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La velocidad de la luz

sun-465936__340   La primera vez que la mujer percibió la luz estaba en la cama y tenía los ojos apretados, pegados, pesados. La ventana no cerraba del todo bien, y si uno no estaba a la mañana profundamente dormido era muy probable que despertara por la claridad blanca y molesta del sol, apenas se asomaba un poquito nada más. Así que la mujer no se inquietó cuando se vio obligaba a cubrirse la cabeza con la sábana, aún sin haber separado las pestañas. Se olvidó de la luz cuando el despertador la arrancó por fin de su duermevela. Se levantó de un salto, levantó la persiana, corrió las cortinas y puteó un rato. Después se vistió y salió corriendo.

   A mediodía se puso los lentes de sol porque el resplandor de la pizarra en la Facultad le estaba secando el cerebro. Con una mano haciendo pantalla sobre la frente, pensó que el fluorescente nuevo era el que producía esa mancha desgraciada, más plateada, más brillante que lo usual, justo en el centro de la extensión blanca y tiznada de tinta negra, como una estrella o un faro. Pensó que quizás se trataba de la falta de sueño, el stress, la bronca que le generaba esa gangosa de mierda. Algunos la miraban con la sonrisita reservada a los especímenes de laboratorio. A lo mejor estaba demasiado susceptible, hipersensible, con síndrome premenstrual, aunque le faltaban dos semanas.

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Esto no es un simulacro. Esto no es un simulacro.

   Lo siento; mucha agua ha corrido bajo el puente desde mis primeras entradas en este blog, cuando yo no tenía demasiada idea y la mayoría de ellas consistía, básicamente, en uno o dos comentarios más o menos elaborados, y a veces ni eso. Desde luego, sin fotos. Ya no hago eso.

   Pero lo que acabo de escuchar en la radio amerita una de esas breves e insustanciales entradas, ya que no puedo irme a dormir sin contar nada. En mi descargo, puedo decir que la mayor parte de los comentarios que se me ocurriría hacer está en ese post que titulé “Montesco o no Montesco”. No quiero pensar en las fotos.

   EL NOVIO DE UNA DE NUESTRAS ESTRELLAS ADOLESCENTES, LALI ESPÓSITO, SE APELLIDA MOCORREA.

   Ahora cabe esperar que se casen pronto. SÍ, POR FAVOR.

   Listo.

“Montesco o no Montesco”

200px-dickseeromeoandjuliet   Heme aquí, como siempre conmovida por las maravillas y arbitrariedades del cotidiano mundo. Hace no mucho tiempo, me han encontrado singularmente conmovida por los asombrosos descubrimientos que han sido premiados con el insigne IG Nobel. Ahora, luego de un día pasado escuchando las noticias de mi país, me ha sido entregada por algún dios la misión de descifrar qué es lo que pasa por la mente de algunas personas a la hora de enorgullecerse ante el mundo por su linaje, o elegir el rumbo de su vida, quiero decir, según lo que todo el mundo parece pensar acerca de la importancia del nombre.

   En efecto, tal día, que no recuerdo exactamente cuál fue, ciertos casos han hecho sonar en mi mente una campana, y han despertado ecos que me llevaron a rememorar otras curiosidades arqueológicas relacionadas con esta antigua cuestión.

   Imagínense mi sorpresa al escuchar por la radio una causa legal llevada por un fiscal de nombre Garganta, y otro de nombre Jurado, singularmente oportunos. No menor fue mi pasmo al descubrir otro fiscal de nombre Gambacorta, el cual me inspiró poca confianza y algo de compasión. Días después, descubro al Subsecretario de Control Turrín, el cual me hizo fruncir el ceño con gran suspicacia, y al Juez Carteles, de quien esperé por el bien de todos que supiera ser discreto. Por mi parte, recordé con una nostálgica sonrisa a cierta directora de escuela de mi pasado de nombre Culazo, a una psicóloga de nombre Bolado, y a la inmobiliaria propiedad del señor Palillo. Y a un antiguo profesor auxiliar de matemáticas de apellido Supersaxo, y del cual, a la luz de estos casos expuestos, ya no supe qué pensar (bueno, por un segundo sentí deseos de ir a preguntarle si en sus ratos libres no tocaba algún instrumento, porque se sabe que los matemáticos suelen ser genios y también los músicos, y que el cerebro procesa la música y las matemáticas en el mismo centro. No me culpen a mí por esto; hablen con el señor Supersaxo padre). Todo esto trajo, casi con una lágrima rodando por mi mejilla, la remembranza del jugador de fútbol que se hizo célebre por su valiente lucha contra la fatalidad a la que lo condenaba el destino, que lo echó al mundo con el nombre de Dell’Orto, y que hoy se llama Ayala como su señora madre, para que su hija no tuviera que sufrir las consecuencias de que su padre no se encargara de lo que para todos se cae de maduro. Y que otros padres han debido imitar a tiempo.

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Meditación intrascendental

landscape-1619283__180Ésto viene en honor del ilustre Dr. Zaïus, a quie se la ha ocurrido reprocharme mi notable alejamiento de las cuestiones cotidianas en mis cuentos, cayendo en la cuenta de que mis últimas composiciones de ese estilo en este blog, son muy antiguas. Y bueno. La gente cambia. Concretamente, se hincha las pelotas. Pero ya que a él le gusta ocasionalmente empantanarse en el barro humano, acá va algo que yo no recordaba haber escrito. Quienes me conocen se sorprenderán hondamente del tema primero, y se extrañarán de que haya reflexionado sobre él, después. Luego podrían incurrir en comentarios de cierta procacidad.  A todos, váyanse a la mierda.

***

   En esa somnolencia difícil, pesada, drogada, ella no podía distinguirse a sí misma lo suficienemente bien. Con un grado más de lucidez al menos hubiera podido saber dónde se encontraba; pero al presente sólo podía asegurar dónde tenía las manos, enormes, entumecidas, picadas por diez mil hormigas, allí, aplastadas debajo de su estómago.

   Giró la cabeza con lentitud, con pesar, como un caracol ciego; sólo pudo distinguir sombras y brillos difusos hiriendo sus retinas. Menos confundida, hubiera podido fantasear como suele hacerse con la forma de las nubes. En su estado actual no se atrevía a fantasear, sólo podía temer, sacar las manos de abajo de su panza hinchada y tenderlas hacia adelante temerariamente, hacia el peligro.

   Oyó la voz pero no distinguió lo que decía. Su cerebro había perdido algún engranaje vital, el que la hacía parte del mundo. Todo estaba codificado para ella. Se había convertido repentinamente en una extranjera llegada, directamente, de otro planeta. Ni siquiera podía reconocer la temperatura con las yemas de los dedos.

   Entonces sintió las pequeñas uñas sobre el rostro y las extrrañas vibraciones junto a sus oídos, y aterrada pensó en cuánto tiempo habría estado vagando entre la leve hediondez que se percibía, creciendo como un miasma. Casi podía verla como una niebla amarilla.

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El jarrito de la leche

Porque se lo prometí al Gran Rulemán al mencionarme él La casa de azúcar de Silvina Ocampo. No; más allá de los asuntos de menaje no se parecen en nada.

food-1170262__180   Durante todas las noches del año que precedió a la muerte de su esposo, Sara tomó su leche tibia cada vez que se fue a dormir en una taza para sopa descascarada, de la que ni sabía de dónde había salido. Sara tenía problemas para quedarse dormida; hasta para cerrar los ojos: Manuel tenía un ronquido tipo jabalí. Lo peor era que él sí podía dormir.

   Por supuesto, lo del “año” es muy taxativo, ¿verdad? A primera vista sí. Sara había tomado su taza de leche todas las noches que podía recordar. Hasta en su noche de bodas. Claro que ahí se había justificado, porque bueno, ella había tenido que llamar al servicio de habitaciones para… Bueno, no viene al caso. Entonces, ¿qué hacía que ese año previo a la muerte del Benito sea tan especial? Ah, era el año en que Sara descubrió que su esposo se meaba en su jarrito de la leche, cada noche.

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