salieron a la calle, aunque la mayoría de los vecinos decía que la niña vagaba con frecuencia.

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Helena II

barn-1364280__340   Esa tarde, Gaspar no tenía ganas de hacer nada. El cielo estaba pesado de nubes y el aire era denso, y los secretos le hacían el pecho pequeño. Tenía resaca. Y tenía, más fuerte que nunca desde que llegara a la estancia, el tipo de hambre que no se podía saciar.

   Al atardecer salió de la tapera en la que pasaba las horas de luz, cuando le decía a Helena que se alejaba para pintar, y miró a su alrededor. Sentía que también le pesaban los ojos, a pesar de que el aire era dulce y dorado, lleno de aguaciles y plumerillos, y las mariposas y las incipientes luciérnagas le alborotaban las piernas de colores.

   Había soportado tres meses. Tres meses rondando los corrales y las tranqueras, y las putas borrachas del bodegón del pueblo. Y tenía hambre; tanta hambre. Esa noche cenaría a la mesa de Helena. Y no podía soportar más. Cuando la viera, lo sabía, no vería a la asustada señorita que había rescatado la noche de Carnaval. Se preguntó qué haría, cómo resistiría, y la duda hizo que a pesar de que no había yuyos alrededor de la tapera, caminara arrastrando los pies, casi a punto de caerse. A Helena le gustaba el cordero bien, bien jugoso. Sanguinolento. Se imaginó a sí mismo abalanzándose sobre la mesa, agarrando la carne  con las manos, devorando como un lobo, mientras Helena, desconcertada, se levantaba y retrocedía hacia la puerta con una mano sobre la boca abierta, sin saber que lo que le convenía era correr, correr y alcanzar el rifle de caza de su señor padre colgado junto a la puerta de entrada.

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Helena

hacienda-285342__340   El calor era fuerte, pero ella estaba, como cada atardecer que Gaspar había pasado en esa estancia, sentada al pie de los tilos con su bastidor en la mano. No bordaba. Gaspar nunca la había visto bordar. Había visto en la casa los almohadones primorosamente adornados con rosas y lilas, y las cortinas llenas de moños y mariposas, pero hasta donde él podía recordar Helena nunca había bordado allí, bajo los tilos. El dulce perfume de las flores amarillas y los aguaciles transparentes surcando el aire. Todo lo que ella parecía hacer era pensar. Gaspar veía sus ojos transparentes, con tanta belleza como el fondo del océano en el Golfo de México, y le costaba adivinar la existencia del pensamiento. Sólo veía paz.

   Sin embargo, como todos los de su clase, Helena pasaría gran parte de su tiempo mirando a su alrededor con los ojos de su mente, negros e incisivos, profundos, secretos, clavados en el barro de su pasado.

   Se preguntó qué horrores le traería ella. La virtud de Helena era la clemencia. Gaspar le temía más que a Astryd.

– Te busqué en el cementerio. Te busqué por todas partes. ¿Por qué te viniste de vuelta para acá, después de tantos años? Está lleno de gente. ¿Qué tal si preguntan?

   Ella sonrió, con sus ojos del color de las mañanas de primavera y su sonrisa blanca y luminosa, toda nubes y algodón de azúcar, y soledad centenaria.

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