Archivo de la etiqueta: Ejecutando a los clásicos

Y estaba ese otro asunto del Rey Midas

business-18107__340   En el pueblo ese que te dije antes, también vivía un hombre que regenteaba un prostíbulo y se tenía por un monarca. Nadie lo enfrentaba, ni lo desobedecía, ni objetaba en lo más mínimo cuando él se refería a sí mismo en tercera persona y decía “el Rey” en broma, porque aunque nada más se llamaba Reinaldo, lo de “Rey” se lo tomaba muy en serio y todos lo sabían.

   Reinaldo Midas era su nombre completo y eso resultaba bastante profético, aunque en los círculos que frecuentaba, decir “Midas” con tono ominoso era lo mismo que darle al interlocutor una buena patada en el upite. “El Rey” vino a merecer su nombre, según el que sabía y según el que ignoraba el mito, cuando una tarde fue a atenderse un esguince en un lejano dispensario atendido por quien sabe qué curandera, le dieron una pomada, y después empezó a convertir en oro todo lo que tocaba. Por supuesto nadie se dio cuenta hasta el amanecer, que fue cuando no quedó nada en su estado natural para comer o beber, y sólo perduraba, en la enorme casa que habitaba Reinaldo, una prostituta sobria que reaccionó a tiempo y se escondió bajo la mesada, atrás de una hetaira brillante cuya nariz debía valer millones, y un gordo con el que se hubiera podido pagar la deuda externa de toda Latinoamérica. Después de ese incidente los rumores apple-1815973__340comenzaron a extenderse.

Sigue leyendo

Anuncios

Esta otra señora se llamaba Leopolda (una historia casi real)

tea-1739595__180   Por una cierta familiaridad que me despierta su temática, este cuento está dedicado al Gran Rulemán Balde de Vello, quien en un chat de Twitter (no sé si se dice así) tuvo la osadía de decirme que yo estaba muy al pedo, porque se me ocurrió comentarle sobre unas semillas que planté y que habían brotado muy rápidamente.

   Sepa, Don Rulemán Balde de Vello, que yo ni conocía la expresión “mano verde” hasta que usted me lo dijo. Se ve que hay mucha “gente al pedo” en el mundo como para ir inventando o transmitiendo tales cosas. Usted, por ejemplo.

   Sepa también, Don Rulemán Balde de Vello, que vuesa merced no tiene realmente idea de lo que está hablando. Mandar un inocente mensaje sobre unas plantitas, o dejar caer unas semillas sobre la fértil Madre Tierra, no es estar al pedo.

   ÉSTO ES ESTAR AL PEDO. HAGA SILENCIO Y DEJE TRABAJAR A LOS ESPECIALISTAS.

***

nature-1740251__180  La Leopolda era una señora dedicada a asolar un pueblo de por acá nomás, y que estaba tan dotada como Reinaldo Midas o el doctor Esculapio para las actividades mágicas. Mejor; la Leopolda les puso la tapa a todos en ese pueblo. Sobre Reinaldo Midas y el doctor Esculapio y la doctora Circe te cuento otro día, que si no te va a explotar la cabeza de tanta sapiencia.

   La Leopolda era famosa porque tenía un talento muy particular heredado de su abuela bruja, una griega preocupada por la sucesión de sus peligrosos atributos.

   Mezquina, desconfiada y consumida por la angustia de tener que partir de este mundo y no poder llevarse aquello puesto, cuando la vieja sintió que su muerte se acercaba, se dirigió a su nieta, a la que conocía como bien bicha y propensa al macaneo y al fraude. Una tarde, la agarró y tuvieron una buena conversación.

Sigue leyendo

Mi historia desde la tumba

   Para que conste que yo puedo escribir cosas originales como los que hicieron la película ésa de Diary of a madman, acá va este vetusto pero a mi juicio responsable y adecuado relato, completamente basado en el estilo y temas de Edgar Allan Poe, pero que sin embargo no contiene UNA SOLA PALABRA o IDEA que no sea absolutamente mía (bueno, sacando lo de la catalepsia). Si alguien lo duda, que nombre sus padrinos: lo reto a duelo apenas tenga la oportunidad de revelar mi nombre cristiano. O no, que con esto de Twitter te digo que te encuentro adonde sea y te mato a patadas en el culo, y te da lo mismo que sea Nadie Avatar o la Rosita.

***

fog-1657633__180   Queda por decir que yo he padecido durante muchos años la enfermedad de la catalepsia, y que este nimio pero insidioso mal ha envenenado los momentos más luminosos de mi vida, desde mi noche de bodas hasta el temor permanente, ahora que he entrado en la tercera edad, a tener un día un ataque y encontrarme con la horrible sorpresa de ser enterrado vivo. O sea.

   Los sirvientes están desde hace algún tiempo bastante acostumbrados. Miss Gertrudis, por ejemplo, ha robustecido al extremo sus bíceps, de tanto tener que estar llevándome de acá para allá a cualquier hora de la noche, completamente ido, porque yo fui muchas veces a su habitación a buscar, por ejemplo, un vaso de agua, y de repente me caía redondo al piso y de no ser por ella ahí me habría quedado durante varios días. En ocasiones me ha sucedido en las tabernas y he despertado en el fondo de algún cañadón que otro, desnudo, esquilmado, dado por muerto y no del todo intacto, y menos mal que nunca les dije a aquellos hijos de la mala suerte y peor madre que tengo muelas de oro.

   La familia se halla resignada desde el principio. Siendo un bebé, todas las amigas de mi madre envidiaban su degenerada suerte, que no sólo le había ahorrado una fortuna en servicio doméstico dándole diecisiete hijas una detrás de la otra (como para que además después se arrancaran los ojos entre ellas, y no a ella), sino que le había dado como último retoño y, cuando ya se hallaba algo agobiada por los deberes de la maternidad, un querubín que solía dar unas siestas de dos o tres días e incluso a veces más. Bueno, la primera vez fue una verdadera sorpresa: me dieron por muerto, y hete aquí que justo cuando ya todos se colocaban los abrigos para dirigirse al panteón familiar, un minúsculo llanto de gases retenidos me hizo salvar el pellejo recientemente estrenado.

Sigue leyendo

Beti

Ayer he visto online una antigua y deleitable película denominada Diary of a madman (de 1963), dirigida por Reginald Le Borg y escrita por Robert E. Kent, sobre argumentos de Guy de Maupassant. Además de disfrutarla mucho, me ha puesto a pensar qué estoy haciendo de mi vida, que no hago más por honrar mi pasado universitario visitando con más frecuencia los clásicos universales. De Guy de Maupassant todavía no tengo nada, pero aquí está, (y no por primera vez, quiero recordar), un modesto homenaje al Maestro Edgar Allan Poe. A él no le gustaba tanto el Horla; era más de emparedar gente o dejarlos en trances catalépticos, pero para el caso da lo mismo. Así que ahí va.

***

   El infortunio es múltiple. La desdicha sobre la tierra, multiforme.

   Mi nombre de pila es Fructuoso. El apellido familiar mejor no lo menciono, perotree-1635677__180 baste decir que en estas tierras no hay nada más ilustre ni vetusto que nuestra casa solariega o la abuela, ni nada más desafortunado ni incomprendido que su destino o ubicación (la casa también se levanta sobre un lugar de lo más raro; son puras piedras, pero papá siempre negó la inclinación de abuela hacia los forzudos herreros que se ocupaban de los pobres caballos).

   El recuerdo de mis primeros años está unido a todas estas cosas. Allí murió mi madre. Allí desapareció mi padre. Allí mis tres hermanas vírgenes adquirieron una extraña manía, relacionada absurdamente con el yoghurt, los nabos y el heno recién cortado. Allí la abtrusa verecundia de mi nombre fue cruelmente retorcida para demostrar el acíbar que corre por las venas del aparentemente deleitable mundo; despertándome de la larga noche que parecía ser, pero no era, para caer en seguida en las verdaderas regiones de un país de hadas que por usual me era levemente pegajoso, en los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos (y los raros artículos de goma, y de las lamparitas de colores extraños). No es raro que con frecuencia haya mirado a mi alrededor con ojos espantados y ardientes, y haya malgastado mi infancia ante los libros y disipado mi juventud en sueños; pero lo verdaderamente singular es el estancamiento que cayó sobre las fuentes de mi vida; las realidades del mundo me afectaban como visiones y sólo como visiones, mientras que las ideas desenfrenadas del mundo de los sueños se salían de las revistas y pasaban a ser, en cambio, mi única y entera existencia, y no bizarras proyecciones sobre los azulejos del baño.

Sigue leyendo

Peregrinatio

Escribí este cuentito hace muchísimos años y lo retoqué después. Originalmente, trataba de recrear La metamorfosis de Kafka (sí, ya sé que a veces me paso de ambiciosa) y después vi, en un libro que me prestaron que no me acuerdo cómo se llama, que Harlan Ellison hizo lo mismo, lo cual me acomplejó bastante. Él, o Philip Dick. Te aviso para que, si conocés el cuento, me digas cómo se llama porque me muero por volver a leerlo. Te agradeceré profundamente, porque, ¡te juro que este es completamente original mío! El que te digo era de un tipo que se iba desarmando hasta que le quedaba solamente la cabeza, o algo así, paseando por todas partes… Éste es un poquito diferente.

man-272675__180          Desde el principio te das cuenta de que va a ser complicado sin cabeza. No mucho más de lo normal, sin embargo. Te podés poner el traje, aunque no tomar el café sin chorrearte. Podés ponerte los lentes, pero no evitar que se te caigan cuando transportás la cabeza bajo el brazo. Si el ómnibus va lleno, no podés mirar por la ventanilla durante el largo, largo viaje. Te aburrís. Y bueno. Te la aguantás. No te preocupás. Si te vas a preguntar el por qué de cada cosa en la vida, vas a terminar aburriéndote el doble. Esto es una cosa entre tantas. Por qué llueve. Por qué hay viento. Por qué se te cae la cabeza.

          Seguro lo peor va a ser el estudio. Siempre es lo peor.

– Che, Pérez, ¿qué te pasó? ¿Qué tenés?

– Se me cayó.

– ¡Perdió la cabeza! ¡Jua! ¡Pérez perdió la cabeza!

– Che, Pérez, te dijimos que te tomés vacaciones. ¿Cuánto hace que pasás de largo?

La AFIP, un papelón.

– Contador Pérez, amigo, ¿qué le ha sucedido?

– Se me cayó.

– Espere que no puede con esas boletas, ¿quiere que se la cuide un ratito?

Sigue leyendo