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Una nueva aventura del Gran Rulemán Balde de Vello en el Planeta Rosquita. Con el Lama Labaranda Del Cantimpalo. Y los Ángeles del Gran Rulemán Balde de Vello. Y Mads Mikkelsen

En el Palacio Real del Planeta Rosquita, aquella mañana fría y nublada habíase abatido la desazón. El Gran Rulemán andaba por todo el amplio foyer,  agitando sus brazos en enloquecidos molinetes con gran tintineo de runas, al punto tal que su magnífico cabello se levantaba en puntas psicóticas, aunque elegantes, y profería improperios sin sentido, aunque por supuesto esto se prestaría a confusión dado su habitual entendimiento. El Dr. Zaïus le explicaba sobre la rueda del Samsara a Melissa, parado sobre su hombro porque seguía convertido en tero, así que al principio no se dio cuenta de nada. Pero Mads Mikkelsen, que acertaba a pasar por ahí con una palita portando las gracias del Hombre Caniche, no tardó en traerlo a la realidad, al responder a cierta ofensiva declaración del ilustre personaje.

– Vea que no está bien hacer acusaciones sin pruebas -le dijo al Gran Rulemán, ya que todavía se acordaba de su representación detectivesca en la película que había protagonizado con el Hombre Caniche, e incluso había rehusado cortarse las rastas.

– ¡Pero de qué está hablando, vikingo paseador de perros! ¡Ahora me va a decir que el Palacio fue infestado por alguna plaga con dientes gigantescos que pueden COMER RUNAS DE CRISTAL SWAROWSKI REDUCIÉNDOLAS A PEDACITOS MINÚSCULOS, JUNTO CON TEXTOS SAGRADOS QUE ME COSTARON UNA FORTUNA EN INTERNET, IGUAL QUE LA BOLSITA DE TERCIOPELO BORDADA EN ORO DE LAS RUNAS! ¡JUSTO COMO ESOS HILITOS DE LA PALA QUE ESTÁ USTED SOSTENIENDO, APESTANDO EL MEDIO AMBIENTE, Y ADEMÁS IMPREGNANDO CON EFLUVIOS REPUGNANTES MI FANTÁSTICO ROPAJE!!! ¡Y DE PASO, TENGO MEDIO CACTUS COMIDO! ¡MI YGGDRASIL!!! – declaró altisonantemente el Gran Rulemán, con el egregio índice en el aire.

– Bueno, pero qué quiere que haga, no iba a dejar ésto arriba de la alfombra persa… -respondió Mads Mikkelsen.

– ¡LA ALFOMBRA PERSA! ¡POR LAS SAGRADAS NORNAS DUEÑAS DEL DESTINO! ¡POR HERMES TRISMEGISTO! ¡POR MITRA Y TODOS LOS DEMÁS QUE NO ME ACUERDO! – gritó el Gran Rulemán, alzando los brazos al cielo. – ¡PLUGUIERA A ODIN TODOPODEROSO QUE NO LA HAYA MORDISQUEADO TAMBIÉN!

– Bueno, flecos ya tenía… – respondió Mads Mikkelsen, desapareciendo con la palita sin hacer ulteriores declaraciones.

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Las aventuras de los Ángeles del Gran Rulemán Balde de Vello en el Planeta Rosquita. Con el Hombre Caniche y el doctor Zaïus. Y el Microondas Inmortal. Y Mads Mikkelsen.

moon-1859616__340   La luna llena relucía, bien en el medio del agujero del Planeta Rosquita, y  todos estaban con un humor de perros, sobre todo el Hombre Caniche, que acababa de bajar del avión para pasar sus vacaciones después de filmar su primera gran película, 50 sombras de caniche en el pavimento ardiente. Representaba a la fiel mascota del detective alcohólico y fuera de la ley, encarnado por Mads Mikkelsen. Por eso los dos tenían rastas y mal humor, ya que las rastas picaban una barbaridad. El Gran Rulemán no; estaba siempre de mal humor.

– ¡Pero se puede saber qué hay que hacer en este planeta para tener un poco de paz y tranquilidad! – rezongó, después de alzar el pie de uno de los recordatorios del Hombre Caniche, que todavía estaba metido en el papel.

– La tranquilidad no existe. La paz no existe. La vida no es más que un recordatorio insufrible de la pasajera banalidad – retrucó Mads Mikkelsen con un vaso de whisky lleno hasta la mitad en la mano, ya que también estaba aún metido en el papel.

– ¡Lo único que me faltaba! ¡Un vikingo con afro tirado en el sillón como una funda con órganos, emborrachándose con el pretexto de que algún día se va a morir!

– Ninguno morirá; todos podemos decidir en qué momento salirnos de la rueda del Samsara –apuntó el doctor Zaïus desde la puerta de la cocina, desde donde terminaba de emerger munido de una palita con mango largo y una escoba.

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La aventura del Gran Rulemán Balde de Vello con su microondas inmortal. Y el Dr. Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Y Leonor La Cebolla.

mountains-1732108__180La noche caía tremebundamente en el planeta del Gran Rulemán Balde de Vello, y como siempre, nadie más disgustado que el ilustre personaje, el microondas inmortal, Mads Mikkelsen, el Dr. Zaïus y Leonor La Cebolla. Todos estaban de lo más indignados. Entre otras cosas, porque quién iba a decir qué era la noche y qué no era, si vivían en la cara oscura del planeta.

– Yo quiero ser como Toribia La Ruda, que está sacando flores- dijo Leonor La Cebolla-. No puedo sacar flores en un planeta sin sol, con una humedad terrible y un sujeto indiferente, que ni siquiera tiene ni idea de que a las plantas hay que regarlas.

– Vea que yo la riego todos los días- dijo Mads Mikkelsen, sujetando contra el pecho una pequeña regadera de juguete de plástico rojo, a la defensiva. El Hombre Caniche estaba filmando una película y hacía un montón que no pisaba el planeta, que no era de lo más indicado para la pelambre de un licántropo toy dedicado al mundo del espectáculo. Mads Mikkelsen miró inquietamente para todos lados sentado en su sillón de terciopelo. El doctor Zaïus le devolvió la mirada impávido. Lucía un traje rayado blanco y negro con pajarita, un bombín con una cinta blanca y zapatos de charol para bailar el tango. Portaba un clavel en el ojal.

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El Gran Rulemán Balde de Vello en el planeta Rosquita. Con los monjes tibetanos. Y su aprendiz el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen.

19enmkg3rqsirjpg   Anochecía en el planeta Rosquita, férreamente dirigido por el Gran Rulemán Balde de Vello, y nada podía haber ofuscado más al ilustre personaje. Salvo por su nuevo ayudante, el Doctor Zaïus. Y Mads Mikkelsen. Mads Mikkelsen estaba sentado en un enorme sillón de terciopelo azul con cordoncitos dorados y tejía una mañanita de color celeste para poner en la cucha del Hombre Caniche.

– Oiga, mi taciturno amigo nórdico, ¿no podría ser de más utilidad? Considerando su ascendencia, podría estar auxiliándome en mi servicio de las nobles runas, en lugar de perder el tiempo en labores mujeriles, destinadas a licántropos toy que se dedican al mundo del espectáculo – reprochó el Gran Rulemán, quien por su parte llevaba en una mano un zoquete con una enorme bola de hilo blanco, producto de su poca pericia con la aguja cazadora de agujeros, que sin ser negros, se demostraban capaces de incordiar a la materia en grado sumo.

   Mads Mikkelsen, que lo cazó al vuelo, replicó, con el índice de la mano derecha en alto y la brillante aguja de crochet apuntando acusadoramente al Gran Rulemán, como el martillo Mjolnïr:

– Si tiene papas en las medias se las puede coser usted, que pronto es luna llena y tengo que viajar a Estados Unidos. Eugenio Ríos Cuernavaca ya no quiere que lo llamen el Hombre Caniche, y tampoco quiere pasar la noche de luna llena sobre nada que no sea cachemira natural tejida a mano. Ya me puse nervioso mirando las efemérides astronómicas en el calendario, para la noche de los Oscar. Quiero saber qué voy a hacer si cae en luna llena.

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Las aventuras del Gran Rulemán Balde de Vello. Y el Doctor Zaïus. Y el Hombre Caniche. Y Mads Mikkelsen.

castle-1596367__180   No era un buen día en la ilustre morada del insigne Gran Rulemán Balde de Vello, quien esa jornada encontraba agudas dificultades a la hora de quitarle los pliegues a su magnífica capa de terciopelo, como así también para peinarla y colocar adecuadamente alrededor de sus hombros la esplendente cadena de oro donde reposaban, una a una y hechas a mano por el propio Rulemán, las nobles runas. Sería que los dioses le habían enviado aciagos sueños, y su tarea de transmitirlos al humano linaje se le hacía ingrata ese día. Además de que como mayordomo, era bastante inútil.

– ¡Esta situación pasa de castaño a oscuro! ¡Nadie sabe perfectamente que hace años que le pido un discípulo que me asista en mis agobiantes tareas! ¡No es poca cosa ocuparse de la voluntad de los dioses y la humanidad! Y encima estar adecuadamente ataviado; ya se sabe cómo son esos zanguangos que están todo el tiempo mangando dones y favores, como si uno no tuviera nada mejor que hacer. Un remiendo por acá, una puntada mal dada por allá, y ya uno sale en todas las revistas de chimentos al lado de los que tiran las runas como si fueran porotos truqueros.

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