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Gaspar en Villa Eugenia

   En el pueblo vivía el séptimo hijo varón de una pobre viuda, y Gaspar había llegado a conocerlo bien. Nadie mejor que él para saber lo poco que Gervasio tenía que ver con la Manada, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la existencia del chico, por mucho que lo deseara. Gervasio le agradaba. Era un poco vago y otro poco lento; tenía facciones de  tonto pero bueno, y algo de la inocencia cruda de Lucas, y alguna otra cosa indeterminada, pero que empujaba al afecto. Por supuesto, no había vieja en el pueblo que no lo detestara y se hiciera la señal de la cruz cuando lo veía pasar; cuanto más vieja, más amplios los ademanes y más fruncidos los labios al besar los dedos arrugados y secos de frustración y de saña.

La madre de Gervasio le llevaba a Gaspar pastelitos de dulce de membrillo por dejarlo barrer el bodegón y vaciar los ceniceros, y cuando venía el repartidor, ayudar a bajar los cajones de cerveza. Para los sábados, Gaspar empezó a encargarle a doña María docenas de empanadas y mondongo con salsa, porque era noche de truco, y Gaspar sabía que todos los viejos le harían ascos primero, y luego limpiarían los platos fingiendo ignorar quién había hecho el guiso. La creciente asistencia fue la primera muestra de simpatía y aceptación mudas que le dio el pueblo, que no era capaz de sonreír abiertamente o de ir a estrechar manos, que para eso era un pueblo viejo y curtido. Pero el día en que se dio cuenta, Gaspar sí sonrió, como si alguien lo estuviera mirando y le correspondiera, o como si recordara cómo se veía una puesta de sol en pleno campo, de las que solía contemplar con Helena, o como si la estuviera viendo de verdad.

Cuando se encontraban en las alas de los murciélagos, Helena le hacía muchas bromas sobre romances con octogenarias que lo visitaban por las noches, cargadas de cazuelas de mondongo.

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Villa Eugenia

El bodegón era como todos los bodegones alrededor del mundo, pero necesitaba mantenimiento porque el cáncer de Don Cosme y las malas cosechas se lo habían llevado mucho antes que a Don Cosme. Gaspar tuvo que regatear para disimular. Le dio vergüenza que le pidieran tan poco dinero.

La barra estaba bien surtida y los clientes quedaban contentos. El pueblo era pequeño y en el bodegón existían el fiado, el domingo, el truco y la hora de la siesta. Era el lugar en donde Gaspar hubiera debido vivir siempre, si hubiera tenido el coraje, más que pensarlo como un último recurso.

Pero además de tener el Hambre, a Gaspar le gustaba la gente.

Las noches se volvían secas y oscuras sobre los caminos pedregosos o la ruta desierta que Gaspar debería transitar para comer. Necesitaba hacer mucha distancia, porque en el pueblo todas las caras tenían nombre e historia, y a medida que los días pasaban también los iban teniendo para Gaspar. Caras con colores, caras como mapas de una vida pasada al sol, con trabajo, con varicela, con alfajorcitos de maicena, con partos, con nietos, y con todas esas cosas que él veía pasar tras una vidriera, cuando deambulaba al atardecer. A Gaspar le tomaba pocos minutos recorrer, visualizar, amar una cara. Rosario había sido muy difícil; Villa Eugenia era mucho peor, aún cuando nadie le hubiera sabido decir por qué se llamaba Villa Eugenia.

A veces Gaspar alzaba la mochila al hombro, y se subía a un camión solamente para conversar. Y otras veces se hacía dejar en la ruta con cualquier pretexto; casi llegaba hasta la entrada a Rosario. Y subía a los murciélagos y conversaba más. Aunque las voces parecían las de la radio fuera de sintonía y sólo captaba fragmentos de noticias cotidianas, oscuras, algún desvaído y sorprendido saludo, pensamientos de amistad, de sangre y a veces de nostalgia. Era como mirar fotos viejas. Aunque como siempre, a Gaspar le costara tanto escuchar en lugar de pensar, aún después de trescientos años. Mucho más ahora, cuando realmente le costaba encontrar la manera de distraer el Hambre.

Ser el único vampiro de un pueblo de ochocientos habitantes tenía su precio.

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Despedida

Ella lo esperaba sentadita en la terraza mientras caía el último rayo de sol. Igual que siempre. La plantita de melón estaba junto a Melisa en la escalera. Se veía un poco mustia, marchita.

Gaspar la espiaba por la mirilla del costado de la puerta, pero no se atrevía a salir para saludarla. Era la primera vez, pero es que podía sentir la tristeza.

Sin embargo, Melisa no se veía triste; le brillaban los ojos con destellos de mica, brillaba su pelo dorado con la humedad de las barbas del maíz en el campo, brillaban las delicadas yemas de los dedos con su calor, cuando acariciaba las florcitas amarillas.

Pero Gaspar no quería salir hasta verla sonreír. Sonreír de verdad. Sonreír de cara a él esperando sus chistes, con gran despliegue de hoyuelos.

Salió a la terraza ya con la luna en el cielo, redonda, redonda como un pomelo, cuando oyó a Melisa cantarle a la plantita de melón. Hacía mucho tiempo que su corazón no se sentía así de rojo y de dorado, y tibio, pero ella hizo silencio en seguida y entonces fue como el atardecer en el trópico. Era negro, era repentino, y estaba lleno de estrellas frías que titilaban sin decir nada. Sin que las cosas tuvieran tiempo de hacer sombra.

Ella, finalmente, miró a Gaspar con su sonrisa dulce, pero le recordaba a Lucas.

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Melisa

– Decime qué sabés.

– Yo nada. Son los del grupo, que les gusta boludear por Pichincha y andan comentando.

– ¿Qué escuchaste, Lucas?

– Estás obsesionado con esa pibita. Ya volvió. Está segura. No sé qué querés, espiando por todos lados. Estás paranoico.

Con los días, la nena se había vuelto más callada. Era como si los ojos le hubieran cambiado del alegre ocre avellana al oscuro verde musgo, verde cieno, el verde baboso de las cunetas y del fondo de los baldes olvidados en el rincón más lejano del patio. Hablaba con la misma vida en la voz y el pelito rubio seguía flotando en el viento con la misma gracia curiosa de las arañitas viajeras, pero ahora, cerca de ella, el aire era frío. Sí, porque era Junio. Tal vez porque las noches de Gaspar eran más largas. Tal vez porque subirse a los murciélagos duraba más horas.

Tal vez porque la ventana siempre estaba iluminada entre la helada y a veces la lluvia, cuando los bichos rabiosos se revolvían inquietos, porque no querían salir. Y entre las cortinas, la pequeña sombra inmóvil. Toda la noche.

¿Qué tenés Melisa? ¿Qué tenés Melisa?

Pese al invierno, la plantita de melón que ella había plantado seguía creciendo en un rosario largo y cándido de florcitas amarillas.

– Hay muchos rumores de gente nueva, que no habla español o no quiere hablar. Nadie sabe. Pero no sé por qué tendrían que ver con tu nenita.

– Primeros Señores.

– Obvio.

– ¿Quién puede decir?

– Estás preguntando pelotudeces. Si no sabés vos… o la chacarera del cementerio…

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Expedición

Hacía rato que Gaspar caminaba, y no podía sacudirse la mala espina clavada en su cabeza. Lucas habría dicho que tenía razón en estar inquieto; que uno como él identificaría de inmediato las amenazas de los Segundos Hijos, y por lo tanto aquello que lo inquietaba solamente podía venir de las almas negras de los Primeros Señores. Siempre incognoscibles, siempre mortíferos. Pero Gaspar no podía desprenderse de su naturaleza humana.

Simplemente, le había venido una mala vibra porque pasaba un mal rato. Con seguridad los vecinos tenían razón. Estaba exagerando la situación desde los fantasmas de su cabeza. Aparentemente podía tenerlos, aunque él mismo fuera como un espectro.

– ¿Qué es eso de ahí? – había preguntado a la niña, dos días atrás, señalando la maceta de su regazo.

– Es una plantita de melón.

– ¿Cómo hiciste para que te brotara una semilla de melón?

– La puse en la macetita del helecho que se le secó a la abuela, y me nació.

Todo el barrio se puso a buscar a la niña desde el momento exacto en el que la madre volvió del trabajo y no la encontró en el departamento. Gaspar fue el primero en responder a los gritos, y en insistir, en llamar a la policía, y en molestar e incordiar hasta que los agentes salieron a la calle, aunque la mayoría de los vecinos decía que la niña vagaba con frecuencia.

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