Archivo de la etiqueta: Mitos urbanos

Bucólica Prometheus

-Hacé algo, por favor.

-¿Qué?

-No sé, pero movete. No aguanto más.

-¿Y qué querés que haga? Para vos todo es fácil. ¿Qué tal si es peligroso?

-No parece peligroso.

-Hablá bajo.

-Te digo que no parece peligroso, nada más nos mira.

-Sí, para ver qué hacemos. La puta que te parió, con todos los lugares que había para pasar la luna de miel.

-Bajá el tono. Es muy grande… Si ataca… ¿Qué animal será éste? Yo no lo vi en la guía de la agencia.

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Tántalo

Los mitos tienen muchas versiones, tantas como caras tiene la verdad. Por eso me gustan.

Tántalo

Era éste un personaje fabulosamente rico, pero muy tacaño. Fijate que amarreteaba en el momento de ofrecer a los dioses sus chivos de negra pelambre y hasta un chorrito del mejor vino antes de la comida, y era tan pero tan avaro que cuando llegaba el momento del homenaje a las divinidades él siempre encontraba la manera de hacer que cualquiera de los invitados que tenía en el palacio saliera al cruce, con cualquier cosa. Por eso siempre tenía muchos invitados. Y amistades nuevas, porque cada vez que invitaba a alguien a su palacio lo mataba de hambre y le daba sólo agua (y no demasiada agua, tampoco), y lo hacía lavar su propia ropa si acaso no le usaba la suya, y los perfumes, y los jabones, y la esposa. Los dioses estaban enojados. “A éste”, dijo Zeus un día, “lo vamos a hacer bailar la refalosa”. Dicho y hecho. Una noche el rico personaje recibió una invitación a cenar inusual, directamente del Olimpo. Y allá se fue, a probar el sabor de la ambrosía con un nutrido séquito de sirvientes (porque además de tacaño era perezoso), calculando cuánta plata podía ahorrarse con una sola comida.

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Éste es del wendigo

   El wendigo era ese espíritu que conocen los indios norteamericanos, que si te toca te da inmediatamente por el canibalismo, con un hambre terrible que no se sacia nunca, y que te lleva a matar y matar para poder seguir comiendo cristiano. Le pasó a muchos indios y tengo entendido que también a alguna gente de fuertes y expediciones, digo por la película, y le pasó también a otra gente que ahora te voy a contar.

Corría el siglo diecinueve y alguien por la zona que te dije levantó una especie de lujoso castillo, pero uno de madera porque la región era tan húmeda que de construirlo con piedra habrían conseguido echar una escandalosa cantidad de musgo en los nobles calzones (eran unos emigrados de Europa). Además, se trataba de una familia que había puesto un aserradero y les sobraba material para hacer su casa y para llenarla. Así que en lugar de amontonar cascotes, fueron y serrucharon unos cuantos troncos y se levantaron como una mastaba de cuatro pisos, toda blanca, y tuvieron ocho hijos que eran una verdadera peste y se apresuraron a preñar a cuanta criada preñadera pudieron alcanzar, y ocho hijas que se preñaron tan pronto pudieron alcanzar a alguien que las preñara, y en menos que canta un gallo casi habían fundado una pequeña ciudad (eso fue cincuenta años después).

A esta casa llegó una noche un indio desconocido de lo más tranquilo, y no es creo una sorpresa anunciar que este indio era el wendigo en persona. Al principio no hizo más que pedir trabajo en los establos o hachando más leña o con el ganado, pero avanzada la semana a varios de los servidores se los prendió con las manos en el fémur de alguien, y no le costó mucho trabajo al patrón hacer que alguien le contara la leyenda. Naturalmente, el hacendado le puso tres patadas en el culo a quien correspondía y hubo cinco o seis ahorcamientos, y ahí esperaba él que se detuviera todo el asunto, sin que se le ocurriera por un segundo que el wendigo podía no reparar en la extraordinaria inconveniencia social de su insólito comportamiento.

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Fijeza en la boluta

Verán, yo no estoy de acuerdo con celebrar ningún “Día de la Mujer”.

Sólo quiero saber si algún día reaccionaremos. Pero en serio.

Fijeza en la boluta

(cualquier parecido con la palabrota es pura coincidencia. De verdad.)

Y ella rodó por la escalera de caracol. Rodó y rodó y rodó, pero lo que más rodó fue su zapato, que era plateado, que cuando llegó al pie de la escalera ya no lo calzaba y no parecía de cristal, rayado, abollado, sin taco, sin pie, y ni siquiera plateado acaso zapato. Acaso la Cenicienta bajando la escalera de cabeza junto con su zapato.

Ella rodó por la escalera de caracol, que sí era lujosa, que sí era de un palacio, que sí era de mármol y estaba fría, tan fría, tan de mármol que daba dolor, uno muy simbólico, uno que la haría llorar a los gemidos, en forma un tanto surrealista, cuando viera sus tobillos desconchados. Ella rodó por la escalera de caracol, tan grande que no parecía un caracol, y con cada escalón perdía una hora de vida (o un minuto; no sabía, eran muchos escalones), y cuando llegó al pie de la escalera a reunirse con su zapato ya se había convertido no en el repollo primigenio sino en el zapallo original. Estaba al pie de la escalera con la punta del zapato entibiándose y despintándose contra su mejilla; estaba en posición fetal al pie de esa escalera dentro del zapallo y cada vez que abría la boca para quejarse le parecía que estaba muy rico y mordisqueaba un poquito, y se olvidaba.

Después de un rato por fin se dio cuenta de que había dejado de rodar, y pareció que ella seguía las últimas modas metafísicas en relación al tema del zapallo, porque sentía que debía estar haciendo algo en lugar de seguir enroscada ahí, aunque no sabía muy bien qué. Y se estiró y salió del zapallo y se puso de pie para volver a subir la escalera en dirección a Emilio. Como si no recordara nada de la vida anterior, tal cual se dice.

Todavía le parecía que el dolor en su mejilla provenía de la punta del zapato. Cuando volviera al pie de la escalera se lo mostraría a Emilio y lo patearía lejos, zapato malo, malo. No importaba; tenía muchísimos zapatos.

 

(Imágenes de Pixabay. El parecido del título con aquél de Néstor Perlongher no es pura coincidencia.)

Y estaba ese otro asunto del Rey Midas

business-18107__340   En el pueblo ese que te dije antes, también vivía un hombre que regenteaba un prostíbulo y se tenía por un monarca. Nadie lo enfrentaba, ni lo desobedecía, ni objetaba en lo más mínimo cuando él se refería a sí mismo en tercera persona y decía “el Rey” en broma, porque aunque nada más se llamaba Reinaldo, lo de “Rey” se lo tomaba muy en serio y todos lo sabían.

   Reinaldo Midas era su nombre completo y eso resultaba bastante profético, aunque en los círculos que frecuentaba, decir “Midas” con tono ominoso era lo mismo que darle al interlocutor una buena patada en el upite. “El Rey” vino a merecer su nombre, según el que sabía y según el que ignoraba el mito, cuando una tarde fue a atenderse un esguince en un lejano dispensario atendido por quien sabe qué curandera, le dieron una pomada, y después empezó a convertir en oro todo lo que tocaba. Por supuesto nadie se dio cuenta hasta el amanecer, que fue cuando no quedó nada en su estado natural para comer o beber, y sólo perduraba, en la enorme casa que habitaba Reinaldo, una prostituta sobria que reaccionó a tiempo y se escondió bajo la mesada, atrás de una hetaira brillante cuya nariz debía valer millones, y un gordo con el que se hubiera podido pagar la deuda externa de toda Latinoamérica. Después de ese incidente los rumores apple-1815973__340comenzaron a extenderse.

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