Archivo de la etiqueta: Cotidianeidades

El espejo y la calavera (una modesta reflexión acerca de los tiempos que siempre han corrido, pero que nunca han sido alcanzados)

Había una vez un hombre que, al pasar frente al espejo del baño, en lugar de verse la cabeza se veía la calavera. No era con todos los espejos; ni siquiera los de cualquier baño; él ya lo había comprobado. Además, el fenómeno era relativamente reciente. Simplemente, había sucedido, una mañana cuando se fue a afeitar. Había sido sólo un pantallazo y él apenas creyó ver algo, como un brillo blanco sobre las cejas, y después no lo recordó. Pero después los pantallazos fueron cada vez más frecuentes y un día la calavera se instaló definitivamente en su cuello. En el espejo. Bah, quién sabía dónde.

Aquello lo volvía loco. Nadie le comentaba nada por no quedar mal, pero Juanita lo notaba raro y él no confesaba. Agustín le hacía cagadas con los pedidos de fruta (el hombre era verdulero) y él no lo notaba. En las radiografías no salía nada, nada. El psiquiatra diagnosticó ansiedad y unas pastillitas rosadas. Pero la calavera siguió floreándose por el espejo con aquel brillo grisáceo; el hombre se afeitaba con el espejito para depilarse de Juanita y ya había sacado dos moretones en las pantorrillas, porque al entrar al año giraba rápido y se daba contra la bañadera para no ver el espejo. Y así estaban las cosas.

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Teresa a través del espejo

Teresa tenía ganas de escribir un diario desde hacía mucho tiempo, pero no lo empezaba nunca porque le parecía que no tendría nada que contar. Sería más aburrido que leer una agenda, pensaba Teresa, y encima una agenda corta. ¿Qué pensamientos la enriquecerían cuando se sentara a releer?  “Ah, ayer regué las plantas una hora más temprano por primera vez en quince años, mirá vos”. Además le parecía que tampoco tendría nunca tiempo para escribir, o ganas, siempre tan agotada, siempre con los pies hinchados, los brazos pesados, los ojos enrojecidos con el vapor de la plancha. ¿Qué iba a hacer al volver a casa? ¿Enroscar esos dedos tan cansados que temblaban a una birome, para seguir viaje otra vez?

Pero ahora Teresa no trabajaba más y escribir un diario podía ser una ocupación tan buena como jugar a las cartas o leer el diario, o vaya uno a saber qué. Eloísa le cuidaba los nenes a la hija. Bernarda tejía para afuera. Josefa le hacía las tortas al almacenero y estaba aprendiendo a hacer tarjetas españolas. Teresa, que no tenía más habilidad manual o intelectual que la de la plancha y carecía de nietos, podía ciertamente escribir un diario. Pero no se lo dijo a nadie para que sus amigas no se rieran. Y así resultó mejor, porque al principio los resultados fueron los esperados. Para colmo, Teresa era uno de esos zurdos de mala letra. Y se aburría. Una hora a la mañana y ya no daba más; le picaban los ojos y le agarraba sueño, la birome se le caía de las manos y no sabía más qué contar, se ponía de mal humor y se olvidaba de las cosas que tenía pendientes para ese día. Le echaba la culpa a su estupidez, a su vida vacía, se prometía que le iba a preguntar a Josefa dónde iba a aprender ese asunto de las tarjetas españolas. Pero volvía a arrancar al día siguiente. No se resignaba, o acaso esperaba algo, o nada más era más fácil que simplemente ponerse a pensar otra cosa. Terminó siendo mejor que cualquier otra cosa y eso fue lo que borró el “acaso”. Y además de lo que empezó a divertirse, Teresa descubría todos los días cosas nuevas a fuerza de buscar. El hecho de que no fuera mérito suyo volvió la escritura del diario un secreto más grande. No quería que aquello terminara.

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Cuento del perro

   Che, perro, dale. Correte de ahí. Dale che, que tengo que pasar. Movete. La vereda es grande; podés acostarte en otro lado. ¿Por qué no te ponés cerca de la pared? Ufa, che, ¿quién te creíste? ¿Qué mirás? Dale, fus, fus… Uy, no te enojés, lindo el perrito, liiiindo, qué liiiindo. Los dientes no, ¿sabés? Si yo te quiero, me caés bien, en serio… Mirá, me voy por la calle, ¿eh?… ¿No, por ahí tampoco? Entonces me voy pegada a la pared, y… ¿no? ¿Y ahora? ¿Querés el alfajor? Tomá, mirá qué rico, todo de chocolate… ¿Te gusta? Bueno, mejor, y ahora que estás ocupado, yo… ¿no? ¿No paso? Bueno. Che, pará loco, qué pasa. Despacito, ¿eh? despacito; mirá, no tengo nada en las manos, nada de nada. Olé, olé bien… ¿Qué pasa, sentís a Colita? ¿Te gusta Colita? Bueno, bueno, tranquilo el perrito. ¡Está bien, está bien, no te toco! Mirá, mirá, pongo las manos arriba, ¿ves? ¿Querés otro alfajor? Pará que lo saco… Eso, tomá, ¡eh, casi me comés la mano! Tené cuidado, hermano, mirá que sos casi tan grande como yo. ¿Viste qué rico? Ah, qué bien. ¿Así que ahora me movés la cola? Lindo el perrito. Y ya que nos hicimos amigos, me vas a dejar pasar por ahí… ¿no? Entonces me vuelvo… ¿Tampoco? ¿Entonces?… Tengo que ir a trabajar, chichito, ¿qué hacemos? A ver, despacito… ¡Bueno, bueno, me quedo, tranquilizate! Los dientitos no, ¿sabés, tesoro? ¿Y ustedes de qué mierda se ríen?

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Cuento en posición prona

   Es más difícil que en posición supina. De esa forma, acostada en tu cama, podrías idear toda una disertación sobre el cosmos de puntitos negros dibujados sobre el techo. Podrías decir que es el negativo de una foto de algún universo desconocido o alguna pavada semejante; algo salido de los ojos de tu insomnio (o algo menos rebuscado), de tu inconsciente (o algo menos técnico), o quién sabe de dónde. Y así podrías seguir con un millón de boludeces más.

Pero boca abajo; ¿qué podés encontrar para decir, a las dos de la mañana? ¿Qué, más allá del oído tapado y el otro oído escuchando un grillo? ¿Qué podés encontrar de inspirador en los intestinos aplastados contra el colchón?

¿Cómo vas a conmover a alguien con ese mosquito enredado y seco, pegado a la pared?

 

 

 

 

(Imágenes de Pixabay)

Uno de una noche de luna. Pero termina bien.

Hoy te pongo un cuento viejo, muy viejo, a lo mejor porque me levanté nostalgiosa, como ansiando volver a tiempos más inocentes.

¿Quién se acuerda, acá por Argentina, de cuando el colectivo costaba un peso con setenta y cinco centavos y se pagaba con monedas?

A ver quién me detecta las otras antiguallas… Levanten la mano, que extraño el diálogo bloguero.

Eran las cuatro de la mañana y Ramón tenía en la billetera exactamente un peso con setenta y cinco centavos, la foto de los chicos y un recorte de la Conmebol. Era invierno, hacía frío, no había nadie en la calle y no era buena zona para dar una caminata a la luz de la luna, con alguna canción de los Plateros como música de fondo.

– Manos arriba, flaco, y no te movás.

Y una mierda que se iba a mover. El asunto estaba bien claro. Cuando el golpeteo de las zapatillas se convirtió en un zapateo americano muy remoto, Ramón volvió la cabeza. Qué chorro de mierda…

∞∞∞

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